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La venganza mexicana contra Trump

El triunfo del magnate y el mundo del fútbol. Un partido simbólico de un primer acto de resistencia.

Alejandro Wall

@alejwall

Miércoles 16 de noviembre | 12:53

Antes del último partido entre Estados Unidos y México, en Columbus, estado de Ohio, American Outlaws, una agrupación de hinchas locales, decidió modificar el cartel con el que recibirían a su equipo y a los rivales, esa especie de mosaico coreográfico –se lo conoce como “tifo”- muy poco común en la Argentina pero sí en otrospaíses. No se sabe qué decía, pero uno de los paneles que se habían preparado quedó guardado, sin mostrarse; se trataba de una broma, algo menor, pero que quizá podía sumar otro elemento al nerviosismo generado por el triunfo de Donald Trump y sus promesas xenófobas, que incluyeron hasta la construcción de un muro para separar la frontera entre Estados Unidos y México, tres días después de esa victoria.

“No queríamos provocar algo que después podría ser responsabilizado a este panel”, le explicó Kevin Glews, encargo del diseño y vicepresidente de American Outlaws, a The New York Times. Los Outlaws, entonces, propusieron algo más amigable: cantar durante el partido “Esta tierra es tu tierra”, la famosa canción de Woody Guthrien reversionada con los años por tantos artistas folk. Después, lo que quedaría del partido, sería un mensaje también impactante: la foto de las dos selecciones en conjunto, entre abrazos. Mucho menos que las manifestaciones que se produjeron las horas posteriores a la victoria del magnate, sobre todo en Nueva York, el fútbol también ofreció sus propias señales de resistencia -o al menos de distancia- con el nuevo presidente de Estados Unidos.

Es que el fútbol, además, puede ser el escenario ideal para que Trump despliegue sus políticas contra los inmigrantes, que llenan los estadios cada vez que algún equipo mexicano juega en suelo estadounidense. Ahí están todos juntos, ahí se los puede agarrar. “Ya en algún otro momento, en el condado del sheriff (Joe) Arpaio, en Arizona, se amenazó con esto. Al final, nunca pasó nada. Pero eso puede pasar. Los partidos de la selección nacional son un espectáculo irresistible para miles de nuestros paisanos trabajadores en Estados Unidos. No solo los que tienen como protagonista a la selección nacional, sino muchos otros que tienen como actor a equipos de la Liga Mx”, advirtió el periodista Rafael Ocampo en una columna publicada en el diario mexicano Milenio.

el fútbol también ofreció sus propias señales de resistencia -o al menos de distancia- con el nuevo presidente de Estados Unidos

Aunque su deporte juvenil fue el béisbol y los mayores negocios los hizo con el golf, Trump tiene pasado en el soccer. Jugó un año en el equipo de la New York Military Academy, la secundaria donde estudió. Bastó para la foto y para que la prensa pueda recordarlo en estos días como una curiosidad en la vida del candidato republicano. Junto al empresario italiano Alessandro Proto, Trump intentó comprar el año pasado al Atlético Nacional de Medellín, una ciudad en la que, además, ya habían adquirido un hotel. El Proto Group ofertó cien millones de dólares por el club colombiano, que rechazó la oferta. “Quieren 150 millones de dólares para vender el club”, dijo Trump en un comunicado, según el diario sensacionalista New York Post. “Para nosotros –agregó- es inaceptable. Tal vez piensan que somos estúpidos”.

Hubo –hay- otros negocios con el fútbol que avanzaron. El año pasado, Cristiano Ronaldo pagó 16 millones por un piso de 230 metros cuadrados en la Torre Trump de la Quinta Avenida de Nueva York. Eso sólo sería un dato interesante para la revista Caras si no fuera porque a principios de 2016, según el diario español El Mundo, Cristiano se sumó como hombre de negocios. Un comunicado de Proto –el italiano es la cara visible de Proto Group, una empresa que formaría parte del Imperio Trump- anunció que el jugador había comprado un hotel en Montecarlo por 140 millones de dólares.

Y para el New York Post, del empresario Rupert Murdoch, también es una diversión publicar notas inverosímiles, como cuando contó que en 2015 Trump una vez quiso comprar San Lorenzo, una noticia vendida en el diario porque se trataba del “equipo favorito del Papa”. Pero Trump la desmintió desde su cuenta de Twitter: “Es falsa la historia de que estoy intentando comprar un club de fútbol en Argentina. Ni siquiera conozco a ese equipo”.

“No, definitivamente no es el ambiente de Trump -escribió Rafael Ramos en La Vanguardia sobre la relación con el fútbol del futuro habitante de la Casa Blanca-. Inmigrantes europeos y latinoamericanos, punks, hippies, artistas, hipsters, nerds, rockeros, tipos llenos de tatuajes, chicas con piercings en el ombligo, jóvenes urbanitas, empleados de Google, Amazon, Starbucks, Microsoft, Intel y Nike, artistas, poetas, consumidores de smoothies de mango y papaya, sushi, sashimi y comida macrobiótica, obsesionados por una dieta saludable. Nada de hamburguesas de queso y Kentucky Fried Chicken. En las tribunas los vendedores ambulantes ofrecen botellas de agua a seis dólares, y latas de cerveza a doce”.

Este año, la Major League Soccer tiene 15 mexicanos repartidos entre sus veinte equipos. Pero la tasa de extranjeros es mucho más alta: según un artículo publicado por el diario español As en febrero pasado, de los 536 futbolistas que arrancaron en la temporada, 255 nacieron afuera de Estados Unidos, incluyendo a 22 jugadores de Canadá, que tiene a tres equipos en esa liga, Vancouver Whitecaps, Toronto FC y Montreal Impact. Toronto y Montreal están en las finales de la Conferencia Este.

Las trabas para la contratación de futbolistas extranjeros son menores que en la Liga mexicana. Se permite ocho por equipo, pero ese cupo puede ampliarse si se consigue un canje con otra franquicia. La flexibilidad tiene una explicación lógica: el fútbol (o el soccer) todavía es un deporte a desarrollar que requiere de figuras de otras países, mucho más si alguna vez fueron estrellas. La regla (David) Beckham.

“¿Cómo afectará el potencial de detención y deportación de millones de inmigrantes indocumentados a las calificaciones de la Major League Soccer TV?”, se preguntó con sorna en estos días el periodista canadiense Richard Whittall. “¿Qué significa el empoderamiento de Trump del correcto movimiento nacionalista blanco para la creciente popularidad del fútbol entre los jóvenes estadounidenses? ¿Cómo afectará la misoginia casual de Trump las perspectivas a largo plazo del NWSL (la liga femenina)?”, continuó Whittall. Y siguió con más preguntas: ¿Cómo podría la construcción de un muro en la frontera sur de los Estados Unidos mejorar la emoción de la rivalidad entre los equipos nacionales?”.

“El final de mi sueño en la MLS en el futuro?”, tuiteó Javier Martínez, el jugador español del Bayern Munich, al rato de conocerse la victoria de Trump. "Yo nunca votaría por Trump, si hubiera votado, pero ahí está, ganó él. No hay mucho que se pueda hacer o decir ahora", dijo Tim Howard, el arquero de la selección de Estados Unidos, cuyo entrenador es Jürgen Klinsmann, alemán. Más allá de lo que hayan pensados los Outlaws para bajarle la tensión al partido del viernes pasado, lo que se vio fue una figura con la camiseta de Estados Unidos haciendo con sus dedos las señas de un resultado: 2-0, el mismo que la selección local había conseguido en los últimos cuatro partidos que jugó con México en Ohio. Pero ese viernes pasado, con la carga impuesta por el triunfo de Trump, fue otra cosa. México ganó 2-1. Y terminó con una racha de 44 años sin ganar por Eliminatorias en terreno de Estados Unidos. Había conseguido otros triunfos (incluso una Copa Concacaf en Pasadena, el año pasado) pero ninguno en más de cuatro décadas durante ese camino hacia un Mundial. Fue, de alguna manera, terminar con una maldición. O una pequeña y temprana venganza contra el muro de Trump.




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