Juventud

UNIVERSIDAD

La toma del Consejo Universitario de la UCV: recuento y rescate de un espíritu necesario para la juventud de hoy (I)

Un 28 de marzo de 2001 arrancó el conflicto estudiantil que durante más de un mes sacudió la Universidad Central, con fuerte repercusión nacional. Repasamos algunos hechos. ¿Qué podemos reivindicar para la juventud de hoy?

Ángel Arias

@angelariaslts

Viernes 31 de marzo

Ángel Arias y Fausto Domínguez son ex tomistas

Entre el 28 de marzo y el 03 de mayo, cientos de estudiantes permanecimos ocupando las instalaciones del Salón de Sesiones del Consejo Universitario, lo que sería una acción de protesta contundente derivó en la toma de este símbolo del poder universitario.

Protagonizamos una lucha que condensó gran parte de las exigencias históricas del movimiento estudiantil, la izquierda y los trabajadores universitarios. Desplegamos energía y pasión juvenil en un conflicto que llevó a pronunciarse a los diversos actores políticos, económicos y religiosos del país. Fuimos derrotados, hay que decirlo, sin embargo, es una experiencia que puede aportar elementos de inspiración para la juventud de hoy.

El contexto nacional y los antecedentes inmediatos

En el 2001 estaba en sus inicios el proceso de asentamiento del nuevo régimen político encabezado por Chávez, luego de la Asamblea Constituyente y aprobación por referéndum de la nueva constitución a finales del ’99, amplios sectores del movimiento obrero, juvenil y popular seguían inspirados con la idea de “refundar” espacios, instituciones, transformar cosas.

Es en ese marco que entre los trabajadores de la universidad, las corrientes estudiantiles y sectores de los profesores se levantaba la idea de una “Constituyente Universitaria”, apoyándose en ese clima y cierta cobertura institucional –por aquello del “proceso constituyente”– para llevar adelante un proceso que produjera los cambios buscados en la universidad. Otros, preferíamos hablar directamente de “transformación universitaria” y no de “constituyente”.

Puertas adentro de la universidad se desarrollaban los conflictos propios en que se expresaban esas aspiraciones de cambio. A mediados del 2000 fueron las elecciones de autoridades, como siempre –como hasta hoy– con mecanismos completamente antidemocráticos, donde solo una casta profesoral puede postularse y elegir. La mayoría de las corrientes y grupos estudiantiles de izquierda desarrolló una amplia campaña y agitación en contra, al igual que se opusieron los gremios de obreros y empleados –que son excluidos totalmente de ese proceso–, y algunos docentes. Las elecciones se dieron con normalidad, pero las exigencias de democratización del régimen universitario estaban en el ambiente, así como el mote de “ilegitimidad” del nuevo rector.

Entre el 16 y 17 de enero (2001) nos lanzamos una acción ultraizquierdista –hay que reconocerlo–, en una universidad de miles y miles de estudiantes, unas cuantas decenas ocupamos el estadio de fútbol de la universidad en rechazo a la realización del Caracas Pop Festival. Denunciábamos el uso de los espacios de la universidad pública para el lucro privado y no así para el disfrute de los sectores populares, además de los posibles daños a las instalaciones (como había ocurrido recientemente) y la corrupción tras esos negocios. Luego de choques con la empresa de seguridad V.I.P. y el equipo de Rugby de la universidad, intermediación de la Defensoría del Pueblo y algunos profesores desalojamos, con el compromiso de las autoridades de no hacer más eventos de este tipo hasta desarrollar un amplio proceso de discusión y consulta en la universidad, así como no tomar retaliaciones contra los que participamos de la acción.

Por un comunicado posterior en la prensa nacional nos enteramos que la universidad consideraba írrito aquel acuerdo. Se iba poniendo turbia la cosa. Una crisis con el comedor –de las ya recurrentes– provocó otra acción de protesta: el 27 de marzo varios compañeros impulsaron una movilización semiespontánea de estudiantes desde el comedor hacia el Rectorado, ninguna autoridad quería recibir la protesta ni dar la cara, al intentar ingresar al Rectorado se produjo una fuerte trifulca con la seguridad.

La asamblea intergremial y la toma

Eran las semanas en que estaba en apogeo la campaña por la “Transformación universitaria”, impulsada por un amplio frente único de grupos estudiantiles de izquierda, agrupaciones de trabajadores, sindicatos de empleados y obreros, y sectores de los profesores.

Para el día siguiente del choque en el Rectorado, miércoles 28 de marzo, estaba convocada la primera Asamblea Intergremial por la transformación universitaria. Las autoridades pretendían abanderar un proceso de “transformación” totalmente cosmético, por lo que la asamblea fue convocada bajo el lema “¡No a la reforma de las élites! ¡Sí a la transformación de todos!”. Firmaban la convocatoria los grupos Utopía Universitaria, Pensamiento Crítico, Comité de Estudiantes Revolucionarios 08 de Octubre (CER-08), Rebeldía, el Movimiento Unitario de Trabajadores Universitarios (MUTU), el Movimiento 7 de Empleados, y los sindicatos AEA (empleados), SUTRA-UCV (obreros), APUFAT (profesionales en funciones administrativas), Sindicato del Comedor, Sindicato de Trabajadores de Agronomía, Veterinaria y Servicios Básicos del núcleo Maracay.

La asamblea resultó un éxito, con una masiva participación que colmó el Aula Magna. La masividad la garantizaron, no tanto las corrientes estudiantiles, que aportaríamos unos cientos de activistas, ni los profesores, que eran sobre todo individualidades, sino fundamentalmente las organizaciones de los trabajadores no docentes, que movilizaron casi dos mil empleados y obreros. El clima era de firme cuestionamiento el régimen antidemocrático de la universidad, denuncia del deterioro de los servicios estudiantiles, las demandas propias de los empleados y obreros, y mucho entusiasmo por el impulso de la lucha en serio por una transformación radical de la universidad.

Paralelo a esta gran asamblea sesionaba en su salón el Consejo Universitario, en el cual se discutían, entre otros puntos, las sanciones contra los estudiantes que habíamos participado de la protesta del día anterior. Llegó la noticia al Aula Magna y se decidió que al terminar nos dirigiríamos al Consejo Universitario a repudiar las sanciones, exigir un derecho de palabra e informar la determinación de iniciar un proceso de transformación en la universidad. La masiva movilización cruzó los pocos metros de la plaza Cubierta que separan el Aula Magna del edificio del Rectorado y subió al Salón de Sesiones, se le negó el derecho de palabra, un no rotundo de las autoridades llevó a que decidiéramos hacer realidad el derecho de palabra y, sobre todo, el repudio a las sanciones, por las buenas o por las malas si no.

Esta vez fue imposible que la vigilancia frenara el ingreso de una movilización como esa, no era la pequeña protesta del día anterior. Ingresamos a la fuerza, el equipo rectoral, decanos y demás autoridades suspendieron la sesión y desalojaron la sala, constatamos en los documentos que dejaron que, efectivamente, estaba en el orden del día la activación de sanciones a varios estudiantes. Nos quedamos exigiendo respuestas. La noticia que hicieron correr las autoridades en la universidad y por los medios nacionales fue que se había dado un “golpe de Estado” en la universidad, que se tenía secuestrado al rector, que habíamos ingresado con armas de fuego, etc., causando gran impacto en la universidad y a nivel nacional.

Se nos ocurrió que así no podíamos salir, que debíamos desmentir semejantes calumnias, sin embargo, los medios no tomaban nuestra versión. Coincidió que ese día hubo paralización nada más y nada menos que de la industria petrolera ­–por su contrato colectivo–, la coincidencia de ambos eventos le puso más “drama” y relevancia nacional a lo que ocurría en la universidad. El gobierno, en la persona del ministro de Educación, Héctor Navarro, cuestionó la acción, igual otras figuras como Nelson Merentes, Luis Miquilena, o los diputados Ernesto Alvarenga y Juan Barreto que fueron a exigirnos el desalojo y brindar su solidaridad a “la institucionalidad” y al rector.

Nos transamos en la exigencia de un desmentido del rector o en que nos dieran una rueda de prensa para decir nuestra verdad, como condición para desalojar… pero lo que siguió fueron 36 días de un amplio proceso de discusiones en la universidad, movilizaciones y enfrentamientos.

¿De dónde venían los tomistas?

El origen político de los grupos y activistas estudiantiles que protagonizamos esta acción es fácil de ubicar, éramos parte de esa juventud que despertó a la vida política y dio sus primeros combates en plena crisis del puntofijismo, una generación de la etapa abierta por el Caracazo. Muchos veníamos de iniciar la militancia en los liceos, en la efervescencia de las luchas contra el gobierno de Caldera –y algunos desde los últimos años de CAP. Organizar centros de estudiantes, movilizaciones, estudiar marxismo febrilmente –o anarquismo, “El diario del Che”, existencialismo, etc.–, acostumbrados a las marchas, las correderas y el enfrentamiento a la represión, las bombas lacrimógenas y cubrirse de los perdigones.

Algunos venían de rupturas por izquierda de la juventud de Bandera Roja, bien sea individuales o en grupos, otros de corrientes más foquistas, “guevaristas”. Luego del día de la toma, el arco de corrientes ideológicas se amplió hacia autonomistas, anarquistas, post marxistas, además de estudiantes sin adscripción ideológica determinada, por supuesto.

Varios habían pasado ya por lo que era perder amigos y camaradas de lucha en las represiones de los 90’s. Por lo general, habíamos participado de las luchas nacionales por el respeto al pasaje estudiantil o contra su restricción (contra la imposición del ticket), y en la gran lucha del ’97 que derrotó el neoliberal Proyecto de Ley de Educación Superior (PLES), que buscaba meter fuertes elementos de privatización en las universidades públicas. Éramos de esa juventud que protestaba contra los aumentos del pasaje, contra el pago de la deuda externa, por más presupuesto para las universidades, contra la presencia policial en los liceos y universidades, contra la invasión de la OTAN a Yugoslavia, etc.

En noviembre de 2000 habían sido las elecciones estudiantiles y buena parte de esa izquierda que pedía democratización del régimen universitario, y que protagonizó la acción del 28-M, estaba a la cabeza de varios centros de estudiantes y algunos cargos secundarios en la Federación de Centros Universitarios (FCU); otros habían sostenido para esas elecciones una táctica abstencionista y estaban por fuera de la representación estudiantil.

¿Qué exigíamos?: la “transformación universitaria”

“Que la universidad se pinte de pueblo”, “Si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”, eran algunos de los tantos lemas que levantábamos. Queríamos cambiar la universidad de las élites, restrictiva en el ingreso a los sectores populares, orientada a un conocimiento para sostener la sociedad de explotación y no para resolver las necesidades del pueblo. Cuestionábamos también la jerarquía académica, no solo en el régimen de gobierno interno de la universidad, sino en la academia, en las clases, la supremacía del profesor, la falta de amplitud crítica, el encerramiento en las aulas y falta de imbricación con la realidad, la universidad como un mero instrumento de “ascenso social” para escalar en la misma sociedad basada en la exclusión, la carrera como un “título-ducto”.

Por supuesto, nos inspirábamos en la Renovación Académica del ’69 (a la que le siguió el allanamiento militar y clausura temporal de la universidad), y más atrás, en la Reforma de Córdoba. Que se eliminaran las pruebas internas y otros mecanismos de restricción del ingreso, que se respetara el peso numérico estudiantil en las elecciones de autoridades y en la composición de los organismos del “co-gobierno”, que los empleados y obreros pudieran votar, al igual que los profesores instructores (esa especie “bajo clero” universitario), que se discutiera la pertinencia de los planes de estudio de cara a las necesidades del país, que la tan mentada “búsqueda del conocimiento” se entendiera como un proceso dinámico donde no fuera infalible la palabra y autoridad de los profesores, que se acabara con la idea del estudiante como un cascarón vacío que debía ser llenado con la sapiencia del profesor, y un largo etcétera.

En la segunda entrega de estas notas seguiremos con la dinámica que abrió la toma, su desenlace y lo que rescatamos de aquella experiencia para la juventud de hoy.






Temas relacionados

Universidad Central de Venezuela (UCV)   /   Historia   /   Juventud

Comentarios

DEJAR COMENTARIO