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Género / Nuevas masculinidades

¿Los hombres son todos iguales?

Para la columna de hoy, traigo la recomendación de un libro de Sergio Olguín: Los hombres son todos iguales. Como el domingo fue el “día del padre”, hoy nos metemos con los modos de ser “varón”.

Laura Vilches

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Martes 23 de junio | Edición del día

Sergio Olguín (nacido en 1967) podría entrar entre los escritores que la teórica y crítica, Elsa Drucaroff, define como la primera generación de escritores post dictadura, en su muy recomendable libro Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura .

Uno de los rasgos que Drucaroff destaca de escritores de esta generación, es la construcción mucho más compleja de los personajes femeninos que sus antecesores.

¿Qué significa esto? Según Drucaroff, “Desnaturalizar estereotipos en los personajes femeninos significa alcanzar una “mirada masculina” nueva, femenizada que pierde la certeza cómoda del viejo estereotipo sobre lo que es una mujer y se interroga por la diferencia inconcebible de otra que no es un como un varón sin pene, un varón maricón histérico, incompleto, sino alguien diferente de los que el deseo masculino ha inventado e impuesto".

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Los personajes femeninos o femenizados de la literatura, en general, han sido personajes construidos con muy poca complejidad dramática, siempre narrados y descriptos desde estereotipos: la mujer ángel, virgen, abnegada, maternal, sensible, o bien, la mujer objeto de deseo (pocas veces sujeto deseante). La mujer sexualizada es esa típica “mujer fatal” que usa sus “encantos” para conseguir objetivos considerados “no santo”.

Sergio Olguín, está entre quienes se animaron a construir personajes femeninos con mayor complejidad y profundidad. La trilogía de novelas policiales con la periodista Verónica Rosenthal, es uno ejemplo de esto que les digo, y desde esa sensibilidad, en su último libro de cuentos, se mete con los varones.

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Los hombres son todos iguales , es un libro de 11 cuentos desplegados a lo largo de unas 180 páginas y fue publicado por Tusquets a fines de 2019.

Los cuentos se sitúan en diferentes temporalidades y espacios. El libro se abre con un cuento llamado “La chica de la cámara” que lejos de contar historia de alguna masculinidad, nos sorprende contando la historia de una joven y su misteriosa tía, en cuya historia descubre algo de sí misma.

Recién después de este cuento arranca “Ladrones de bibicletas” donde dos personajes que fueron amigos cuando eran niños, se reencuentran porque uno de ellos necesita un favor. Necesita que lo provea de un arma y que en una especie de rito de pasaje masculino, le enseñe a no sentir compasión, a ser duro, a no sentir debilidad, ni cariño. Como consecuencia, su amigo le enseña a matar.

Así, se abre paso a la segunda historia, “Mi vida como Diego”, donde un hincha de fútbol se hace pasar por Diego Maradona para gozar de su fama, muestra los modos en que varones con grados de poder, prestigio, recursos materiales “a lo Diego” utilizan, lisa y llanamente los cuerpos de las mujeres para su satisfacción, bajo la excusa de “defender la camiseta”.

“El reino del Siam” es la historia de un padre que construye su mundo alrededor, como el título lo indica, de su auto. Es la historia de dos niños que no comprenden por qué fueron abandonados junto a su madre, hasta que una noticia de la sección policial de un diario les da una pista, que se dispondrán a perseguir.

“Pasko y Julieta” es una especie de reversión futurista del prohibido amor shakespereano . “El hijo de la adivina” desentraña las consecuencias de la discriminación y el acoso escolar (bulling) y cómo impacta en la subjetividad de un niño; “Fin de semana” la historia del amor y el cuidado entre dos hermanos y su medida del “éxito” bajo la óptica neoliberal.

Y la antología de cuentos cierra con uno que me gustó mucho, muy típico de la construcción de la masculinidad “argenta”, si algo así existiera, que es “Recetas”.
Este cuento narra la historia de un padre, eximio cocinero, que le reprocha a su hijo no saber hacer asados, no saber arreglar la conexión del cable, de no saber hacer nada; mientras él, cual superhéroe, puede hacerlo todo. Es la historia de un hombre a quien su hijo casi no vio llorar, hasta que se le muere el perro. Es la historia de alguien que casi en el lecho de muerte, le reconoce a su hijo que el asado salió muy, muy bien.

¿Por qué elegí este libro? Porque estos textos cuentan historias sobre cómo se construyen modos de ser y habitar lo masculino que son profundamente opresivos, violentos y autodestructivos también para los varones mismos.

Para quienes son víctimas de la violencia, hijos e hijas, esposas, madres, gays, lesbianas, trans, ese dolor infligido, como hemos denunciado en cada movilización por nuestros derechos como mujeres, pueden significar hasta la muerte.
Pero hay pequeños formas de matar y de morir lentamente en esos modos de relacionarse, inclusive entre varones, que se construyen asociados a la dureza, a la incapacidad de manifestar emociones, al no pedir ayuda, a no mostrarse sensibles o débiles, siendo los machos protectores o proveedores del hogar. Es decir, los modos hegemónicos de ser varón que el libro de Olguín pone en cuestión.

Estos estereotipos, cruzados con la pertenencia de clase, afectan a las mayorías trabajadoras y populares. En épocas de crisis donde aumenta el desempleo y las fábricas despiden, rebajan salarios y atacan las condiciones de trabajo, nuestros compañeros varones de la clase trabajadora, también tienen que animarse a pensar cómo el patriarcado ha moldeado su identidad.

Desde que comenzó la cuarentena, vimos un aumento de la violencia machista, es probable que empecemos a ver, junto al aumento de la desocupación y la miseria, un aumento también en los índices de alcoholismo, maltrato a niños y niñas, e inclusive el aumento en los índices de suicidio.

Así como las mujeres son potenciales víctimas de femicidio, de morir por un aborto clandestino, o explotadas sexualmente por las redes de trata; es muy probable que un varón, joven entre 15 y 30 años muera como resultado de un accidente de tránsito, por una pelea callejera, o a manos de la violencia policial y estatal. Parte del mandato de masculinidad es la demostración de valor y coraje, la ausencia de temor ante el riesgo, y la “hombría” que se juega con la supuesta superioridad física de quien pelea.

El mito del “macho proveedor” y “protector”, por ejemplo, no puede realizarse, no puede concretarse para un varón que ha sido despedido o al que le recortaron su salario, como ya le ocurre a millones de trabajadores que serán golpeados por la crisis también en nuestro país. Esa angustia, depresión, impotencia, probablemente se descargue sobre otros y otras, pero también contra sí mismos.

En el texto de Karl Marx, “Acerca del suicidio”, donde éste pretende despojar de toda la carga moral que la religión imponía sobre los suicidas y sus familias, el autor toma el ejemplo del obrero de una fábrica en París, en el año 1880, que deja una carta a su mujer e hija para decirle que sin empleo, y sin la posibilidad de llevar a la casa el sustento del hogar, no quería volverse una carga para ellas, y por eso decide quitarse la vida.

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Aunque cada historia de Olguín desmiente el título de la antología, sí desentrañan la trama común de opresión que hay detrás de la construcción de esos modos hegemónicos de ser masculino, lo cual muestra que no es el problema de un hombre violento individual, sino parte del sistema patriarcal.

Si bien, como señalamos permanentemente, el patriarcado y sus mandatos, son centenarios y no surgen del capitalismo; cobran nueva dimensión bajo la órbita del capital. Es evidente que no vamos a lograr derribar estereotipos sólo con la “deconstrucción” individual de las identidades, como sugieren algunas corrientes del feminismo y de los estudios y activismos de las llamadas “nuevas masculinidades”.

Esto no niega la importancia de pensar cómo actúan esos estereotipos en los varones porque pensar el efecto de esos componentes sociales de “la personalidad”, como problemas “individuales”, cumple el objetivo de dividir y mermar la fuerza de los y las explotadas y oprimidas.

El capitalismo y el patriarcado son demasiado fuertes para pelear separados. Que nuestros compañeros de clase se animen a pensarse como varones y acompañen las peleas por nuestros derechos, fortalece las peleas en común que tendremos por delante, para evitar que esta crisis sea descargada sobre nuestras vidas, con toda su brutal violencia. La lectura de estos relatos de Olguín, suma un punto de vista a las batallas por venir.






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