Cultura

OPINIÓN

La justicia del reclamo mapuche

Consideraciones sobre los cuestionamientos de los derechos mapuches a la ancestral tierra patagónica.

Viernes 20 de enero | Edición del día

“Nos viven demostrando que no nos respetan,
que no nos entienden ni hacen esfuerzos por entendernos.
Sólo valen sus intereses y proyectos,
y el dinero de que disponen para comprar
todas las voluntades que hagan falta”

(Fatalidad en el paraíso)

En los últimos días, sugestivamente, han aparecido una serie de publicaciones cuestionando el derecho del pueblo mapuche a reclamar por los territorios que ocuparon desde mucho antes de que fueran colonizados.

Las usinas generadoras de mensajes virtuales, evidentemente, han estado trabajando intensamente para poner en duda las justas demandas de los pueblos originarios, mientras disimulan las ostentosas tenencias de Lewis, Benetton, Turner, Stallone y los más cercanos de Braun, Menéndez Behety y Tinelli.

Estas operaciones tienen el fin velado de justificar la represión que sufrieron los mapuche y desviar la indignación que expresaron diversos sectores de la sociedad contra el bárbaro accionar de policías y gendarmes

La región patagónica, hasta las últimas décadas del siglo XIX, ni siquiera entraba en los mapas oficiales como perteneciente a las Provincias Unidas. Recién con la decisión de la oligarquía porteña de impulsar la autodenominada “Conquista del Desierto”, en 1879, se plantearon los reclamos soberanos argentinos sobre los territorios al sur del río Negro, con la metodología del aniquilamiento de los que habitaban ese “desierto”.

Antes de esa fecha, a ambos lados de la cordillera había espacios infranqueables a las decisiones de los gobernantes, que no podían vulnerar los ríos Negro y Bío Bío, porque estaba admitido, y en algunos casos acordado mediante tratados, que se trataba de un dominio de los pueblos originarios.

La patagonia antes de la conquista

Existen rastros de presencia humana en la Patagonia superiores a los doce mil años.
Sobre la presencia mapuche en la región, la arqueología aportó un elemento contundente. Los científicos encontraron un enterratorio humano de casi 900 años de antigüedad en San Martín de los Andes y al analizar el ADN mitocondrial de los restos, concluyeron que es compatible con el de la etnia Mapuche (Hallazgo del equipo de arqueólogos del “Laboratorio de Etnohistoria del proyecto Lanín-Collón Curá”, Diario Río Negro, 16/1/2017)

Estudios del lado chileno sostuvieron que las poblaciones más antiguas, “quizás provenientes del Norte o del Este, conformarían los primeros grupos humanos de la población Mapuche. Los Pikunche, los Pewenche, los Lafkenche, los Puelche y los Wiliche vienen de ellos” (Maggiori Ernesto.)

Incluso existen indicios de que algunas migraciones se produjeron en sentido inverso al que, habitualmente se supone., Dillman S. Bullock detectó rastros de los Kafkeche, que habitaban entre los ríos Bío Bío y Toltén. Este pueblo “había sido dominado por grupos de guerreros araucanos venidos del lado argentino, atravesando la cordillera de Los Andes. Estos, probablemente dieron muerte o esclavizaron a los hombres, quienes por su carácter pacífico, no disponían de medios para oponer resistencia. Se apoderaron de sus mujeres” (Citado por E. Maggiori).

Las poblaciones nómadas desconocían fronteras y eran frecuentes las migraciones en función de la abundancia o escasez de la caza. Además, las etnias tendían a establecer alianzas que abrían las puertas a los vínculos parentales y a relaciones estables, que así como nacían en algún momento se interrumpían, estallaban conflictos sangrientos para volverse a reconciliar al cabo de unas generaciones.

Las actuales provincias de Neuquén, La Pampa y Río Negro eran una zona de activo contacto entre distintas etnias. Los tehuelches septentrionales tenían un fuerte influjo de los araucanos – mapuche, “influenciados por la presencia pacífica y comercial que cada año llegaba a la zona” (Citado por E. Maggiori).

El viajero Guillermo Cox, entre 1862 y 1863, visitó los toldos del Caleufú y señaló que para entonces la homogeneidad de la raza había desaparecido.

El cacique Antonio dejó testimonio de los grupos étnicos que residían “al norte del río Negro y el borde de las altas montañas que los cristianos llaman la Cordillera, vive una nación de indios denominados “chilenos”. Estos indios son de corta estatura y hablan el idioma llamado Chilona. Entre el río Negro y el río Chupat vive otra nación, que son de mayor estatura que los chilenos y visten mantos de guanaco y hablan un idioma diferente. Esta es la nación llamada pampa, yo y mi pueblo pertenecemos a ella. Al sur del río Chupat vive otra nación llamada Tehuelche, gente aún más alta que nosotros y que habla un idioma distinto” (Citado por E. Maggiori).

La actividad comercial se había desarrollado y generaba caravanas de de mercaderes. “Según relata el antropólogo Guillaume Boccara, desde el siglo XVII y como parte de un circuito de intercambio y comercio interétnico, toda la tejeduría, los ponchos mapuches eran comercializados entre los indígenas de la pampa en las fronteras de Buenos Aires” (Citado por E. Maggiori). El centro habitual de estas transacciones era la zona de las sierras de Tandil, donde se organizaba la “Feria de los Ponchos” o “Feria de Chapaleofú”.

Como uno de los elementos limitantes para las migraciones era el agua potable, el antropólogo Ernesto L. Piana pudo detectar los restos “de seis represas de piedra, que cumplían la vital función de embalse de aguas para contrarrestar la sequía de esa época del año” (Citado por E. Maggiori).

La cordillera no era un límite insalvable, por el contrario, los nativos conocían los pasos más adecuados para atravesarla y era frecuente esa circulación con cargamentos y ganado en pie. Este proceso antiquísimo de movilidad se vio incrementado notablemente por la derrota sufrida por los mapuche con los españoles en Rancagua, en 1814. Esto llevó a una gran migración para evitar el sojuzgamiento hispano. Atravesaron la cordillera por Mendoza y se asentaron en las Salinas Grandes, en Guaminí y en Carhué. De estos grupos surgirá el liderazgo de Calfulcurá, que tan buenas relaciones mantuvo con el gobernador Juan Manuel de Rosas.

Las voces de la ciencia

“Afirmamos, por lo tanto, que los mapuches no son araucanos de origen chileno y no exterminaron a los tehuelches. La mayoría de los etnónimos (nombres de los pueblos indígenas) variaron entre el siglo XVIII y el presente; algunos son nombres que se dan a sí mismos —como por ejemplo “mapuche”— y otros fueron impuestos —como es el caso de los términos “araucano” y “tehuelche” (…) es apenas el nombre que los españoles quisieron darles”, afirmaron investigadores del CONICET.

Luego, enfatizaron que los mapuche “no son “indios chilenos”, sino pueblos preexistentes. Esto significa que vivían en estos territorios antes de que existieran los Estados y que había mapuches en lo que hoy es Argentina, así como había tehuelches en lo que hoy es Chile. A su vez, las alianzas matrimoniales entre unos y otros y los desplazamientos producidos por el avance de los Estados sobre sus territorios dieron lugar a que muchas familias se identifiquen en el presente como mapuche-tehuelche, tal como ocurre en la actual provincia de Chubut (…) Los responsables de su marginación e invisibilización no fueron los mapuches, sino las políticas de colonización (Instituto de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires).

Genocidio de inspiración oligárquica

Los ejércitos de Julio Argentino Roca, al ritmo de las masacres, fue empujando a los originarios hacia los sitios más marginales de la Patagonia, mientras las tierras abandonadas participaban del festín oligárquico que distribuía generosamente los campos más fértiles, concediendo extensiones inéditas en el mundo.

Luego de esta reforma agraria al revés, nuevos contingentes de europeos y criollos fueron generando nuevos desplazamientos de los nativos hacia tierras más marginales aún. No se puede obviar el acoso de siglos que sufrieron y que los llevó a ocupar esos espacios de subsistencia y que hoy nuevamente se los quiere desalojar para saciar el apetito de ricos y famosos.

La voracidad capitalista no encuentra límites, supera hasta las propias leyes que fueron promulgadas para condicionar la extranjerización de esas regiones. No sólo se venden estancias con lagos, arroyos y ríos que se convierten en cotos privados, violando la legislación vigente; sino que se llega a transferir tierras donde residen comunidades que son obligadas a entrar en conflicto para defender su terruño de la prepotencia del nuevo propietario.

La lucha de los mapuche es la que mayor resistencia a las nuevas “conquistas del desierto” ha generado. Esta rebeldía es lo que provoca el lanzamiento de dardos mediáticos que pretenden deslegitimar sus reivindicaciones y tender un manto de indulgencia con las sangrientas represiones que ejecutan los gobernantes a ambos lados de la cordillera.

En el fondo de la cuestión se trata de minimizar los derechos de los nativos, los morochos, los jubilados y los pobres, frente a las imposiciones de los poderosos que pueden ostentar empresas off shore y coimear para lograr obras públicas, consumar aumentos desproporcionados de los precios y enormes fugas de capitales sin que, aparentemente, la mayoría de la sociedad reaccione frente a semejante succión de recursos de los bolsillos populares.

Por estas razones, esa heroica resistencia merece respeto, solidaridad, el reconocimiento a la justicia del reclamo y la imprescindible aceptación de sus demandas.






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