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La marcha de Podemos, de la plaza a las urnas

La marcha del cambio convocada por Podemos desbordó las expectativas y colmó las calles de Madrid. Pablo Iglesias y Podemos consiguieron una demostración de fuerzas, con un acto que se transformó en lanzamiento de la campaña electoral. De la plaza a las urnas, una estrategia reformista en marcha para gestionar el estado capitalista.

Martes 3 de febrero de 2015 | Edición del día

Fotografía:EFE-Chema Moya

Los principales medios internacionales reprodujeron durante el fin de semana las fotografías de la Puerta del Sol colmada de manifestantes en la marcha convocada por Podemos.

Los líderes de Podemos convocaron esta manifestación hace unas semanas, como respuesta a la campaña lanzada por medios afines al PP-PSOE contra sus principales dirigentes. En palabras de Pablo Iglesias, “No lo hacemos para pedirle nada al gobierno o a la oposición, sino para simbolizar y encarnar que el cambio es ahora, que no queremos esperar más, ni confiamos en las medidas cosméticas que los partidos viejos están proponiendo.” Un acto sin consignas, más que la difusa idea del “cambio”, con el objetivo de fortalecer a Podemos. La marcha fue un éxito, sin dudas.

Al triunfo de Syriza, hace tan solo una semana, se agrega esta demostración de fuerzas de Podemos, fortaleciendo el “polo reformista” del sur de Europa. Ambos sucesos son expresión política del giro a la izquierda de amplios sectores de la población, que hace tiempo que ya no se ven representados en las fuerzas políticas tradicionales. Del “no nos representan” del 15M, se ha pasado a una “nueva representación” política, a través de formaciones reformistas “anti austeridad”.

La manifestación mostró la confluencia de diferentes sectores sociales y políticos, desde las delegaciones activistas y simpatizantes de Podemos llegadas desde todo el Estado en más de 300 buses y automóviles, los simpatizantes y activistas de los círculos de Madrid, hasta miles de personas que por primera vez (o por lo menos por primera vez en muchos años) participaban de una manifestación. Matrimonios, familias, mayores de 60, o grupos de amigos jóvenes, esperando para escuchar a Pablo Iglesias, gran parte de esos “ciudadanos no organizados” a los que los líderes de Podemos dirigen permanentemente su mensaje por televisión.

“Hay que sacarlos de una vez” (en alusión al PP), “yo me conformo con que éstos no roben”, (en alusión a Podemos), “acá con la corrupción se cargaron al país”, “este chico es honesto”, “se viene el cambio”, eran algunos de los comentarios que se podían escuchar en Sol.

La manifestación del sábado fue un enorme acto electoral, presentado como manifestación ciudadana. Sin consignas, sin “ánimo de protesta”, convocado como un “evento festivo”.

En su blog, Juan Luis Sanchez analiza la marcha de Podemos con un título sugerente: “Podemos y el mando”. Para los lectores fuera de la península ibérica, conviene aclarar que el “mando” es tanto la palabra que refiere a la conducción, al poder de dirigir, como el “control remoto” de la TV. El autor dice que el 25 de mayo del 2014, con las elecciones europeas y los resultados de Podemos, se cerró la etapa de movilización abierta con el 15M y se abrió otra, una etapa de “lucha de partidos”, donde ahora Podemos tiene el “mando”.

El artículo brinda un dato concreto, desde 2013 a 2014, en Madrid se han convocado un 30% menos de concentraciones, y no se ha visto una manifestación tan masiva desde el 22 de marzo del 2014 –aunque aquella, convocada por las Marchas de la Dignidad, reunión a mucha más gente: un millón y medio de personas-, solo acercándose las manifestaciones espontáneas los días de la abdicación del Rey exigiendo referéndum por la República (a las que los líderes de Podemos prefirieron no convocar y mantener un “perfil bajo”).

Del 15M al 31E, se ha producido una “alquimia” de la indignación social en fuerza política emergente; y Podemos ha sabido “aprovechar la oportunidad” (como gustan decir sus líderes) para capitalizar esa dinámica.

Sin embargo, si el 15M carecía de “efectividad política” (como justificaron los líderes de Podemos cuando se emanciparon de la dinámica asamblearia que muchos activistas proponían a los comienzos de Podemos), hoy Podemos tiene un exceso de “mando” y reformismo político, diluyendo el movimiento social en el objetivo parlamentario y en la personalidad de los líderes.

La gran paradoja de la movilización del sábado es que fue una movilización convocada, no como primer paso para relanzar la dinámica de movilización y organización de la lucha social, sino para reafirmar el crecimiento de Podemos en el espacio electoral, como un engranaje subordinado a esta estrategia.

Esta concepción de “desmovilización” quedó clara hace unos días, con la declaraciones de Carolina Bescansa, que dijo que en Podemos el sector de Pablo Iglesias representaba “un Podemos para ganar”, a diferencia de un “podemos para protestar” que atribuyó a sectores críticos dentro de la organización. Declaraciones que no estuvieron exentas de duras críticas desde los círculos de Podemos.

Bescansa defiende una estrategia en la que “ganar” la gestión del Estado actual es el objetivo principal. Y la movilización social no sólo no es una necesidad, sino incluso un factor que puede “patear en contra” frente al objetivo de ampliar (hacia la derecha) la base electoral de Podemos. Por eso desde la dirección de Podemos se insistió tanto en que la marcha del sábado no era una “protesta” sino un “evento festivo” y su secretario político, Iñigo Errejón, convocó especialmente a “votantes del PP” a participar.

En una entrevista publicada en Diagonal hace unos meses, Errejón planteaba la misma idea de que los “movimientos sociales” y la movilización son “poco útiles” para un gobierno de Podemos.

Ante la pregunta del periodista, “¿Cómo creéis que podrían ayudar a gobernar estos movimientos?”, Errejón respondía sin dudarlo: “Si te soy sincero creo que poco, porque están instalados en una cultura de la resistencia que no les obliga a mancharse con la discusión concreta de cómo se harían las cosas.”

Y agregaba: “Está esto de ‘para cuando se alcance un gobierno vamos a necesitar movimiento sociales que lo apoyen en la calle’. Es complicado, porque muchos de los problemas a los que se va a enfrentar ese gobierno no se dirimen luego con movilizaciones en la calle.”

“La ocupación de terreno para ir haciendo poder popular y deshaciendo poder oligárquico requiere dar la pelea en el Estado, en la gestión y en la administración. A menudo le hemos prestado menos atención a ese tipo de formación, y el enemigo no”, defendía Errejón.

Para los dirigentes de Podemos la clave del “cambio” pasa por que cambie de manos la “gestión del estado”, para “deshacer el poder oligárquico” con buenos cuadros técnicos en los aparatos de administración. Es decir, la falsa idea socialdemócrata (o “progresista”, diríamos en Latinoamérica) de la posibilidad de un Estado “eficiente”, que “gobierne para todos”, cuando los resortes del poder real siguen en manos de los capitalistas. Un discurso no muy diferente del que profesan los defensores del kirchnerismo en Argentina y de otros gobiernos posneoliberales en América Latina.

Resulta evidente que el “efecto Syriza” está fortaleciendo las ilusiones y expectativas de que los cambios podrán venir “desde arriba” y por la “vía electoral”. A esto se suma un “sentido común conformista”, tras años de desilusiones, que está en la base de la ampliación de la base electoral de Podemos, con la idea de que “al menos estos no robaran”.

Pero Grecia será también un terreno de “prueba” para estos proyectos de la izquierda reformista europea. La alianza de Syriza con la derecha nacionalista xenófoba y homófoba de Anel (que no fue cuestionada por los dirigentes de Podemos), es una primera muestra de hasta qué punto están dispuestos a “mancharse”, como diría Errejón, en función de conquistar una “posición” en la gestión del Estado capitalista.







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