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Les revenant o Lo que los hacedores de zombies no podrían imaginar

Un grupo creciente de individuos que han estado muertos retornan a sus hogares luego de algunos años. No saben que han perecido. No saben que ya nadie los espera y que su camino, en este mundo, ha sido borrado. Descubrirán su condición, descubrirán que no son los únicos y descubrirán el propósito de este retorno.

Sábado 12 de noviembre | Edición del día

Inspirada en el film They came back del año 2004, esta serie fue ganadora en la categoría de Mejor Serie Dramática. La segunda temporada fue estrenada en el 2015.

¿Es posible, hoy en día, encontrar una dimensión de la ficción donde los muertos no revivan para comer personas? Hartos de toparnos con refritados zombies, en cualquiera de sus facetas “originales” que lo único que buscan es la audiencia cautiva (de lo que ya se ha creado, se ha mejorado, se ha plagiado y se ha copiado una infinidad de veces), nos tropezamos con esta serie francesa del año 2012 (en su primera temporada), creada por Fabrice Gobert, donde los muertos que reviven son seres humanos concientes, que continúan con su vida sin percatarse de que han vuelto a iniciar.

En algún momento de su derrotero, caerán en la cuenta de su condición: que no son lo que solían ser, que la evolución natural se ha permitido un lapsus, que la realidad de la que provienen es tan difusa como el ruido blanco de un televisor. Y los que se los harán saber serán sus seres queridos. Los que quedaron. Los que aún están.

Pero estos muertos que han vuelto, estos seres cuya existencia se ha visto interrumpida, ¿han olvidado su pasado, o acaso han retornado para continuarlo como si su desdicha trágica sólo hubiese sido una pesadilla?

Tal parece que así es. Su vuelta a la vida es una vuelta a la rutina, a la cadencia del mundo contemporáneo que identifican como su cotidianeidad pero que ya no es. Pero significa, al mismo tiempo, un infierno o una esperanza o un espanto o un milagro para quienes, así como así, un día cualquiera, los ven llegar.

Vienen los que se fueron hace poco o los que se fueron hace tiempo; los que partieron de manera trágica o los que simplemente partieron; los que fueron muertos o los que se quitaron la vida. Pero todos los que vuelven, sin excepción, son los muertos de Annecy, este pueblo aislado y recurrente: un lugar del que, paradójicamente, los vivos no pueden escapar. Como si se tratara de esos villorrios olvidados de la España profunda que pueblan las obras de García Lorca, este páramo enloquecedor también funciona como protagonista y como disparador, como un propelente de viejos conflictos latentes no sólo de los que intentan escapar (estos viajan por caminos y sendas que, indefectiblemente, los vuelven a traer al mismo lugar) sino también de los que han atado sus destinos a esta tierra extraña.

Este drama paranormal nos abofetea el rostro como la fotografía de un forense, porque lo que nos muestra no es otra cosa que la semblanza de la sociedad que se ahoga con su propio vómito.

Una de las renacidas es una niña que murió en un accidente trágico. Vuelve no sólo con su inconciencia de niña y su ignorancia de resucitada, sino también con un hambre feroz. Su casa está en el mismo lugar; a su madre joven se le cincelaron, en el rostro, arrugas de dolor tras su partida; su padre ya no vive ahí pero ella aún no lo sabe y su hermana... ah, he aquí la primera revelación, la primera gran crisis: hermana, aquella que tenía su misma edad y casi su mismo rostro, ya que eran mellizas, es ahora una adolescente conflictuada con muchos más años que ella.

Lo que nos resulta realmente interesante de Les Revenant no es la anécdota sobrenatural, sino los conflictos que la muerte había interrumpido y que esta inesperada resurrección viene a continuar. En efecto, los laberintos que nos envuelven a diario, las desdichas y las alegrías que alimentan nuestro carácter y nuestro destino, no se desvanecen con la muerte de uno de los implicados. Muy por el contrario, a pasar de todos los ritos fúnebres que tratan de enterrarlos y olvidarlos, las tragedias y los afectos comparten nuestra existencia de una forma que esta existencia ni siquiera puede imaginar.

Renace un abusador de mujeres ajusticiado por su hermano; renace un joven conflictuado que se ha quitado la vida dejando a su joven amante en una agonía perpetua. Renace un niño asesinado. Renacen mariposas clavadas en el cuadro de un viejo coleccionista y en este universo, en conclusión, todos renacen y renacen. Y cada vez más los renacidos son un secreto a voces. Y se yerguen amenazantes, por su condición y por su número (cada vez más creciente), y por ese lugar misterioso del que proceden, y por ese fuerza sobrenatural que los ha traído de vuelta, a revivir viejas heridas y derramar nuevas lágrimas.




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