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Los ausentes: una historia de soledades

Los ausentes, ópera prima de Luciana Piantanida nos presenta una historia de soledades donde los personajes transitan el film envueltos en sus propias contradicciones.

Martes 13 de septiembre de 2016 | Edición del día

La pareja protagónica está sumergida en su propio océano y no puede salir de ahí. El hombre que busca alquilarles una habitación también busca a una mujer, así como el personaje sobreviviente de un accidente intenta saber qué hacer con su duelo por haber perdido a su mujer.

Cada uno de ellos transita sus propias ausencias. La atmósfera del film, excelentemente planteada por Piantanida, crea un clima asfixiante en que cada uno aparece girando sobre su propio eje en un laberinto del que es imposible salir.
La pareja se insulta, se cuerpea, se aleja, se ignora. Se respira una violencia no manifiesta que lleva a los protagonistas a juntarse y separarse constantemente, a desearse por momentos y a repelerse por otros. Hace calor, el ruido de los ventiladores pone incómoda a la escena, crea un clima de fastidio en los personajes y en el ambiente que los oprime.

El momento de la comida, que podría ser el momento del encuentro, es la ocasión para los roces, para el silencio que implica lo “no dicho”, lo que se respira en el ambiente. Los celos de él ante el recién llegado saturan la escena y la complejizan.
La escena en la que ella limpia separa más que nunca los cuerpos, los sectoraliza. Ella marca la distancia, su accionar violento demuestra todo su desconsuelo, la imagen completa de su fracaso que es el fracaso de una pareja. Lo que pudo ser y no fue. Lo que se perdió.

Y la habitación del silencio, la habitación para el esperado que no va a llegar, a donde se acuesta ella, alejándose de él. El lugar destinado a los sueños, ahora rotos y que va a terminar siendo la despensa de la mercadería.

Les queda esa especie de bar por el que circulan cantidad de vidas. El mundo se encierra en esas tareas: la de cocinar y servir para otros. Porque ya no les queda ese mundo del ocio y sólo queda el del negocio, el de tratar de hacer algo de dinero. No hay un para qué porque no hay proyecto.

Ella concurre asiduamente a misa donde no encuentra ningún tipo de respuestas. La religión no viene acá a salvar a las personas, sólo el clima del carnaval simula una serie de festejos que pueden anestesiar sus tristes vidas.

El hombre que les alquila la habitación está en la búsqueda de una mujer que sólo después de espiarla en numerosas escenas, se hace presente en el corso entremezclada con la multitud pero no sabemos a ciencia cierta si el encuentro es real.

El personaje que está de duelo transita por los caminos de la burocracia estatal para dar con los papeles de su esposa y tras varios intentos fallidos decide emprender una tarea personal pero pide ayuda para ello.

Las distintas vidas retratadas se juntan al final para concretar un hecho común que los involucra, tratando de exorcizar tanta pérdida, en busca de algunas respuestas que la religión no pudo dar, estos hombres, el inquilino y el viudo, y esta mujer, encuentran la respuesta en el hombre mismo.

En “Los ausentes” los personajes descubren que más allá de toda creencia, la acción colectiva, humana, los fortalece. Porque ese mundo de soledades y de distancias puede ser subsanado por el actuar común que lucha constantemente con un contexto egoísta donde se privilegia al individuo.







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