SUPLEMENTO

Lopez Obrador ante Trump: embellecimiento “nacionalista” de una entrega

Mario Caballero

Lopez Obrador ante Trump: embellecimiento “nacionalista” de una entrega

Mario Caballero

En la negociación con los Estados Unidos, ante la amenaza de imponer aranceles progresivos a las exportaciones, México terminó cediendo en su autodeterminación en materia de política migratoria y fronteriza. Esto pone a discusión la validez del discurso nacionalista de López Obrador.

Ante el reciente acuerdo firmado con Estados Unidos por la delegación diplomática encabezada por Marcelo Ebrard —en medio de la situación más tensa de los últimos años entre los dos países— resulta demagógico anunciar sus resultados como una “victoria” de la diplomacia mexicana. Y mucho menos puede verse como una reafirmación del “nacionalismo” que pregona el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Muchas voces han reiterado este “nacionalismo”, cuando es evidente que el gobierno mexicano cedió a las exigencias de Donald Trump de actuar como su gendarme aduanero en la frontera sur de México, temeroso de las repercusiones económicas de un aumento arancelario a las exportaciones mexicanas, en medio del fantasma de la recesión. La tarea encomendada: frenar de la manera efectiva la ola de inmigrantes que buscan llegar a México en su paso hacia los Estados Unidos, y que el gobierno de AMLO se resuelva el problema migratorio dentro del territorio nacional (“Tercer país seguro”) [1], actuando como border patrol fronteriza de los Estados Unidos.

La amenaza arancelaria termina con el “libre comercio” y da paso a un comercio basado en la imposición de aranceles (como al acero, aluminio, los jitomates, etc.). La misma no contaba con la aprobación de gran parte del Partido Republicano y del Partido Demócrata y queda además condicionada a medidas más estrictas si México no cumple en 45 días la tarea encomendada.

Sin embargo, esta imposición no fue siquiera fue enfrentada (aunque fuera tibiamente) con medidas recíprocas que hubieran impactado en los estados donde Trump tuvo alta votación. Por lo que AMLO terminó fortaleciendo la posición electoral de aquel. Encima, México firma un acuerdo condicionado a la supervisión de Trump en 45 días. Así, el “nacionalismo” de la 4-T queda como rehén de la Casa Blanca.

¿Es que puede llamarse nacionalismo” a la militarización de la frontera del país con Guatemala y usar a la Guardia Nacional (6 mil efectivos, por ahora) para contener a los migrantes centroamericanos que huyen de la violencia y la miseria en sus países? ¿Es “nacionalismo” poner al Ejército Mexicano y demás fuerzas policiales al servicio de una potencia extranjera? Bajo la nueva Política Migratoria, la GN, auxiliada por tierra y por aire por los soldados y la Marina, ya realiza redadas de migrantes en Chiapas, encerrándolos en estaciones migratorias que actúan como cárceles donde se decide su destino. Tal como ocurrió con el desmantelamiento, el miércoles 5 de junio, de la octava caravana de migrantes que llegó a Chiapas

Hoy, el Río Suchiate se ha convertido para los centroamericanos en la riesgosa aventura que el Río Bravo significa para los mexicanos que buscan cruzar la frontera con los Estados Unidos, así como el Instituto Nacional de Migración (INM), en la “migra” mexicana. Es decir, que la 4-T aceptó hacerle el trabajo sucio al gobierno de los Estados Unidos. Esto es algo que no lo había hecho ni el más neoliberal de los gobiernos mexicanos, de los cuales López Obrador diariamente critica. La encomienda de la Casa Blanca al “nacionalista” AMLO, lo llevó a ir más allá de esos gobiernos.

Es un raro “nacionalismo” que le lava a cara al xenófobo y racista presidente yanqui Donald Trump, cuando AMLO afirma —pese a que Trump constantemente despotrica y amenaza a nuestro país— que quiere seguir siendo amigo del presidente de los Estados Unidos. Esta muestra de sumisa “amistad”, choca con la filosofía imperialista de los Estados Unidos que, en boca de John Foster Dulles, secretario de Estado en los años 50, sentenciara que “los Estados Unidos no tienen amigos, sólo intereses”.

Es evidente que la estrategia de López Obrador para cambiar la situación en que dejaron al país los partidos y gobiernos del Pacto por México, no encuentra una salida y que sus anteriores ambigüedades ante las amenazas de su “amigo” Donald Trump ya no van más.

Una soberanía que no pasó la prueba

Muchos esperaban una política de relativa independencia del nuevo presidente en temas que hacen a la soberanía nacional, que lo distinguiera del entreguismo de los últimos gobiernos del PRI y del PAN que privatizaron a más no poder y permitieron un gran avance de la injerencia imperialista.

Pero para avanzar en una política donde la burguesía nacional intentara cierto margen para negociar con los Estados Unidos, y el mercado nacional tuviera más desarrollo, las cúpula empresariales tendrían que levantar una política que enfrentara el proteccionismo estadounidense y la imposición de sus acuerdos, así como los compromisos con el FMI, el Banco Mundial y la OCDE, entre otros. Pero son socias menores del imperialismo y solo buscan mayores migajas. Esa fue la política de AMLO en las negociaciones

Sin embargo, y a pesar de no ser ultra neoliberal como los gobiernos anteriores, el de AMLO, al no ser un gobierno de los trabajadores (responde a los intereses de la burguesía), tiene que buscar un equilibrio en la relación con los Estados Unidos —y las transnacionales— y sus socios menores, los empresarios del país, donde los intereses de los trabajadores seguirán estando en segundo plano.

El solo hecho de que México dependa del comercio y las finanzas de un país imperialista como los Estados Unidos (el 80% de las exportaciones mexicanas van hacia allí), marca claramente la diferencia entre la potencia imperialista y nuestro país, y acentúa sus rasgos semi-coloniales. Dado que los anteriores gobiernos “neoliberales” permitieron que agencias de seguridad de los Estados Unidos actuaran en los puestos de control en la frontera con Guatemala como si fueran autoridades locales, un amplio sector de la población que votó por AMLO esperaba una cierta ruptura con esa política de subordinación a la Casa Blanca. Sin embargo, la defraudación de las expectativas fue más allá.

Nada que ver con el nacionalismo del presidente Vicente Guerrero que, ante las intromisiones del injerencista ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, Joel Robert Poinset —en plena doctrina Monroe—, exigió al presidente Andrew Jackson la separación de su cargo de ese personaje por inmiscuirse en los asuntos de la política del país. Esa etapa de la historia de México que AMLO llamó la “Primera Transformación”, intentó ser más independiente y nacionalista que la 4-T.

Desde el momento en que López Obrador anunció que cumpliría los acuerdos firmados con Estados Unidos por los gobiernos anteriores (entre ellos el pago puntual de la deuda externa), se mostraba que el discurso sobre el “nacionalismo” de la 4 Transformación, quedaría solamente en eso, en discurso. Ningún presidente se ha opuesto a pagar la deuda externa y demás compromisos con el imperialismo, y mucho menos a convocar a la movilización obrera y popular para frenar los condicionamientos y las amenazas del “vecino” del norte.

Sin embargo, López Obrador pretende referenciarse en el nacionalismo del presidente Lázaro Cárdenas, pero Cárdenas no se arrodilló ninguna negociación con los Estados Unidos. Ni para negociar con Roosevelt para que no interfiriera en la crisis abierta con el ex presidente Elías Calles a mitad de los treintas, ni cuando expropió las empresas petroleras estadounidenses, aunque posteriormente fueran indemnizadas.

El presidente michoacano no mandó una comitiva de ministros a los Estados Unidos para aceptar un acuerdo humillante, y además tan condicionado, como el que pactó Marcelo Ebrard con las autoridades estadounidenses. Su visión del desarrollo industrial del país se basó en utilizar la movilización de las masas obreras y campesinas, subordinándolas para fortalecer su proyecto nacionalista burgués -que como decía trotskista -no podía ser confundido con el socialismo, mostrando así el músculo del capitalismo nacional ante la derecha empresarial y el imperialismo. Incluso, en una parte su mandato apoyó varias huelgas con lo que logró ese apoyo del movimiento obrero y la subordinación a sus intereses

Muy distinto al “nacionalismo” de AMLO que, ante la oleada huelguística en Matamoros a principios de año, convocó a los trabajadores a no hacer huelgas para no afectar las inversiones de las transnacionales maquiladoras. En ningún momento, bajo su política de “paz y amor” —en plena ofensiva capitalista y de crisis mundial de la economía—, la 4a Transformación podría tener mínimamente rasgos anti imperialistas, como expresión de una política nacionalista.

El acto en Tijuana de AMLO: un pasivo llamado a la unidad nacional

Cuando un gobierno capitalista llama a la unidad nacional en torno su política afectada por alguna potencia extranjera, moviliza a la población para mostrar una disposición a resistir y mostrar una fuerte defensa, como hizo Lázaro Cárdenas en los años treinta. Sin embargo, esta “unidad nacional” —justo en un momento en que distintos sectores se sienten desilusionados por el incumplimiento de varias de las promesas de campaña de López Obrador, y en donde las críticas al rumbo de la economía nacional son muy fuertes— no mostró una actitud progresiva.

Fue centralmente un cierre de filas de la clase política y los empresarios en torno a la disposición del gobierno de México de mantener buenas relaciones con un gobierno antimexicano como el de Donald Trump. Ni siquiera se le ocurrió a López Obrador recurrir al derecho de controversia en las instancias internacionales del comercio global que el sistema capitalista, basado en el derecho internacional, ha construido para estos casos.

Un acto político donde, vulnerando el Estado laico —por el que se fueron a la guerra los liberales del siglo XIX y afirmaron la separación de los asuntos de la Iglesia y el Estado— contó con la presencia de representantes de las iglesias evangelistas y católica, con lo que, como reconocieron conocidos defensores de la participación en política de los religiosos, la 4-T avanza en el desmantelamiento de la “intolerancia” del laicismo.

La estrategia mexicana en esos momentos de tensión de las relaciones comerciales con Estados Unidos, fue congraciarse con Trump y no verse beligerante en la defensa de la economía nacional, al grado que AMLO afirmó que al presidente xenófobo y racista no le levantaba el puño cerrado, sino una mano abierta. Justo cuando el gobierno estadounidense amenazaba bravuconamente con medidas más duras si no se cumplía lo pactado por México. Por ello, el presidente mexicano afirmó que se cumplirán puntualmente los compromisos asumidos con Trump. Nada que muestre una defensa de la soberanía nacional que pudiera ofender al mandatario estadounidense.

“Oficio político”, le decían algunos a esta subordinación del gobierno mexicano, en tanto, el artífice central de de esta negociación, Marcelo Ebrard, anunciaba que “no se ganó todo, pero salimos con la dignidad intacta”. ¿”Dignidad intacta” cuando ante el sometimiento a los Estados Unidos, la 4-T se olvida del Plan de Desarrollo Integral para El Salvador-Guatemala-Honduras-México (PND), plan para la cual esperaba contar con el apoyo económico de los Estados Unidos de 5000 millones de dólares para Centroamérica y 4200 millones para México? Esto, además de avalar en los hechos, la ayuda yanqui a los gobiernos de la región que apliquen medidas que impidan la emigración de sus connacionales hacia los Estados Unidos.

El llamado a la unidad nacional en Tijuana, no alcanza para enfrentar los siguientes embates de un presidente xenófobo racista que está en campaña por la reelección en su país, y necesitará más golpes efecticistas sobre México Este giro derechista de López Obrador empieza a provocar roces dentro del Morena dada la sumisión del gobierno mexicano y la mayoría del Congreso, como denunció el Presidente de la Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo, que comparó el uso de la Guardia Nacional con un muro mexicano en su frontera sur para satisfacer la política migratoria de los Estados Unidos. Muñoz Ledo señalo no solamente que el acuerdo significa una pérdida de soberanía, sino que existe la posibilidad de que finalmente México acepte convertirse en un “tercer país seguro”.

Esta es una de las contradicciones que está mostrando la derechización de la política de un gobierno, que muchos esperaban diera solución a los grandes problemas nacionales.

Movilización obrera y popular para frenar la ofensiva imperialista

Si ya de por sí, la “austeridad republicana” de la 4-T viene implicando recortes al gasto público, con despidos de trabajadores estatales, para incrementar el presupuesto de las Fuerzas Armadas. La tarea de contención de inmigrantes en la frontera con Guatemala asignado a la Guardia Nacional, significará más reducción del gasto social para cumplir con las exigencias de Trump.

El gobierno de López Obrador, que cuenta con un Consejo Asesor Empresarial, es un gobierno capitalista que busca humanizar algunos aspectos del sistema de explotación. Pero no es de la mano del gobierno y del Congreso con mayoría del Morena (un partido donde cohabitan la centroizquierda, la derecha, y sectores ultra reaccionarios) de donde puede venir el freno al ataque del gobierno de los Estados Unidos y la defensa de la soberanía del país.

El gobierno de AMLO cuenta con un nivel importante de confianza de la población que opina que su relación con el imperialismo no puede convertirse en la que tuvieron los gobiernos anteriores. Evidentemente quienes confían en que tendrán un curso de mayor independencia —a pesar de los elementos irrefutables que mostraron su actual subordinación— deberían exigirle una política que frene la entrega de la soberanía a los Estados Unidos, para lo cual López Obrador tendría que desconocer los pactos de sus antecesores con la Casa Blanca, empezando por terminar con el flagelo de la deuda externa, pero también terminar con la militarización, y deshacer la Guardia Nacional, empezando por quitarle el rol de gendarme ante los inmigrantes que llegan a México camino a los Estados Unidos.

Las desilusiones en este gobierno se incrementarán conforme se profundicen los problemas estructurales del país y se confirme que es incapaz de enfrentar las exigencias imperialistas. Ni los empresarios, ni la llamada clase política, van a adoptar siquiera medidas puntuales de defensa nacional progresistas tal como hizo el gobierno nacionalista burgués de Cárdenas en relación a las presiones imperialistas, cuando expropió a las empresas petroleras. Solamente la clase obrera unida, en alianza con el resto del pueblo pobre, y con una política independiente puede frenar el ataque de los patrones y las presiones imperialistas.

Los miles de trabajadores que se fueron al paro y a la huelga en Matamoros (el Movimiento 20-32) para arrancarle sus demandas a las transnacionales maquiladoras, mostraron la potencialidad de la acción de la clase obrera para frenar la presión imperialista. Es necesario que los trabajadores mexicanos, en alianza y unidad con los trabajadores estadounidenses, enfrentemos la política del Trump y levantemos una perspectiva antiimperialista e internacionalista.

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NOTAS AL PIE

[1Un Acuerdo de Tercer País Seguro con México, obligaría a solicitantes de asilo a presentar su petición ante el Gobierno mexicano y les prohibiría avanzar rumbo a Estados Unidos, donde México funcionaría en atender el flujo migratorio.
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Mario Caballero

Nació en Veracruz, en 1949. Es fundador del Movimiento de Trabajadores Socialistas de México.
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