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La necesidad histórica de una jornada de 6 horas y 5 días de trabajo

Una novedosa y sentida campaña por la reducción de la jornada laboral se desarrollan en Argentina. La misma cuestiona no solamente la enajenación del trabajador (vuelto “cosa”) por los patrones), sino la tónica en el capitalismo en su fase decadente, llevar al ser humano (como clase trabajadora) a la degradación física y moral bajo la lógica de la mayor extracción de plusvalía bajo este sistema.

Martes 1ro de agosto | 13:51

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“La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana; anatemiza la carne del trabajador; su ideal es reducir al productor al mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenarlo al rol de máquina que produce sin tregua ni piedad”. (Paul Lafargue, El derecho a la pereza)

Si bien es cierto que, con una jornada laboral de seis horas diarias y cinco días laborables a la semana, la clase obrera no va al Paraíso, la reducción de la jornada laboral no niega la necesidad de luchar por frenar la degradación de la clase obrera, ni mucho menos el rol que juega la lucha por esta demanda, como motor de la movilización revolucionaria del movimiento obrero.

Además, la reducción de las horas de trabajo a los miles y miles de trabajadores permite que ese tiempo libre sirva para dar empleo a la gran masa laboral desocupada. Al mismo tiempo que, al reducirse la competencia por puesto de trabajo, los trabajadores puedan acceder a mejores salarios.

En Francia, la revolución burguesa triunfante de 1789, al mismo tiempo que terminaba con el antiguo régimen, sentaba las bases para la legitimidad de la propiedad privada de la nueva clase que surgía, así como de leyes sobre el trabajo humano que serían la base sobre el cual se desarrollaría el sistema capitalista. Y donde la extensión de la jornada laboral era la principal fuente de explotación de los trabajadores.

Así, vimos cómo la pequeña burguesía, actuando como dirección de la burguesía, a la vez que terminaba con los privilegios feudales y del alto clero (entre otras cosas), imponía la reaccionaria “Ley Chapelier” que prohibía la libre asociación de los trabajadores y prohibía las huelgas con la pena de muerte, y que no pudo desarrollarse un gran movimiento clasista contra estas medidas anti-obreras.

Después, bajo el Imperio, con el Código Napoleónico, la burguesía legislaría sobre el “derecho al trabajo“, otorgando el derecho a la sindicalización. Sin embargo, la jornada laboral seguía siendo extensa para extraer más plusvalía de la clase trabajadora.

Decía Napoleón en 1807 en Osterode, Francia: “Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá. Yo soy la autoridad (…) Y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo”. (Citado por Pau Lafargue, en el Derecho a la pereza)

Posteriormente, el movimiento revolucionario francés de 1848, como parte de las insurrecciones que sacudieron a Europa a mediados del siglo XIX (La “Primavera de los Pueblos”), permitió que el gobierno provisional que proclamó la Segunda República, legislara sobre el derecho al trabajo estableciendo una jornada laboral de entre 11 y 12 horas. Es lo más que podía conceder la burguesía liberal que, a partir de allí, perdería todo carácter progresivo.

No por nada Thiers decía en 1849: “quiero recuperar con toda su fuerza la influencia del clero, porque cuento con él para propagar esa buena filosofía que enseña al hombre que está aquí para sufrir, y oponerla a esa otra filosofía que dice al hombre lo contrario: Disfruta”. (Paul Lafargue, El derecho a la pereza)

Que estas demandas tienen un filo anticapitalista, lo demuestra la política de concesiones laborales y sociales (seguridad social) que el canciller Otto Bismarck tuvo en Alemania para frenar el descontento del movimiento obrero y la fuerza ascendente de la socialdemocracia a fines del siglo XIX.

Por eso, incluso en contra de los sectores burgueses más reaccionarios, él vio la “conveniencia” de otorgar concesiones a la clase trabajadora en un momento en que el desarrollo industrial de ese país requería mano de obra de fábrica y no movilizada en las calles.

En México, las huelgas de finales del siglo XIX (Cananea y Río Blanco), en su lucha por reducir la extenuante jornada de entre 12 y 15 horas existentes, tuvieron tanta importancia que fueron precursoras de la revolución mexicana de 1910.

En esa época existían virtuales campos de concentración para los trabajadores virtualmente esclavizados en las plantaciones de henequén en Yucatán y en de tabaco en Valle Nacional, Oaxaca, donde el periodo de vida de sus trabajadores era de menos de un año, dado lo extenuante de la jornada laboral. “Problema” que el régimen porfirista resolvía ejecutando mano de obra bajo la gleba en el campo y también incorporando a los presos políticos.

Sin embargo, los capitalistas tratan de aumentar sus ganancias aumentando la jornada de trabajo e intensificando el ritmo de la misma. Y de manera “natural”, en épocas de crisis, hacen recaer el costo de las mismas sobre las espaldas de los trabajadores.

Sin ir muy lejos, en Argentina el gobierno de Macri, al mismo tiempo que impone ajuste tremendo sobre los trabajadores, no solamente se opone a su derecho de parar, sino que al igual que el Napoleón aristocratizado, este representante de la élite capitalista en Argentina, impone así al trabajador el rol de máquina que produce sin tregua ni piedad.

Por lo tanto, luchar por la reducción de la jornada y de los días laborables, como lo muestran mucho de los y las trabajadoras entrevistadas durante la campaña del PTS-FIT, es luchar por un salario digno y mejores condiciones de trabajo.

Desde ya que solamente mediante la toma del poder por los trabajadores y la expropiación de los explotadores -bajo un gobierno obrero y campesino- la clase obrera acabará de raíz con el régimen de propiedad que posibilita este ataque a su nivel de vida y su derecho al disfrute de las cosas más humanas de la vida.






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