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Los 90: el rock y los orígenes de la flexibilización laboral

Chris Cornell, cantante y guitarrista de Soundgarden y Audioslave, nos dejó para siempre. Caben estas líneas en su memoria y como una forma de pensar nuestra generación.

Jueves 18 de mayo | 22:13

A mediados de los 90 fui mamá y de ahí en mas, todo se puso patas para arriba en mi vida, principalmente porque era muy chica pero más específicamente porque era muy rockera. Mi hijo fue rockero desde de mis entrañas.

Algo estaba cambiando en el discurso de las grandes bandas que surgían. En Estados Unidos empezaba a asomar en Seattle un nuevo movimiento musical hijo de la generación “X” llamado grunge y nos encantó a todos. Mezcla de Led Zeppelin, y de todas las bandas de los 70 (no creo en las coincidencias) con letras muy profundas que interrogaban todo el tiempo a la sociedad de consumo, al exitismo, a la perfección americana y sus estereotipos tanto de belleza como de estilo de vida, que hizo tanto daño.

Por ese entonces llevaba a mi hijo al jardín y las maestras me retenían para indagarme porque él no quería cantar las canciones infantiles, sino que quería cantar: Nirvana, Soundgarden, y todo empeoró cuando quiso cantar “The beatiful people” de Marilyn Manson. Me preguntaban: "¿Pasa algo en tu casa?".

En nuestra casa se escuchaba de todo, sobre todo en casetes, todavía había montones, mucha radio y no había tanta plata para CD.

En los 90 había muchísima desocupación, en ese tiempo empezaban a asomar como hongos los shoppings y la palabra “mega” se empezó a utilizar para todo. Mega se transformó en sinónimo de potencia. El individualismo nació y se alimentó a pizza con champagne que servían cientos de jóvenes flexibilizados con horarios salvajes, pagas miserables y cuadros de honor para los empleados del mes.

La mañana que leí el anuncio que pedía vendedora para la sucursal de la cadena de disquerías “mega” importante, me vi trabajando ahí y me presenté.

La posibilidad de conseguir un trabajo, comprar dólares e irse a España era muy de esa época, con la diferencia que yo no compraba dólares, sino que pagaba el alquiler y la niñera y con lo que quedaba, la cerveza para tapar la angustia que me daba, ver tan poco a mi hijo, no tener tiempo para salir con amigos o estudiar algo que me gustara.

Sin embargo trabajar en una disquería tenía algo especial, me hicieron la prueba que siempre me hubiera gustado tener en la escuela, tuve que hablar de Zeppelín, Pink Floyd, David Bowie, The Cult, Ramones, Iggy Pop, de los Red Hot, Jane´s Adiccition, Perry Farrel, Pantera, Black Sabath etc. Sobre Rock nacional también, aunque a mí nunca me gustaron los Redondos, más todo lo que estaba pasando en ese momento con bandas de Seattle como Nirvana, Pearl Jam, Alice In Chains, y si, Soundgarden que después de haber tenido una infancia muy zeppelinera cuando sonaba, sentía que algo revivía adentro mío.

Entré a trabajar ahí completamente endemoniada quería probar absolutamente todos los discos, pequeñas vías de escape para las 9 o 10 horas que estaba allí, por día con un solo día de franco. La paga no era buena y tenía un sistema extraño de comisiones con el que siempre salíamos perdiendo nosotros.

Cuando el discurso decía que con la globalización todo estaba cerca, se acortaban las distancias, el dólar, lo último en tecnología, el porta algo de plástico, el éxito, comprar y comprar, consumir. Cuando parecía que el neoliberalismo era la panacea a todos los problemas de la humanidad. La flexibilidad laboral aumentó el ritmo de trabajo y millones de jóvenes; eran superexplotados en el mundo para que un puñado de parásitos nunca dejara de acrecentar sus ganancias.

En el video “Black hole Sun” se pueden ver principalmente blancos, bien bañados perfectamente educados, con zapatos lustrados y biblia en mano paseando al perro, con las cocinas abarrotadas de electrodomésticos y las amas de casa en perfectas condiciones , hombres bronceados haciendo abdominales todo el año, niños que queman insectos sin motivo. Una niña rostizando su Barbie en el patio. Todos con el rostro endurecido y las pupilas dilatadas por la ingesta de tranquilizantes.

Paralelamente en las góndolas de la disquería, dejé mi columna vertebral en la sección libros, acomodando un best seller de autoayuda llamado “Menos Prozac y más Platón” que fue un boom también en los 90. Soundgarden en la voz desgarrada de Chris Cornell, retrataba una época cruda en la que todo se estaba yendo al saco roto de la posmodernidad.

Viajo en el tiempo a través del sonido de todas esas bandas, había mucho para decir, el sálvese quien pueda marcó a toda esa generación mientras que nos querían convencer que el marxismo había muerto y que después de la caída del muro de Berlín, no había más comunismo.

Entré al mundo del trabajo de esta manera, salvajemente, como todos los jóvenes en los 90. Pasaron muchos años, conocí las ideas de izquierda y entendí por ejemplo que si se repartieran las horas de trabajo, trabajaríamos todos. Hoy a pesar del agotamiento del neoliberalismo, también son los jóvenes los que sufren tanto la desocupación, como trabajar sin parar, para poder mantenerse, con pocos momentos para la recreación.

Viajo a través del tiempo para reencontrarme con esa joven madre que escuchaba a muy alto volumen, Spoonman, Blow up the outside world, Fell on black days, Been away too long, y tantas otras canciones porque si no hubiese sido por la liberación y la comprensión del mundo que me rodeaba, dada por la música y el acto de rebeldía que era cantar esas letras y estar en desacuerdo con lo que el mundo tenía preparado para mí por ser mujer y trabajadora no estaría tan segura de que mi vida y la de todos valen más que sus ganancias.






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