Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Las otras de la caza de brujas en Estados Unidos

Las mujeres de la caza de brujas durante el macartismo en Estados Unidos han sido las grandes olvidadas a pesar de no ser menos numerosas que los hombres en esta triste y oscura historia de persecución.

Lunes 10 de julio | 18:02

Decir que aún hoy la mitología de la izquierda sigue siendo bastante masculinista y heterocentrada no es ningún secreto. Afortunadamente se van dando pasos para reparar esta injusticia histórica y para llenar esos huecos sin los que un camino adelante verdadero sigue siendo, cuando menos, dificultoso.

Uno de los episodios más negros de la historia de los Estados Unidos, conocido por que alcanzó al entonces mítico e internacional cine de Hollywood, fue la “caza de brujas” del senador McCarthy, un episodio cuyos efectos en la cultura occidental han tenido una repercusión inusitada por la forma en la que determinados métodos de delación y aislamiento simbólicos del individuo o los individuos en razón de su ideología política o sus convicciones sociales progresistas podían ponerle frente a invisibles paredones de fusilamiento simbólico, ostracismo comunitario o enterramiento en vida.

El éxito de filmes como “Trumbo” de Jay Roach sobre la biografía de Bruce Cook del autor de “Johnny cogió su fusil” han vuelto a sacar a la palestra, discretamente, el tema de los escritores y guionistas que fueron puestos bajo vigilancia e incluso encarcelados por negarse a delatar a colegas de profesión acusados de supuestas simpatías comunistas cuando no directamente de colaborar con regímenes extranjeros.

Aún hoy se conoce a alguno de los grandes héroes y traidores (en masculino) de esta historia, se sabe de la valentía de Trumbo, Hammett, Michael Wilson, Arthur Miller, del sufrimiento de John Garfield o de la traición de Elia Kazan, algo de la posición ambigua de gente como Dymitrick, Rossen o incluso algunos viejos conservadores como John Ford.

Pero, aunque el tiempo ha ido reparando esta injusticia histórica, las mujeres de la caza de brujas, salvo el caso de Lillian Hellman rescatada ya por la película “Julia” de Fred Zinnemann y por la reedición reciente de sus memorias “Una mujer sin atributos”, han sido las grandes olvidadas a pesar de no ser menos numerosas que los hombres en esta triste y oscura historia de persecución, miedo y delaciones que se prolongó a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

En esas listas negras no solo se incluyeron supuestos o reales simpatizantes o militantes comunistas sino también homosexuales, sindicalistas, intelectuales de izquierdas, socialistas de toda índole, periodistas considerados subversivos, mucha gente que cabía bajo la etiqueta de rojo y enemigos personales de los senadores o políticos que las confeccionaban.

En aquella época los judíos representaban una gran minoría progresista no muy bien vista, nada que ver con el poder financiero que suponen hoy, aunque en ocasiones hay que hacer matizaciones respecto a la racialización de determinados conceptos sociales en uno u otro sentido. Hoy día se suele asimilar al pueblo judío con el sionismo, pero esa generalización es harto peligrosa ya que seguramente algunas de las voces más críticas con el sionismo provienen también del pueblo judío, desde Hannah Arendt a Sarah Schulman.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, las mujeres de la caza de brujas también pisaron la cárcel, aunque están sean menos conocidas o vieron sus carreras hechas trizas (como en el caso de la gran secundaria Anne Revere, una veterana en el cine y el teatro) o se vieron relegadas a no poder trabajar en la industria del celuloide durante décadas como le ocurrió a Lilian Hellman que se dedicó a escribir por su cuenta, después de acogerse a la quinta enmienda para no tener, al contario que su marido, que entrar en prisión, a pesar de sus viajes a Rusia y su conocida defensa de la causa de la República Española durante la Guerra Civil.

Ambas cosas pesaron también sobre la vida de una actriz como Frances Farmer, cuya azarosa vida acabó, instigada por la presión su manipuladora familia, en una institución psiquiátrica donde se la sometió a una lobotomía forzosa. Su trágica historia quedó reflejada en un famoso filme de los años 80 “Frances” donde Jessica Lange encarnaba con gran intensidad los años más significativos en la trayectoria vital y profesional de Farmer en un Hollywood donde el glamour y la miseria conviven en peligrosa armonía.

Farmer, durante un tiempo pareja del también represaliado Clifford Oddets, se vio traicionada por propios y extraños, incapacitada por su propia familia, internada en varias instituciones mentales y finalmente relegada durante años a los programas de televisión de segunda categoría hasta su temprana muerte.

Pero la caza de brujas, aunque fuera más vistosa bajo los focos, también se desarrollo en otros ámbitos como la literatura, el periodismo. Las listas negras, no obstante, se centraron sobre todo en hacer desaparecer de la escena pública a personas que pudieran servir de ejemplo de lo que “no debía ser o como no debía comportarse un estadounidense o una estadounidense modélico”. De ahí la inclusión de algunos homosexuales como el poeta William Aalto, antiguo combatiente republicano, o la rápida expulsión de mujeres agitadoras como Edma Goldman, conocida militante anarquista, o Charles Chaplin, uno de los cómicos con simpatías izquierdistas más famosos del mundo conocido por películas míticas como “Tiempos modernos” o “El gran dictador”.

El teatro izquierdista de los treinta que ya se había transformado fue objeto de tempranas sospechas y muchos de los que allí trabajaron en obras con intención social figuraron en las listas negras, particularmente si además llegaron a acudir, aunque fuera de forma circunstancial, a alguna reunión del partido comunista de la época. Un clima de sospecha y delación ensombreció la Norteamérica de finales de los cuarenta, aunque todo aquello se había gestado mucho antes y sus efectos durarían hasta mucho después.

No obstante, si contáramos esta historia de forma maniquea no suscitaríamos nada nuevo en el interés los lectores. Por eso libros como “Guerreros y traidores” de Jorge Reverte han tenido tantos lectores y hay tanta gente que espera la reedición en castellano o la traducción por fin de la traducción del teatro de Lilian Hellman, porque la historia nunca ha sido contada de forma completa.

No todos los republicanos apoyaron a sus hermanos represaliados (si, como en el caso de Aalto lo fueron por su orientación sexual) ni se conoce tan bien como se piensa la literatura norteamericana clásica. De hecho, algunas de las obras mayores que nos hablan acerca de la delación y la caza de brujas como “Te y simpatía” de Robert Anderson, “La hora de las niñas” de Hellman o algunas obras de William Inge nunca han sido traducidas ni consideradas a la altura de gente como Miller o ni siquiera Tennessee Williams.

La caza de brujas también se extendió en menor medida a la péfida Albión que imitó muchas de las conductas de la Norteamérica de postguerra, entre ellas un provincianismo social y moral que no se rompería hasta los años sesenta. Las leyes contra la homosexualidad en Inglaterra no caerían hasta finales de los sesenta y entre sus víctimas se encuentran antiguos luchadores antifascistas como Alan Turing, inventor de la moderna computadora, o mucha gente anónima.

Hoy día no obstante me resultan complicadas las relaciones especulares con una figura como Turing, aunque las terribles circunstancias sociohistóricas (sometido a una hormonación forzosa y criminal) lo llegaran casi a convertir en un icono pre-queer que se cuela además como un mago de la informática moderna. Demasiado blanco, demasiado british, demasiado bien educado en los grandes colegios ingleses, demasiado deportista, demasiado patriota, aunque tal vez sin sus arrebatos de locura ni hubiera muerto como lo hizo ni yo podría estar escribiendo y mandando esto.






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