SEMANARIO

La “utopía” de la educación gratuita

Joaquín Romero

La “utopía” de la educación gratuita

Joaquín Romero

La pérdida de la "gratuidad" bacheletistas, abre nuevamente las grietas por donde emergen con total vigencia las demandas planteadas el 2011.

En las últimas semanas más 27 mil estudiantes perdieron el beneficio estatal de la gratuidad, representando un aumento de casi 3 mil estudiantes en comparación con el año 2018 y prácticamente el doble de los 14 mil estudiantes que la perdieron el año 2017.

Las autoridades universitarias del CRUCH no han querido realizar aún un desglose que permita ver las características particulares de los estudiantes más afectados, aunque podemos suponer con alta probabilidad de certeza que estos se encuentran precisamente en los estudiantes que presentan mayores dificultades para mantenerse estudiando, como estudiantes que deben combinar la carga académica con trabajos para costear sus vidas o jóvenes que además de estudiar son madres y además , deben trabajar.

Lo que si sabemos con certeza es aquello que los rectores del CRUCH han expuesto, que dado que por el concepto de perdida de la “beca gratuidad” (como podríamos denominar coloquialmente a esta política educativa) las universidades perderían millonarios recursos dejando a varias universidades al borde de la crisis financiera o derechamente profundizando la crisis que se arrastra hace años.

¿Por qué una política destinada a fortalecer el acceso a la educación y que contenía una respuesta a las demandas del año 2011 termina generando esta crisis? Para responder a esta pregunta deberíamos volver al punto de inicio. Los estudiantes el 2011 demandaban colocar fin al sistema de “voucher” o de subsidio a la demanda, mediante el cual las instituciones educativas competían por los recursos del Estado a cambio de proyectos de “innovación” (destinado muchas veces a apoyar el desarrollo de negocios privados) o estos se entregaban como beneficios individuales sin garantizar a las instituciones del Estado un financiamiento basal que les permitiese funcionar y competir contra los grandes capitales educativos, muchos de ellos transnacionales como la empresa Laurate (dueña de la universidad Andrés Bello y de las Américas) , exigiendo el reemplazo del subsidio a la demanda por un aporte fiscal directo que financiase las universidades públicas.

Si la “beca gratuidad” del gobierno de Bachelet solo fue un sistema de “voucher” más centralizado y con un "sello social", entonces es del todo evidente que nos encontramos ante un nuevo ejercicio de gatopardismo, como lo fue el año 2008 cuando la misma presidenta firmaba la Ley General de Enseñanza para convencer a los estudiantes secundarios que sus demandas eran escuchadas. La historia, como dice el reconocido adagio marxista, se repite primero como comedia y después como farsa, o como tragedia, que también sería aplicable para esta situación

¿Qué fue entonces de la demanda por la educación gratuita y las movilizaciones del 2011?

Sin duda que para los “tecnócratas” de la educación y los abundantes literatos y opinólogos de la derecha, esto viene a confirmar los desastrosos resultados de una política que desincentiva la inversión y la capacidad de innovación del mercado educativo, motor del sistema de enseñanza chileno y que nunca debió implementarse. Para algunos de esos “literatos de izquierda” la cooptación de la gratuidad por el gobierno de la Nueva Mayoría muestra el corto alcance que tal demanda tenía como fuerza motora del cuestionamiento del neoliberalismo en Chile.

El debate sobre la educación gratuita está lejos de ser una discusión académica o técnica. La educación gratuita se ha convertido en el principal eje del debate entre quienes se posicionan como defensores del modelo y quienes buscan impugnarlo (en sus diferentes variantes y vías políticas) convirtiendo el debate educativo en el paradigma sobre el debate del devenir del Chile actual.

Para Carlos Ruiz[1] el significado profundo de las movilizaciones estudiantiles radica en su impugnación al régimen de la transición en la medida que los estudiantes interpretaron el malestar social incubado por nuevos y viejos actores postergados por el neoliberalismo y sin capacidad de ser representados por la democracia pactada ni por las "desteñidas" banderas de la izquierda. Para Alberto Mayol, compartiendo en líneas gruesas el diagnostico de Ruiz, la reducción llega al extremo de la banalidad, dejando al 2011 como la época en que una “sopa primigenia”[2]( la figura literaria utilizada por Mayol a nuestro juicio habla por sí misma) comenzó a tomar consciencia surgiendo el “acontecimiento” que le permitiría constituirse en la única opción viable para traducir las demandas sociales en alternativa política que es el Frente Amplio, relegando toda una rica experiencia de organización, articulación y debate programático a ser solamente el “elemento preconsciente” de una fuerza que si o si tenía que ser el Frente Amplio.

Incluso para intelectuales de la derecha como Daniel Mansuy[3] sostienen que el 2011 fue un año en que cambio la sana convivencia democrática de la transición al remecer la estructura de partidos del régimen político provocando que la centro izquierda fuese coaptada por la “demagogia de la calle” y la derecha, perpleja por el avance del movimiento, decidiese quedar en silencio sin si quiera atreverse a defender sus banderas hasta el final.

Para ambos, la educación gratuita solo fue un accidente o una anécdota histórica que conjuro tras de si fuerzas sociales que difícilmente se hubiesen encontrado de otro modo.

La expansión de la matricula educativa que dio un importante salto desde el año 2005 hasta el 2011, en que se superaron los 1.200.000 estudiantes matriculados en la educación superior, amplió exponencialmente la base social que componía la matrícula universitaria haciendo mucho más heterogénea en cuanto a las clases sociales que la componían. Esta ampliación de la matricula sin embargo no trajo aparejada una igualdad en las condiciones de estudio. La PSU, la desigualdad de origen en términos de escolaridad, redundo también en la separación tajante entre universidades para la “elite” y centros de educación superior para el “perraje”, expresivo también de las desigualdades que se encuentran en el “mercado laboral”. Según el historiador económico Mario Matus en Chile el trabajador promedio no ha completado tercero medio (10 años de educación) recibiendo un salario 17 veces menor en promedio al salario que recibe una persona con un título profesional obtenido en una Universidad de la elite.

¿Es entonces el programa o una consigna programática un “accidente”? ¿Podría otra consigna, como el fin al lucro cuya fuerza en el movimiento fue innegable, tener el mismo protagonismo y expresar las mismas contradicciones sociales? ¿Pude dividirse mecánicamente el programa de las fuerzas sociales que le dan vida? ¿Entonces por que la obstinación insistente de relegar la gratuidad a un horizonte utópico?

Sin duda que la Universidad como “caja de resonancia de las contradicciones sociales”[4] concentra en si misma todos los conflictos, ideas y contradicciones que atraviesan la sociedad en este momento histórico y su rol en la sociedad le permite que estos se amplifiquen como debates públicos que concierne al devenir del Estado.

La gratuidad podría ser incluso un mero accidente histórico donde la obstinación por defenderla como una bandera del movimiento estudiantil juega en contra de un análisis más certero de las fuerzas sociales en pugna para transformar la sociedad de conjunto. En esta dirección iría la reflexión de quienes sostienen que su fuerza se ha diluido para dar fruto a la “ilusión del mercado gratuito”[5], que contenía la reforma educativa de Bachelet.

La “ilusión” del mercado gratuito, y motivos bastan para poner en duda que mi opinión sea compartida por los autores del concepto, es aquella de que tras el año 2011 era posible conciliar el mercado educativo y los negocios de empresarios de la educación, con las fuerzas sociales que impugnaban dicho modelo: los estudiantes que movilizaron tras de sí todo el descontento social contenido por el Chile de la transición.

El carácter utópico de la empresa bacheletista hoy queda al desnudo con la crisis en que están sumidas las universidades estatales y algunas empresas privadas educativas que están por fuera de los grandes monopolios educativos como Laurate, quienes terminaron pesando más en la reforma, otorgando algunos retrocesos tácticos en miras a debilitar al movimiento social a la espera de una coyuntura más favorable para avanzar sobre la educación pública.

Acá el debate filosófico sobre la educación encuentra un límite para dar paso al debate sobre las relaciones de fuerza que se enfrentaron por la educación gratuita. Esta fue la coronación de intensos años de aprendizajes del movimiento estudiantil, expresado en las luchas políticas que las diferentes tendencias y sectores que componían el movimiento, que se enfrentaron sobre el sentido y alcance del programa educativo levantado por el “movimiento social”

El 2006 los secundarios remecieron el tranquilo panorama del Chile de la transición demandando la derogación de la LOCE, una de las últimas leyes de la dictadura que buscaba liquidar la educación pública para entregársela a manos privadas. En su reemplazo proponían que los liceos volviesen a manos del Estado. El descontento con un sistema educativo que segregaba entre una educación para ricos y otra para pobres , como hemos explicado más arriba, se convirtió en el descontento con un Chile donde las grandes riquezas que amasaban los empresarios con la privatización de los derechos sociales conquistados en el siglo XX por la fuerza de miles de movilizaciones de trabajadores, estudiantes y mujeres.

Cientos de estudiantes que mantuvieron las tomas de liceos avanzaron rápidamente a ser conscientes de sus fuerzas desbancando a sus dirigentes tradicionales que los llevaron a confiar en la Concertación y en los estrechos muros de la política binominal. La clave era lograr una buena negociación con la derecha, que representaba precisamente los intereses de los empresarios. Esta fue la primera “utopía” en derrumbarse con la aprobación de la Ley General de Educación promulgada el 2008. Un ejercicio de gatopardismo celebrado por los partidos del binominal y que hundieron con su firma la confianza que aun suscitaban entre los estudiantes, desmoralización que llevo en parte al desencanto con la Concertación y al primer triunfo de Sebastian Piñera.

Cuando esos estudiantes ingresaron a la universidad, existía un ejercicio político previo que permitía comprender que cualquier programa educativo distaba por lejos de ser un programa meramente gremial. Si existen colegios para ricos y para pobres y si la selección universitaria filtraba a esos estudiantes en universidades de elite y universidades de masas, la lucha por la educación pública era también una lucha contra esas injusticias estructurales.

Acordando con Víctor Orellana en que la educación por si misma no puede ser fuente de igualdad y que los discursos románticos de que un buen sistema educativo permitiría subsanar las injusticias sociales, solo pueden ofrecer un horizonte reformista y un camino que no encuentra nunca un punto de llegada. Tal subjetividad impulso a amplios sectores a movilizarse en esa “utopía” de que era posible conquistar un sistema público de enseñanza como el que de hecho existía en otros países del planeta.

Esa subjetividad posibilista empalmo por el vértice con el hecho de que en la universidad el drama se extendía no solo a la fisonomía del sistema educativo chileno, sino también a que su forma de financiamiento recaía sobre las familias, las que para acceder a ese sueño de que un título profesional pudiese mejorar sus condiciones de vida y de trabajo se embarcaban en millonarias deudas, mecanismo por el cual estaba normalizado que debía accederse a todos los derechos sociales en el Chile neoliberal.

Para movilizar toda esa fuerza social era necesario por cierto un proyecto cohesionador que expresase todas esas contradicciones. El animo posibilista de que una mejor educación era el camino para lograr la “igualdad social” y ante un escenario real de que el resultado de la expansión de la matricula universitaria solo había enriquecido a los empresarios de la educación, impulsaron a los estudiantes a movilizarse justo cuando el gobierno anunciaba una reforma a la educación superior para adaptar sus fines a las necesidades de los trust económicos nacionales, en el marco del diseño de un sistema educativo mundial que reprodujese la división del trabajo mundial impuesta por el imperialismo durante la contrarrevolución neoliberal conocida como plan Bolonia y el proyecto Tuning.

En ese choque de expectativas que hicieron que reverdecieran las asambleas universitarias, se enfrentaron las posiciones de las Juventudes Comunistas que habían reconquistado la mayoría de las federaciones universitarias agrupadas en el CONFECH, que sostenían que la demanda central era una consigna meramente económica, un tibio arancel diferenciado, y que pese a los arduos ejercicios retóricos esta no salía de los márgenes de lo gremial con la expectativa de miles de jóvenes que veían en la lucha educativa una expectativa mayor que traían de sus familias, los trabajadores y la clase media agobiada por las deudas y las injusticias de un crecimiento económico que no traducía su trabajo en una mejora de sus condiciones de vida sino solamente en el enriquecimiento de un grupo minoritario de empresarios. El CAE del 2005 estaba muy fresco en la retina y sus efectos se sentían con fuerza como para que los estudiantes vieran en el arancel diferenciado una solución al problema del endeudamiento.

En ese enfrentamiento surgió la educación gratuita como demanda, aunque en sus albores a quienes se atrevían a pronunciar tales palabras se los catalogaba de utópicos. Fue este un enfrentamiento político entre los defensores de la “medida de lo posible” y los que demandaban lo que “era necesario”. Es decir, un enfrentamiento con la consciencia de la derrota impuesta por la transición pactada que obligo a miles de jóvenes y trabajadores que lucharon contra la dictadura a adaptarse al régimen neoliberal. En esas miles y sucesivas asambleas donde las disputas se vivían con la pasión de sentirse parte de acontecimientos importantes, la subjetividad de la transición sufrió una fuerte derrota, impulsando a quienes creían que era posible pelear por más a agruparse bajo la consigna de la educación gratuita.

Podrá objetarme el lector que “educación gratuita” es también una consigna económica o mínimamente democrática y que lejos de ser un proyecto de una sociedad distinta, es una consigna claramente adaptable a los marcos de la sociedad existente, como muestra que en muchos países capitalistas la educación es un derecho consagrado incluso en las constituciones burguesas. Pero la fuerza de una demanda encuentra su contenido semántico en la fuerza social que esta logra representar, y las contradicciones que esta misma hace estallar.

Y la educación gratuita fue ese momento en que la fuerza cuantitativa que lograban los estudiantes expresados en cientos de universidades y liceos en toma, miles de asambleas y marchas que conquistaban más y más participantes, alterando profundamente la cotidianidad del Chile neoliberal dieron un salto cualitativo arrastrando tras de sí a la gran mayoría de la sociedad en lo que se conoce como el "invierno chileno" que encontró su punto más álgido en agosto del 2011 donde las barricadas y los cacerolazos volcaron a miles de trabajadores a las calles incluso en paros de profesores y de trabajadores del estado. Tal energía incluso permitió devolver al movimiento obrero a la escena en los años siguientes.

Esta demanda tan mínima, al ser calificada de utópica por los sectores posibilistas y por el régimen político heredado de la dictadura, cuando sobrepaso la subjetividad “de lo posible” impuesta por la transición, remeció todo el edificio social diseñado por los Chicago Boys al punto que todas las fuerzas políticas comprometidas de una u otra forma con la defensa de ese legado cerrasen filas. Los estudiantes desbordaron las paredes de contención del sistema político chileno estremeciéndolo hasta nuestros días.

Si podemos hablar de un “momento 0”, es de aquel momento en que la herencia de la dictadura, el triunfo del neoliberalismo que desarticulo las organizaciones obreras, barriales, estudiantiles y de mujeres, el triunfo del neoliberalismo que sobre la desmoralización y la desarticulación privatizo nuestros derechos sociales, en otras palabras, la “transición” se enfrento con la fuerza de miles de jóvenes que portaban consigo una subjetividad de que se podía avanzar más allá de lo posible. De ese enfrentamiento surgió un reordenamiento político del régimen y un descontento “ciudadano” que no ha podido del todo ser aplacado y que despierta constantemente desde distintas aristas.

Miles de jóvenes y trabajadores despertaron a la vida política en esos momentos, y fruto de aquello su consciencia los impulso a enfrentarse directamente con los guardianes de las grandes fortunas de nuestro país. Pese a todo no lograron derribar la fortaleza ni tomarla por asalto, por lo cual ese avance se estanco nuevamente en los límites de lo posible. Pero serán las tomas, los paros, las barricadas y las asambleas donde miles de trabajadores entraran en contacto con esos jóvenes que se arriesgaban a enfrentarse a la represión brutal del régimen , que se expresó en el asesinato de Manuel Gutierrez, y encontraron en ellos su inspiración para años después iniciar un ciclo de movilizaciones obreras. También en esas tomas se comenzó a articular el movimiento de mujeres y diversidad sexual en las primeras secretarias de genero surgidas como organismos estudiantiles para cuestionar también la “medida de lo posible”.

No existe una medida aritmética certera, por más que los sociólogos se esmeren por encontrarla, que permita medir las leyes y la dinámica de los movimientos sociales. Contradictoriamente la educación gratuita logró un apoyo de masas cambiando la subjetividad de la transición y el sistema político de partidos en Chile, pero no logró derribarlo, por lo que dicha demanda fue canalizada pacíficamente en los salones parlamentarios diseñados por esa transición. Ninguna consigna programática tiene un desarrollo lineal en abstracto, es decir carente de fluctuaciones y desvíos.

El adjetivo de “utópico” que acompañaba la demanda de educación gratuita fue reemplazado por el de “horizonte estratégico”, la educación gratuita se desplazó en el imaginario colectivo a un futuro indeterminado donde existiesen las condiciones para realizarlo. Para lo cual era necesario un repliegue estratégico que permitiese acumular fuerzas a los estudiantes para alcanzar ese objetivo y como táctica para el mismo se presentaron las negociaciones en el parlamento y las marchas por hito, para remover de vez en cuando los titulares de la prensa, adquiriendo esta un carácter pacífico.

Educados por las direcciones del CONFECH el movimiento estudiantil comenzó paulatinamente a desaparecer de la escena pública, pero el descontento que expreso quedó como una huella imborrable en el panorama nacional. Emergieron nuevas fuerzas políticas que se pusieron en un camino a medias entre el descontento profundo de las “masas” y la posibilidad de conquistar las demandas en el régimen parlamentario. Una forma de utopía que se muestra en su total fragilidad cuando observamos que “la beca gratuidad”, presentada como el gran triunfo del 2011 por la Nueva Mayoría mantiene a la educación pública al borde del colapso, y cuando en rasgos generales poco se ha cambiado de ese sistema educativo segregado contra el cual se levantaron los pingüinos el 2006.

Distamos mucho de quienes presentan que la única salida posible de los estudiantes era someterse al martirio de ser aplastados e inmolarse en una movilización sin horizontes, pero con la tranquilidad moral de mantener en alto sus banderas. La lucha por la educación gratuita era una batalla contra los límites de lo posible y en la medida que lo cuestionaba todo encontraba su fuerza vital, los virajes tácticos del movimiento podían depender de la coyuntura, la discusión no versa sobre si había que mantener o no las tomas del 2011, sino que si producto de la necesidad de un repliegue había que también “replegar el programa”.

El repliegue del 2011, la educación gratuita hacia el horizonte, replegó la consciencia a disputar las pequeñas demandas en la medida que acumulaban hacia ese horizonte. El resultado esta en que se aprobó una reforma en que los estudiantes no incidimos en nada y que la fuerza para rechazarla estaba diluida.

Y cuando nuevamente vuelven a aparecer las grietas del sistema educativo, la gratuidad vuelve a ponerse en escena y en cuestionamiento, por que convoca a un enfrentamiento entre quienes, una vez más, queremos no solo avanzar más allá de la medida de lo posible sino que transformarlo todo, versus quienes buscan defender con uñas y dientes los privilegios acumulados en todos estos años.

[1] Ruiz, Carlos, “De nuevo la sociedad”, editorial Lom 2015.

[2] Mayol, Alberto y Andres Cabrera, “El Frente Amplio en el momento cero” editorial Catalonia, 2018.

[3] Mansuy, Daniel, “Nos fuimos quedando en silencio”, editorial IES, 2016.

[4] Bensaid, Daniel, “El segundo aliento”

[5] Entre el mercado gratuito y la educación pública, editada por Victor Orellana, editorial LOM, 2018.

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Joaquín Romero

Militante del Partido de Trabajadores Revolucionarios
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