Mundo Obrero

CRÓNICAS OBRERAS

Las calles arden

Crónica de una jornada de paro y lucha de una trabajadora de Mondelez Victoria. Todavía siento ese gas lacrimógeno en la garganta...

Teresa Gorosito

Delegada de la Comisión de Reclamos Internos Mondelez Planta Victoria

Miércoles 20 de diciembre de 2017 | Edición del día

Fotos: Omar Bogado

Todavía siento ese gas lacrimógeno en la garganta, aún tengo esa sensación de no poder respirar; me quedaron las marcas de ayer y son molestas pero nada comparado a creer que no la iba a poder contar. No tuve miedo, en ningún momento, tenía que cuidar de mis compañeras y compañeros que habían salido de la fábrica para vivir por primera vez para algunos lo que es estar en las calles y luchar cuando los sindicalistas te traicionan. Pero hablar de estos últimos seria hacer otra nota de cómo y porqué milito entonces. Otra vez será.

Arrancamos la mañana junto a mis compañeros de la Comisión Interna haciendo asambleas, volvimos a decirle a ese comedor lleno que nada podemos esperar de la CGT (que si alguien los ve o escucha que avise porque se borraron) y que nuestro sindicato tenía como ’muchas líneas’ y desinformación.

Respondimos dudas, preguntas, miedos de los trabajadores de Planta Victoria. Llegado al mediodía el micro estaba en la puerta a la espera de que salgamos y así lo hicimos: fichamos y nos fuimos. El viaje traía consigo que ya a varios micros que iban con destino la Plaza de los Dos Congresos. Los paraba la policía en el camino para requisar y ver si, en el micro de los docentes, no llevaban bombas molotov... No, vieron que solo llevaban sus guardapolvos, sus voces, sus banderas y sus puños a veces resecos por el polvillo de la tiza pero en alto para encontrarnos todos y luchar.

Nos paró la policía, solo se animaron a subir un peldaño del micro y nos dieron vía libre para seguir. Éramos obreros...evidentemente el gran temor de los sindicalistas burócratas, de las fuerzas represivas y de un Estado amigo de los grandes empresarios. Llegamos, bajamos, caminamos, buscamos nuestro lugar en la inmensa columna del PTS para quedarnos al lado de los trabajadores de Pepsico, de Madygraf, Docentes, del neumático, ferroviarios, de la salud, estatales. Estudiantes, fotógrafos, mujeres, hombres y jubilados.

Se veía el enorme vallado que de lejos parecía imponerse con solo alzar la vista, atrás y adelante el aparato represivo de este gobierno que estaba a la orden de tirarnos a quema ropa. Nosotros con nuestras ropas de trabajo, con la indignación y con la bronca propia de quienes vamos todos los días dejando nuestras vidas en las fábricas y cada puesto de trabajo. Arrancaba la sesión dentro del recinto de Congreso y afuera también arrancaba la sesión de represión, la sesión que se llevó por delante jóvenes, mujeres, hombres y jubilados. La "sesión" así entre comillas porque ellos reprimen y generan la violencia. Nos tiraron agua, nos manteníamos firmes, sabíamos que los trolls del gobierno estaban en carne y hueso, esos que son quienes saborean las pocas migajas de sus patrones.

Avanzaron sobre nosotros con camiones hidrantes, con balas de goma, con piedrazos también, con ese odio propio de quien defiende los intereses de este sistema de mierda. Dimos dos pasos para atrás y ahí veías las banderas del Movimiento de Agrupaciones Clasistas, de Pepsico, de la Bordo, del Partido que es el reflejo de quienes asumimos que terminar con el sistema capitalista y luchar por una sociedad libre de explotación y explotados, por el socialismo es un honor que no alcanzan las palabras.

De pronto estaba cerrando filas con mis compañeras de Madygraf y PepsiCo, me venían recuerdos de aquel paro nacional en abril del 2014, como me habían cuidado mis compañeros. Y hoy me tocaba hacerlo a mí, ponerme codo a codo con mis camaradas para cubrir a mis compañeros, lo haría mil veces más. Nos tiraron a matar, no aguanté, era mucha la rabia, la bronca y la impotencia: las piedras eran mutuas pero nosotros estábamos organizados, íbamos todos juntos y en esos flashes los veo a mis compañeros de la Bordó, de la Granate, devolviendo los balazos con piedras. ¿Nadie se quejaría o se sentiría mal si me matan y rompen algo material en el mismo momento, no? Cuanta hipocresía y doble discurso de no querer hacerse cargo, salir y luchar.

El gas sobrevolando mi cabeza no me hizo dar marcha atrás. Le había dado mi barbijo a un fotógrafo al que Gaby, mi compañero, auxilio después que lo gasearan. Sentía ese gas como se apoderaba de mis ojos, de mi garganta, de mi sentido de orientación y ahí ya sabía qué hacer, mantener la calma y calmar a todos los compañeros y compañeras, a los que se habían autoconvocados y se quedaban cerca de los obreros. Los más dichosos teníamos limón en las manos y un poquito nos alivió, el gas ya había tomado posesión de la situación y se escuchaban los escopetazos como si fuesen atrás de tus oídos, como si te disparasen a un centímetro de tu oído.

El embudo que provocaron en un momento fue un infierno, pensé que me iba a caer y me iban a pisar con todo el pánico que traían, propio de temer por tu vida. Si los que disparaban eran los milicos asesinos. Lo llegué a ver a Luciano, compañero metalúrgico sostenido y ayudando a la gente, ahí supe que ayudar y solidarizarse con el otro no era algo de unos pocos. Sentía la presión de toda esa gente acorralada, cuando parecía que me caía y me podía morir aplastada salí, levantamos a varios caídos y me encontré con mis compañeros, empezamos a buscarnos; parecía no se terminaba y así fue, duro la represión brutal y siniestra a todos los que estábamos ahí, en la trinchera, en el puesto de lucha.

Mientras nos reagrupábamos y esperábamos a quienes faltaban llamando por teléfono a todos en la Plaza de Congreso la represión caía de lleno a mi compañero telefónico, a mi compañero de Pepsico y otros más a quienes liberaron durante el cierre del día.

Como en un relevo, cuando volvíamos y mientras en el Congreso nuestros Diputados se oponían a continuar, el pueblo salía con el ruido escalofriante de sus cacerolas, aquel que también acompaño a los trabajadores de Pepsico en su lucha.
Me venció el cansancio corporal, la presión y toda esa jornada desde las 4 am. Me había vencido en un sueño enorme, me desperté y ahí seguían en el Congreso, hablando esos que jamás tuvieron que sobrevivir con $7000 por mes y pagar su comida y los impuestos a la vida. La madrugada transcurrió, la gente se agolpaba en las calles y ahí dentro de ese recinto, cuando Nicolás Del Caño propuso que se escuche la votación popular, se mantuvieron en "debate" para darle fin cuando ya todos descansábamos: lo habían consumado.

La ley de reforma previsional ya estaba, te preguntas cómo, porque Cambiemos no tiene mayoría parlamentaria. Y sí, la respuesta al gran interrogante: el peronismo, el PJ, la UCR, y otros diputados del FPV con amnesia de represión fueron parte de este plan macabro.

Desayuné con mis viejos, hablando de todo esto...en esta etapa de sus vidas viendo cómo años de haber trabajado, sido explotados y atacados de maneras inescrupulosas volvían.

Por eso el motor es querer cambiarlo todo de raíz, no se termina en esta semana, todo lo contrario. Las calles arden, la bronca no se aguanta más pero no se dispersa, se organiza.








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