Enfoque Rojo

Las manos de un trabajador nunca ensucian

A Roberto Carballo, mecánico y amigo de la imprenta recuperada Chilavert, se lo llevó un paro cardíaco. La angustia de no tener trabajo le jugó una mala pasada. Este relato va en su memoria.

Martes 18 de diciembre de 2018 | Edición del día

Foto/Mariana Nedelcu, Enfoque Rojo.

Es común saludarnos con esta frase en el taller. Muchas veces cuando llega un compañero tenemos las manos llenas de grasa o tinta y uno estira el codo como diciendo “saludame con esto, así no te mancho”, entonces quien llega responde: “Las manos de un trabajador nunca ensucian compañero”.

Es algo que se dice con cariño pero también con cierta firmeza para no olvidar de donde venimos y a qué clase pertenecemos.

El miércoles pasado estábamos muy apretados con un laburo que había que entregar, habíamos ajustado todo como para largar la máquina y de golpe… Un fuerte chirrido atravesó la imprenta, empezamos a sentir ese olor a polvo de metal que surge cuando dos pedazos de fierro se trenzan empujados por la fuerza brutal de los motores.

Los cuatro rulemanes que sostienen el cilindro del agua se habían reventado y la fuerte fricción barrió parte del eje. La máquina estaba parada y el cliente nos miraba inquieto.

Era el momento de llamar a Roberto, vecino lindante al taller y mecánico gráfico de toda la vida. Él y solo él podía salvarnos de este entuerto.

Foto/Mariana Nedelcu, Enfoque Rojo.

Salí a la calle y le golpeé el portón, lo oí arrastrar sus botines de trabajo hasta llegar a la ventana. Corrió la cortina, se asomó y me dijo “¿qué pasa pibe?”

Roberto era hijo de Héctor Carballo, un inmigrante italiano ducho en reparar todo tipo de máquinas. Héctor y Julio (su tío, también mecánico) le enseñaron la técnica. Toda una familia obrera que fue transmitiendo su oficio de generación en generación.

Estoico, dentro de su camisa de grafa, me decía “¿ves estos rulemanes?, estos no los tenés que clavar a martillazos porque se deforman y pierden vida útil. Tenés que empujarlos de a poco con un extractor de tornillo, ¿me entendés?”.

Roberto compartía con nosotros su conocimiento. No se encanutaba el saber por miedo a que “le serruchen el piso”, como se dice. Él sabía que teníamos códigos, que si bien para nosotros es fundamental colectivizar la experiencia para que cualquier compañero tenga la capacidad de resolver un problema, él era nuestro mecánico.

Probablemente sin saberlo hasta el final, Roberto se resistía a esa idea corporativa que nos quieren meter en la cabeza para convencernos de que somos enemigos entre los propios laburantes.

Contra ese sentido común también luchamos en Chilavert.

Roberto murió el último sábado, tendido en su cama luego de sufrir un paro cardíaco.

Cuando me preguntaron cómo andaba de salud, respondí “perfecto, era un tipo joven y llevaba una vida saludable, solo venía muy angustiado y preocupado por la falta de trabajo”. Angustia y desesperación que nos quieren imponer los ricos para salir de las crisis que ellos mismos generan.

Como Roberto, miles de trabajadores mueren como consecuencia de la desidia patronal y la lógica perversa del sistema capitalista donde nuestras vidas solo cuentan como fríos números.

No puedo dejar de pensar en Macri y su cinismo diciendo por cadena nacional “veníamos bien pero pasaron cosas”, hablando tan suelto de cuerpo sobre el destino de cientos de miles. Esas “cosas” que pasaron y que pasan y que quieren que sigan pasando, significan literalmente la condena a las peores condiciones de vida de la inmensa mayoría mientras un puñado de familias multiplican por millones sus ganancias.

Tampoco puedo dejar de pensar en la bronca que tiene la gente contra el ajuste a los jubilados, los tarifazos, los despidos y la inflación que se come día a día el salario.

Esa bronca que las direcciones sindicales utilizan solo para cuidar su posición de privilegio y no para derrotar el ajuste.

O todos aquellos que nos vienen con el canto de sirena de “hay 2019” mientras dejan pasar el ajuste y le votan al gobierno todas las leyes que garantizan el saqueo.

Foto/Agujero hecho en la medianera de la imprenta por donde los trabajadores sacaron su primer trabajo durante la ocupación. Mariana Nedelcu, Enfoque Rojo.

Las manos de Roberto que este miércoles arreglaron la máquina, fueron las mismas que durante la crisis de 2001 hicieron un boquete entre la medianera del taller y su casa, para que los trabajadores de la imprenta pudiesen sacar la producción durante la ocupación del taller y burlar a la Policía. Esa Policía que, como siempre, custodiaba la propiedad privada del patrón por sobre el derecho legítimo de los trabajadores a tomar lo que les pertenece, a poner en marcha las máquinas y trabajar para ganarse el pan con sus propias manos.

Esos gestos inmensos, esos puentes indestructibles que se tejen entre las obreras y los obreros, esa valentía histórica y la picardía filosa que muy a pesar de tantas guerras, hambrunas, dictaduras, torturas y traiciones aún no han podido arrebatarnos, son pequeños jalones en la heroica lucha de la clase trabajadora para conseguir su emancipación definitiva.

El domingo leía un libro sobre la historia del movimiento obrero, contaba que la primer huelga decretada por un gremio en Argentina fue la de los tipógrafos, lanzada el 2 de septiembre de 1870. Paralizaron la salida de los grandes medios y pusieron en jaque a la burguesía durante más de 40 días para exigir la reducción de la jornada laboral a diez horas en invierno y doce horas en verano. Increíble.

La clase trabajadora tiene su historia. Una historia escrita con sangre, llena de derrotas pero también de grandes conquistas. Creo que es mirando allí donde tenemos que pararnos para construir su presente y proyectar nuestro futuro.

Las manos de un trabajador nunca ensucian… Es cierto. Agregaría además que son las únicas en las cuales late la fuerza para terminar con esta sociedad de hambre, explotación y muerte.

Es lunes y el cielo está cerrado, pareciera que complota junto a mi ánimo. Me va ganando el cansancio del día. Justo antes de dormir recuerdo otra gran frase que escuché gritar a los chalecos amarillos desde Francia: “no queremos las migajas, queremos la baguette entera”. A tu salud Roberto, nos vemos en la calle.







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