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La suerte de la fea, de Mauricio Kartun, en el Teatro Picadero

Los domingos a las 18 hs, se estará presentando la obra de Kartun, dirigida por Paula Ransenberg e interpretada por Luciana Dulitzky, una obra para reflexionar sobre los cánones de belleza impuestos al cuerpo femenino.

Natalia Rizzo

@rizzotada

Viernes 15 de febrero | Edición del día

“La suerte de la fea” está inspirada en la atracción de las “Orquestas de Señoritas” de los años 20. Los espectáculos eran para un público masculino que se deleitaba viendo un grupo de mujeres jóvenes y atractivas que hacían la mímica de estar ejecutando diversos instrumentos, a la par que otras mujeres, las que eran consideradas feas, eran las verdaderas músicas con talento que tocaban a la veda de los ojos masculinos, en bambalinas o en el foso del escenario. Mujeres para la vidriera como objetos sexuales, que hacían movimientos sensuales con los instrumentos y mujeres artistas de intachable talento que debían ocultarse, como objetos ejecutantes.

Ésta es la historia de una de esas mujeres “feas”, y es tan exacerbado el carácter objetual que quieren imponerle al personaje incluso desde la institución de su familia, que su nombre es “Viola”, como el nombre de la herramienta que ella misma articula sigilosamente en las sombras. Pero esta mujer quiere salir, ascender al escenario, dejar la condición de invisibilidad a la que se ve sometida.

La “fea” quiere dejar de ser el complemento de la “bella”. Monologando Viola, muestra que hay solidaridad de género entre ellas, manifiesta una comprensión sobre el sistema de dominación que las oprime a ambas desde diferentes perspectivas, y eso es lo que hace que se potencien creativamente. La bella sigue en silencio, no la vemos, no está, ahora es la fea la que habla por las dos.

El texto de Kartun se presenta contundente, plagado de detalles y simbolismos trayéndonos de nuevo, como en dramaturgias anteriores, un mito: el de la belleza femenina. Va hacia el pasado y encuentra en él una articulación con el presente, el contenido se hace sensible, cargándose de significantes que nos interpelan hoy, para sacarnos del lugar del espectador e invitarnos al sentimiento de la bronca, el asco, la náusea, en un tono tan burlesco como desesperante, que invita a la acción. A su vez, en la actuación y dirección se representa ese texto con mucha precisión, se desgarra en la boca de Luciana Dulitzky que lo versa con un desempeño intachable. Todo su cuerpo se hace texto. Cuánto más interpreta el discurso, más se va deshaciendo para filtrarse en la consciencia de los públicos presentes.

En ese sentido, la obra no puede ser más oportuna para invitarnos a reflexionar, en éstos momentos de plena ola de feminismo, porque expone uno de los motivos que oprime incluso silenciosamente a las mujeres y las disciplina cargándolas de innumerables preocupaciones desviatorias de su crecimiento profesional y personal: la preocupación por la belleza. Dietas, gimnasios, operaciones estéticas, innumerables acciones que ocupan su tiempo. La imposición de un canon de belleza inalcanzable para las amplias mayorías, pretende mantener a esas mujeres ya incorporadas al mercado laboral, que vienen históricamente abandonando el ámbito de la exclusividad de lo doméstico, frustradas constantemente por el contraste que se pronuncia entre el cuerpo real y el cuerpo ideal. El cuerpo ideal, que no es más que el cuerpo legitimado. Como diría Pierre Bourdieu [1]. , el cuerpo, en el orden de su apariencia, en las dimensiones de su conformación visible, es un producto social.

La clase dominante cuyos pilares son patriarcado y el capitalismo, históricamente ha avanzado en sus esfuerzos por concentrar el poder, en conquistar la tierra y apropiársela cometiendo incluso guerras y genocidios para obtenerla. Junto con esa conquista geopolítica de territorios, también se avanzó en uno impensado: el territorio del cuerpo femenino. Y es a través de la conformación de la cultura machista que despliega su dominación impartiendo pensamiento hegemónico a través de las instituciones burguesas como el estado, la iglesia, y también la publicidad y los medios masivos de comunicación, entre otros.

La mujer como territorio conquistable, como objeto, tal cual se muestra en la pieza teatral, cual si fuese la figuranta de su propia vida, no tiene la posibilidad de presentarse, sino de representarse en los escenarios de la vida cotidiana dirigida, cuestionada, limitada por la estandarización de los cuerpos que conforman los cánones estéticos existentes, frente a los que las diferentes corrientes feministas y políticas resisten y luchan. La frustración opaca la consciencia, y fortalece el deseo de encajar con esos cuerpos ideales. Una injusta condena a una vida sumida en la cosificación.

El canon, este conjunto de normas de estandarización, según Bourdieu, “no son independientes de la distribución de las diferentes propiedades entre las clases sociales: las taxonomías al uso tienden a oponer, jerarquizándolas, las propiedades más frecuentes entre los que dominan (es decir, las más raras) y las más frecuentes entre los dominados.” Allí vemos como la imposición de este cuerpo de categorías sociales de percepción, que conllevan a la valoración de los rasgos identitarios individuales, fortalece la legitimación de las características distintivas, en un marco social donde estas propias categorías cobran sentido. La belleza es una construcción cultural, quién es la bella que se sube al escenario es tan arbitrario como quién es la fea que debe permanecer oculta.

Este avance cultural sobre las conceptualizaciones del mito de lo bello que se hace carne en los cuerpos legitimados, como lo describe Naomi Wolf [2], “es una violenta reacción contra el feminismo, que se expandió para llevar a cabo su labor de control social. Las mujeres deben personificar la belleza y los hombres deben poseer mujeres que personifiquen esa belleza. El hecho de asignar valor a una mujer, dentro de una jerarquía vertical y según pautas físicas impuestas por la cultura, es una expresión de las relaciones de poder, según las cuales las mujeres deben competir de forma antinatural por los recursos que los hombres se han otorgado a sí mismos.”

Bienvenido es en este contexto el aporte sensible que hace “La suerte de la Fea” en la batalla cultural contra el pensamiento hegemónico que legitima la violencia patriarcal junto con la explotación ilimitada de seres humanes. El factor cultural dominante es justamente el que fortalece las bases para la mercantilización del cuerpo femenino y su sexualización. El hecho de que el cuerpo femenino sea comercializable, va en contra de la propia emancipación de esos cuerpos y todos los cuerpos. El cuerpo femenino se convierte en un bien consumible, en un bien de uso, propio de la posesión de los patriarcas. El gusto termina siendo un acto de puro raciocinio y el camino de perfeccionamiento hacia lo bello es el “bien”, o bien podemos decir que es el mal de la subjetivización a partir del cuerpo oprimido y a su vez autoexplotado.

La belleza patriarcal y el cuerpo femenino como mercancía, como fuente de consumo inagotable de otros bienes para perfeccionarlo, es el padecimiento frustrante de las “feas”. La “fealdad” se hace mayoritaria, mientras que la “belleza” cada vez es más inalcanzable. Son distracciones que nos imponen, para que nos obsesionemos con el cuerpo y limitemos lo social al plano individual. Para que en lugar de cambiar la sociedad, por ejemplo, nos preocupemos por el consumo, por cambiar nuestros cuerpos.

Según éstas normas inhumanas, todas las mujeres son (somos) feas, ninguna alcanza (alcanzamos) con belleza a cubrir la perfección impuesta, pero llegará el día que en tiremos abajo el capitalismo patriarcal hombres, mujeres, todes unides, matemos la estética de lo bello y triunfemos por fin las feas. ¡Vamos a por ello!

“La suerte de la fea”
Domingos 18 hs en el “Teatro Picadero”, Enrique Santos Discépolo 1857, CABA.
En la boletería del teatro todos los días a de 12:00 a 20:00
Por Plateanet: 5236-3000
www.plateanet.com

Ficha técnico artística
Dramaturgia: Mauricio Kartun
Actúan: Luciana Dulitzky
Intérpretes: Federico Berthet
Peinados: Granado
Diseño de vestuario: Alejandro Mateo
Diseño de escenografía: Alejandro Mateo
Diseño de luces: Fernanda Balcells
Realización de escenografía: Los Escudero
Realización de vestuario: Lucina Tropini
Música: Federico Berthet
Fotografía: Sofía Montecchiari, Ale Ojeda
Diseño gráfico: Zkysky
Asistencia de dirección: Marcelo E. De León
Prensa: Simkin & Franco
Dirección: Paula Ransenberg



[1Pierre Bourdieu, “Notas provisionales sobre la percepción del cuerpo”

[2Naomi Wolf, “El mito de la belleza”. Editorial Emecé, Colección Reflexiones.







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