Política

OPINIÓN

La nueva derecha, los viejos progresismos y la ideología

Los sustratos conceptuales que expresan los desplazamientos de la política argentina. La “nueva derecha” y las “batallas culturales” que no fueron. Continuidades y cambios en el terreno ideológico.

Fernando Rosso

@RossoFer

Martes 3 de noviembre de 2015 | Edición del día

El sorpresivo resultado electoral abrió interesantes reflexiones sobre el presuntamente repentino “giro a la derecha” de las mayorías populares. Un vuelco político inentendible para aquellos que pensaban que el kirchnerismo nos tenía en las puertas del cielo con visa de entrada al paraíso, hasta que apareció Mauricio Macri con amplias posibilidades de hacernos descender a las patadas hasta el séptimo infierno amarillo.

En otro lado reflexionamos sobre la deriva política del gobierno y el kirchnerismo que terminó abriendo paso a la derecha interna (Scioli) o externa (Macri).

Pero ¿cuál es el suelo ideológico en el que se asienta este desplazamiento político que está viviendo la Argentina y que es parte de una tendencia latinoamericana?

En un interesante artículo de la última edición de “El Dipló”, José Natanson huye del razonamiento simplista que deposita todas las culpas en súbditas “derechizaciones” o en un reaccionarismo ontológico de las clases medias, como responsables de todos los males. Intenta bucear en las corrientes profundas de la ideología de nuestros tiempos y afirma: “(…) la nueva derecha tiene como filosofía política una ética protestante de progreso por vía del esfuerzo individual de las personas o las familias: el ascenso como fruto del sudor o el ingenio es desde siempre un valor importante para la derecha, que no sólo no reniega del individualismo sino que incluso lo considera un motor clave para el avance de la sociedad, que debe limitarse a ofrecer igualdad de oportunidades a los ciudadanos para que luego cada uno llegue hasta donde quiera o hasta donde pueda. Por eso sus apelaciones recurren a menudo a la segunda persona del singular, como hace María Eugenia Vidal en sus discursos: ‘Te hablo a vos, que querés estar mejor…’”

La definición es sugerente pero nos atrevemos a complementarla. La cuestión pasa, creemos, por descifrar cuánto de nuevo tiene esta “filosofía política” y cuánto de continuidad en el cambio, para exponerlo en los términos de moda de la vertiginosa coyuntura argentina.

Estas concepciones de las derechas que logran apoyo electoral y en última instancia rechazan “al que vive del Estado” porque no busca su progreso con esfuerzo individual, están efectivamente arraigadas y extendidas y fueron un producto de cierto triunfo ideológico del “neoliberalismo”.

Las “batallas culturales” de los llamados gobiernos progresistas no modificaron su esencia, porque se redujeron a minorías intensas de las clases medias más o menos ilustradas (que en nuestro país tomaron el curioso hábito urbano de amontonarse en Palermo). En amplias franjas de las grandes mayorías, estas concepciones se mantuvieron bajo los gobiernos posneoliberales. Pueden haber pasado a un estado latente, envueltas y amortiguadas por los beneficios de la expansión económica, pero resurgen en el momento de agotamiento de los esquemas que permitieron el crecimiento. Cuando se deterioran las condiciones económicas y se buscan los responsables de la situación de declive. Es decir, cuando comienza a percibirse el instante de peligro.

En el caso argentino, el kirchnerismo desplegó un relato que hablaba del “empoderamiento” de las organizaciones sociales en general, mientras no se empoderó a ninguna en particular (con excepción de los contratos estatales de las cúpulas de La Cámpora). Incluso despotricó contra la acción de las organizaciones colectivas más importantes y masivas que existen en la Argentina: los sindicatos (aunque mantuvo el blindaje para el rígido control totalitario de las dirigencias burocráticas). Dividió al movimiento obrero como nunca antes en la historia y se ensañó rabiosamente con los sectores más combativos o los que salían a la lucha (los y las docentes, los petroleros, los trabajadores del subte, de quienes Cristina Kirchner llegó a burlarse jocosamente por la famosa tendinitis; son sólo algunos ejemplos relevantes).

En el discurso general, el kirchnerismo hablaba sobre la “solidaridad” y el impulso a “la acción colectiva” y en la política efectiva aportó e incentivó a la separación entre trabajadores sindicalizados y trabajadores precarios o pobres. Mientras no tocaba los intereses esenciales de las grandes empresas o la oligarquía, mantuvo el impuesto al salario con el fundamento de que era necesario “para ayudar a los que menos tienen”. En paralelo, predicaba contra las medidas de lucha de los sindicatos y acusaba a los trabajadores de angurrientos y privilegiados.

Por lo tanto, esa confusa ideología convertida en sentido común que emerge en quienes lograron ciertas conquistas (algunos de ellos hoy votantes de Macri, Massa… o Scioli), que se sienten de clase media y que expresa un rechazo “a los que viven de los planes”, es también el producto de una orientación política consciente y perversa.

Esta política implicó mantener bajo una cada vez más ruinosa asistencia estatal a los sectores bajos de la clase obrera (sin la creación de trabajo genuino), limitar y atacar las aspiraciones de los trabajadores que lograron conquistas económicas, no tocar los intereses esenciales de los empresarios; y hacer todo esto “en nombre de los pobres”.

La ideología impuesta a golpes desmoralización por el triunfo neoliberal no se modifica radicalmente con el “combate” de un frágil ruido de fondo de “batallas culturales” de bajo rating. Mucho menos cuando las condiciones de existencia varían levemente, solo para algunos, con el sello de la inestabilidad permanente. Y cuando desde la cima del gobierno se alienta la disgregación de las clases subalternas para limitar el poder de unos a quienes se hace responsable de las necesidades básicas insatisfechas de los otros.

Todo esto aconteció mientras el país burgués, los verdaderos responsables de la situación, disfrutaba en la “década ganada” de abultadas riquezas crecientes que solo podían recoger con el auxilio de la pala mecánica.

El suelo ideológico tiene sustratos materiales que son un producto del triunfo de la contrarrevolución neoliberal. Es verdad que alimentan a las “nuevas derechas”, pero no es menos cierto que también le deben mucho y son una consecuencia del cinismo de los “viejos progresismos” y sus batalladores culturales que hoy lanzan rayos y centellas contra la incomprensible ideología de los otros.

Una vez más, como parafraseara el hoy depreciado padre de todas las derrotas, justo un día de huelga general y retomando a Antoine de Saint-Exupéry: lo esencial es invisible... al kirchnerismo “puro”.







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