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Los doblados: profesionales de la traición

Una reseña de Los Doblados (Sudamericana-Planeta, 2016), el último libro del periodista y escritor Ricardo Ragendorfer.

Fernando Rosso

@RossoFer

Sábado 15 de octubre | Edición del día

El tema del traidor (como el héroe) fue siempre fascinante en el ámbito de literatura y de la historia.

Los doblados, el libro recientemente publicado por Ricardo Ragendorfer, abarca las dos esferas: incursiona en una de las coyunturas más trascendentes de la historia argentina y hace un uso de los mejores recursos literarios del thriller.

Además, tiene un claro punto de vista, una mirada y una posición política sobre los hechos que narra. Todos los ingredientes que hacen que un texto de este género (no ficción o periodismo narrativo) alcance una altura y densidad excepcional.

La historia tiene el centro en la figura del traidor, en un contexto sociopolítico de una época heroica.

El recorte temporal es el que va desde la primavera de 1975 al otoño de 1976 y los protagonistas son los infiltrados por el Batallón 601 en las organizaciones guerrilleras.

El libro parte de una hipótesis política: a diferencia de quienes afirman que el ataque al Regimiento de Infantería del Monte 29 en Formosa, por parte de la organización Montoneros, producido el 5 de octubre de 1975, les dio a los militares la idea de hacer el golpe de Estado; Ragendorfer asegura que la decisión ya estaba tomada.

Los jerarcas de las Fuerzas Armadas (FFAA) sólo esperaban algún hecho de envergadura para poner en práctica los decretos de aniquilamiento (2.770 y 2.771) que extendían a todo el país las atribuciones represivas utilizadas desde el Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.

Con esa hipótesis reconstruye y analiza los preparativos y momentos decisivos de los dos hechos guerrilleros más trascendentes de ese periodo: el nombrado copamiento al cuartel de Formosa y el fallido asalto al Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, encarado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores – PRT), en la localidad bonaerense de Monte Chingolo, el 23 de diciembre de 1975.

En ese marco, describe el reclutamiento, las actividades, los métodos, la jerarquía y la estructura del Batallón 601 de Inteligencia y su tarea de infiltración. En el trabajo de investigación incorporó más de cincuenta testimonios, incluidos generales como Albano Harguindeguy y Carlos Dalla Tea, el capitán Héctor Vergez, hasta el mayor Carlos Antonio Españadero, uno de los capos del Batallón.

Animal que cuenta

Un ejemplo, de los tantos que pueblan el libro, sirve para mostrar el tono que alcanza el relato. En el Capítulo tres, Ragendorfer podría haber informado periodísticamente que “según pudo constatar este cronista la dirección del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), funcionaba en un edificio sito en el centro porteño, específicamente en la intersección de la calle Viamonte y la Av. Callao”.

Pero su opción fue la siguiente: “El edificio ubicado en Viamonte y Callao no era una joya arquitectónica. Se trataba de una antigua construcción de nueve pisos con un ligero toque neoclásico. Sin embargo, a lo largo del tiempo había mutado hacia un estilo decididamente gótico, tal vez en virtud de la atmósfera ominosa que flotaba a su alrededor. Todas sus ventanas permanecían invariablemente cerradas con postigos metálicos pintados de verde oscuro; de ese mismo color eran las chapas blindadas que tapizaban el frente de la planta baja, al igual que el portón y la garita de la esquina. No había carteles ni placas que indicaran la verdadera naturaleza del lugar. Se sabía que en su sótano, diecinueve años antes, había estado secuestrado el féretro que contenía los restos de Evita. Y se daban por ciertas otras historias no menos truculentas. Era el cuartel general del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.”

Esta última elección hace que la narración adopte el tono de una “novela” que llena de vida (y de muerte), de historia y densidad a un espacio siniestro, que mutó del neoclásico al gótico, producto de su atmósfera espesa e insoportable. Con esa minuciosa descripción hizo más “real” la enigmática sede a los ojos de los lectores que a esa altura ya empiezan a sentir el frío corriendo por la espalda; sobre todo después de leer el título del capítulo: “El ministerio del miedo”.

En algún reportaje, Ragendofer afirma: “Siempre me pregunto si la vida imita a la literatura o la literatura imita a la vida”. Y responde dando a conocer el secreto de esta Coca Cola que no tiene secretos, pero que no está al alcance de todos los que no practican casi obsesivamente el violento oficio de escribir: “Cuando escribís una ficción el truco consiste en tratar de que ese texto parezca verosímil. En cambio cuando uno escribe una investigación periodística el desafío es lograr que ese texto parezca una novela”.

Sin perder la diferencia entre la ficción y la realidad, Los Doblados se transforma en una “novela” que expresa fehacientemente los contornos de la vida de un tumultuoso tiempo, mucho mejor que cualquier texto periodístico común y corriente.

Hacerse “el Oso”

Cuando habla de los “doblados”, Ragendorfer aclara que no se refiere a las personas que en cautiverio y bajo tortura aportaron cierta información; sino a traiciones perpetradas por quienes tomaron esa decisión sin haber perdido su condición de sujetos responsables de sus actos.

Rafael de Jesús “el Oso” Ranier es el filtro por antonomasia. Apareció siempre lateralmente en los relatos que contaban la historia del PRT-ERP o las organizaciones guerrilleras, especialmente el gran trabajo de Gustavo Plis-Sterenberg (Monte Chingolo. La mayor batalla de la guerrilla argentina, Planeta, 2003).

Ragendorfer reconstruye meticulosamente la trayectoria y el perfil de este personaje tan terriblemente común y tan banalmente siniestro.

Al “Oso” se le atribuye la entrega de medio centenar de militantes y las cincuenta y tres bajas del delatado ataque al cuartel de Monte Chingolo, junto a la localización de casas, talleres de armamento, imprentas y depósitos de propaganda.

En su libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt acuña el concepto de “banalidad del mal” (que subtitula su trabajo).

Arendt había entrevistado a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS alemanas, y aseguraba que no era un sujeto sádico o demoníaco, sino alguien “terriblemente normal” y demasiado común. Llegó a la conclusión de que hombres normales, en determinadas circunstancias, se involucran en una tarea macabra y están dispuestos a todo con una completa exención de la responsabilidad por sus actos. Eichmann no mostró culpa, ni odio, ni arrepentimiento; invocaba que él no tenía responsabilidad alguna por su “trabajo”. Cumplía con su deber, obedeciendo órdenes y en conformidad con la ley vigente.

Hombres comunes con responsabilidades aberrantes, bajo el amparo de la obediencia debida. Burócratas ordinarios que tenían a cargo la opaca administración de la muerte en masa.

Para muchos esa definición no podía caberle a Eichmann porque jugó un rol central en el engranaje del Holocausto e incluso estudió y hasta tomó clases de idioma hebreo para prepararse para su función.

Sin embargo, es perfectamente aplicable al “Oso” Ranier, un militante que venía de una experiencia frustrada en la guerrilla peronista, que se incorpora sin mucha discusión a la estructura del ERP y “cae” en la responsabilidad de la logística. Un hombre de capacidades intelectuales limitadas, de escasa formación política, que mantenía sus contactos con referentes de la derecha peronista que lo convencen fácilmente que puede seguir aportando a la causa si ingresa al ERP para un trabajo especial.

“El Oso fue un verdadero héroe de guerra”, le dirá con cinismo el despreciable mayor Carlos Españadero al autor del libro.

Traición y política

Los Doblados aborda la cuestión de la relación entre traición y política, y abre varios debates.

Para el escritor y periodista, los decretos de aniquilamiento hicieron que las FFAA tomaran el control operacional del país y el poder pasar de la Casa Rosada al Edificio Libertador. Los jugados ataques guerrilleros fueron una excusa, como podría haber sido cualquier otra. El 24 de marzo fue la mudanza.

En términos históricos, puede asistirlo la razón: el Golpe fue una respuesta no a este o aquel hecho armado de la guerrillera argentina, sino a un ascenso revolucionario de masas con epicentro en una insurgencia obrera; luego del fracaso de la táctica de “pacificación” y de intento de reconciliación nacional con la vuelta de Perón.

Todas las excusas podrían ser iguales, pero en el terreno de la estrategia algunas son más iguales que otras. En el balance, hay más consenso en la discusión sobre las causas profundas del Golpe, cuestión que no niega el rol de cada organización para dotar (o entorpecer) el camino de los trabajadores y el pueblo hacia la conquista de una orientación que permita enfrentarlo y superarlo. En ese sentido, los desastres políticos o militares (no podría separarse una cosa de la otra) de Formosa y Monte Chingolo tienen su peso específico en el debate estratégico en torno al final que tuvo el ensayo revolucionario de los años ’70.

Por otro lado, la capacidad de daño de los infiltrados en las organizaciones revolucionarias tampoco es independiente de la política y de la estrategia. Es fácil -y ha sucedido recurrentemente en los últimos años- caer en la moralización de la discusión a condición de despolitizarla. La integridad moral de la inmensa mayoría de los militantes y combatientes del PRT-ERP bajo presión extrema de la tortura está ampliamente documentada.

Pero es llamativa (y un aporte el acento puesto en ese punto), la descripción de las concepciones del máximo jefe de la organización, Mario Roberto Santucho, en relación a un supuesto “blindaje” moral que evitaría la infiltración extendida de su organización o la haría demasiado evidente por las notables características distintas que tendría el soplón con respecto al revolucionario genuino.

Tampoco puede hacerse abstracción de las consecuencias que tienen los desaciertos propios en la posibilidad de acción disruptiva de los provocadores profesionales. En el balance de Monte Chingolo, el ERP afirmó que fue “una derrota militar y un triunfo político”. Nada menos. La propia historia del “Oso” Ranier que llega políticamente desmoralizado a las filas del ERP también dice algo sobre esa compleja relación.

Como las grandes conjuras o conspiraciones, las acciones de los filtros -que no son más que pequeñas y cotidianas conspiraciones al servicio de la delación- no actúan en el vacío. No puede autonomizarse la técnica de la política. La “guerra” por la información es también la continuidad de la política por otros medios.

Más allá de la posición que se adopte en estas polémicas, el cautivante relato de Los doblados, aporta una mirada para esta historia desde un ángulo novedoso.

Después de todo lo escrito y sobredocumentado sobre esos años (lo que no es sinónimo de que se sacaran todas las lecciones), no era tarea sencilla revisitar creativamente ese período. Ricardo Ragendorfer lo hizo: narró admirablemente acciones que transcurrieron “en un país oprimido y tenaz”, desde el enfoque de un tema tan complicado como fascinante: el tema del traidor (y del héroe).




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