Géneros y Sexualidades

NOTA DE TAPA

"Las cifras del horror"

Así se refieren a las dramáticas estadísticas sobre femicidios las profesoras y los profesores de Melina en la carta abierta que publicó La Izquierda Diario a pocos días de conocerse su desaparición. En las últimas horas, con el hallazgo de los cuerpos sin vida de Paola Acosta, en una alcantarilla, y del que sería el de Melina Romero, en un arroyo, las cifras del horror se acrecientan. Y también crecen el dolor y la indignación. En Córdoba, miles se movilizaron por justicia para Paola.

Andrea D'Atri

@andreadatri

Miércoles 24 de septiembre de 2014 | Edición del día

El índice de femicidios en Argentina es altísimo. Según La Casa del Encuentro, en el 2013 hubo 295, es decir, uno cada treinta horas, que dejaron 405 niñas y niños huérfanos. Melina y Paola, dolorosamente, engrosarán las estadísticas del 2014. En todos estos asesinatos algo se repite: las mujeres víctimas son un objeto de maltrato, prescindible, desechable, y el móvil del crimen es el odio misógino.

La sociedad se escandaliza cuando estos crímenes salen a la luz. Y es fácil que los medios de comunicación los adjudiquen a la monstruosidad del asesino: cientos de puñaladas, descuartizamientos, hijas e hijos como inermes espectadores, cuerpos arrojados en basurales, arroyos, alcantarillas. Sin embargo, un monstruo es una “producción contra el orden normal de la naturaleza”, es decir, algo insólito, extraño, una rareza que resquebraja la norma y lo esperable, lo cotidiano, lo conocido. Pero, lamentablemente, la estadística de un femicidio cada treinta horas en Argentina demuestra que no se trata de algo insólito ni extraño. Los femicidios no son una excepcionalidad, sino -como dicen las profesoras y los profesores de Melina- casi una regla, algo “normal”. Una regularidad abominable nos advierte que una de nosotras será asesinada cada día.

En ocasiones, los propios victimarios justifican su acción adjudicándosela a una repentina pérdida del autocontrol o del control de la situación. Sin embargo, la violencia contra las mujeres muestra, por el contrario, el más alto grado de control que pueda ejercerse sobre alguien. Si la violencia femicida, en la mayoría de los casos, puede anticiparse es justamente porque es el resultado de una escalada de conductas de hostigamiento, violencia verbal, psicológica, económica, física, que no suelen atenderse porque el control y el dominio de los hombres sobre las mujeres están naturalizados.

Y la finalidad de esta violencia no es apenas la muerte de las víctimas, sino el disciplinamiento del cuerpo, del deseo, del comportamiento, de la vida de las mujeres sobrevivientes. Porque, a diferencia de otros casos de violencia intersubjetiva, la que se ejerce contra las mujeres parte de las normas socioculturales que establecen qué deberían ser y cómo deberían comportarse las mujeres, qué se espera de ellas. Mientras otras formas de violencia actúan desestabilizando y atacando el orden social establecido, la violencia estructural hacia las mujeres actúa, por el contrario, como un elemento que contribuye a mantener un determinado orden en el que las mujeres permanecen subordinadas. La violencia contra las mujeres actúa como un mecanismo coercitivo que, junto con otros mecanismos de consenso, naturaliza la norma social, invisibilizando el carácter histórico de la asignación de funciones propias e inmanentes de los géneros, de los roles que son efecto de esta naturalización de la opresión y, al mismo tiempo, un dispositivo para su perpetuación.

“El derecho a una vida libre de violencia” es una de las consignas más repetidas por los movimientos de mujeres. Sabemos que las experiencias de violencia contra las mujeres no constituyen casos aislados, pero que, lejos de ser naturales, las situaciones de opresión, discriminación, degradación y subordinación que viven las mujeres tienen un origen histórico, lo que permite visualizar, entonces, la posibilidad de que también desaparezcan. Eso requiere de una lucha mucho más radical para acabar de raíz con un régimen social fundado en la violencia de la explotación y de la opresión. Es el único camino realista para gozar de la plenitud de la vida, del pan y también de las rosas. Y para que se haga verdadera justicia con todas las Paolas y todas las Melinas de este mundo.






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