Géneros y Sexualidades

La potencia del odio

Andrea D'Atri

@andreadatri

Lunes 11 de abril de 2016 | 13:15

Imagen: The End of the Strike [El fin de la huelga], en Bread and Roses Centennial Exhibit

Ha pasado más de un siglo de las luchas de las mujeres por el derecho al voto. Ha pasado medio siglo desde el inicio de la lucha de las mujeres por el derecho al placer, a disponer de nuestro propio cuerpo y de nuestras capacidades reproductivas, de poder vivir libremente nuestra sexualidad.

Conseguimos el derecho al voto y a la educación universitaria; el derecho a trabajar sin que nuestro padre ni nuestro marido tengan que darnos permiso para eso. También obtuvimos el derecho al aborto, en muchísimos países del mundo. Y el derecho a casarnos con otra mujer. Y el derecho a divorciarnos, también, antes. Y el derecho a que la potestad sobre nuestros hijos e hijas sea compartida con el progenitor varón. Y conseguimos que, al menos en las leyes, se estipule que tenemos que cobrar el mismo salario que los varones por la misma tarea. Y también que tengamos licencias por maternidad y lactancia. Conquistamos el derecho de hecho de ser astronautas y obreras petroleras, igual que maestras, enfermeras o mucamas. Conseguimos que el régimen político, con todas sus instituciones, nos reconozca como víctimas. Que socialmente se haya extendido el sentido común de que existe el machismo y somos víctimas.

Hoy se nos reconoce como víctimas. Somos víctimas de la violencia de género, de los secuestros propiciados por las redes de trata, de acosos y abusos sexuales, de violaciones en la calle, en el taxi, en la escuela, en la oficina, en casa. Víctimas de una explotación que llega a niveles insoportables que acaban con nuestra salud, con nuestra vida. Somos especialmente víctimas colaterales de las guerras. Y somos víctimas de femicidios. Después de más de un siglo de luchas de las mujeres, hemos conseguido que las mujeres seamos reconocidas fundamentalmente como víctimas. Pero cuando se nos machaca tanto con nuestro lugar de víctimas, sin hablar de nuestras luchas y de las conquistas que se lograron con esas luchas, se nos revictimiza. Porque se nos quiere mostrar que somos víctimas impotentes. Y para lograr eso es necesario borrar las luchas de muchas generaciones de mujeres, de aquellas que han pasado a la historia con sus nombres propios y de aquellas anónimas que nos legaron sus movilizaciones, sus anhelos, sus esfuerzos abnegados y su heroísmo.

Es mejor corregir lo dicho más arriba: hoy se nos reconoce como víctimas impotentes. Y las víctimas impotentes sólo pueden tener resentimiento. Y del resentimiento nunca ha salido nada bueno. Del odio contra las condiciones injuriosas y oprobiosas en que ha vivido y vive una gran parte de la humanidad, es decir, del odio contra la opresión, pueden surgir potentes convicciones para el combate. No elegimos ser las víctimas impotentes que el patriarcado quiere que seamos. Elegimos las potentes convicciones que anidan en el odio productivo de sabernos víctimas de un orden social que apesta.

No elegimos ser las víctimas impotentes que el patriarcado quiere que seamos. Elegimos las potentes convicciones que anidan en el odio productivo de sabernos víctimas de un orden social que apesta.

No es un odio personal, subjetivo. Es el odio contra este actual viejo mundo. Dijo hace años, Louise Michel: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

Cuidado, patriarcado, con nosotras.






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