Cultura

TRIBUNA ABIERTA

La mirada torcida, el cuerpo herido y el fracaso del héroe en “Incierta gloria”

Casi todas las historias sobre la Guerra Civil hablan de personas que la sufrieron, pero casi ninguna les ha sacado el potencial revolucionario que hemos podido apreciar en “Incierta Gloria”.

Martes 18 de julio | 18:16

“Incierta gloria en un día de abril…”
William Shakespeare

Si en cierto sentido “queer” es una forma torcida de mirar, una forma ladeada de estar en el mundo, una forma nueva de encarar las situaciones y también una forma distinta de concebir el cuerpo como significante o plataforma de producción de sentidos no debería sorprender tanto que consideremos, hasta cierto punto, “Incierta gloria” como un filme coherente con el cine de Villaronga en todas sus coordenadas hasta la fecha, incluyendo su coordenadas de disidencia erótica. Una película que continúa el sendero emprendido por el realizador mallorquín en sus otros dos grandes filmes sobre las “heridas de guerra”: “El mar” y “Pan negro”, ambas situadas en un espacio de ambigüedad y ambivalencia desde un punto de vista izquierdista y antifranquista pero dispuesto a mostrar, también, las sombras en el bando republicano, con sus criaturas desamparadas ante una derrota inminente o ya efectiva. Es en este punto donde las películas de Villaronga ganan en hondura, superan el esquematismo pero también incomodan a los puristas, con su sugerente y vivaz ambivalencia. A estas alturas, no es ningún secreto decir que uno de los motores narrativos del cine de Villaronga, además de los fantasmas de la postguerra civil, es el cuerpo, muchas veces maltratado, de sus personajes, la redefinición de las masculinidades y las feminidades, y las figuras caciquiles u oscuras en el interior de los pueblos o las micro-comunidades. Algo que se hace evidente de forma progresiva pero implacable en su último filme, que se toma su tiempo para jugar con mayor contundencia sus cartas. Si en “El mar” las heridas son, desde el principio determinantes, cristalizadas de forma mórbida en esa enfermedad (la tuberculosis) que va a marcar a los jóvenes personajes (encerrándolos en un sanatorio) y en “Pan negro” los secretos del lugar van saliendo a la luz con negrura y efectos devastadores, en “Incierta gloria” la calma precede a la tempestad, el hastío del fin de una guerra nos reserva una terrible y cruel metáfora de la “Guerra” con mayúsculas en las relaciones enrarecidas en el interior de una pequeña localidad perteneciente al bando republicano pero asediada por el fascismo, la mentira y las heridas del pasado, también inscritas en el cuerpo y en la mente de los protagonistas, que se reabren con especial virulencia al final del filme. Así la impotencia temporal de Lluís en su encuentro sexual con Trini después de mucho tiempo de abstinencia, así como el cuerpo “prematuramente envejecido”- lleno de llagas y cicatrices- de La Carlana “como consecuencia de los abusos sexuales de su padre siendo niña” se nos antojan como metáforas de algo más, de batallas incompletas que se extienden a otros personajes y lugares imaginarios, personales o geográficos. De guerras y guerrillas personales y políticas que permanecerán incluso después de la guerra y que ya existían antes.

Si Lluís, el joven protagonista, trata de mantener la mirada del “soldado” y aferrarse a algunos ideales conduciendo a sus tropas (disimulando su incapacidad para reconducir su vida y salvar su matrimonio), su mejor amigo se encuentra a pocos metros no solo de salirse del frente, de cambiarse de bando sino de cruzar la línea entre la cordura y la locura, la vida y la muerte, renegando de “todo aquello” como confiesa en más de una ocasión. En su extraña forma de escapar esta su oscuro sino de quedar atrapado en el fango de los vencidos, de pasarse sin éxito al otro bando. Su declaración de “aprovechar al máximo la intensidad del momento” ante un “no futuro” predecible tiene algo de fatalista pero también algo de “camp” por su forma de reírse o al menos “subvertir” cosas tan serias como la batalla, el heroísmo o incluso “la ideología” Su sacrificio final nos dice (como algunos personajes fantasmales de “Pa negre”) que la gloria incierta de uno y otro bando, o su miseria eterna, se construyeron, de distinta forma, pero en ambos casos sobre zonas oscuras, mentiras, secretos y silencios. Así el realizador mallorquín revitaliza el subgénero de la guerra civil al mostrar las sombras, sin rehuir un exceso de retórica, no solo del avance implacable del franquismo y de las formas del fascismo caciquil (que aquí acaba representando la ambigüedad resentida de La Carlana) sino también la incapacidad del bando republicano para asimilar algo que, ya de entrada es inasimilable, el horror de la violencia, la alienación militarista, la beatería ancestral, los valores más rancios insertos en la columna vertebral de toda ideología supremacista. El machismo y la homofobia como ejes fundacionales, la familia nuclear como refugio y como trampas asfixiantes, la moral estrecha dentro su propio bando, las excepciones a su sistema y la construcción alienante del guerrero o “mártir” al servicio de una causa sea cual fuere.

Si vemos “Incierta gloria” más de una vez nos damos cuenta de que hay muchos detalles que solo tienen sentido en función de lo que se nos va a revelar después, algo que comparte la construcción en cajas chinas o de “película con misterio” con otros filmes de Villaronga como sus primeros thrillers, la espeluznante “Tras el cristal” (que puede verse como una alegoría gore de la “agonía del franquismo”), la sugerente “99.9”, la implacable “El mar” o, sobre todo, la excelente “Pan negro” en la que el secreto o los secretos cobran un sentido avasallador sobre el doloroso y desencantado desarrollo interior del niño (¿mariquita?) protagonista. De nuevo la enfermedad física y mental aparece entremezcladas en la tragedia bélica de Villaronga y en el destino de sus antihéroes y falsas heroínas.

En “Incierta gloria” los dos protagonistas masculinos toman dos posturas bien diferentes, sino opuestas, frente a la inminente derrota del bando republicano a manos de las tropas franquistas (“Dios está de nuestro lado” sentencia el alcalde del pueblo) que se reproduce también a pequeña escala en sus “desastres íntimos”. Una posición binaria que ya tiene un precedente mucho más extremo y dislocado en los dos jóvenes protagonistas de “El mar”. Pero si allí ninguno de los dos se salva aquí uno muere para que el otro pueda no solo sobrevivir sino, sobre todo, salvar a su hijo y así construir un futuro “familiar”, con lo cual su sacrificio adquiere varios sentidos que ya se intuyen en esa amistad fraternal y en la relación de ambos con la misma mujer, Trinidad que se opone a la figura de la cacique del pueblo: La Carlana. Es en el punto en el que el imaginario de Juli (y se supone que en cierto sentido el relato) opone a ambas mujeres de una manera radical (casi virgen/puta) en el que el relato se revela algo esquemático pero esta oposición es necesaria para la fuerza casi pictórica de lo que se nos acaba contando. Villaronga se nos revela demasiado novelesco y cercano a la abstracción. Pero nos reserva y nos otorga uno de los momentos más duros e intensos del filme, apoyado en el talento de Nuria Borrás y Oriol Paulo, aquel en el que Juli Mira obliga a La Carlana a desnudarse como venganza por haber denigrado a su amigo y su mujer, de la que también esta, a su manera, secretamente enamorado. Sin la sangre ni la violencia que hemos visto en otros (pocos) momentos del filme estamos ante la secuencia más cruel del filme apoyada no solo en la dirección de Villaronga, la fotografía y la cuidada iluminación de interiores sino también en la fuerza de dos de los mejores intérpretes catalanes del momento. Aunque es un momento de lucimiento para Pla es difícil decir cuál de los dos está mejor en un momento tan difícil. Más compleja es la comparación de la interpretación de Paulo (llena de resortes escénicos de primer orden) con la del joven protagonista, es decir con el Lluís que da vida con esfuerzo pero sin garra el joven Marcel Borrás, cuyo tesón no salva su inexperiencia ante las cámaras pero no sienta del todo mal al carácter titubeante de su personaje. El alejamiento de los dos amigos está dado por el director de forma mucho más precisa de lo que parece, y su aunque se aproximan a la misma mujer en dos ocasiones (tanto a Trinidad como a la Carlana, modelos casi contrapuestos de mujeres maltratadas por las circunstancias) lo hacen de forma bien distinta, sino diametralmente opuesta. Enseguida percibimos que su amistad reside en las diferencias pero esas diferencias, instigadas por las guerras, la estupidez y el totalitarismo, los van a enfrentar finalmente en un extraño duelo que incluye una secuencia de muerte filmada como una secuencia de amor.

Un cuerpo fracturado, roto, humillado, que debe ser escondido bajo un manto negro de luto permanente, o un uniforme ajeno, a modo de cáscara fascista, que sólo desaparece con la muerte, en un último acto de desesperada liberación. Ese cuerpo maltratado es como la tierra envenenada de España, sobre la que tanto soldados sin convicción, como ciudadanos anónimos, en campos y ciudades, ven pudrir su vida entre las ruinas de sus casas, tratando de aparentar una normalidad inexistente, mientras el fuego, el diluvio y la enfermedad lo consumen todo. Los inocentes sucumben. Niños y animales sufren el dolor por la demencia y la ambición de hombres y mujeres que juegan a salvarles, que cavan trincheras que se inundan, que olvidan el valor de la fraternidad y la amistad, y que caen en un inframundo de violencia ciega que les acerca a la locura. En medio, el castillo, fortaleza miserable, que, junto al convento desolado, ya solo alberga fantasmas, documentos inservibles, espacios vacíos que tratan de mantenerse en pie difícilmente a la espera de la “resurrección” de eso que el fascismo llama “patria”. Es un ambiente desolado, kafkiano, surrealista, inquietante, premonitorio de un presente producto del contrato entre asesinos. “Esta tierra ha quedado envenenada para siempre”. La frase lo resume todo. La esperanza se halla encerrada en una pequeña roca caída del cielo, que se guarda con fervor casi religioso, y que toma la forma de talismán frente a la adversidad, en un mundo sin moral ni referencias fiables que identifiquen o distingan el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, el amor y el odio. En un mar de confusión, el desastre no consiste únicamente en la guerra, sino en la destrucción de la memoria, en la pérdida del valor de la ética, en la reclusión del “yo” dentro de unos límites impuestos por ambiciones mezquinas, en la traición y en la pérdida de expectativas futuras.

“Una Incierta Gloria” dibuja el escenario de una resistencia inútil. “Eran tan buenos nuestros ideales. Tan hermoso llevarlos a la práctica. Creer en ellos con toda el alma”, dice una Trini nostálgica. “Eso se acabó”, le responde Juli, su amigo enamorado, cortando su ilusión perdida: “Un año no volverá la primavera. Abril, el de la incierta gloria, se nos escapa de entre los dedos. Pero incierta o no, es la única gloria. Lo que vendrá después será la náusea”. Un discurso que conduce al nihilismo en un clima de dura supervivencia. Y, efectivamente, a partir de ahí, la Historia nos condujo al silencio de las víctimas. Un silencio impuesto por las balas y el miedo, que sólo empieza a ser roto débilmente más de setenta años después. La ley de Memoria Histórica fue un muy incompleto intento de recuperación de esas voces sin cuerpo, largamente atadas a las fosas donde fueron arrojadas. Generaciones después, tras cerrar en falso una “transición reconciliadora”, aún duelen los fantasmas de la Guerra Civil, porque quienes la ganaron, también triunfaron en esa Transición, y aún escriben su relato oficial.

En la placa conmemorativa de los sucesos de Chicago de 1886 que recuerda a sus víctimas, por las que todavía hoy día se sigue celebrando el primero de mayo, alguien escribió un grafiti que decía: “Primero borraron vuestra vida, y ahora explotan vuestra memoria”. Eso mismo es lo que está sucediendo con todos esos hombres y mujeres luchadores “de incierta gloria” de aquel mal conocido conflicto, pese a haber sido publicados sobre él miles de ensayos, novelas y películas. Y ésta de Villaronga no es una película más sobre la guerra, como no lo fue tampoco “Pan Negro”, porque lo que vemos es la descomposición interna de todo un sistema de valores, tanto en uno como en otro lado, porque nos damos cuenta de la diferencia entre unas ideologías muertas, que sólo actúan como vehículo de continuidad de un poder encarnado en instituciones opresivas (ejército, iglesia, alcaldes, caciques, …) y la vida real de gente que ama, odia, lucha por defender sus pequeñas o grandes propiedades, traiciona y se debate entre un mar de contradicciones, y, sobre todo, no entiende de superestructuras más allá de si mismos.

Casi todas las historias sobre la Guerra Civil hablan de personas que la sufrieron, pero casi ninguna les ha sacado el potencial revolucionario que hemos podido apreciar en “Incierta Gloria”. Casi todos esos relatos reproducen, conscientemente o no, dos consensos: el primero es el derivado de la Transición, en la que se hizo un verdadero “pacto de silencio” sobre este tema (la Ley de Amnistía hizo imposible cualquier investigación oficial). Víctimas y verdugos debían equipararse y tener la misma responsabilidad moral. Todo en aras de la “reconciliación”. En nuestros libros de texto oficiales sobre Historia de España siempre aparece unida la Segunda República a la Guerra Civil. Esta secuencia cronológica es perversa. Nos induce a pensar en ese período republicano donde surgieron esos “héroes de incierta gloria”, como una causa irremediable del conflicto, y por lo tanto los culpabiliza de la “guerra fratricida”. ¿Por qué no se une el periodo de la guerra al franquismo? Ahí si que hay una relación lógica. La secuenciación de los procesos históricos no es inocente. Muchas novelas y películas reproducen esta idea, y por tanto explotan mercantilmente nuestra memoria. El segundo consenso es el neoliberal: ya que vivimos en los tiempos de la “postverdad”, donde la frivolidad del mercado y del consumo han acabado por borrar el interés por el marco político real, la historia debe ser superficial y los conflictos nunca deben superar lo anecdótico para no fatigar al lector o espectador, y hacer el producto asequible y vendible. De este modo, muchas historias equiparan en sus discursos al fascista con el republicano, dotándoles de una “humanidad”, que nos hace pensar que también nosotros podríamos ser iguales. En “Incierta Gloria”, ese “humanismo” ha desaparecido. El fascismo está por todas partes, incluso dentro del pueblo, supuestamente en manos republicanas. La derrota se huele en el aire, porque ya está instalada en todos los personajes. La “Carlana” ha tomado el papel del cacique, y el frente es casi inexistente, permeable, listo para ser sobrepasado como una hoja al viento. Nadie se salvará. Ni siquiera aquellos que creen vencer. “Esta tierra ha quedado envenenada para siempre”. Un mensaje pesimista para una de las películas más políticas del cine reciente, pero realista en lo que sirve para ver nuestro presente.






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