Economía

PÁNICO FINANCIERO

La recesión mundial, un fantasma cada vez más real

Las bolsas tuvieron este lunes uno de los peores días desde la crisis de 2008. Se apunta contra el coronavirus y la competencia petrolera entre Rusia y Arabia Saudita. Pero esto solo desnuda problemas de fondo.

Esteban Mercatante

@EMercatante

Lunes 9 de marzo | 23:00

Mientras los Gobiernos de algunos países afectados toman medidas cada vez más extremas (Italia puso en cuarentena a toda su población de 60 millones de personas), el pánico financiero iniciado la semana pasada se hace cada vez más profundo.

Este lunes Wall Street tuvo la mayor caída en una jornada desde diciembre de 2008, alcanzando un retroceso de 7,6 %. La Bolsa de San Pablo cayó más de 11 %. En ambas plazas se suspendieron las operaciones para contener el retroceso. En Frankfurt la caída se acercó a 8 %. Tokio cayó 5 %. En la bolsa porteña el hundimiento fue mucho más dramático: 14 %.

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Los disparadores del pánico bursátil no son ningún secreto: la expansión del coronavirus que no encuentra contención, y, derivada de esta, la rencilla petrolera entre Rusia y Arabia Saudita, que dio lugar desde el domingo a una caída en la cotización del barril de crudo de más de 30 %.

Según la mayor parte de los especialistas, el COVID-19 probablemente alcanzará su pico en unos meses. Y con él los trastornos económicos generados por las medidas para contenerlo. Más abierto es el pronóstico de lo que ocurrirá con el petróleo, ya que tanto Arabia Saudita como Rusia se muestran dispuestos a sostener sus posiciones (ni Rusia ceder con recortes de producción ni la monarquía del Golfo retroceder con los aumentos de despachos de crudo y recorte de precios que hizo como respuesta a esta postura).

Pero aún si fueran episódicos, permitieron echar luz sobre los problemas más de fondo que viene arrastrando la economía, que empezaron a ser al menos intuidos por los inversores financieros. Esto seguramente explique la virulencia de la respuesta que vienen mostrando los mercados desde la semana pasada, y sobre todo, durante la jornada de ayer.

El primero, es que los indicios de que podía sobrevenir una recesión ya venían desde antes. La economía de EE. UU. estaba probablemente dejando atrás el momento más "álgido" de un ciclo de crecimiento a tasas moderadas, pero que venía de hace varios años: desde 2010 empezó a crecer, dejando atrás la Gran Recesión, pero no sus peores efectos sociales. Fue una década de caída del desempleo pero empeoramiento general de las condiciones de trabajo. Solo los más ricos obtuvieron beneficios de la recuperación.

Lo mismo puede decirse de otras importantes economías, aunque en la Unión Europea la recuperación tardó más y fue más débil (porque muchos países como Portugal, Grecia, España, Italia e Irlanda tuvieron severas crisis de deuda). El coronavirus agarra la economía debilitada al cabo de un ciclo de crecimiento. Por eso, los pronósticos iniciales -de que restaría un punto al crecimiento de la economía de China y algunas décimas al de la economía mundial, que mostraría así su peor desempeño desde de la Gran Recesión- podrían revisarse a la baja.

El segundo elemento preocupante es la debilidad de las herramientas para enfrentarla. La política monetaria no puede jugar en caso de una recesión el mismo papel hoy que en 2007/08. Cuando empezó esa crisis, las tasas de interés de la Reserva Federal (Fed), el banco central de EE. UU., estaban en 5 %, mientras que la semana pasada estaban en 1,75 %. Después de la reducción de emergencia de la semana pasada, están en 1,25 %. En algunos países de Europa las tasas de los bancos centrales están en cero, incluso hasta hace poco eran negativas.

El tercer elemento, que es una consecuencia de lo anterior, es la magnitud que alcanzó la deuda. Como afirma Larry Elliot en The Guardian "durante la última década, la fragilidad subyacente de la economía global fue enmascarada por tasas de interés perpetuamente bajas. El dinero barato fue el combustible para el alza sideral de los precios de los activos –acciones y bonos en particular– pero hizo poco para estimular la inversión y el históricamente débil crecimiento de la productividad".

El Banco Mundial advierte en un reciente informe que la “ola de deuda global” generada desde 2010 es la más extendida y de mayor crecimiento de los últimos 50 años. A nivel mundial, el endeudamiento ha trepado hasta el equivalente al 230 % de la economía global. En los países “emergentes” las deudas (del sector público y privado) alcanzan los 55 billones de dólares, que equivalen a 168 % de su PBI. En el caso de China, el endeudamiento llega a 255 % del PBI. Esta vez "no va a ser tan fácil apelar al truco" de estimular el alza de las bolsas para bombear la economía y sacarla de la crisis, advierte Elliot.

Cuarto: a diferencia de 2008, el imperialismo norteamericano no parece, al menos por ahora, interesado en orquestar una respuesta en gran escala coordinada entre los países más poderosos, como hizo entonces a través del G20. Este lunes el gobierno de Donald Trump salió a anunciar que tomarán medidas para estimular la economía, aunque sin más precisiones excepto por el anuncio de que buscarán evitar que los asalariados que no puedan concurrir al trabajo pierdan ingresos. También China y otros países anunciaron medidas de estímulo.

Al mismo tiempo, el FMI planteaba que considerando "los amplios efectos en la confianza que impactan en la actividad económica y en los mercados financieros y de bienes, es claro el argumento en favor de una intervención internacional coordinada".

Por ahora priman las respuestas no coordinadas, lo cual -de extenderse las turbulencias financieras- podría limitar la capacidad de contenerlas. A diferencia del crash de 2008, lo que prima hoy no es la fragilidad de los bancos por exposición a activos financieros "tóxicos" como los derivados financieros de las hipotecas incobrables. Pero dada la magnitud de las deudas generadas en estos años, el clima enrarecido podría dar lugar a una o varias crisis de liquidez que rápidamente se puedan convertir en riesgos sistémicos.

Hace poco más de un mes, cuando todavía eran más vaporosos los indicios de que una nueva recesión podría estar a la vuelta de la esquina, la reunión anual en Davos (en la que los ricos del mundo pretenden que van a encontrar la "solución" -capitalista, desde ya- para todos los problemas de la humanidad), invitaban a Joseph Stiglitz a exponer sus ideas para un "capitalismo progresista".

Se trata de un reciclaje de viejas recetas para moderar los peores efectos de este modo de producción basado en la apropiación privada de las ganancias (apoyadas en la explotación) y la socialización de las pérdidas (bursátiles, económicas, ecológicas, etc.).

Las turbulencias de estos días, ya sea que se ahonden en lo inmediato o se contengan un (breve) tiempo más, vuelven a mostrar que no son tiempos propicios para esos ensayos de humanizar este orden social. Necesitamos pelear para derrocarlo, para establecer sobre sus ruinas una sociedad sin explotación ni opresión.







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