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La otra generación del ‘27 o la novela de avanzada

Pocas veces oímos hablar de los autores de avanzada, coetáneos de la generación del ‘27, por cuyas obras corre el espíritu revolucionario y la emancipación salpicada de metáforas, incómodos para la sociedad capitalista de entonces y de ahora.

Martes 12 de septiembre | 18:24

El grupo de escritores comprendido en la “generación del ‘27” es omnipresente en los currículos escolares, a menudo aparecen ediciones que recogen la obra de uno u otro autor de esta generación, se escriben artículos en la prensa y, en general, podemos afirmar que cualquiera ha tenido ante sus ojos unos versos desgarradores de Lorca y se ha indignado con su asesinato a manos del bando fascista, muchos nos hemos conmovido con el compromiso arrollador de un Alberti oscilante y temprano e, incluso, al fin se está rescatando la figura -y lamentablemente a veces más la figura que la obra- de “las Sinsombrero”, las grandes autoras pertenecientes a este grupo que han permanecido más bien a la sombra.

Sin embargo, existe otra gran tendencia literaria de la época de la que rarísima vez hemos oído hablar, incluso aquellos que nos dedicamos al estudio de la literatura. Se trata de la novela social de finales de los años 20 y principios de los 30, la “novela de avanzada” o del “nuevo romanticismo”, truncada por la sentencia a muerte decretada por el franquismo, que decapitó -también- la cultura.

Hay quien llama a esta tendencia “la otra generación del ‘27”, no sin falta de razón, pues fueron relegados a ser los otros, de los que no se habla, ni se escribe, ni se edita, ni se enseña. ¿Por qué? La esencia de estas obras fue muy crítica para su época y parece que demasiado crítica para la nuestra. Y es que la novela de avanzada bebe de la revolución bolchevique, busca despertar a “las masas” para la lucha emancipadora de toda opresión y explotación, quiere establecer un diálogo con los y las trabajadoras hablando de sus condiciones de vida, del papel en que la religión y la institución familiar coloca a la mujer tanto en casa como en el puesto de trabajo, se atreve a problematizar la prostitución, a dibujar cuartos tétricos pintados de rojo con la muerte tras un aborto clandestino, pero también a organizar una huelga, pintar la vida de Rosa Luxemburg, y sacudirnos con la plusvalía al desnudo en sus páginas.

Se trata de una tendencia, y no de generación estática, que no solo rechaza el lenguaje de la burguesía como la “primera vanguardia” o lo que se ha querido llamar “generación del ‘27”, sino que se posiciona también en los planos social, económico, político y cultural frente a esta burguesía, lo que dará una superación tanto de la novela tradicional “burguesa” y su ideología, como de las innovaciones vanguardistas “puras”.

Pero esto no quiere decir en ningún caso que conviertan sus obras en panfletos que siguen al pie de la letra las disposiciones que Moscú ordena y manda, porque lejos de plegarse a las directrices del mal llamado “realismo socialista”, porque ni una cosa ni la otra, buscan un efecto de conmoción activa en los lectores tirándonos metáforas dolorosas a la cara, meciéndonos con imágenes sinestésicas, perdiéndonos en digresiones eternas, rompiendo el ritmo, el relato, la frase… y volviendo a retomarla con ritmo frenético. Porque como dice el teórico literario Fredric Jameson, “el cambio está esencialmente en función del contenido que busca su expresión adecuada en la forma”, y el contenido revolucionario de estas obras, solo puede expresarse a través de nuevos caminos formales que rompan con el “sentido común” impuesto con el cincel del día a día.

Luisa Carnés, la autora postergada por revolucionaria y por mujer, que al fin comienza a ser recuperada, lucha por una mujer nueva en una nueva sociedad, y escribía así de claro en Tea Rooms:

“Y “una”, “una”, a “lo suyo”: “Seis pasteles”. “media de bizcochos”. “A ver, una al teléfono”. “Una” no tiene más que medio día cada semana, es decir, cinco horas de asueto por cada setenta y cinco de trabajo. “Una” está aquí, “entre toda esta pringue”. Fuera, el ocio, el lujo, las diversiones y el amor”.

José Díaz-Fernández, uno de los autores y ensayistas de avanzada más prolíficos, quiere un arte para la vida, no una vida para el arte, afirmaba que “Sólo podrá salvarnos una revolución, no sólo contra el régimen y el Estado, sino contra la actual sociedad española” y escribía así de claro en La venus mecánica:

“Pero algún día la vida tendrá un sentido más puro y un gesto más humano. Puede que entonces ciertos novelistas echen de menos este precioso material de emoción suburbana y los ancianos bolsistas y los viejos industriales gotosos se quejen amargamente de la falta de muchachas huérfanas capaces de dejarse proteger por tan honestos varones. Entretanto, escribamos para los corazones convulsos, para las manos acongojadas que quieren «trabajar en cualquier cosa», para las pajaritas ateridas de las nieves urbanas, para los cuellos sin collares que corta el cuchillo de la escarcha.”

Es hora, tal vez, de que volvamos a Luisa Carnés, José Diáz-Fernández, Ramón J. Sender, Joaquín Arderius, Fulgencio Castañar y a tantos otros nombres por redescubrir, y escuchemos.






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