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Ciudad de Córdoba

Llaryora ajusta a los municipales: el discurso de los privilegios y el orgullo de clase

La semana pasada el oficialismo peronista aprobó un ajuste sobre las y los trabajadores municipales que impone una modificación unilateral de la jornada laboral para reducir salarios y el otorgamiento de amplias prerrogativas al Intendente para reorganizar la planta permanente.

Paula Schaller

Licenciada en Historia

Lunes 11 de mayo | 16:55

La cuarentena ofició de excusa perfecta para que Llaryora de un paso adelante en concretar el viejo proyecto de atacar las condiciones laborales del sector, un objetivo común de todas las gestiones desde el 83 a esta parte. Está claro que es el ensayo de una avanzada más general de ataque al conjunto de los estatales y trabajadores del sector privado, que ya están sufriendo rebajas salariales. 

El regocijo descarado con el que los grandes medios oficiaron como legitimadores del ataque, aunque repugne, no sorprende. Hace años escriben ríos de tinta y gastan micrófonos contribuyendo a un sentido común de amplia circulación social: “los trabajadores municipales son privilegiados que no hacen nada”.

Esta vez, agregaron a las diatribas tradicionales una nueva acusación de modé: que los trabajadores rompieron la cuarentena por convocarse, guardando el debido distanciamiento social, en las puertas del Concejo Deliberante para expresar su descontento. Algo que, señalemos, hicieron en soledad, ante el escandaloso faltazo del resto de los sindicatos.

No faltó el afiebrado que desde la tribuna antiobrera de Cadena 3 vociferó que “los ciudadanos somos los patrones de los trabajadores municipales y encima cobran más que nosotros". Una dosis concentrada de la representación que nos proponen asumir: el ciudadano como sujeto atomizado autopercibido como “patrón” del trabajador “privilegiado” que no merece un sueldo alto.

En una operación simbólica perversa, pretenden que asumamos como privilegiados a los trabajadores cuyos salarios están por encima de la canasta básica de pobreza y que los responsabilicemos de la degradación de las condiciones de vida de las mayorías. La quintaesencia de la subjetividad neoliberal que siempre activan gobiernos y grandes patronales para seguir ajustando y, demonizando enemigos puntuales, rebajar las condiciones del conjunto.

Me preguntaba cuánto del hastío y la bronca con ese sedimento histórico -y siempre actual- de maltrato de los gobiernos se activó entre las y los trabajadores con el potente discurso contra el ajuste que pronunció Laura Vilches en la sesión del Concejo Deliberante (que, si no lo vieron, no se lo pierdan). Basta ver las redes sociales de Laura para darse una idea de la atención con la que siguieron el discurso, al que compartieron en sus grupos y por el que hicieron llegar innumerables muestras de emoción.

No sólo porque de seguro es inédito que alguien en el Concejo Deliberante levante tan firmemente la causa de la defensa de las y los trabajadores, sino porque lo que dijo Laura reconectó con la fibra sensible del orgullo de ser laburante y del rol esencial e imprescindible que cumplen.

Entonces los siempre demonizados cobraron rostro y realidad concreta, y ya no fueron los “privilegiados” del discurso hegemónico sino los esenciales para el funcionamiento de la ciudad. Los que como dijo en su discurso sostienen la educación en las escuelas municipales conteniendo a familias llenas de carencias, los que en los nosocomios municipales están en la primera línea enfrentando la pandemia sin insumos, los trabajadores y trabajadoras de Bajo Grande que tratan los líquidos cloacales, literalmente la mierda de toda la ciudad, como le gritó a un Passerini, presidente del Concejo, visiblemente incómodo.

Son los trabajadores de los cementerios que día a día soportan las cargas de tratar con la muerte -que en momentos de pandemia se agudizan-, son los trabajadores que recogen la basura, que sostienen la limpieza de los basurales. Y así podríamos seguir enumerando todos los aspectos que hacen al funcionamiento de la ciudad. Y me pregunto, ¿cuántos trabajadores de otros sectores se podrán haber sentido más reconocidos con las y los municipales?

En ese reconocimiento del carácter imprescindible de las y los trabajadores para el funcionamiento de todo lo que necesitamos las grandes mayorías se libra un aspecto clave de la batalla actual.

Hace un par de años el inglés Owen Jones decía en su libro Chavs. La demonización de la clase obrera que en Gran Bretaña las contrarreformas del tatcherismo habían logrado no sólo una derrota de las luchas obreras centrales de la etapa y del poder de fuego de los sindicatos sino, sobre esa base, quebrar el prestigio social con el que había contado la clase obrera. Se generalizó así el término chavs como caricatura despectiva de los jóvenes de los barrios de clase obrera. La pertenencia obrera, que otrora había sido motivo de orgullo, pasó a serlo de vergüenza y criminalización, en un contexto de degradación cada vez mayor de sus condiciones de vida. Esto estuvo acompañado por el imaginario del “país de clase media”, invisibilizando la clase obrera y colocando a la clase media como la aspiración social natural de cualquiera que hubiese tenido la “desgracia” de nacer en un entorno obrero.

Pienso que cualquier semejanza con el afiebrado periodista que nos considera “patrones” de las y los trabajadores municipales NO es pura coincidencia. Tampoco es casual que los sindicatos que preservan conquistas laborales sean siempre colocados por el discurso gubernamental y mediático en la representación colectiva del privilegio, porque apuntan a un disciplinamiento general de las aspiraciones del conjunto.

“¿Acaso pretenden que se arrastren por un plato de comida?”. “Si atacan a los sindicatos más fuertes, qué queda para las pibas y pibes más precarizados, como los que laburan en aplicaciones de deliverys?”, fue la forma en que lo sintetizó Laura. En un momento donde avanzan los recortes salariales y miles pierden el empleo cada día, es la realidad misma la que explica su discurso.

La jornada en que las y los trabajadores municipales se movilizaron en rechazo al ajuste, cerró a la noche con una caravana de pibas y pibes de las aplicaciones de deliverys denunciando la represión que sufrieron el día anterior y exigiendo aumento y medidas de seguridad e higiene ante la pandemia.

Ellxs también están en la primera línea garantizando el traslado de comida y son imprescindibles para el funcionamiento urbano, aunque parten de mucho más atrás en sus condiciones laborales que los municipales. Son el símbolo de un modelo de hiper-flexibilización del trabajo que va mucho más allá de ese sector y afecta en distintas modalidades a cientos de miles que trabajan en condiciones precarias. 

La fragmentación entre sectores de trabajadores que preservaron conquistas laborales y sectores que carecen completamente de ellas es la gran herida del ataque neoliberal que permanece abierta. Esa herida es enormemente productiva no sólo para imponer condiciones laborales cada vez peores, sino para desagregar la lucha social, aislando a cada sector en una pelea por separado que limita su fuerza. Para gobiernos y empresarios es estratégico sostener esa desunión por todas las vías posibles, y para eso contaron una y otra vez con conducciones sindicales aliadas. Para los trabajadores, en cambio, se trata del escenario donde se libra lo que puede ser la tragedia o el triunfo de los imprescindibles.







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