Política

OPINIÓN

Los espías del poder y el poder de los espías

Los servicios de inteligencia no son “imperfecciones” o cuentas pendientes de la democracia, sino parte de su estructura.

Fernando Rosso

@RossoFer

Miércoles 24 de diciembre de 2014 | Edición del día

La judicialización de la política es propia de la naturaleza de todo fin de ciclo. La multiplicación de las operaciones e internas en los aparatos de inteligencia del Estado se inscriben en la misma dinámica del ya no más del poder actual y el todavía no del poder futuro.

Los aparatos de los “servicios” son -como se dijo-, los “sótanos de la democracia”, son parte de sus pilares estructurales, su lado B. Las internas levantan el velo que permite visibilizar retazos de la trama oculta detrás de la fachada de los debates, los consensos y los relatos de la política. El agujero negro del poder real.

Los servicios de inteligencia tienen una función estratégica, pero no están exentos de escaramuzas internas.

La función estratégica es fortalecer el poder de policía del Estado, aceitando con información verídica o fabricada la maquinaria para la represión o la persecución contra aquellos que cuestionan de alguna manera u otra el orden social y político. Américo Balbuena infiltrado en la Agencia Walsh o el famoso “Proyecto X”.

Pero las disputas entre sus distintas fracciones se desatan cuando ganan autonomía y exigen extraer su cuota de “plusvalía” en base a los propios intereses de aparato. O cuando comienzan a reordenar sus lealtades por los recambios en el poder político y en el gobierno. De Stiusso, como modelo del servicio permanente a Larcher saltando en garrocha hacia el oasis de Tigre para esquivar la dieta de sardinas en el desierto. Hasta llegar a “el Lauchón” Viale, cuando la interna se continúa por otros medios y adopta la forma de guerra de baja intensidad.

Como las policías, que obtienen sus “adicionales” manejando el grueso de las industrias del gran delito, los espías comercian y operan con la información generada con recursos del Estado destinados para tal fin. El detalle de esos gastos también es secreto. Excepto la remuneración del jefe y sub jefe, el resto de los montos designados para tareas de inteligencia son “reservados”.

Los servicios son una ampliación del Estado disfrazado de "sociedad civil" con licencia para infiltrase y operar en las sombras con el monopolio de la información como arma.

El poder de los espías se nutre de los secretos de la democracia. O mejor dicho, son los gestores de los secretos de una casta política, judicial, empresarial y hasta sindical, que tiene mucho que esconder y todavía más para perder si sus privilegios se hacen públicos. Las operaciones y los “carpetazos” sacan a la luz grandes privilegios y ventajas que pasadas a valores suman millones de pesos o dólares. Contubernios, corruptelas, estafas y maniobras legales o ilegales; entre la casta política y judicial y los poderes fácticos de los dueños del país. Su poder se basa en las mil traiciones que se cocinan en la trastienda de los grandes discursos sobre la lealtad y el honestismo.

Si los servicios actuales no existieran legalmente, brotarían como los hongos de la putrefacción que está en la naturaleza de la política tradicional y de la descomposición de su Estado.

La exigencia de la disolución de los aparatos de inteligencia es un punto de partida, necesario pero no suficiente. La cuestión de fondo radica en terminar con los privilegios de una casta política y judicial subordinada al poder económico, con el que tiene íntimas y secretas relaciones que deja al resguardo de “serviciales” empleados.

Las “rebeliones de los espías” y los escándalos pasan, pero el aparato de espionaje queda y vuelve a su tarea estratégica. Salen de las tapas de los diarios para regresar a las sombras y operar en equipo contra el “enemigo común”.

La democracia (burguesa) es la mejor envoltura para el dominio del capital, los espías son un producto natural de un régimen de clase. El costado oscuro de una democracia que es necesariamente “estrecha, amputada, falsa, hipócrita, trampa y engaño para los explotados” (Lenin).

Cada régimen político tiene los espías que se merece. Están hechos a su imagen y semejanza.







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