Política

EDITORIAL DE EDITORIALES

Las palabras y los silencios del progresismo K

Milani y Scioli. Trabajo precario y burocracia sindical. Balance de un año y un ciclo político.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 28 de diciembre de 2014 | Edición del día

Exceptuando lo escrito por Mario Wainfeld en Página12, este domingo no encontramos lo que podrían ser balances del año que se cierra. Los editorialistas de Clarín, como casi siempre, aburren. La Nación cierra el año festejando la inestable situación de Milani.

Las palabras…

Jean Paul Sartre señalaba que el intelectual comprometido se definía tanto por lo que dice como por aquello que calla. El mismo rasero podría aplicarse al periodismo político progresista. La última columna del año de Horacio Verbitsky reafirma al apotegma sartreano.

En lo que dice, el periodista escribe reivindicando los juicios a los genocidas en la Argentina en comparación con procesos similares en todo el mundo. En aquellos ha primado la impunidad. En la Argentina, por el contrario, ha avanzado el juzgamiento a represores. Sin embargo, tiene que señalar que “con los procesos terminados este año ya llega a 553 el número de personas condenadas, mientras 50 fueron absueltas.

Otras 51 personas fueron sobreseídas en la etapa de instrucción y los jueces resolvieron que no había pruebas suficientes para acusar a 112 imputados (…) el número de autores de esos crímenes fue muy superior, pero la clandestinidad de la represión, el exterminio de la mayor parte de las víctimas y la destrucción de los documentos probatorios torna imposible llegar a cada uno de ellos”.

Esta última afirmación choca con lo ocurrido hace pocos meses cuando el gobierno nacional hizo públicos documentos “súbitamente” encontrados sobre el terrorismo de Estado. Existe un caudal de archivos en poder del estado nacional que no han sido abiertos a pesar del pedido expreso de los organismos de DDHH.

El periodista plantea que “la alternativa sería procesar a todos y cada uno de quienes estuvieron en actividad durante esos años en las fuerzas actuantes (…) Nadie entra ya condenado a los tribunales y cada acusado goza de todas las garantías que durante la dictadura fueron suprimidas por bando”.

Como han señalado diversos organismos de DDHH -entre ellos el CeProDH- los represores deben ser juzgados por actuar en el marco de un Genocidio, es decir un plan sistemático de asesinatos, torturas y desaparición de personas, destinado a destruir a una parte de la población en función de una reorganización social profunda.

Eso fue lo que ocurrió entre los años 1976 y 1983. El genocidio, como plan de exterminio está ampliamente documentado. El mismo Verbitsky demuestra en el libro Cuentas pendientes (Siglo XXI, 2013) como se trató de un plan donde el empresariado nacional y extranjero jugó un rol esencial en la planificación y la realización del mismo.

Quienes deberían demostrar que no estuvieron implicados con su participación en ese plan global son los mismos represores.

Los juicios instrumentados hasta el presente son, efectivamente, inéditos en relación a otros procesos a escala internacional. Pero aún están lejos de haber sancionado verdaderamente el genocidio. En esta década decenas de represores ha muerto impunes, miles de ellos aún revisten en las fuerzas represivas nacionales y provinciales, la casta judicial se halla poblada de funcionarios que participaron de la dictadura y el empresariado que propulsó el golpe sigue, esencialmente, impune.

…y los silencios

Nombremos a los ausentes en el texto de Verbitsky: César Milani y Daniel Scioli.

El silencio sobre el nombre de Milani no es un detalle. Constituye la confesión de la debacle del discurso kirchnerista sobre los DDHH. Los pedidos para que sea destituido por su relación con la desaparición del soldado Ledo golpean sobre el frente ideológico del universo oficialista.

Es, precisamente, la confirmación del limitado alcance de los juicios que se sustancian contra los genocidas y del carácter vacuo del “relato” que puede enfatizarse contra los torturadores desechables pero tiene que frenarse ante el umbral de los que aun prestan servicios y (santas paradojas Batman!) adhieren políticamente al gobierno.

Tan manifiesta resulta la contradicción que hasta Morales Solá, columnista del eternamente golpista diario La Nación, puede señalar sin ambages que “Milani tiene tres causas abiertas. Una en La Rioja, por torturas agravadas durante el gobierno militar; otra en Tucumán, por la desaparición del soldado Ledo, y otra por enriquecimiento ilícito. Una cuarta causa podría abrirse por la desaparición del hijo de Nora Cortiñas, histórica y coherente dirigente de Madres de Plaza de Mayo”.

Intentando demostrar la continuidad -ya instalada- de los juicios a los genocidas, Verbitsky ensaya una defensa parcial de Macri y Massa contra quienes los atacan diciendo que no van a continuar con esos procesos. El periodista señala que “lo que con toda probabilidad existe es una operación impulsada por las cámaras patronales y sus órganos de prensa para que las investigaciones se ciñan a los autores materiales de los crímenes y no se extiendan a sus instigadores, cómplices y beneficiarios económicos, judiciales y eclesiásticos, como está marcado en la agenda de 2015.

Ante ello, los candidatos en la campaña presidencial que se avecina deberían fijar posición con la menor ambigüedad posible, en forma personal e indudable”.

Es difícil no pensar que estamos ante un mensaje hacia Scioli, con el cual el kirchnerismo partidario parece haber anudado los lazos necesarios para caminar juntos hacia el 2015. El ala progresista del kirchnerismo sufre la contradicción de ese escenario de la mano del ex motonauta, que alguna vez calificó de “terroristas” a los militantes de las organizaciones armadas revolucionarias de los años 70. En esa encerrona, es otro de los ausentes de la columna de Verbitsky.

Balances

Mario Wainfeld propone, entre los ejes de lo que serán varias notas, una suerte de balance “social”. Los grises de la década “ganada” rápidamente ganan el primer plano.

El periodista tiene que señalar una deuda (y van…) cuando afirma que “un largo tercio de los trabajadores con conchabo es informal. El porcentaje está estancado desde hace años, no es el único pero sí uno de los más afligentes. El Gobierno hizo mucho, lo primero fue disminuirlo drásticamente en sus primeros años. También combatirlo con leyes y acciones administrativas bien rumbeadas, aunque no siempre exitosas. El Ministerio de Trabajo impulsó una ley digna, en línea con los cambios de la época. Acaso llegó tarde o en mal momento económico”.

Lo “mucho” que hizo el gobierno debiera ser relativizado. La caída del trabajo precario -desde niveles cercanos al 50% en el 2002 a un porcentaje que oscila el 34%- se debió, en gran medida, a la recuperación económica resultante de la devaluación y de los altos precios de los comoditties en el mercado mundial. La caída del trabajo precario no fue, centralmente, resultado de una política estatal. Las medidas destinadas buscaron, en la mayoría de los casos, incentivar el blanqueo laboral mediante beneficios impositivos a las patronales.

La recuperación de los puestos de trabajo y el crecimiento ayudó a la clase
trabajadora a pelear por recuperar sus condiciones de trabajo. El ingreso de una franja enorme de jóvenes trabajadores, que no contaban en su conciencia con las derrotas en la lucha de clases de los años 90, fue parte de esas nuevas condiciones de lucha.

El asesinato de Mariano Ferreyra, a manos de una patota de la Unión Ferroviaria de Pedraza -liberada por la patronal concesionaria del ferrocarril-, fue resultado de una lucha contra la tercerización laboral. Solo después de la muerte de Mariano miles de trabajadores tercerizados pasaron a formar parte de la planta permanente. Una confirmación de quienes combatieron (y quienes no) el trabajo precario en la Argentina reciente.

Esta última cuestión nos pone cerca de otra afirmación de Wainfeld, quien señala que, para combatir, el trabajo precario, “la participación de los sindicatos es ineludible y muy difícil de convocar: la pereza de las más poderosas cúpulas gremiales, su falta de activismo son clásicos (…) Su libido y su inventiva son improductivas en lo atinente a la desocupación, subocupación o informalidad (…) la mayoría de los jerarcas ni se percatan. Es una desdicha porque son imprescindibles para buscar una ardua y trabajosa solución”.

Recordando al personaje de Ricardo Zevi en la novela El Traductor, de Salvador Benesdra, Wainfeld pareciera sufrir, por momentos, una especie de candorosa ingenuidad. Ya señalamos el rol de la Unión Ferroviaria, aliada del gobierno nacional, en el asesinato de Mariano Ferreyra. Sumemos un dato no menor. En estos meses la gran lucha de los trabajadores de Lear dejó al desnudo el rol de la conducción mafiosa y semi fascista del SMATA, gremio cuyo secretario general, Ricardo Pignanelli, es un aliado estratégico fundamental del gobierno nacional.

Sobre la base de esa alianza duradera, que se mantuvo a lo largo de todo el ciclo político del kirchnerismo, se garantizó la precariedad laboral de amplias franjas de la clase trabajadora. Precariedad que revistió las formas del trabajo en negro pero también las de la tercerización y contratación masiva, la conversión de trabajadores en monotributistas, contratos a tiempo fijo y la creación de múltiples convenios al interior de una misma compañía e, incluso, una misma unidad productiva. El “llamado” de Wainfeld a los líderes sindicales se choca con el rol que han cumplido en las últimas décadas al servicio de las grandes patronales.

Por el contrario, en estos años, la pelea contra la precarización laboral ha estado ligada estrechamente a los sectores de la clase trabajadora donde conquistó influencia la izquierda trotskista. Las luchas que han acontecido en los últimos años han puesto de manifiesto una creciente relación entre sectores de la clase trabajadora y la izquierda. Es por eso que hemos asistido, en el último año, al rebrote de las anatemas contra “los zurdos” de la mano del SMATA y una amplia franja de las conducciones sindicales como se vio en el conflicto de Lear.

Esa relación creciente entre la izquierda y la clase trabajadora debe ser contada como un dato político central del año que se cierra. Ese vínculo acompaña y complementa el crecimiento de la izquierda en el terreno electoral, crecimiento que se verá potenciado en elecciones del 2015 por la debacle del relato kirchnerista a la que asistimos.






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