Sociedad

OPINIÓN

La lucha mapuche, la autodeterminación y el marxismo

Laura "Xiwe" Santillan

Profesora mapuche de Filosofía - Especialista en interculturalidad

Martes 5 de septiembre | Edición del día

El Gobierno y los medios pretenden instalar la idea que el conflicto territorial comenzó con la recuperación en Cushamen de las tierras usurpadas por Benetton. Pero el conflicto territorial tiene larga data. Puede decirse que hay dos grandes períodos de resistencia del pueblo mapuche al avance del colonialismo, uno de resistencia a las invasiones españolas y uno posterior durante el período republicano, es decir, una vez “independizadas” las naciones argentina y chilena de la corona española.

Las mal llamadas y simultáneas Conquistas del Desierto (1878-1885) y Pacificación de la Araucanía (1861-1883) de hace un siglo medio atrás, fueron genocidios de ambos lados de la cordillera, para expandir el estado argentino hacia el sur del río Colorado, y el chileno hacia el sur del Bío Bío. Fue en 1833, con la llamada “campaña de Rosas al desierto”, cuando se izó por primera vez la bandera argentina en territorio mapuche, y no fue sino hasta medio siglo después que el naciente estado pudo afirmar la soberanía sobre este territorio. Aunque el genocidio causó la derrota militar del pueblo mapuche y algunas familias como la Namuncurá se vieron obligadas a aceptar las condiciones de rendición, el territorio jamás dejó de estar en disputa.

Hay quienes reconocen la pre-existencia del pueblo mapuche, pero asumen que fue exterminado como los selknam y que hoy no podría organizarse en base a reivindicaciones de tipo autonómicas. Basta con acercarse un poco a las zonas habitadas por mapuche para observar la conservación de las tradiciones, el idioma, y la particular relación con el territorio del que son parte. Las comunidades de Gulumapu (al oeste de la cordillera) superan las 1700, y en Puel mapu (al este de la cordillera) son alrededor de 120, sin contar la gran cantidad de mapuche que viven en la urbanidad y que reivindican una identidad previa al surgimiento de la nacionalidad argentina. Estos territorios, mayormente son reducciones o “reservas” a las que las comunidades mapuche se han visto obligadas a habitar de manera contradictoria con su forma de vida y costumbres, sin poder desarrollarse ni cultural ni económicamente de manera libre.

“Estado” mapuche y autodeterminación nacional

El hecho de que la nación mapuche haya establecido tratados con los españoles o haya sido reconocida por las repúblicas, no significa que haya constituido un estado. Esos tratados son la prueba empírica del reconocimiento de una nación libre y soberana pre -existente, con su propia forma de organización política y con un territorio delimitado. Pero la legitimidad del reclamo mapuche no puede reducirse a la existencia de documentos, como así tampoco la idea de nacionalidad debe identificarse con la de estado.

Las naciones-estado entendidas según la modernidad occidental no describen el desarrollo de todos los pueblos existentes. El avance de la conformación de los estados modernos, generó las condiciones para el establecimiento de una identidad nacional única y hegemónica en perjuicio de las nacionalidades oprimidas que quedaron encerradas dentro del mapa político. No obstante, ninguna organización o comunidad mapuche reclama la conformación de un estado propio, sino que se reconozca la pre existencia y el derecho a las tierras que tradicionalmente ocupan, ser consultadas de cualquier proyecto que las afecte y poder regirse internamente según las propias normas culturales.

En este sentido, dentro del marxismo se han dado grandes debates sobre los derechos a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas, que sin hacer una lectura mecánica de los mismos son muy útiles para la situación actual. Si bien con la Revolución Rusa se conquistó la autodeterminación de todas las naciones oprimidas, la burocratización del estado obrero iba de la mano del fortalecimiento de una identidad nacional hegemónica, la gran rusa.

Tanto Lenin como Trotsky, dieron una gran pelea contra el oportunismo estalinista sobre la consideración del principio del internacionalismo como un eslogan abstracto. Stalin utilizaba este principio para negar los reclamos de las naciones históricamente oprimidas por la nación gran rusa, acusándolas de nacionalistas, como lo eran los pueblos campesinos de Rusia y el resto de las 14 repúblicas. Así, se produjeron controversias con esas repúblicas que afectaban la unidad de la Unión Soviética en perjuicio del desarrollo del socialismo. Estos conflictos nacían de la oposición que el estalinismo intentaba imponer, entre la cuestión de clase y la cuestión nacional.

Lenin contestaba que la relación con las naciones oprimidas debe partir del reconocimiento a su total libertad de autodeteminarse e incluso a formar un estado propio si así lo considerasen necesario, lo cual hacía que en última instancia, fuese el partido el que debía demostrar que los intereses del socialismo son los mismos que los de esas naciones que ansiaban una libertad que no iban a poder conquistar dentro del marco del capitalismo, y que ahora se chocaban con el chovinismo gran ruso impulsado por Stalin.

Trotsky se opuso al reduccionismo estalinista que contraponía la cuestión de clase entendida como un sindicalismo obrerista, a la cuestión de las nacionalidades oprimidas, asegurando que las relaciones entre las naciones no podían desconocer la violencia histórica de unas sobre otras y su efecto de “natural” desconfianza hacia naciones opresoras aun en el estado obrero, diferenciando entre un nacionalismo agresor y un nacionalismo defensivo. Batalló también la visión sindicalista del estalinismo según la cual toda lucha debía reducirse a una cuestión de clase, mostrando la necesidad de que la clase obrera tome en sus manos las demandas de los pueblos oprimidos.

Párrafo aparte merecen las corrientes marxistas reduccionistas actuales, deudoras del estalinismo, que consideran que los indígenas fueron completamente absorbidos por la sociedad argentina, proletarizados o convertidos en campesinos sin sentimiento nacional. Una visión más bien servil a la imagen que intentan imponer los Lanata, del mapuche “trucho” y las comunidades indígenas “inventadas”.

Corrientes que reivindican las demandas originarias cuando golpean a los gobiernos de turno, pero no reconocen la especificidad del reclamo indígena. Si bien en América Latina e incluso dentro de Argentina, la cuestión de las nacionalidades oprimidas cobra distinto peso en cada región, esta demanda, tanto por su legitimidad como por su sentido estratégico, es fundamental para levantar un programa y una práctica revolucionaria de la clase obrera hacia la conquista de una sociedad socialista.






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