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TURQUIA

Las contradicciones del bonapartismo turco

Las contradicciones de la política bonapartista de Erdoğan tanto a nivel interior como exterior demuestran el carácter inestable del bonapartismo turco.

Baran Serhad

Munich | @El_Comandante

Martes 18 de abril | Edición del día

Después del intento fallido del golpe militar en julio del 2016 escribimos que “el golpe terminó con la capitulación de los golpistas, pero las contradicciones del régimen de Erdoğan en la política exterior e interior siguen vigentes. Erdoğan está lejos de ser todopoderoso.”

La misión histórica del AKP cuando llegó al poder hace más de una década, consistía en reemplazar la política tradicional de guerra interna y externa hacia una política neoliberal combinada con reformas. Esto se vio reflejado en la búsqueda de acercamiento hacia la UE, el intento de romper la resistencia kurda a través de un ‘pacto de paz’ y, sobre todo, en la liberalización económica y la contención del omnipotente ejército. Esto conllevó que Turquía se transformara en potencia regional en el próximo oriente.

Bancarrota de la política exterior e inicio de la tiranía al interior

Finalmente, las aspiraciones de Erdoğan de ampliar esta posición durante el período de la ‘primavera árabe’ y la guerra civil siria chocaron con sus límites y fallaron. Sus aliados políticos como la Hermandad Musulmana en Egipto o el Ejército Libre Sirio capitularon. El apoyo financiero, logístico y militar a las milicias yihadistas para acelerar la caída de Assad y construir un contrapeso regional no solo llevaron a Turquía a un endeudamiento enorme sino también trajo la guerra siria al país en forma de atentados, polarización social y crisis políticas con los agentes imperialistas.

La burguesía de Estambul, agrupada en la federación empresarial TÜSIAD de Estambul rechazó inicialmente esta política de Erdoğan. Ese sector burgués tiene vínculos estrechos con occidente y temía que se resintieran, pero no fue capaz de intervenir debido a la fuerza que ganó la burguesía anatólica (MÜSIAD) bajo el liderazgo de Erdoğan, lo que aumentó la competencia en el mercado. Tanto los decretos antiobreros del gobierno como la prohibición de las huelgas y la precarización de la clase trabajadora ayudaron a los capitalistas del TÜSIAD a aumentar sus ganancias, y eso mantuvo la estabilidad.

Esta vez, sin embargo, y debido a la situación económica más incierta, Erdoğan no tiene concesiones financieras que ofrecer a cambio del nuevo sistema presidencial, ni para la burguesía y mucho menos para la clase trabajadora. Este es el dilema de Erdoğan.

Fracasos de la política exterior y endurecimiento interno

La bancarrota exterior de Erdoğan está directamente vinculada al aumento del terror interno. En un artículo para el New York Daily Tribune, Karl Marx destacaba la relación entre los métodos bonapartistas en el interior con la política exterior: “Entretanto las frustraciones de Bonaparte en el terreno de la política exterior contribuyen a que avance con su sistema de terror al interior. A cada derrota que sufre desde afuera y que revela su posición de debilidad y da un nuevo empuje a las aspiraciones de sus enemigos, siguen necesariamente nuevos anuncios de tal llamada ‘fuerza de gobierno’”.

Turquía ya no insiste en la caída de Assad porque esto contradice los intereses rusos, a los que Erdoğan se vio forzado a acercarse. Esta normalización de las relaciones turco-rusas impide temporalmente nuevos conflictos, pero para el régimen turco representan un callejón sin salida. Cuando más débil está la posición de Erdoğan en la política exterior, más aguda es su necesidad de aumentar los niveles de despotismo interior.

Ya después de la derrota en las elecciones parlamentarias el 7 de junio del 2015 reemplazó la diplomacia por tácticas militares clásicas en la cuestión kurda, dando por terminado el ‘proceso de paz’. Después del golpe fracasado, gobierna el país por decreto para liquidar a la oposición y tomar el control completo sobre el Estado. Periódicos, editoriales y asociaciones fueron cerrados, diputados del HDP y alcaldes kurdos fueron detenidos, ciudades en las regiones kurdas militarmente ocupadas, académicos y profesores de la oposición despedidos de sus escuelas y universidades, las huelgas fueron duramente reprimidas y prohibidas, mientras sigue la limpieza masiva en las instituciones militares y estatales. Quien levanta una voz crítica es asociado al terrorismo. Erdoğan Intenta acallar la polarización social producto del fracaso de la política exterior e interior, a través de métodos de guerra. Para entender la situación citando al militar prusiano, Clausewitz: “La guerra es un acto de violencia que intenta obligar al enemigo a someterse a nuestra voluntad”. Hoy en día, esta constituye la única receta de Erdoğan.

Curiosamente, incluso en la situación miserable en la que se encuentra la política exterior de Erdoğan, hay momentos en que parecer poder cumplir el rol de “representante de la nación y del Estado”. Así logró el apoyo de partidos burgueses como el MHP y el CHP para la intervención militar en Siria. Además, es ya una tradición entre los partidos burgueses turcos actuar de la misma forma en todo lo relacionado con la opresión del pueblo kurdo. En las últimas semanas, los políticos burgueses de la oposición se alinearon detrás de Erdoğan para protestar contra las prohibiciones de ingreso y de propaganda para los ministros del AKP en varios países europeos durante la campaña del referéndum. El ultranacionalista MHP actúa desde el verano de 2015 como un ‘neumático de repuesto’ para el AKP, ya que sus intereses nacionalistas las unen. También el TÜSIAD lo apoyó en un momento diciendo que “la prohibición de entrada para el ministro del exterior Cavusoglu aumenta las tensiones. Hay que superar estas tensiones de manera diplomática a base de los valores europeos y los intereses comunes”. La unidad bonapartista en la política exterior está asegurada.

La prohibición de entrada y propaganda de los ministros turcos se da en el marco de que la colaboración económica y geopolítica de los gobiernos europeos con Erdoğan llega a su fin. Pero sería una falta de visión e ilusorio por completo considerar la actual crisis geopolítica como una lucha entre el despotismo y democracia. Al contrario: los gobiernos europeos no tienen ningún problema en deportar masivamente a refugiados o dejarlos morir en el mediterráneo, exportar armas hacia zonas de guerra y cerrar sus fronteras. La demagogia ‘democrática’ de los gobiernos europeos es tan solo una expresión de pánico al ser presionados internamente por la derecha. Avalan que el gobierno turco intensifique su escalada represiva y oprima al pueblo kurdo, a la clase trabajadora y a los refugiados, ya que al mismo tiempo pusieron en marcha el acuerdo migratorio entre la UE y Turquía. Pero la inestabilidad del régimen de Erdoğan hace que se generen crisis continuas que se expanden más allá de las fronteras nacionales turcas y alcanzan los países europeos.

Las tensiones actuales entre Europa y Turquía sirven a la propaganda reaccionaria de Erdoğan para imponer su reforma constitucional y junto a ello el sistema presidencialista. El uso de la retórica ‘antioccidente’ y de la guerra interna contra los ‘enemigos del Estado’ intenta desviar la atención de la población de la miseria interna. La economía turca se encuentra en una crisis grave que se refleja en las bajas tasas de crecimiento económico, la devaluación de la moneda frente al dólar y al euro, la caída de inversión extranjera, etc. Según el Instituto de estadísticas de Turquía (TÜIK) entre 2002 y 2016 aumentaron las deudas estatales en el interior de 275.000 a 396.000 de millones de dólares y en el exterior de 129.000 millones a 403.000 millones de dólares. El 24% de la juventud con menos de 24 años no tiene empleo, la desocupación general está en un 12,7% y 32,7% de la clase obrera trabaja en negro. Erdoğan no puede prometer mejores sustanciales a las masas en esta situación económica. Por eso está obligado a una política de constantes ataques verbales en la política exterior y represión el interior.

El régimen no puede soportar una derrota

Después del intento fallido del golpe, Erdoğan intentó ubicarse por encima del Estado creando una atmósfera artificial de guerra contra un enemigo interno. Llegó al punto de llamarse a sí mismo el ‘comandante en jefe’ de la nación turca. Su manifestación a favor de la ‘democracia’ junto al resto de los partidos burgueses, después del golpe, fue un paso muy importante en la bonapartización del régimen. Pero esta ‘alianza nacional’ rápidamente se mostró débil y quedó en evidencia que la ofensiva de Erdoğan contra el golpe fue parte de una lucha contra sus enemigos políticos. La incapacidad de la oposición de ser una alternativa permitió a Erdoğan seguir hablando de una ‘alianza nacional’.

Después de las elecciones parlamentarias del 7 de junio de 2015 que acabaron con el gobierno en solitario del AKP, Erdoğan creó caos y una ofensiva militar para intimidar a la población y obligar a nuevas elecciones. Su táctica resultó y el AKP ganó las elecciones del 1 de noviembre del mismo año. Ahí se demostró el fracaso de la idea de derrotar a Erdoğan a través de las elecciones. Cuando se trata de mantenerse en el poder, rechaza todas las reglas del juego. Dejó intacto el estado de excepción hasta el referéndum para descartar un posible fracaso en el mismo.

Los días previos al referéndum, las encuestas preveían un triunfo del ‘No’ por una ventaja considerable. Sin embargo, en medio de un fuerte clima represivo y apoyando en manipulaciones, finalmente Erdoğan logro imponerse por un triunfo ajustado.

Las movilizaciones masivas del 8 de marzo por el día internacional de la mujer y la oposición contra el referéndum que se vio en las calles el día 16 de abril demuestran que el dominio de Erdogan no estaba sólido. Pero la heterogeneidad de la campaña por el ‘No” claramente jugó en contra. Mientras que el pro-kurdo HDP llamaba a rechazar la reforma constitucional por su carácter antidemocrático, dentro de las fuerzas que hacían campaña por el ‘No’ había también fuerzas nacionalistas con argumentos anti-kurdos.

Hoy más que nunca es muy importante enfrentar los ataques antidemocráticos continuos del régimen de Erdoğan, que suspende derechos democráticos elementales. Pero esto no puede hacerse desde una perspectiva liberal de “defensa de la democracia parlamentaria”, una política de subordinación de la clase trabajadora bajo direcciones burguesas o pequeño-burguesas. Además, fomenta la ilusión de que la democracia capitalista turca sin Erdoğan sería perfecta, ocultando que se basa en el genocidio de los armenios, la colonización interna de Kurdistán y políticas antiobreras. Esta democracia liberal casi no ofrece ningún espacio a las organizaciones de izquierda, kurdas u obreras. Un ejemplo de esto es la barrera del 10% que impide la representación parlamentaria de las fuerzas que no superen ese porcentaje.

Una política unitaria de frente único de los trabajadores es la única que puede organizar la resistencia contra Erdoğan y la burguesía turca. Un frente de lucha anclado en las fábricas, los sindicatos, colegios y universidades para movilizarse en las calles con los métodos de las huelgas y ocupaciones, al mismo tiempo que se lucha por imponer una asamblea constituyente. La fuerza de los trabajadores y los oprimidos reside en el frente único contra la guerra y los ataques de los fascistas, pero también en contra de la precarización, el desempleo, la política antidemocrática de Erdogan, el racismo y los ataques sexistas.

Como parte de este frente único, hay que pelear por un programa de acción anticapitalista y antiimperialista, que tiene que incorporar tanto la autodefensa y la lucha contra las políticas de guerra como también la lucha por los derechos democráticos elementales de los oprimidos como es el derecho a autodeterminación del pueblo kurdo, junto a otras medidas como la anulación de la deuda externa, la nacionalización de la banca y de la gran industria bajo control obrero, etc. Contra la barbarie y el expolio del imperialismo en la región, que causa guerra, miseria y la huida de millones, hay que plantear la perspectiva de un gobierno de trabajadores.






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