Cultura

ANIVERSARIO

La masacre de San Juan

El 24 de junio de 1967 se abatió una brutal represión sobre el campamento minero de Catavi-siglo XX, Bolivia. Fue un jalón sangriento en la heroica resistencia de los trabajadores en de 1965-67 a la dictadura de Barrientos.

Sábado 25 de junio de 2016 | Edición del día

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«La masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia nacional, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a través de la oralidad, de generación en generación, convirtiéndola en algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber cumplido nueve años de edad” –relata el escritor Víctor Montoya. “Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de alcohol, comidas típicas, coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cuetillos. Mientras esto sucedía en la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del frío y los silbidos del viento [...]»

Detrás de cada masacre, hay una historia de lucha que rescatar. La noche de San Juan de 1967 no es la excepción. El ensañamiento militar buscaba aplastar la heroica resistencia de los trabajadores mineros al régimen encabezado por Barrientos.

La contrarrevolución barrientista

El gral. René Barrientos, vicepresidente electo en 1964, había depuesto al presidente Víctor Paz el 4 de noviembre de 1964 en alianza con el jefe del Ejército, Alfredo Ovando.

El MNR logró contener y desviar la revolución obrera y campesina en 1952 al precio de grandes concesiones como la nacionalización de las minas y la reforma agraria, mientras reconstruía el Estado burgués y su Ejército y abría las puertas a la penetración del imperialismo estadounidense. Pero en los años 60 ya estaba en decadencia. Víctor Paz, que enfrentaba una fuerte resistencia obrera, ya no garantizaba el avance de la reacción. El golpe de noviembre venía a imponer un régimen capaz de llevar hasta el final esa tarea.

Los años 1964-65, son de contraofensiva imperialista en América Latina, después del enorme impacto causado por el triunfo de la Revolución Cubana. Estados Unidos impulsa la Alianza para el Progreso y políticas antisindicales y anticomunistas. El 31 de marzo de 1964 se produce el golpe militar en Brasil. Le seguirá el de Bolivia. En 1965, los marines invadieron Santo Domingo.

El gral. Barrientos dio un discurso populista de derecha, paternalista hacia el campesinado (sellando el llamado Pacto militar-campesino con la burocracia sindical del sector). Aunque el poder real lo concentraba el Ejército, mantuvo formas parlamentarias –elecciones, Congreso, incluso la elaboración de la Constitución Política del Estado de 1967, que rigió por 40 años hasta 2008–. Por su contenido, fue un régimen bonapartista contrarrevolucionario cuyos objetivos eran favorecer un salto en la penetración económica, política y militar estadounidense y liquidar lo que quedara vivo de la revolución de 1952.

Esto significaba, ante todo destruir los remanentes del “poder sindical” en las minas, vestigios del poder dual de 1952, encarnado en los sindicatos y sus milicias que todavía subsistían en los principales centros mineros. El plan para COMIBOL (la minería nacionalizada) que venía a aplicar no era sólo una “racionalización económica” a costa de los trabajadores, sino que tenía un propósito político de importancia estratégica: acabar con esa anomalía.

Ofensiva antiobrera de mayo y resistencia

En mayo de 1965 el gobierno de Barrientos se siente lo bastante fuerte como para lanzarse contra el movimiento obrero. Lechín y la dirección de la COB no se habían preparado para este escenario. Por el contrario, en noviembre habían abierto expectativas sobre el golpe y todavía confiaban en poder negociar con el nuevo poder.

Se inician las medidas de “austeridad” contra los trabajadores mineros y la intervención en los sindicatos. Lechín es exiliado al Paraguay. Se declara la huelga general indefinida y el gobierno responde con la militarización de los campamentos mineros y la represión. Escribe Mariano Baptista G. en su Historia Contemporánea de Bolivia (CFE, México, 1996. p. 260) que “la intervención militar produjo encuentros y bajas. El fragor del ingreso de las tropas a Milluni se transmitió por la radio obrera de esa localidad, “Huayna Potosí”, hasta que fue silenciada, lo que determinó un vuelco inusitado de la huelga, ya que los barrios obreeros de La Paz se insurreccionaron sin dirección alguna, movimineto al que se sumaron los campesinos próximos a El Alto. El ejército utilizó sus armas y la aviación para despejar las barricadas en El Alto y las villas obreras, donde la resistencia popular fue desesperada”. La huelga fue derrotada y el gobierno logró imponer un brutal ataque contra los trabajadores. La COB fue intervenida y los sindicatos descabezados. Unos 150 dirigentes sindicales y de la izquierda son expulsados a Argentina. En COMIBOL se impuso una brutal rebaja general de salarios, se congelaron las remuneraciones por un año y se aumentaron los precios de los víveres que proporcionaban las “pulperías” en cada campamento. La represión se ensaña con los sindicalistas y activistas mineros. Muchos son despedidos y deben pasar a la clandestinidad. El 29 de julio uno de los más reconocidos dirigentes de Siglo XX, César Lora –trotskista y militante del POR– es detenido y asesinado por agentes del siniestro DIC (Departamento de Investigación Criminal).

Pese a los duros golpes recibidos, los mineros se reorganizan poniendo en pie sindicatos clandestinos y reuniéndose en lo profundo de los socavones, a salvo de la policía política. La tensión en los campamentos era enorme. En septiembre del 65 vuelve a estallar la lucha en Catavi-Siglo XX. S. Sandor John (autor de Bolivia’s radical tradition. Permanent Revolution in the Andes. U. of Arizona press, USA 2001, p.188) cita el testimonio de Elio Vázquez antiguo militante del POR en Siglo XX. Isaac Camacho, dirigente trotskista en la mina, y otros trabajadores fueron apresados por el Ejército. “Así que los trabajadores llamaron a asamblea general, pero el ejército vino y comenzó a disparar, tatatatá, y silenció la sirena que estaba sonando la alarma. Los trabajadores fueron a la mina a tomar dinamita y atacaron la estación de policía tratando de liberar a Isaac y a los otros”. El gobierno envió refuerzos militares y declaró el estado de sitio. Los enfrentamientos se prolongaron por tres días, antes de que las fuerzas gubernamentales pudieran imponerse con decenas de muertos y heridos, detenciones y confinamientos.

1967, el año sombrío

A comienzos de 1967, el régimen se sentía consolidado, pero el movimiento obrero daba nuevamente signos de recomposición. Aumentaba el descontento obrero y los sindicatos clandestinos levantaban cabeza, sobre todo en las grandes minas. Además, un nuevo factor entraba en escena: la formación del foco guerrillero en el Sudeste, hecho público desde marzo, aunque aún no se conocía que era dirigido por el Che. Con la intervención directa de militares norteamericanos y de la CIA, el gobierno moviliza al Ejército para cercarlo y destruirlo al tiempo que endurece el dispositivo de represión a nivel nacional.

Según Guillermo Lora (en El baño de sangre de San Juan) “En las asambleas generales habidas el 19 de abril y realizadas en el distrito de SigloXX-Catavi, se aprobó la convocatoria a un Ampliado nacional minero en el que debían estar presentes otros sectores laborales (fabriles, constructores, etc.), y también los universitarios […] La Asamblea general de Huanuni del 6 de junio, a la que concurrieron delegados de Catavi, Siglo XX, Santa Fe, Morococala y San José” acordó un programa de demandas, convocó a marchar en la ciudad de Ouro el día 8 y fijó la realización del ampliado para el 24 y 25 de junio en Catavi-Siglo XX. Al día siguiente, estas propuestas fueron ratificadas en las asambleas generales de ese distrito. El gobierno declaró el Estado de sitio el mismo 6 de junio, con el argumento de que estaba en marcha un “proceso subversivo” cuya evidencia era el foco guerrillero. Un fuerte despliegue militar impidió que los mineros se desplazaran a Oruro el día 8.

El gobierno militar justificaría la nueva masacre argumentando que en las minas estaba en marcha un proceso subversivo ligado a “la guerrilla extranjera”. Circulaba entre los mineros la idea de votar una “mita” para adquirir alimentos y medicinas para solidarizarse con la guerrilla. El gobierno la utilizó como prueba de sus afirmaciones. En realidad eran muestras de simpatía pero no había ninguna conexión orgánica con el lejano intento guerrillero. La concepción foquista era completamente ajena a las formas de organización y los métodos de movilización y de lucha de los trabajadores, con sus sindicatos, asambleas y milicias. La incorporación de algunos militantes de origen minero provenientes del estalinista PCB (que se oponía a los planes de Che), era un hecho aislado. La lejanía –no sólo geográfica– se refleja en las anotaciones del propio Che en su Diario ante las noticias de las minas que propalaba la radio.

Huelga y Masacre, 1954. Mural de Miguel Alandia Pantoja en la Federación Sindical de Trabajadores Mineros-La Paz

La masacre

El gobierno apelaba no quería permitir un Ampliado que inicie un nuevo proceso de agitación social. El plan para asestar un golpe decisivo al corazón de la resistencia minera fue cuidadosamente preparado y ejecutado. Víctor Montoya continúa así su relato:

«Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en trenes desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con los cuetillos y el estampido de los morteros con la explosión de las dinamitas.

La empresa, en complicidad con los masacradores, cortó la luz eléctrica aquella madrugada, para que las radios no pudiesen transmitir ninguna alarma a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el cerro San Miguel, cercano de Canañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero, la sede del sindicato y la radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maisman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la radio con un viejo fusil en la mano.

La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia Bustillo fue declarada zona militar».

A pesar de todo, lo mineros aún intentan resistir. Según Lora, el 26 se declaró la huelga general en el nivel 411 del interior de la mina. Al día siguiente, se hace allí una asamblea a la que consiguen llegar algunos dirigentes importantes, como Simon Reyes, del PCB e Isaac Camacho, con los que se intenta recomponer la dirección de la Federación minera. Se aprueba un pliego de reclamos que entre otros puntos exige el retiro del ejército, la devolución del local sindical y de la radio, la libertad de los apresados y confinados. Pero ese mismo día 26 las tropas ocupan Huanuni, asesinando a un trabajador y dejando varios heridos, desmantelan la radio y capturan unos 40 detenidos. El 27, los estudiantes de la Universidad de La Paz se solidarizan con los mineros y hay algunas otras manifestaciones de protesta.

La situación ya es insostenible. El 30, en Catavi-SigloXX una comisión acuerda la suspensión de la huelga sin obtener nada de las autoridades. Por largo tiempo, la orgullosa fortaleza minera queda convertida en un virtual campo de concentración bajo régimen militar. El 29 de julio Isaac Camacho es detenido y desaparecido, tras ser torturado y asesinado por el DIC. El movimiento obrero ha sufrido una nueva derrota y esta etapa de la heroica resistencia minera se cierra.

De la contrarrevolución a un nuevo ascenso revolucionario

El gobierno se anotará otro lúgubre triunfo: el 8 de octubre es asesinado el Che, asestando el golpe final al foco guerrillero. La contrarrevolución parece enseñorearse de Bolivia, pero la situación política volvería a girar dramáticamente a izquierda menos de dos años después. Barrientos fallece en un sospechoso accidente de helicóptero el 27 de abril de 1969. Lo sucederá brevemente su vice, el abogado Siles Salinas, antes de que tome el poder el gral. Ovando, que ensaya un nuevo curso nacionalista, presentándose como “amigo del pueblo” para buscar, sin suerte, equilibrar el régimen militar. Es que ha comenzado a desarrollarse un nuevo gran ascenso de la lucha de clases, el mayor desde el 52. Será el “trienio revolucionario” de 1969-71, bajo el signo, una vez más, de la pujante vanguardia minera y de la COB que, con la fugaz formación de la Asamblea Popular, esbozará la posibilidad del poder obrero. Pero, ésta, ya es otra página de la historia.

Se recomienda acerca de este acontecimiento la película El coraje de un pueblo (Sanjines, 1970)







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