Economía

CAPITALISMO Y CRISIS

Las burbujas especulativas, desde Holanda en el siglo XVII hasta hoy

Las burbujas especulativas y las crisis que estas generan, son tan antiguas como el capitalismo mismo. Sus raíces están en la forma en que funciona esta sociedad.

Viernes 28 de abril | 09:24

Este año se cumplen diez años desde que estalló la crisis de las hipotecas originada en los EE. UU., que se agravó en septiembre de 2008 generando un duro impacto mundial cuando quebró el banco Lehman Brothers. Esa crisis volvió a convertir a Karl Marx en best seller, ya que muchos fueron a sus libros buscando entender de que estaban hechos los mercados financieros, y qué era lo que pasaba cada vez que ese enjambre de ofertas y demandas de productos financieros que resultaban difíciles de nombrar y mucho mas de recordar, colisionaban entre sí.

Algo parecido a lo que ocurrió con la especulación inmobiliaria en los EE. UU. y otros países durante la primera década de este milenio, había pasado unos años antes con la llamada burbuja de la “nueva tecnología”. De repente vimos, cómo a finales de los noventa decenas de adolescentes en sus garajes, con una computadora y cierta habilidad para programar, se hacían ricos creando empresas en internet que no tenían más capital que una idea y un escritorio; con esto bastaba para entusiasmar a un ejército de especuladores que vieron en las compañías “punto com” la nueva burbuja sobre la que se iban a parar los mercados en la próxima década. Este frenesí especulativo empezó a desinflarse en el año 2000, cuando se vio que muchas de las empresas que habían recaudado millonadas nunca iban a ser rentables. Como en tantas otras crisis, una vez que los valores de las acciones de las empresas virtuales eran tan altos que no guardaban relación con los productos que las compañías en sí ofrecían, explotó generando un caos del cual los mercados solo podían que salir generando una nueva burbuja de especulación. Sólo las política monetaria expansiva de la Reserva Federal (banco central norteamericano) y el encuentro de un nuevo destino para la especulación (los bienes raíces) permitieron continuar la rueda de la fortuna del sector financiero. Fue allí que los arquitectos de las finanzas mundiales decidieron decirle a los habitantes de EEUU que estaban sentados sobre una pila de dólares: sus propias casas.

En ese momento la Reserva Federal bajó rápidamente las tasas de interés del 6.5% al 1%, permitiendo a los bancos ofrecer préstamos hipotecarios a baja tasa de interés, fomentando un endeudamiento fenomenal de los trabajadores. Intentaron aumentar los niveles de consumo perdidos induciendo a la población a hipotecar varias veces sus casas. También se rebajaron los requisitos crediticios para que incluso sectores con bajos ingresos pudieran acceder a un crédito. Para atraer clientes, muchos créditos ofrecían un bajo pago inicial, pero con el correr de los años la carga se volvía insoportable, algo que sólo se informaba en la “letra chica”. Los bancos, a sabiendas de que eran hipotecas de baja calidad en cuanto al riesgo de recupero (hipotecas subprime), idearon instrumentos financieros dentro de los cuales se agrupaban estas hipotecas de altísimo riesgo de recupero y las vendían al público en forma de bonos. Mientras tanto, las calificadoras de riesgo (socias de los bancos) daban altas calificaciones a estos instrumentos de crédito.

La historia empezó a cambiar entre 2005 y 2006, cuando empezaron a subir las tasas de interés y empezó a saturarse el mercado inmobiliario y a caer los precios de las propiedades. Mientras que en el mercado estos productos tenían una alta demanda, los dueños de las viviendas hipotecadas se vieron afectados por las múltiples deudas en las que habían incurrido, ocasionando un cese de pago de la deuda que habían contraído. Los bancos intentaron deshacerse de estos instrumentos inundando los mercados mundiales, pero con el desplome de los precios del mercado inmobiliario, no llegaron a hacerlo a tiempo. Derivados de estos bonos subprime, las aseguradoras comenzaron a comercializar seguros contra la caída de los primeros, y cientos de especuladores invirtieron en estos seguros, apostando al desplome de los mercados, y a la ganancia que les generaría una caída de la bolsa. En agosto de 2007 los principales bancos, con miles de millones de esta deuda tóxica en sus balances comenzaron a quiebra; el gobierno de EEUU decidió salvarlos, entregando cientos de miles de millones a los bancos –premiados así por su irresponsable manejo en pos de aumentar las ganancias– a costa de los contribuyentes.

Desde el inicio de la crisis los empresarios descargaron los peores costos sobre los trabajadores. El ingreso promedio se desplomó. Se perdieron 3 millones de trabajos full time que fueron reemplazados por trabajos part-time en sectores de baja especialización. Un cuarto de la población de EEUU cobra menos de diez dólares la hora, el 77% de los trabajadores apenas llega a fin de mes y un 15% vive en la pobreza. El 58% de los trabajos creados desde el 2007 son de salario mínimo.

Las burbujas, un fenómeno tan viejo como el capitalismo

Podríamos considerar que las crisis de especulación son fenómenos que vinieron de la mano de la modernidad, pero estaríamos equivocados. Una de las primeras crisis de especulación (y quizás la más increíble) sucedió en Holanda en el 1634 y fue conocida como la Tulipomania o manía de los tulipanes.

Se dice que los primeros tulipanes en Holanda fueron vistos por primera vez en 1559, en un jardín de Ausburgo propiedad del docto consejero Herwart, un hombre muy rico y famoso por su colección de artículos exóticos. Durante los años siguientes, las clases más pudientes de Holanda se hacían traer los bulbos desde Constantinopla y creció tanto la fama de los tulipanes, que se consideraba una prueba de mal gusto que un hombre acaudalado no tuviera una colección de ellos. El furor de los holandeses por el precio al que se comenzaron a comerciar los bulbos era tan grande que se descuidaron las actividades productivas del país y toda la población, incluyendo las capas medias, se embarcó en el comercio de tulipanes.

A medida que aumentaba la demanda lo hacían también los precios, hasta el punto de que a principios de 1636 un especulador ofreció por una raíz de la variedad Harlaem la plena propiedad de doce acres de terreno edificable y una raíz de la variedad Amsterdam se adquirió por 4.600 florines, un carruaje nuevo, dos caballos grises y un juego completo de arneses.

La demanda de tulipanes aumentó tanto que para 1636 se crearon mercados regulares para su comercio en la bolsa de Amsterdam, en Rotterdam, Harlem, Leyden y otras ciudades. Por primera vez fueron evidentes los síntomas de riesgo. Los corredores de bolsa hacían uso de todos los medios que tan bien sabían emplear para hacer fluctuar los precios y compraban bajo y vendían alto. Al ver que familias enteras vendían a precio de ruinas sus tierras y casas para comprar una raíz, con la esperanza de revenderla a un precio tal que les permitiera hacerse ricos, se comenzaron a preguntar cuanto más duraría esta psicosis colectiva.

Las transacciones se hacían tan complejas que se hizo necesario redactar un código de leyes para servir de guía para los comerciantes. Los tulipanes se comenzaron a exportar y las acciones a traspasar los límites nacionales vendiéndose en las bolsas de Londres y Paris. El dinero entraba a raudales a Holanda. Inclusive se estableció un comercio de futuros, donde se pagaba por futuras cosechas que luego serían revendidas generando un excedente.

De a poco el mercado se agotó y las deudas comenzaron a quedar impagas, quienes habían vendido la fortuna de su familia, ahora solo tenían bulbos de tulipán que nadie quería comprar. Todos los días se caían negocios y se iniciaban demandas en los tribunales, incluso se le pedía al estado Holandés que interviniera mediante el consejo provincial de La Haya, dando una solución a esta caída de los mercados.
Holanda sufrió una de las crisis más duras de su historia, y su capacidad comercial y productiva fue tan golpeada, que tardó varios años en recuperarse.

La raíz del fenómeno está en el propio sistema

Las burbujas financieras aparecen a primera vista como fenómenos especulativos que se producen en los mercados, generando una alta demanda de activos que empuja los precios de los mismos tan arriba que no guardan relación con el producto en sí, ni con la seguridad objetiva de invertir en los mismos.

Estos fenómenos especulativos no surgen de la nada. Su desarrollo está ligado estrechamente a cómo funciona el sistema capitalista. Cuando los poseedores de activos se vuelcan desenfrenadamente hacia la especulación, es porque algo está pasando con la variable más importante que regula al capitalismo: la ganancia. Marx demostró de manera contundente cómo la necesidad de este modo de producción de acrecentar la ganancia, invirtiendo siempre más y reemplazando el trabajo humano (de cuya explotación el capitalista puede extraer trabajo no pago, o plustrabajo, que se transforma en plusvalor y es la única fuente de ganancia) por maquinaria, termina llevando de manera irrefrenable a la caída de la tasa de ganancia. Existen elementos que pueden retardar este proceso, pero no evitarlo. Esta caída de la tasa de ganancia es un elemento central en la explicación de la crisis de Marx, aunque no exclusivo, sino que se enlaza con un conjunto de contradicciones que caracterizan la acumulación de capital en todo su ciclo. La especulación financiera que alimenta las burbujas es una de las vías por las que los empresarios buscan compensar esta baja de la tasa de ganancia. Pero cuando finalmente estalla la crisis, se vuelve más severa cuanto más exuberante haya sido la burbuja que se alimentó previamente.

Las crisis del capitalismo son inevitables, porque es el sistema mismo el que genera las condiciones para que ocurran. Cualquier ilusión de los trabajadores de poder mantener y mejorar las condiciones de vida en las condiciones creadas por este sistema basado en la explotación y la irracionalidad de la propiedad privada de los medios de producción, es barrida de forma recurrente por las crisis cuyos costos son descargados sobre nuestras espaldas. Solo hay una forma de salir de ese círculo vicioso: que sea la clase trabajadora la que gane el suficiente poder político para destruirlo mediante sus propias contradicciones, para luego tomar por asalto los medios de producción.








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