Cultura

EL TELESCOPIO

Las estampillas pueden ser un salvavidas

Simples papeles coleccionables que pueden alegrar el día, la vida también.

Jueves 19 de noviembre | 20:53

Las estampillas son algo más que simples cuadraditos de papel pintados que viajan (o viajaban) en las esquinas de las cartas. Cuando uno observa profundamente un sello, descubre un mundo fascinante que puede volverse, entre otras cosas, un salvavidas. Todos llevan impresa su nacionalidad. Su borde dentado debe ser perfecto, la imagen debe estar bien centrada y equidistante de los bordes. La mayoría lleva el nombre de la persona que lo diseñó y el año. Variedad de colores y de tamaño es otra de sus características.

Con una pequeña lupa puede verse la marca de agua, su ADN, incluso hay instrumentos específicos para tomar sus medidas. Cuando sale alguno nuevo, es importante contar con lo siguiente para su colección: un sobre con la estampilla y el sello del primer día de emisión y una plancha de varias de ellas; con el correr del tiempo todo se vuelve valioso (y no solo en términos monetarios), incluso los errores de fabricación son magníficos a la hora del intercambio.

¿Por qué compartir estos escasos conocimientos de la filatelia? Porque las estampillas fueron grandes amigas del Ruso. Guardada en el placar del comedor, que era también el rincón de los recuerdos, estaba la caja de zapatillas, color bordó, marca Topper, llena de sobres de cartas de un tono amarillo, cada uno con el nombre de un país en la esquina inferior derecha y ordenados alfabéticamente. Cada uno de ellos guardaba los pequeños trocitos de papel sumamente cuidados. “Son muy viejas y muy delicadas”, decía el viejo cuando las sacaba a pasear a la mesa.

Durante algunos años siguieron en esos sobres, a la espera de algún acontecimiento extraordinario que las vuelva al aire. Ocurrió que en 2017, tras avatares laborales, jubilatorios y coronarios, el Ruso entristeció. Las horas pasaban y él estaba siempre sentado en su sillón, cerca de la ventana, masticando un tiempo sin uso. Un día se acordó que en ese placar, lleno de revistas de la segunda guerra mundial, marquillas de cigarrillos, camperas de las muchas empresas en las que trabajó y otras chucherías, estaba la cajita de las estampillas.

Desde este reencuentro, que fue su renacer en algún sentido, entre ese señor y la filatelia comenzó algo muy personal. La cajita pasó a la biblioteca de la piecita. Esa piecita que albergó a sus tres hijos, hoy se llenó de biblioratos con la colección de Argentina (desde 1850 hasta la actualidad) y carpetas más pequeñas con aquellas de otros países. Varios catálogos para su estudio, pinzas de diversos tamaños según la ocasión de uso. Frasquitos con agua y una fuente para su lavado. La habitación de los hijos se transformó en un centro de proceso e investigación.

Gracias a internet, se contactó con el mundo filatético y comenzaron a llegar cartas de Francia, El Líbano, Israel, Palestina. Los sábados a la tarde, era infaltable la reunión con los amigos de Sociedad Filatélica y Numismática. Infaltable eran también esos pesitos encanutados en el cierre de la billetera, sin que su querida compañera se entere, para seguir adorando a sus estampillas. Así, los trocitos de papel dentados mantuvieron una relación de amor con ese simpático señor. Le dieron su tiempo de júbilo cuando hoy ser jubilado en este país, para la gran mayoría, es seguir cayendo en la fosa del sistema. Las estampillas le dieron luz al amigo que sabe de sobrevivencia.

Hace días que volvieron a quedar guardadas, la luz de la piecita ya no se prendió. El Ruso intentó por todos los medios combatir al Covid, junto a la primera línea que tanto lo cuidó, pero no pudo. Sus estampillas saben que su amigo no está y sienten algo de tristeza porque su compañero de ruta no las saca a pasear. Sin embargo esperan. Saben que la espera no será larga, tienen mucho que contarle a estas manos redactoras. Quien escribe pronto charlará con ellas y la piecita volverá a tener luz







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