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La prehistoria, la voluntad, la insurrección y la Revolución Rusa

A pocos días de conmemorar el centenario de la insurrección de octubre de 1917, una reflexión sobre los sujetos a partir de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky.

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Martes 24 de octubre | Edición del día

En una de las sesiones de 1937 en México, donde Trotsky se defendía de las acusaciones que se le imputaban en los infames Juicios de Moscú, planteó: “Hasta el día de hoy, la humanidad no ha tenido éxito en racionalizar su historia. Eso es un hecho. Nosotros, los seres humanos no hemos tenido éxito en racionalizar nuestros cuerpos y mentes. Es cierto que el psicoanálisis trata de enseñarnos a armonizar nuestro cuerpo y nuestra mente, pero hasta ahora sin gran éxito”.(1) Para Trotsky la humanidad aún sigue en el estadío de su prehistoria, porque para él la verdadera historia comienza con la humanidad plenamente consciente de sí misma, dominando el reino de la necesidad, una perspectiva que solo puede abrir el comunismo. Para él, hasta el propio triunfo de la revolución y el propio gobierno revolucionario de la clase trabajadora pertenecen todavía al reino de la prehistoria, aunque son ese preciso primer paso esencial para caminar el largo trecho que va del reino de la necesidad al reino de la libertad(2). Lo que estamos conmemorando en estos días no es solo el centenario de la revolución en sí misma, sino en particular el de una de sus fases, el de su momento clave: la insurrección de Octubre. Este momento quebró la linealidad del tiempo, la “racionalidad” histórica, las “leyes”.

La historia no hace nada

En las reflexiones sobre el centenario de la revolución, por cierto, aparece seguido una crítica a la insurrección de Octubre (“la mala revolución” porque llevó al poder a los trabajadores, en contraste con “la buena”, que sería la de Febrero, que llevó al poder a la burguesía).

Trotsky se adelanta a ese argumento de los historiadores liberales actuales que ven en las revoluciones solo una conspiración de demagogos que, “con un libro bajo el brazo” imponen dogmas preconcebidos, y ya confronta en su libro a quienes acusan a la insurrección de Octubre de “saltearse” la racionalidad histórica, como si la Historia con mayúscula fuera un ser viviente que se desarrolla en forma orgánica. Junto con Marx y Engels podría decir: “La historia no hace nada (…) Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo quien hace todo eso y realiza combates; estemos seguros que no es la historia la que se sirve del hombre como de un medio para realizar -como si ella fuera un personaje particular- sus propios fines; no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos.”(3)

Al comienzo de “El arte de la insurrección”, podemos leer:

“Al igual que con la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay más coacción que la de las circuns­tancias. La revolución se produce cuando ya no queda otro camino. La insurrección se eleva por encima de la revolución, como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada a voluntad, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden an­tes de decidirse a dar el último asalto.”(4)

Y luego:

“Derribar el antiguo poder es una cosa, otra diferente es adueñarse de él. En una revolución la burguesía puede tomar el poder, no porque sea revo­lucionaria sino porque es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la educación, la prensa, una red de posiciones estratégicas, una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación se encuentra el proletariado. Desprovisto de los privilegios sociales, el proletariado insurrecto solo puede contar con su propio número, su cohesión, sus cuadros, su Estado Mayor. Del mismo modo que un herrero no puede tomar con su mano desnuda un hierro candente, el proletariado tampoco puede conquistar el poder con las manos vacías: es necesaria una organización apropiada para esta tarea. En la coordinación de la insurrección de masas con la conspiración, en la subordinación de esta conspiración a la insurrección, en la organización de la insurrección a través de la conspiración, radica el terreno complicado y lleno de responsabilidades de la política revolucionaria que Marx y Engels denominaban “el arte de la insurrección”. Ello presupone una correcta dirección general de las masas, una orientación flexible ante cualquier cambio de las circunstancias, un plan medita­do de ofensiva, prudencia en la preparación técnica y audacia para dar el golpe.”(5)

La voluntad

Hay una tensión teórica que recorre la historia del marxismo como movimiento entre, por un lado, el peso que tienen las determinaciones estructurales, las bases materiales objetivas y, por el otro, el lugar de la “voluntad”, el espacio de la subjetividad revolucionaria que puede modificar esas condicionantes. Es el debate entre las sensibilidades “objetivistas” y “voluntaristas”, respectivamente. El marxismo de Lenin y Trotsky supera esa disyuntiva. En el movimiento revolucionario ruso había una vieja tradición voluntarista que opinaba que la revolución era algo que realizaba una pequeña minoría mediante “acciones ejemplares” y “propaganda de los hechos”. El marxismo ruso combatió esta tendencia que llevó al desastre a toda una generación señalando la necesidad de una política científica que diera cuenta de la economía y del Estado. Sin embargo, una parte de la socialdemocracia fue más allá y sostuvo una posición objetivista, que iba a la rastra de los acontecimientos y de la actividad de las masas. Trotsky por eso busca volver a colocar en su lugar fundamental al sujeto social y político, a la preparación consciente cuyo momento clave es la insurrección.

En el Prólogo al tomo 2, uno de los textos inéditos que presentamos por primera vez en castellano, se puede leer:

“El lector ya sabe que en una revolución nos interesa rastrear, ante todo, la irrupción directa de las masas en los destinos de la sociedad. Buscamos des­cubrir los cambios en la conciencia colectiva detrás de los acontecimientos. Rechazamos las referencias sumarias a la “espontaneidad” del movimiento, que en la mayoría de los casos no explican nada y no enseñan nada a na­die. Las revoluciones tienen lugar según ciertas leyes. Esto no significa que las masas en acción sean conscientes de ellas, pero sí significa que los cam­bios en la conciencia de las masas no son accidentales, sino que están suje­tos a una necesidad objetiva que se puede explicar en forma teórica, que a su vez brinda un fundamento que posibilita hacer pronósticos y pelear por dirigir el proceso.”(6)

El marxismo entonces es un método de investigación que permite extraer y deducir de los elementos espontáneos de la conciencia de las masas aquellas posibilidades que se encuentran inscriptas en ella, buscando desarrollar las que van el sentido de que las grandes masas pasen de ser, de objetos más o menos conscientes de la historia (es decir, como esta última “no hace nada”, objeto de las clases que dominan la historia), a sujetos políticos independientes que dirijan el proceso.

Por eso, contra el culto a la pura espontaneidad, que desarma a los trabajadores y los sigue dejando en la mera categoría de objetos más o menos pasivos, en el capítulo 43, vuelve sobre esta idea. Refiriéndose a la socialdemocracia plantea que:
“No recha­za la revolución en general, en tanto catástrofe social, del mismo modo que no rechaza los terremotos, las erupciones de los volcanes, los eclip­ses de sol y las epidemias de peste. Lo que rechaza como ‘blanquismo’ o, peor aún, como bolchevismo, es la preparación consciente de la insurrec­ción; el plan, la conspiración. En otros términos, la socialdemocracia está dispuesta a sancionar, aunque ciertamente con retraso, a los golpes de Es­tado que entregan el poder a la burguesía, pero condenan implacablemen­te los únicos métodos que podrían conferir el poder al proletariado. Bajo este pretendido objetivismo se esconde una política de defensa de la socie­dad capitalista”.(7)

Conclusión

En una conferencia que brindó en 1924 llamada “Los problemas de la guerra civil”, Trotsky plantea la necesidad de poner en pie una teoría de la insurrección e incluso escribir un “manual de la guerra civil” teniendo en cuenta los distintos tipos de países y sus particularidades, sin copiar sin más el modelo ruso. Trotsky no pudo llegar a emprender ese trabajo, pero el texto de esa conferencia, al que se puede acceder aquí, más los capítulos dedicados al tema en la Historia de la Revolución Rusa, (principalmente el 43 y el 46 del tomo 2) aportan en dicha tarea. Comprender la insurrección de Octubre y la Revolución Rusa nos permite mejor prepararnos para los momentos decisivos donde la organización consciente de "la insurrección como arte" será imprescindible para que las futuras revoluciones triunfen. Otro aporte involuntario a ello es el de un coronel del ejército norteamericano, Harold Walter Nelson, quien, (suponemos) posiblemente obsesionado a partir de su propia experiencia en Vietnam por estudiar la forma en que se puede preservar a las fuerzas represivas de la disolución y la derrota frente a la revolución, escribió su tesis doctoral “León Trotsky y el arte de la insurrección”, que fue publicada el año pasado por nuestra editorial.

La revolución no es precisamente el mejor de los mundos, de allí la “coacción de las circunstancias”. Muchos de quienes en estos días se dedican a hablar (mal) de la revolución rusa insisten en esta idea, para compararla con el mundo actual. Sin embargo, si la perspectiva es una recaída en la barbarie, nuevos Hiroshima y Nagasaki, o la perspectiva de una profundización de la crisis económica comenzada en 2008 hasta un escenario como el de la crisis de la década de 1930, con su secuela de desocupación de masas, ataques a las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la humanidad, crisis migratorias, catástrofes y crímenes sociales, resurgimiento de fenómenos políticos aberrantes como la extrema derecha xenófoba, etc, todo lo cual está inscripto en las posibilidades del capitalismo y son elementos que se desarrollan en la actualidad, entonces la perspectiva de la revolución obrera y la condición de su triunfo, la insurrección, siguen siendo la única salida realista. No obstante, la revolución también es un "festival de los oprimidos" (Lenin), algo que se puede palpar en las fotos de nuestra edición de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky que muestran esas caras, al mismo tiempo, de cansancio y de esperanza a partir de saberse y probarse como artífices de sus propios destinos.

***

El libro se puede adquirir por medio de la página web de Ediciones IPS, en el local de Ediciones IPS (Riobamba 144, Ciudad de Buenos Aires, de lunes a viernes de 16 a 21 hs.), en locales del PTS y en las principales librerías de todo el país.

Notas:

1. L. Trotsky, El caso León Trotsky, Ediciones IPS, 2010. www.ceipleontrotsky.org/El-caso-Leon-Trotsky
2. L. Trotsky, "Dictadura y revolución", 23/10/1937, www.ceipleontrotsky.org/Dictadura-y-Revolucion.
3. K. Marx y F. Engels, La sagrada familia, cap. 6 (1844). www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/sagfamilia/06.htm
4. L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, tomo 2, Ediciones IPS, 2017. Pág. 437. Destacado nuestro.
5. Ibídem, pág.438-439.
6. Ibídem, pág. 11. Destacado nuestro.








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