Sociedad

IGLESIA Y ABUSOS SEXUALES

Los horrores de Provolo y el mentiroso monseñor Aguer

El escándalo de abusos a niños sordos ya viajó de Mendoza a La Plata. El Arzobispo ensaya una coartada, reproducida acríticamente por el diario El Día pero desmentida por víctimas sobrevivientes.

Daniel Satur

@saturnetroc

Viernes 9 de diciembre de 2016 | 15:20

Foto Ivanamaiarota/Facebook Catedral La Plata

Desde hace apenas diez días los máximos exponentes de la Iglesia Católica se sienten observados de cerca. Es que la olla destapada en el Instituto Provolo de Mendoza, sobre el prontuario de abusos sexuales a niños sordos e hipoacúsicos con el que cargan los curas Horacio Corbacho y Nicolás Corradi, salpica su podredumbre en varias direcciones.

Los hechos son tan aberrantes que el caso tiende a superar al protagonizado por el padre Julio César Grassi. Y no sólo por los abusos propiamente dichos sino por el nivel de complicidad y cobertura institucional de la jerarquía eclesiástica. Si a Grassi lo protegía el arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, a Corbacho y Corradi (que además de ser dos ya fueron encarcelados) los amparan desde sus superiores directos hasta el influyente Arzobispado de La Plata. Y no hay que perder de vista ni un segundo que aquel Jorge Bergoglio hoy es, ni más ni menos, el Papa Francisco.

De los Andes al Río de La Plata

Hasta el momento son 22 las víctimas descubiertas en los prontuarios de Corradi y Corbacho. Pero en cada nueva declaración testimonial salta un nuevo caso o el indicio de muchos más por descubrir. Y quienes testimonian son víctimas, es decir que tienen el (triste) privilegio de contar con toda la credibilidad posible. Por estas horas acaban de salir a la luz lo que aparentan ser los dos primeros de una larga lista de casos, con estos curas y este instituto como protagonistas, pero en la sucursal platense del Provolo.

Así lo confirmó el titular de la Unidad Fiscal número 4 de Delitos conexos con Trata de Personas y Pedofilia de la capital de la provincia de Buenos Aires, Fernando Cartasegna. El funcionario le confirmó al diario El Día que, producto de la investigación que se está llevando adelante en Mendoza, ambos sacerdotes son sospechosos de haber cometido el mismo delito sobre, al menos, dos personas cuando vivían y “trabajaban” en La Plata.

Cartasegna envió sendos oficios al Arzobispado platense para pedir informes sobre ambos sacerdotes, y también al Instituto Antonio Provolo local, donde Corradi y Corbacho se desempeñaron años atrás. Y como medida más urgente está “convocando a que las personas que fueron víctimas se acerquen a dar su testimonio, garantizándoles el acompañamiento y la contención necesaria a través de nuestros equipos especializados”.

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Instituto Provolo de La Plata ubicado en calle 47 y 25 (foto Los Andes)

¿Cuántas víctimas serán? ¿Decenas? Vale recordar que Corradi recorrió las aulas del instituto casi toda la década del 90, teniendo en frente a cientos de niños. Y Corbacho hizo lo propio entre 2007 y 2015, según reconoce el mismísimo Arzobispo de La Plata Héctor Aguer.

¿No mentirás?

Precisamente Aguer acaba de hacer declaraciones sobre el asunto. Algo que no se esperaba tan pronto de parte de una de las máximas autoridades eclesiásticas de la Argentina, acostumbradas a pasar décadas manteniendo un silencio obscenamente cómplice con el poder genocida. Y lo hizo en las mismas páginas de El Día, el matutino platense tan afecto a congraciarse (en el marco de lo posible) con la curia.

Junto a la nota sobre los dos casos descubiertos en La Plata, El Día le da un cotizado espacio a monseñor Aguer para que lance una serie de autojustificaciones de muy baja estofa y algunas mentiras. Al menos así lo certifican desde la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico. Julieta Añazco, víctima del cura Héctor Ricardo Giménez en los años 80, y Liliana Rodríguez, asistente psicológica de la Red, coinciden en desautorizar con fundamentos sólidos al conservador, misógino y fascistoide arzobispo (que, vale recordar, es columnista estable de El Día desde hace varios años).

Para ir por partes, primero hay que ver qué dijo Aguer. El diario El Día presentó este jueves (día de la Virgen, de paso) una nota que no es otra cosa que la reproducción completa de un texto del propio arzobispo, apenas con un encabezado que invita a leerlo. El texto original fue difundido desde la curia a modo de comunicado, con lo cual es pertinente remarcar que su reproducción completa y acrítica por parte del matutino no tendría otro objetivo que propagandizar al máximo la versión oficial de la Iglesia.

Entre otras definiciones sobre los abusos sexuales, Aguer dice que “este delito abominable manifiesta la violación de los juramentos pronunciados por los clérigos al elegir libremente la castidad perpetua por el Reino de los Cielos y para el servicio de los hombres, pero además constituye una gravísima injusticia contra aquellos a quienes deberían proteger y educar; contra los niños que han sido víctimas de su perversión, contra sus familias, contra la Iglesia y contra la comunidad civil”.

A su vez Aguer plantea que él no puede menos que “deplorar, con vergüenza y súplicas de perdón, el mal que se ha inferido a menores inocentes”.

Y a modo de réplica, Aguer se dedica también en el texto a desacreditar todo lo dicho en una nota publicada por el mismo diario cuatro días antes, en la que se desnudaba la historia perversa de los curas Corbacho y Corradi. Si se tiene en cuenta que casi la totalidad de la nota está basada en el sólido testimonio de Julieta Añazco, se podrá comprender mejor la intencionalidad de las palabras de Aguer.

Sobre el caso del cura Giménez, victimario directo de Añazco, Aguer se dedicó a armar una historia amañada en la que, obviamente y ante todo, él mismo queda excluido de toda responsabilidad. Dice que al cura se le siguió una causa encuadrada como falta grave en el Derecho Canónico y se lo sancionó de forma contundente. Pero además contradice a Añazco incluso en los datos que la mujer tiene más que certificados. En el caso del Instituto Provolo, el arzobispo directamente considera suficiente decir que “no hubo nunca denuncias” contra Corradi y Corbacho durante su paso por La Plata, así que nada tiene por decir.


Monseñor Héctor Aguer (foto Caja de Abogados bonaerense)

Detrás de todo cura abusador hay un obispo encubridor

Consultada por este diario, Julieta Añazco manifestó que “monseñor Aguer estaría mintiendo y, supuestamente, mentir es un pecado”. La mujer, referente argentina de la Red mundial de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico, asegura que sobre el caso del cual ella es víctima Aguer dice cosas que no son. “Hace más de cuatro generaciones que Giménez viene abusando de niños, es lógico que alguien lo está encubriendo”, sentencia Añazco.

Y asegura que es imposible que la curia no conozca su caso (como dejó deslizar Aguer en El Día) siendo que la primera denuncia se hizo en 1986 y hace algunos años Giménez también fue denunciado mediante una carta enviada al Vaticano. Eso mismo le dijo ella, en un tenso encuentro, al presidente del Tribunal Eclesiástico de La Plata Javier Fronza, quien a pedido de Aguer proponía tomar el asunto con “serenidad y reflexión” al tiempo que le repetía que no estaba al tanto de la denuncia de 1986 .

Añazco también desmiente a la máxima autoridad del Arzobispado platense en lo que refiere a la trayectoria del cura Giménez. “Aguer se olvida de contar que Giménez estuvo dando misa un montón de años en la capilla del Hospital Italiano de La Plata, después de que lo sacaron de Magdalena”, de donde se fue denunciado y hasta estuvo un tiempo preso. “Recién después de lo de Magdalena lo mandaron al hospital (público) San Juan de Dios, donde celebró misa al menos hasta hace tres años. Ahora sí está viviendo recluido, probablemente en el hogar de ancianos Marín, pero desde no hace más de un año”.

Según Añazco, Aguer quiere dar a entender que Giménez purgó sus culpas gracias al accionar decidido de la curia y desde hace años es una pobre alma en pena arrumbada en un asilo de ancianos. “Eso es mentira”, se exaspera Julieta, porque “hace un año atrás Giménez estaba intentando sacar su licencia de conducir y viviendo en su casa de Los Hornos”.

Sin embargo no son las mentiras lo que más causa dolor en Añazco. “Más que las palabras de Aguer a mí me duelen mucho los chicos del Provolo que fueron y están siendo abusados”, reflexiona. Y en ese sentido aconseja a quienes acompañan a los niños a la Iglesia o que mandan a sus hijos a colegios religiosos, “que sean más curiosos, que les pregunten a los chicos de qué hablan, qué pasa en el momento de la confesión, qué hacen los sacerdotes con ellos”.

Desde que se sumó a la Red de Sobrevivientes ella escuchó infinidad de historias como la suya. “Un sacerdote no tiene por qué sentar a un niño en sus piernas para que le cuente sus pecados. Y eso sabemos que hasta no hace mucho en el colegio San Pio de La Plata un sacerdote lo hacía todo el tiempo. Incluso hay relatos de que hace poco años en San Vicente de Paul un sacerdote les preguntaba a las chicas si se tocaban, cuántas veces, cómo lo hacían, pensando en qué; y si ellas les decían que no lo hacían entonces él les explicaba cómo hacerlo. Sería bueno que los exalumnos de esos colegios hablaran alguna vez, algunos ya rondan los 30 años”.

Sobre todo lo que plantea Añazco, obviamente Aguer nunca escribió ni escribirá en sus habituales columnas dominicales que de El Día.

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Ni enfermos ni descarriados

Liliana Rodríguez también habló con La Izquierda Diario y coincidió con Añazco en condenar las palabras de Aguer. La psicóloga y terapeuta de la Red de Sobrevientes de Abuso Eclesiástico decidió responderle al monseñor, sobre todo respecto a sus definiciones generales, que marcan la “línea” oficial de la curia sobre el tema.

“Acuerdo con Aguer en que la sociedad toda se conmovió con estos hechos. Pero el único que parece ’enterarse’ recién ahora de estos aberrantes delitos es él”, lanza serena pero contundente. Y se dirige a Aguer diciéndole que “no es con vergüenza y súplicas de perdón que se repara el gravísimo daño cometido. Es asumiendo toda la responsabilidad que le toca a la institución Iglesia y la suya propia en la complicidad, trasladando a los curas abusadores para que sigan abusando sistemáticamente, como sucedió en los traslados de La Plata a Mendoza”. 

La especialista, dedicada a acompañar a las víctimas en su búsqueda reconstructiva, le recuerda a Aguer que “los curas abusadores de ninguna manera son descarriados. Son delincuentes. Son delincuentes de lesa humanidad. Por eso no es a través de la conversión de los curas, como usted plantea, que se dará solución al problema. El camino debe ser la justicia ordinaria y ojalá sea la cárcel que se merecen”.

Como ya desarrolló en una entrevista anterior con este diario, Rodríguez destacó que “estos delitos siguen vigentes por absoluta responsabilidad de la institución Iglesia. Porque a través de la impunidad que les ofrecen a estos curas es que siguen perpetrándolos”. Y valora muchísimo que las denuncias salgan a la luz para combatir esa impunidad. “Parece que ahora la alfombra con la que la Iglesia Católica cubría a los curas abusadores les está quedando muy chica y entonces se empiezan a multiplicar las personas que, con enorme valentía, denuncian. Por eso no tenemos que confundirnos. Nosotros respetamos absolutamente a todas y cada una de las personas con sus creencias religiosas. El punto en cuestión acá es la institución Iglesia y sus metodologías frente a este delito, con su Derecho Canónico creado sólo para proteger a los curas. Por eso ante este delito de abuso hay solo dos posiciones: o se defiende y protege a las víctimas para dar confianza social a aquellas personas que todavía no se han animado a hablar, o se defiende y se pretende seguir defendiendo a los curas abusadores”, dice la terapeuta.

Finalmente ella no le cree ni un poco a Aguer sobre la posibilidad de que el arzobispo haya tomado conocimiento recién ahora de los casos de Corradi y Corbacho. “De la misma manera que es muy difícil pensar que Bergoglio no tenga conocimiento de esto que sucede en Argentina desde mucho antes de que él fuera Papa. El cura Grassi fue condenado antes de que fuera Papa y sabemos las complicidades que él ha tenido, de los libros que ha mandado a escribir defendiendo a Grassi. Los representantes de la institución no pueden desconocer esto”.

Por último Rodríguez le aclara a Aguer que “los curas abusadores no son enfermos. Tienen plena conciencia de sus actos porque los planifican y arman las estrategias para generar barreras que impidan que se sepa lo que cometen. De ninguna manera son enfermos”.


Aguer junto a monaguillos (foto sitio web del Arzobispado platense)

“Les pido que hablen para que salga toda la verdad”

Antes del final, Julieta remarca su consigna principal, que le da sentido y orientación a su lucha: que las víctimas o sus familiares hablen. Sobre su caso personal, les pide “a todas las familias de los niños y niñas que fueron abusados por el sacerdote Giménez, tanto en Magdalena como en City Bell, en Gonnet, en el Hospital Italiano; incluso a las mismas víctimas si pueden. Creo que esas personas podrían aportar mucha información como para demostrarles que no estamos mintiendo. A las familias de la ciudad de La Plata que sufrieron esos abusos, tienen que saber que dando su testimonio (incluso sin hacer la denuncia penal) estarán contribuyendo a que salga toda la verdad”.

Mentir es un pecado, dice Añazco más arriba. Y si para la Iglesia un pecado es equiparable a un delito que debe ser castigado, aplicando la aberración pecaminosa sobre hechos concretos y no espirituales, la mentira es, objetivamente, encubrimiento de los culpables.

No debe agradarle nada a monseñor Aguer por estas horas que algunas personas estén decididas a hacerle pagar tantos años de horror bajo la sotana por culpa de unos cuantos “descarriados”. No, sobre todo, porque desde años muchas víctimas dejaron de ser ovejas de un rebaño manipulable y ahora, armadas de coraje y jurisprudencia, están dispuestas a hacerles pagar a los clérigos malditos los infiernos lanzados sobre inocentes.

Mirá toda la cobertura de La Izquierda Diario sobre el caso de los abusos en el Instituto Antonio Provolo


La nota de monseñor Héctor Aguer a la que hace referencia esta crónica puede leerse completa acá








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