Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

La política de la cotidianidad

La nota de Pablo Scatizza del pasado 3 de septiembre cuenta con el mérito de problematizar sobre la violencia en la Argentina actual apelando, principalmente, a una categoría nodal del pensamiento político como es la de “estado de excepción”, cuya extensa genealogía teórica culmina -podríamos señalar aquí entregar mayores precisiones- con el abordaje del filósofo Giorgio Agamben, al cual el articulista no deja de referenciar.

Miércoles 8 de noviembre | 12:24

Las presentes líneas pretenden establecer ciertos puntos de diálogo con el interesante ejercicio de Scatizza, sin por ello dejar de señalar divergencias, no tanto en algunas de sus consideraciones más coyunturales sino en la dirección más general a las que apuntan. Es por ello que intentaremos también efectuar algunos comentarios más generales sobre la política de nuestra época, de la cual el macrismo no se haya desligado.

Desde nuestro criterio es menester efectuar un tipo de análisis que voltee la mirada hacia donde la dominación ofrece su punto menos visible y no solamente hacia donde nos muestra su brutalidad característica. Esto no conlleva negar la importancia del momento excepcional -algo que, además, excede por mucho la relación entre poder y derecho sobre la cual la categoría estado de excepción problematiza-; tampoco es cuestión de subestimar los distintos dispositivos puestos en juego en los acontecimientos más eminentes del discurrir político. Se trata, empero, de observar la imbricación entre lo ordinario y lo extraordinario en vistas de identificar cómo los mecanismos de control operan cada vez menos con la represión directa al oficiar -cada vez más-, con centinelas constantes, con centinelas sin uniformes y hasta con centinelas que no se saben a sí mismo centinelas. Decir cosa semejante no obtura, tampoco, la premisa de que los aparatos coercitivos se hallan siempre prestos a ejercer represión -puesto que esa ha sido su función característica allí donde han existido-.

La crónica argentina, con su especificidad, no nos puede velar que nuestros días parecen estar atravesados la inter-relación de elementos que confluyen en un gigantesco aparato que moldea, performatea y hasta permite la subjetividad misma, excediendo así los modos clásicos del consentimiento. Si en los inicios de su existencia los servicios de inteligencia modernos procuraban extraer y utilizar información privada para alimentar algún accionar sobre lo público, en la actualidad esa esfera privada se constituye en una fuente inagotable y constante de información que permite regular y motorizar a un capitalismo que estandariza a los sujetos como una gran masa de consumidores pero que también opera sobre cada uno de ellos.

Echando mano del entrecruzamiento de distintas bases de datos provistas por el imperio de la tecnología, esta parece ser una tendencia destinada a afianzarse cada vez más. Lo peculiar es que ya no hay extracción sino oferta voluntaria de datos, con el importante aspecto que nadie conoce efectivamente hacia dónde van y cómo son utilizados. Hoy día es posible elaborar un mapa para conocer qué “piensa” un determinado individuo de acuerdo a lo que “googlea”, qué desea comprar debido a sus visitas en portales de Internet, qué cosas efectivamente consume debido a la informatización de sus cuentas bancarias y hasta conocer las coordenadas exactas de su ubicación a través de los dispositivos móviles que porta.

Todo ello muestra que no se trata de cómo lo excepcional se convierte en regla y, por ende, de cómo pasamos a vivir un tiempo de medidas excepcionales -tal como sugiere Agamben y Scatizza parece acordar-, sino de un tiempo en donde lo excepcional se agota en sí mismo y se hace de lo cotidiano lo políticamente performativo. La Argentina de Cambiemos no es ajena a este proceso más general de la política mundial.

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Para Agamben, con la caída de las Torres Gemelas, la excepción se convirtió en la tónica de la política contemporánea, habilitándose tras dicho acontecimiento la fenomenal puesta en marcha de mecanismos de control por parte de Estados Unidos -algunos de los cuales salieron a la luz tras las filtraciones de Edward Snowden-.

Esta tesis del filósofo italiano lleva a Scatizza a afirmar que en la Argentina de la actualidad “estamos conviviendo con la constitución progresiva de un estado de excepción, con el principal objetivo de combatir, eliminar y controlar toda forma de protesta política y social que ponga en riesgo los patrones de acumulación de capital y generación de renta financiera”. Más allá de compartir la inquietud de Scatizza, creemos que las medidas que enuncia en su artículo mantienen la matriz jurídico-política en su tono más clásico, esto es, en su dimensión más represiva, sin por congraciar excepción alguna. De modo que se observan menos ornamentos extraordinarios que justificaciones amparadas en la más pura normalidad. Más que Agamben, se trata de Max Weber.

Los tiempos argentinos parecen ser los de un gobierno que reclama “normalidad” y “gradualismo”, “paz y administración”. Claro que esos lemas velan movimientos profundos de re-asignación de recursos y transferencias de activos económicos en favor de los sectores más concentrados de la economía. Pero el macrismo es la expresión más fidedigna de una vieja tradición política argentina con una cuota de novedad inclaudicable, proveniente de lo más nuevo de un pathos epocal. El macrismo expresa la genética del neoliberalismo argentino y no la importación del mismo desde Washington, como sí sucedió en la década de 1990. Sus símbolos son los trolls, el yaguareté en los billetes, el capital financiero y el “subtrenmetrocleta” y no meramente el desguace del Estado.

Desde nuestra óptica, la categoría estado de excepción no permite entender ciertos movimientos más singulares de la política actual y sus modos de desplegarse en Argentina. A tono con el encuadre general que hemos sucintamente descrito, a continuación nos permitiremos señalar cuatro reparos bien puntuales sobre el texto de Scatizza:

1) En su artículo Scattiza inicia señalando que “el estado de excepción es una figura legal que legitima el vacío legal” cuando, en verdad, el estado de excepción muestra la oquedad de lo legal, es decir, evidencia que el origen del derecho proviene de lo político y no viceversa. Con esta aclaración teórica no pretendemos referirnos al buen o mal uso de citas o lecturas, sino a pensar cuanta productividad analítica nos entrega una categoría, haciendo hincapié, en primera instancia, en lo real. Luego, más a tono con lo señalado, Scatizza indica que el estado de excepción es “el momento del derecho en el que se suspende el derecho, justamente para garantizar su continuidad”. Sobre esto se ha pronunciado con maestría el polémico Carl Schmitt -a quien Agamben recupera en su trabajo al mismo tiempo que se distancia-. Para dicho pensador alemán la guerra civil y la anarquía representan la ausencia de todo derecho y la disolución misma de la comunidad política, en cambio el estado de excepción es el momento en el que el soberano lidia con una situación existencial -tal como la figura del dictador de la república romana sugiere- en vistas de restaurar la situación ordinaria del derecho.

En la Argentina actual parecería tratarse del viejo esquema que señala la legitimidad de lo legal y la renovación del derecho sobre sus premisas más clásicas, en tanto la instauración de leyes represivas de los últimos años parecen abogar por prerrogativas ordinarias. Lo novedoso, en cambio, estriba en las operaciones sobre la subjetividad misma, allí donde lo “electrónico” emerge como objetivo, allí donde el neoliberalismo macrista hace su diferencia.

2) Scatizza señala hacia el final de su nota que “no hay guerra sin enemigo”. Esta reflexión algo marginal en su nota, resulta central para la nuestra. En la guerra los contrincantes poseen las mismas prerrogativas, no así cuando uno de los actores pasa a ser tratado como un criminal, convirtiéndose en una suerte de disvalor que hay que eliminar o aniquilar. En este sentido, ¿no se trata en nuestros días de subsumir la disidencia más contestataria al esquema del delito? ¿No se trata entonces de una tendencia que procura transformar la politicidad en criminalidad? El neoliberalismo opera con el paradigma de la securitización de lo bélico por sobre la militarización tradicional. En Argentina, por ejemplo, el gobierno macrista aboga utilizar a las Fuerzas Armadas en la lucha contra el “terrorismo” o el “narcotráfico”, haciendo suya una agenda de otros países, securitizando el espacio de la defensa nacional y delegando la protección política de las fronteras a la principal potencia del continente y del mundo.

3) Scatizza moviliza la lectura agambeniana a los fines de pensar cómo “desde 2016 y ya bajo la gestión de Mauricio Macri, la implementación de medidas represivas de hecho y de derecho no han hecho más que consolidar un estado en el que la excepción se ha ido convirtiendo cada vez más en regla”. Al seguir al esquema agambeniano, una vez más, parece difícil observar que el macrismo, más que hacer de lo excepcional la regla, quiere reducir todo a la intrascendencia y a la ordinariedad, apelando a regímenes normativos existentes o generando otros, cuestión muy distinta a la señalada por Agamben en torno a los dispositivos implementados por George Bush; dispositivos que tendieron a dar respuestas excepcionales, con el objeto de condensar aspectos habituales y cotidianos de la población.

4) Por último, Scatizza señala que “determinadas dinámicas represivas que hoy son puestas en funcionamiento” contienen “en su lógica ciertos y evidentes elementos de continuidad con las que dominaron en los setentas”. Acto seguido el autor aclara que con ello no quiere decir que ambas épocas son lo mismo, sino que “un número cada vez mayor de derechos civiles” son en la actualidad “puestos en jaque, cuando no negados y reprimidos” tal como hace cuarenta años. La alerta señalada es entendible y celebrado el ejercicio por ver puntos de contacto entre distintos momentos de la historia nacional. Sin embargo creemos que Scatizza vuelve, en cierto modo, al equívoco de partir el poder en dos; y ello no por motivos analíticos sino porque el esquema agambeniano es demasiado cartesiano, demasiado preso de ver una circulación en dos direcciones, sin poder advertir un entramado más complejo. El neoliberalismo, como clima y estrategia de una época pero también como sentido común, es la cosmovisión que mejor articula y procesa las contradicciones de la vida político-social. En este sentico, cabría remarcar que nos resulta difícil ver en el Proceso de Reorganización Nacional un momento similar al estado de excepción, puesto que si bien la intervención militar se efectuó con toda la arbitrariedad posible, poseía importantes antecedentes legales que la amparaban -tales como el conocido plan CONINTES y la Doctrina de Seguridad Nacional-, al mismo tiempo que contaba con legitimidad en amplios sectores de la sociedad. Me parece que antes, como ahora, el análisis debe ir más allá de los edificios oficiales con sus cargos más eminentes.

En esta nota hemos querido señalar la necesidad de estudiar a nuestra época con las precariedades y limitaciones del caso y con las innovaciones teóricas adecuadas; época caracterizada por nosotros a través de un proceso de individuación masificada llevado a cabo por el neoliberalismo. El artículo de Scatizza nos ha permitido -en parte con él y también más allá de él- comenzar a hacerlo desde nuestro contexto de producción, delineando algunas precarias intuiciones conceptuales, movilizando algunas urgentes inquietudes políticas. En este sentido hemos querido vislumbrar ciertas aristas de un movimiento fundamental, a veces imperceptible debido al ruido de la crónica; movimiento que denota el despliegue de la politicidad en algunas de sus instancias más peculiares.








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