Política

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López, Cristina y una respuesta que no convence

Kirchnerismo y peronismo en estado de ebullición. Francisco, el centro de las miradas opositoras y oficialistas. El ajuste, el relato y la izquierda.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 19 de junio de 2016 | 11:41

El centro de los análisis políticos de este domingo está ocupado, como no podía ser de otra manera, por las consecuencias de la detención del ex secretario de Obras públicas de la Nación. El tema se ha convertido en un arma más que poderosa para la corporación mediática y el gobierno, al tiempo que impone un golpe durísimo al kirchnerismo y lo obliga a un debate sobre su futuro y su construcción pasada.

En ese marco, la respuesta de la ex presidenta a la crisis abierta, realizada el jueves solo por las redes sociales, no conforma ni a propios ni a extraños.

Lo evidencian los análisis en el diario Página/12. Allí José Natanson, director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur, escribe que “tanto la reacción de Cristina Kirchner como la del (…) diputado Julio De Vido, parecieron seguir una línea política insuficiente orientada a personalizar el problema y desplazar el foco hacia los empresarios”.

Por su parte Horacio Verbitsky afirma que “la detención de López (…) pateó el tablero político. Al Gobierno le simplificó la aprobación de medidas de efecto más gravoso que los nueve millones de dólares del ladronzuelo sorprendido al buscar asilo en sagrado. Al justicialismo le incentiva el apetito por deshacerse de CFK y al kirchnerismo le exige un debate a fondo y en serio sobre la corrupción, que es un fenómeno transversal”.

El mismo periodista agrega que “al cabo de doce años de gobierno en los cuales José López fue el regente de la obra pública bajo las tres presidencias Kirchner, el comentario de CFK luce tanto necesario cuanto insuficiente. Hubo tiempo de sobra para poner en funcionamiento mecanismos institucionales que redujeran las oportunidades para el enriquecimiento ilícito de funcionarios”. Sin embargo, en otra columna buscará evidenciar la “matriz estructural” del entramado de corrupción que vincula gobierno y obra pública, “presente en el país antes de que Kirchner fuera electo por primera vez intendente de Río Gallegos”.

Pero a la luz del relato político construido por más de una década, suena a consuelo (o intento de). Ese relato se presentaba como una suerte de “reparación” de los males de la “vieja” política, algo que se hace patente, está lejos de haber ocurrido.

Francisco, el hombre por quién doblan las campanas

En otra columna titulada La cuarta muerte de CFK el mismo periodista afirma que “la defunción del kirchnerismo se proclama con el mismo entusiasmo que en 2008, 2009 y 2013. El vacío de poder en el justicialismo, cuya conducción CFK no quiere ejercer, estimula la actuación política del Papa Francisco, cuyo rol tendrá consecuencias hoy difíciles de prever”.

Este peso del papa en la agenda nacional no ha dejado de crecer. Como define el propio Verbitsky “tanto el kirchnerismo como los sectores más tradicionales del justicialismo intentan cubrirse con la sotana blanca del Papa Francisco, quien muy complacido aprovecha para avanzar la agenda retrógrada de su organización confesional, mechada con un retórico reclamo de políticas sociales”.

Dando cuenta del mismo proceso, Julio Blanck afirma en Clarín que “el kirchnerismo entendió temprano que la fisura entre el Papa y el Presidente le ofrecía una ventaja comparativa para su trabajo de demolición el Gobierno. Las amabilidades que Francisco le dispensó en su momento a Cristina le dieron gas a esa estrategia”. Sin embargo, también afirma que “para la Iglesia, que tiene delicados puntos de contacto con este episodio, no resultará sencillo de aquí en más sostener cierta posición ambigua frente al kirchnerismo”.

El papa opera como una suerte de centro donde confluyen las miradas de las diversas alas del peronismo pero también del oficialismo, que busca los medios para lograr que la actual tensión se convierta, como mínimo, en una relativa neutralidad.

Punto de ebullición

Eduardo Van der Kooy afirma que “el escándalo de López funcionó como un verdadero terremoto entre kirchneristas y peronistas. Los primeros parecen atrapados por el devenir judicial. Los segundos, por el destino político. ¿Podrá seguir soñando Cristina con una postulación en las legislativas del año próximo? ¿Hasta cuándo le seguirán respondiendo los incondicionales? ¿Quién querrá arrimarse al Frente Ciudadano que lanzó en Comodoro Py?”

Las preguntas, aunque tengan el tono de la algarabía oficialista, son válidas.
Por su parte, Morales Solá escribe en La Nación que “el peronismo ya no es lo que era; el kirchnerismo se convirtió en una secta minoritaria; la Justicia está asumiendo, en algunas instancias al menos, que el tiempo de la arbitrariedad se terminó, y la alianza gobernante encontró el oxígeno que le estaba faltando”. Agrega además que “el peronismo no tiene un líder alternativo, como sí lo tuvo en todas sus crisis desde 1983”.

La reconstrucción del peronismo como oposición política estará marcada por otros contornos. Pero la pregunta por esta cuestión no debe verse solo en el reducido margen de la rosca política electoral. Por el contrario, existe un factor ligado al ajuste en curso y la respuesta de sectores del movimiento de masas.

Ajuste, relato e izquierda

Horacio Verbitsky escribe que “para las distintas fracciones de la clase dominante, la caída de José López debería arrastrar al kirchnerismo, cuya defunción se proclama ahora con el mismo entusiasmo que luego de la rebelión de la Sociedad Rural en 2008 y de las derrotas electorales en la provincia de Buenos Aires en 2009 y 2013. Esa posibilidad no puede descartarse, pero el modo jubiloso en que se anuncia está determinado por el inocultable deseo de los emisores”.

El periodista afirma que eso dependerá de factores como “el Partido Justicialista y el vasto universo de organizaciones políticas, sindicales y de los barrios, que adhirieron al gobierno concluido en diciembre de 2015. A ellas se suma quienes se acercaron ante la convocatoria que Cristina lanzó en abril de este año para constituir un Frente Ciudadano del descontento con los efectos devastadores de las políticas oficiales”.

Por su parte, Natanson señala que “aunque condenable en cualquier tiempo y espacio, resulta especialmente grave en aquellos dirigentes y fuerzas políticas que defienden el protagonismo del Estado como regulador de la economía y protector social (…) El lugar que ocupó López en el corazón del dispositivo político de la década abre un profundo interrogante acerca del modo de funcionamiento del aparato kirchnerista y su exacta calidad ética (…) el affaire afecta la legitimidad del kirchnerismo (…) Y así pagan justos por pecadores: la conducción de La Cámpora o el equipo de Axel Kiciloff (…) se mezclan con los López y los Jaime en un mismo brebaje espeso”.

Agreguemos que siempre estuvieron mezclados dentro del “proyecto nacional y popular”. Luis D’Elía, kirchnerista paladar negro afecto a las frases fuertes defendía esa unidad afirmando que los ladrillos “también se hacen con mierda”.

El debate en el kirchnerismo recorre también la llamada blogosfera. Vale la pena citar aquí el blog Nestornautas, de la Corriente Kirchnerista en Santa Fe, donde se escribía hace días que “el caso López lesiona nuestra credibilidad para intervenir en el debate político (…) A cualquier señalamiento que queramos hacer sobre las políticas de Macri y sus nocivos efectos nos pretenderán callar hablando de bolsos con dólares revoleados por encima de un tapial (…) si la cosa sigue así, la disociación entre el sistema político-institucional y la sociedad se irá profundizando; y si encima los López y el fantasma de la corrupción nos desacreditan a nosotros como alternativa la pregunta que hay que hacerse es ¿quién expresará políticamente el descontento?”

La realidad es que, ante el ajuste macrista, el kirchnerismo -y solo un sector del mismo- expresó retóricamente ese descontento.

En las provincias donde el FpV ejerce el gobierno, el mismo ajuste se implementa de manera brutal. Así se puede ver en Tierra del Fuego y Santa Cruz. En el Senado el bloque de FpV ha sido el garante de la gobernabilidad de Cambiemos. En la cámara de Diputados, la división de ese espacio y la emergencia de los “traidores” como Diego Bossio (¿y ahora José Luis Gioja?), ha dado el mismo resultado.

La burocracia sindical peronista, alineada con el kirchnerismo hasta el pasado 10 de diciembre, ha actuado como garante del avance del ajuste con su vergonzosa pasividad. Hecho que no deja de ser ilustrativo del carácter de quienes rezaron el credo del “proyecto nacional y popular” por más de una década.

En ese marco, la izquierda que integra el FIT ha sido vocera coherente de ese descontento social creciente. Sus denuncias en el Congreso Nacional -o en las legislaturas provinciales- van de la mano de la pelea contra el avance de los despidos y la lucha por recuperar las organizaciones obreras de manos de los Caló, Pignanelli, Gerardo Martínez, Daer y otros nombres que supieron sentarse sonrientes al lado de Cristina Fernández. Esa pelea precede claramente al 10 de diciembre pasado.

Precisamente por eso, a la pregunta de quién expresará políticamente el descontento, puede contestarse que esta izquierda tiene grandes posibilidades de hacerlo.

Pero no se trata solo de ser voceros del descontento, sino que la tarea estratégica de la izquierda pasa por organizar la fuerza de los trabajadores, las mujeres y la juventud en aras de enfrentar y derrotar el ajuste macrista en las calles. Esa fuerza, a pesar de la tregua de las conducciones sindicales, ya se expresa en las protestas que recorren el país como respuesta a la política del gobierno.







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