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Los latidos del capitalismo

Ponemos a disposición el artículo "Flujos y reflujos" de León Trotsky, publicado en Los primeros 5 años de la Internacional Comunista", en el volumen 9 de las Obras Escogidas.

Sábado 1ro de agosto | 13:46

Presentamos a continuación un artículo de diciembre de 1921, publicado en Pravda, donde el autor analiza los alcances de la recuperación de la economía mundial en la inmediata posguerra y los cambios en la subjetividad de la clase obrera.

Es sabido que Trotsky no se ha dedicado al desarrollo de la teoría económica, pero en sus análisis acerca de la coyuntura económica mundial aporta valiosas herramientas conceptuales y metodológicas que al día de hoy resultan de gran utilidad para orientar la práctica política.

En el período en que escribe el artículo que estamos presentando, pocos meses después del III Congreso de la Internacional Comunista realizado en el año 1921, el autor continúa la polémica desarrollada con los llamados “izquierdistas” quienes no registraban las tendencias a la estabilización de la economía mundial luego de las derrotas y desvíos de los procesos revolucionarios y huelguísticos que tuvieron lugar hacia el final de la I Guerra Mundial.

La economía mundial mostraba signos de cierta recuperación, el movimiento de masas se encontraba a la defensiva y la burguesía europea recuperaba la confianza en su poder. Lejos de cualquier interpretación superficial que identificara los síntomas de crecimiento económico con el inicio de un nuevo ciclo ascendente del capitalismo, Trotsky propone un método para analizar la situación que integra y complejiza las relaciones entre economía y política.

La I Guerra Mundial abre una etapa en la que “vemos aquí no el libre o semilibre juego de las fuerzas económicas al que estábamos acostumbrados a analizar en el período de preguerra, sino fuerzas estatales resueltas y concentradas que irrumpen en la economía” y que interrumpen los ciclos regulares o semiregulares de la economía.

Se abre un período en el que se rompen las bases de lo que Trotsky llama el “equilibrio capitalista” y que implica, en su dimensión económica, crisis profundas y recuperaciones parciales; en el terreno de las relaciones interestatales, la guerra, el militarismo y las guerras comerciales; y en el plano de la lucha de clases, la multiplicación de los procesos huelguísticos y revolucionarios en numerosos países.

Desde esta conceptualización va a señalar correctamente el error de considerar la recuperación económica de la inmediata posguerra como el síntoma de un cambio fundamental en el curso general de los acontecimientos. Anticipa que el “boom ficticio” generado en base a una “política gubernamental y financiera a gran escala” y la incipiente reanimación industrial, chocarían “contra las trincheras económicas cavadas por la guerra”, que se expresaban en la ruptura del equilibrio económico entre EE.UU. y Europa y el empobrecimiento de las masas en Europa.

La curva del desarrollo capitalista y los ciclos de corto plazo

Con la guerra imperialista se inicia una fase descendente en lo que Trotsky llama la “curva del desarrollo capitalista”, concepto que utiliza para diferenciar las etapas históricas de crecimiento, estancamiento o retracción de las fuerzas productivas respecto de las oscilaciones cíclicas de corto plazo en la economía, oscilaciones que “acompañan a la sociedad capitalista en su juventud, en su madurez y en su decadencia, exactamente como los latidos de su corazón acompañan a un ser humano incluso hasta en su lecho de muerte”. En una fase descendente las caídas tienden a ser más profundas que las recuperaciones, mientras que en los ciclos ascendentes ocurre lo contrario, las crisis son episódicas y las recuperaciones compensan y superan los retrocesos precedentes.

De esta época data también su polémica con el Profesor Kondratiev, economista ruso de gran prestigio, quien sostuvo que el capitalismo se movía a través de “ciclos largos” de aproximadamente 50 años, asociados a los ciclos de depreciación y reposición del capital fijo de gran porte (grandes instalaciones industriales, ferrocarriles, canales, grandes explotaciones agrícolas, etc.). La crítica de Trotsky apuntará a señalar que es imposible determinar de antemano dichos “ciclos largos” en función de la dinámica interna de la economía capitalista. En todo caso, sostiene, el carácter y la duración de estas fases largas, vendrán dadas por condiciones externas a la dinámica propia del ciclo económico, por ejemplo, la adquisición para el capitalismo de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales, etc. Pero además, estas fases se pueden ver interrumpidas por “hechos mayores de orden superestructural”, como las guerras y revoluciones.

Visto en retrospectiva, el período de entreguerras fue sin lugar a dudas un período de estancamiento y destrucción de las fuerzas productivas de la humanidad. Pero esto no era para nada claro en 1921, cuando los analistas económicos de la prensa capitalista aseguraban que, tras la guerra y alejado el fantasma de la revolución en Europa, se iniciaba una nueva fase de crecimiento económico.

La polémica con las tendencias “izquierdistas” se extiende también a la relación unilateral que establecían entre los ciclos de la economía y los de la lucha de clases para sostener que la revolución surgiría del agravamiento ininterrumpido de la crisis. Trotsky sugiere, por el contrario, que “bajo un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un conjunto distinto de circunstancias puede paralizar completamente la ofensiva del proletariado” e incluso debilitar su potencial defensivo. En el contexto de crecimiento económico que se estaba registrando, lejos de ver un escenario de retroceso, Trotsky ve la oportunidad para que la clase obrera recupere la confianza en sus propias fuerzas, unifique sus filas y se prepare para la próxima ofensiva.

En Trotsky no había ningún atisbo de fatalismo económico. No pretendía elaborar una teoría del estancamiento permanente y definitivo de las fuerzas productivas, como algunos de sus críticos le atribuyen, sino dilucidar las condiciones históricas de la época en la que le tocó orientar a los partidos de la III Internacional y luego, desde el exilio, a los grupos nucleados en la IV Internacional.

A casi 100 años de estos escritos, el método de Trotsky para analizar la coyuntura económica y política en el marco más general de las tendencias fundamentales de la época, resulta de gran utilidad. Aún no es posible dimensionar las profundas consecuencias económicas, políticas y sociales de la pandemia que azota al mundo, pero la caída económica del primer semestre del año es comparable con la Gran Depresión de 1929.

A medida que se levantan las restricciones a la circulación del capital y los Estados inyectan cantidades monstruosas de dinero para salvar empresas y reanimar el ciclo, la economía comienza a ponerse en marcha, aunque difícilmente podrá alcanzar las ya bajas tasas de crecimiento precedentes. Más bien los pronósticos sugieren la posibilidad de una nueva recaída en el mediano y corto plazo, ya sea por un rebrote del virus, por una crisis de deuda y oleada de quiebras corporativas una vez que se retiren los planes de estímulo, o por una escalada proteccionista de las principales potencias. Aunque tampoco faltan las visiones más optimistas que auguran un nuevo pacto de cooperación entre los Estados a la salida de la pandemia.

Lo cierto es que desde la Gran Recesión de 2008, con epicentro en EE.UU., la economía mundial empezó a aletargarse, dando lugar a una mayor escalada en las guerras comerciales, tecnológica y de divisas, como así también a nuevos fenómenos políticos y de la lucha de clases en todo el mundo. Trotsky decía que las guerras y revoluciones “se esparcen entre la línea de demarcación de dos épocas diferentes de desarrollo económico”. Todo pareciera indicar que comenzamos a transitar esa línea de demarcación y que quizás estemos asistiendo a una nueva ruptura del equilibrio capitalista, en el que la lucha de clases empiece a tener un rol cada vez más preponderante y disruptivo.







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