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Las Tunas: crónica de un secuestro custodiado por la "maldita" Policía

El miércoles 5 la “maldita” Policía inició una represión en el barrio Las Tunas de la localidad de Pacheco, acompañando la persecución que un hombre hacía de un joven acusado, sin pruebas, de robar. La balacera policial dejó varios heridos. Una tarde brutal en el barrio.

Sábado 8 de junio | 00:37

Un joven de 16 años salió de cursar educación física en el Polideportivo Municipal de la Ruta 9 en el barrio las Tunas, en General Pacheco. Un hombre mayor de edad lo persigue, lo atropelló con el auto, el joven se levantó, lo volvió a atropellar, se bajó y lo golpeó, lo subió al auto, secuestrándolo.

Varios delitos juntos: el atropello, el secuestro, los golpes y todo a un menor de edad. Según el hombre, el joven había querido robarle el celular con otros pibes más.

Salió de cacería en busca de los demás, se metió al barrio calle de tierra adentro. El barrio es grande y limita con el paredón del exclusivo Nordelta, ahí donde se ve la verdadera grieta, la de las clases sociales. En las Tunas viven obreros, amas de casa, trabajadoras de la limpieza, changarines, trabajadores de oficio y desocupados.

Enrique, el joven secuestrado, es hijo de un obrero del frigorífico Rioplatense. En las Tunas se vive la represión policial como en San Miguel del Monte, como en Tres de Febrero, como en todos los barrios populares.

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El auto siguió su marcha a todo lo que da, el hombre tenía el dato de donde vive otro de los chicos acusados sin pruebas, se acercó a la casa y bajó la marcha. Pasó por la puerta del merendero de Keka, histórica referente del barrio, el hombre buscó la casa del otro acusado, no lo encontró.

El joven de adentro del auto reaccionó, con la sangre en la boca y en toda su remera, gritó “abuela me van a matar”. Keka en ese grito reconoció la voz de su nieto, salieron los vecinos, algunos son sus tíos y amigos, toda la cuadra. El auto se detuvo.

En todo el trayecto no estuvo solo, un móvil policial de la bonaerense lo seguía, algunos en la confusión pensaron que lo estaba siguiendo, pero no, le hacía de custodia.

Los vecinos se indignaron, empezaron los forcejeos para rescatar al joven secuestrado. Habló el otro muchacho, el hijo del secuestrador que venía con él en el auto, varias veces dijo “él no fue” pero para la Policía no importó, la acusación del hombre alcanzaba. La doctrina Chocobar de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich se pone en acción.

El joven es morocho, negro, villero, caco y todas las denominaciones que usa la Policía, por eso es culpable. Ser pobre te hace culpable: seguro que sos chorro.
Siguieron los forcejeos, la abuela rescata a su nieto, el secuestrador le pegó a la hermana del chico, también menor de edad.

Ahora sí, la Policía intervino: sacó la escopeta y empezó a tirar balas de goma. En minutos llegaron los refuerzos. Todos los vecinos coincidieron en que eran más de 20 patrulleros, todos de la Bonaerense.

Bajaron todos de sus patrulleros y ninguno titubeó, tiraron contra todos. Un detalle cada vez más común, ninguno tenía placa identificadora. Salieron más y más vecinos, todos del mismo lado.

Los nenes estaban jugando en la calle, el merendero abierto y había clases de apoyo para los chicos, pero la Policía sigue. Manucho, uno de los heridos le contó a este diario: “me puse en frente, no los dejaba que tiren a los pibes, me decía que corriera, quería que me vaya para tirarme por atrás, no me moví, me puteo de mil maneras, hizo dos pasos para atrás y me tiro al tobillo, tengo 10 perdigones”.

El resto de los vecinos resiste como puede, los empiezan a correr, la Policía entra a la casa de varios de ellos. Tiraron las puertas abajo, tiran adentro de las casas. Buscaban al joven secuestrado. Todo en la más completa ilegalidad.

La respuesta no tarda en llegar, todos los vecinos están en la vereda, jóvenes, mujeres, grandes y ancianas, menos los niños que los fueron guardando en las casas que podían, todavía siguen con miedo.

Los vecinos hacen retroceder a la Policía, se tuvieron que ir, no pudieron llevarse ningún detenido, no los dejaron. Eso sí, hay 9 heridos, con varios perdigones por cada uno, los vecinos afirman que también hubo balas de plomo.

Un joven de 16 años golpeado y con miedo, al otro día llamó el director del colegio y todas sus maestras para solidarizarse, pusieron todo el gabinete pedagógico a disposición del chico.

Llamaron a la ambulancia en reiteradas veces, no llegó. Los vecinos en algún auto fueron llevando a los heridos al hospital.

Bajó la noche y con ella un poco de calma, casi ninguno durmió, no sabían qué represalia podía haber. Empezó a llegar la solidaridad de las organizaciones políticas de izquierda y comisiones internas combativas, organizaron una marcha para el viernes al destacamento. No quieren que vuelva a pasar y no se van a quedar callados.

Denuncia de familiares ante la Fiscalía

Al otro día el barrio fue un polvorín, el teléfono de Keka no paraba de sonar. Sale en varios medios de comunicación. Mientras estuvimos presentes en la casa tomando mate y nos contaron todo, suena el teléfono una vez más: es el comisario, quieren que levanten la marcha, le dicen que no.

La Policía no la quiere, nunca la quiso. En 1992 mataron a uno de sus hijos junto con tres jóvenes más en un caso de gatillo fácil, les ganó el juicio y no se lo perdonan. “Acá buscan un caso de gatillo fácil, no se lo vamos a permitir, por eso hacemos la marcha”, afirmó Keka.

El viernes fue la marcha al destacamento policial. Más de 300 vecinos se hicieron presentes. La solidaridad fue grande y la rabia también. Una de las denunciantes es la hermana del joven secuestrado, también menor de edad y cuenta como una policía le dice: “Vos y yo siempre nos encontramos afuera del colegio, te voy a dar un tiro en la frente negra de mierda”.

Los rumores son varios. Si es una jugada de la bonaerense de Vidal contra el intendente Julio Zamora, si el secuestrador es cana de civil, si vende cocaína o si lo querían linchar. Lo que es seguro es lo que hacía la Policía, sea cual sea la excusa. Amedrentar, asustar, golpear, reprimir, disciplinar. Imponer el miedo. Eso querían.

No lo lograron.







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