REVISTA

La revolución como urgencia

Corina Luchía

reseñas

A propósito de Revolución, compilación de textos de Marx y Engels (Eidciones IPS, 2018).

Los textos reunidos en esta edición presentan algunas de las ideas más difundidas, aún entre aquellos que desconocen su origen. Quienes no se han acercado en profundidad a la obra de Marx y de Engels en algún lugar atesoran que “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos”; o bien esa magistral corrección del pensamiento hegeliano, que consiste en explicar la sensación de estar transitando por circunstancias que ya hemos vivido, esa “repetición de los grandes hechos históricos” que, sin embargo, se presentan “una vez como tragedia y otra vez como farsa”. Y si esto nos es familiar es porque Marx las plasmó en El Dieciocho Brumario. Podríamos desconocer completamente el proceso de lucha de clases que atraviesa Francia a mediados del siglo XIX, pero esas ideas ya trascendieron, ya fueron apropiadas por muchos.

Los acontecimientos que el lector encuentra en estas páginas, cuyo desarrollo es presentado de manera extensa en la introducción de este volumen, gravitan en la historia de la clase obrera tanto como en la memoria sobresaltada para siempre de sus enemigos, que intentarán por todos los medios evitar nuevos episodios que amenacen su dominación. Pero a partir de 1848, un fantasma recorre Europa…

Estos trabajos, muchos de ellos de corte periodístico, sobresalen por la profundidad del análisis histórico; una profundidad que para los historiadores es tanto una escuela como fuente de una eterna decepción: la de no poder alcanzar nunca ese tamaño, esa madurez, esa palabra bella e inteligente, esa descripción teórica precisa que es al mismo tiempo, y sobretodo, un vigoroso estímulo para la acción política.

En estos textos, la atención por el detalle, por lo aparentemente nimio –por lo contingente diríamos– se combina con la inscripción del detalle dentro de la lógica social. Los procesos revolucionarios de Europa de la segunda mitad del siglo XIX, de Francia y de Alemania en particular, cobran vida en innumerables hechos parciales que se tejen, que se hilvanan en el proceso histórico: el capitalismo y sus crisis, la revolución, la contrarrevolución.

En la actualidad, los criterios de la producción académica hacen de la saturación de datos expuestos en escaparates de investigaciones convertidas en mercancías, el santo y seña para el reconocimiento del estatus científico. Si las preguntas que trascienden el hecho singular son evitadas y las inquietudes que superen la mera descripción desacreditadas, Marx y Engels hoy serían invitados a retirarse de este convite para pocos y nuestra tarea cotidiana se convertirá en labor infértil.

Los distintos trabajos seleccionados nos llevan por el desarrollo contradictorio del capitalismo, la constitución de las diferentes fracciones de clase, las crisis y las guerras, los nacionalismos, los límites objetivos de la acción clasista, el papel de las direcciones políticas. Es un cuadro impresionista plagado de metáforas que no son solo obra de la maravillosa pluma de los autores, sino de la historia misma.

En el recorrido por los hechos y los procesos de la lucha de clases del siglo XIX, en ese recorrido por la revolución, los textos tienen una asombrosa actualidad. Hay pasajes en este sentido que son verdaderamente sorprendentes. Como aquella mención de Marx en Las luchas de clases en Francia sobre el incremento de la deuda pública y el déficit creciente del Estado a costa de la toma de nuevos empréstitos que pagarán los trabajadores y el pueblo pobre; o su reflexión en El Dieciocho Brumario sobre el papel central de la gendarmería –sí, de la gendarmería–, en un contexto en el que crecen los ataques contra los trabajadores y los endeudados campesinos y artesanos.

También, en ese sentido común reaccionario, tan actual como arraigado en ciertos sectores, resuenan los ecos de la rabia de los pequeñoburgueses franceses en crisis frente a la contratación de mano de obra en los Talleres Nacionales; esos talleres que formaron un verdadero “ejército para la revuelta” y cuyo virtual cierre sirvió para lanzar al proletariado de París a la insurrección en junio de 1848. Los pequeños comerciantes y artesanos, dice Marx, “echaban cuentas de las sumas que los gandules proletarios devoraban”, mientras ellos estaban al borde de la ruina. El pequeñoburgués “al borde de la bancarrota y sin esperanza de salvación” muestra el odio más fanático contra las supuestas medidas “comunistas”.

Frente a los límites de la pequeña burguesía, Marx advierte que su carácter objetivamente oscilante se traduce en su permanente vacilación política; solo si tienen detrás al proletariado, los pequeñoburgueses pueden asumir posiciones revolucionarias. La dirección política de clase es clara. No hay lugar para las confusiones, ni para esperar frutos rojos de alianzas policlasistas que se enmarcan en los límites del dominio del capital, en cualquiera de sus formas. Esa “ilusión en la fraternidad de las clases”, que se destaca en la introducción de esta obra, queda al descubierto en el desarrollo de las luchas estudiadas.

Hay otro aspecto sobre el que es necesario detenerse porque resulta particularmente relevante para comprender los procesos históricos. En estos textos, existe una constante preocupación por la subjetividad. Las conductas, las intenciones, las conciencias y las inconciencias están intensamente presentes: “viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías”, son sentimientos que no pueden ser ignorados, sostiene Marx, pero que se levantan sobre las diversas condiciones de existencia. Sin ellas, no pueden explicarse.

Se reconoce lo individual, pero como el resultado contradictorio de la acción, en un tiempo histórico concreto. Y en relación con esto, hay una característica de los escritos de combate, como los que contiene esta compilación, que merece también un breve comentario.

Tanto Marx como Engels no se privan de las adjetivaciones. En general, y en la cada vez más anestesiada academia, las adjetivaciones tienen muy mala prensa. Aprendemos que hay que evitarlas, que degradan la rigurosidad de un trabajo. Sin embargo, en estos textos se adjetiva; se trata de adjetivaciones muy lúcidas porque no surgen de un registro moralizante, sino que aparecen como resultado de la comprensión de las circunstancias históricas, de los condicionamientos sociales.

Así, Engels dice que el pequeñoburgués alemán es “pusilánime, mezquino, vacilante”, pero explica ese carácter por las propias condiciones de sus operaciones mercantiles.

O tal vez el ejemplo más significativo, que nos deja lecciones tanto para el análisis como para la militancia revolucionaria, es el del empleo de la idea de traición. Sabemos de la larga trayectoria de este término. Pero en Marx y en Engels, la traición se presenta como categoría política; toma distancia de la mera indignación impotente para dar cuenta de las condiciones que la hacen posible. El grito contra los traidores suele ser muchas veces el mejor atajo para no combatir sus políticas: “gritar y hacer son contrarios irreconciliables”, señalaba Marx en una carta a su hija Jenny de 1881 [1].

A propósito del desconcierto que se produce en Alemania después de la oleada revolucionaria de 1848 y del posterior fortalecimiento de la reacción, Engels caricaturiza las explicaciones simplificadoras: “cuando se indagan las causas de los éxitos de la contrarrevolución, se ve por doquier la respuesta preparada de que fue por la traición al pueblo del señor Fulano de Tal”. Engels no duda que tales traiciones hayan existido, que la dirección pequeñoburguesa encerrada en su limitado horizonte republicano haya defeccionado; pero traspasa esa respuesta confortable y tranquilizadora y se pregunta entonces “por qué el pueblo se dejará traicionar de esa manera”. Y vuelve más ácida su crítica cuando señala que “es muy pobre el porvenir de un partido político pertrechado con el conocimiento del solo hecho de que el ciudadano Fulano de Tal no es merecedor de confianza”.

Las debilidades, las mezquindades, los estados de pánico que paralizan y tienen incidencia efectiva en el derrotero de las luchas solo cobran sentido dentro de las condiciones históricas en las que se producen.

Frente a la mezquindad de una serie de personajes a los que tanto Marx como Engels no dudan en calificar por su pequeña estatura intelectual, esos mediocres que en determinado momento parecieran dirigir la historia, hace su aparición majestuosa el proletariado del siglo XIX. Esa presencia subversiva que estos textos muestran en acción, con sus contradicciones, con su decisión y sus indecisiones, lanzado a la lucha, triunfante y derrotado; yendo de su embrionaria organización política y sus derivas parlamentarias a las heroicas barricadas de París y al ensayo del primer gobierno obrero de la Comuna, la historia se exhibe en su dimensión sustancial como la lucha entre clases irreconciliables. Son las clases haciendo la historia.

Este libro, publicado a propósito de cumplirse 200 años del nacimiento de Karl Marx, tiene el valor no solo de difundir el conocimiento de su sistema de ideas, de su método, sino de señalar la vigencia real de su práctica. Vayan entonces estas últimas líneas a esa figura odiada en vida por las clases dominantes y a la que, como dijera Lenin, luego de su muerte pretendieron castrar de su contenido revolucionario [2].

* * *

Marx no se limita a describir las distintas fases de las luchas que llevan de 1830 a la Comuna de París. Marx indaga, reflexiona, comprende, explica y todo ello lo hace para actuar, para dar razones para la acción. Así lo plasmaba Engels en sus palabras ante la tumba de su entrañable camarada: “El 14 de marzo, a las tres menos cuarto, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días” [3].

Marx es un pensador, pero un pensador cuyo pensar traspasa. “Pensar significa traspasar” [4], como señalara Ernst Bloch, y por eso Engels continúa:

Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar de este modo o el otro, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado, a quien él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación, de sus necesidades; la conciencia de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento [5].

La revolución que recorre estos textos y que inspira a las siguientes generaciones en los distintos confines del planeta es también una esperanza; pero la esperanza no como un sentimiento insustancial, nada de eso. La esperanza, dice Bloch,

… no solo es un rasgo fundamental de la conciencia humana sino determinación fundamental dentro de la realidad objetiva… A partir de Marx ya no es posible en absoluto ninguna indagación de la verdad que pueda eludir los contenidos subjetivos y objetivos de la esperanza del mundo… La filosofía tal como nos fue abierta por Marx es aniquiladora y plenificadora [6].

Es la esperanza destructora de toda opresión y creadora del pleno disfrute de la verdadera condición humana emancipada.

Este libro sobre las luchas, es un libro para la lucha, por eso el atinado nombre que han escogido sus editores. Revolución, como llamado, como desafío militante, como urgencia, pero también como sentido que arraiga en una potente tradición histórica. Debemos construir, pero no a ciegas. Si como leemos en estas páginas, “la revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir”, dos siglos más tarde, contamos con las lecciones que nos dejan las luchas de ese proletariado insurrecto. El simple llamado a transformar el mundo de raíz, con su apuesta de incertidumbre creadora, nos recuerda a través de estos estudios, que somos al mismo tiempo tan huérfanos como herederos.

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NOTAS AL PIE

[1Marx, Karl y Engels, Friedich, Escritos sobre Rusia. II. El porvenir de la Comuna rural rusa, Cuadernos de Pasado y Presente, 90, 1980, p. 14, nota. 9.

[2Lenin, Vladimir Illich, El Estado y la revolución, Barcelona, Ariel, 1981, p. 11.

[3Engels, Friedich, “Discurso ante la tumba de Marx”, 18 de marzo de 1883, disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm.

[4Bloch, Ernst, “Prólogo”, El principio esperanza, T. I, Madrid, Aguilar, 1977, p. XII.

[5Engels, Friedich, “Discurso ante la tumba de Marx”, ob. cit.

[6Bloch, Ernst, ob. cit., p. XV.
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Corina Luchía

Docente de Historia Medieval en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Investigadora del CONICET.
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