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OPINIÓN

La izquierda Independentista frente a un balance necesario

Frente a la claudicación del Govern a no dar batalla alguna, se suma la renuncia a la vía unilateral por parte del PDeCAT y ERC. La izquierda independentista que apoyó al Govern frente a un balance ineludible.

Federico Grom

Barcelona

Miércoles 22 de noviembre | 21:05

Edició català

La frase pronunciada por Puigdemont durante la moción de confianza el 28 de septiembre de 2016, vista desde hoy no deja lugar a dudas. Bajo su vara, el balance de la dirección del procés de la que forma parte, es lapidario.

“Estaremos preparados porque ya se está trabajando desde hace tiempo en este objetivo, y habría sido una irresponsabilidad grave por parte del Govern y de los partidos que le apoyan proponer la creación de un Estado propio y no preparar con el máximo cuidado esta creación y su funcionamiento inicial”.

Sin embargo, en su preparación, pareciera ser que olvidaron contar con un detalle no menor: la resistencia de los opresores, el Gobierno, el Estado y la corona. Pequeño detalle para quienes venían trabajando durante años en todas las “estructuras de Estado”. Todas ellas disueltas tan rápido como lo ha solicitado la justicia española. Así como el propio Govern, que o se ha exiliado como Puigdemont o se ha entregado a la justicia como el propio Junqueras, sin oponer ninguna resistencia.

Incluso se está discutiendo entre el PDeCAT, que irá con la marca “Junts per Catalunya”, y ERC nueve puntos en común para el programa electoral, entre los que quedaría descartada la vía unilateral, apostando por la negociación bilateral con el Estado español y las ilusiones de que Europa intervenga en estas. Una vuelta atrás en toda regla.

Ha quedado patente que esta dirección teme más desatar las fuerzas sociales necesarias para hacer realidad la República independiente de Catalunya, que a los castigos del Estado central.

En este sentido, el devenir del proceso no está tan marcado por la “irresponsabilidad” de su dirección, como por la de un ejercicio de “responsabilidad burguesa” cubierto por un discurso pacifista frente a un escenario donde se podía desarrollar un movimiento que se le escapara a su control.

Pero, ¿y los partidos que apoyaron al Govern en su “irresponsabilidad grave”? ¿No debería ser hora de hacer un balance serio a esta altura del procés?

¿No se peca de ingenuidad en las declaraciones hechas por la portavoz del Secretariado Nacional de la CUP, Núria Gibert, cuando dicen echar en falta acuerdos que hablen de “materializar la república” e “implementar un proceso constituyente” en la actual situación? Más aun cuando estas declaraciones son en réplica a que el PDeCAT y ERC están discutiendo “de derecho” bajarse de la vía unilateral, cuestión que ya han realizado “de hecho” al día siguiente de haber declarado la independencia. Es decir, negar la única vía real para poder ejercer el derecho a la autodeterminación y la independencia.

La CUP debería pensar a la luz de los hechos las palabras que pronunció en aquel discurso Puigdemont, en tanto fuerza política que apoyó al Govern en todo el periplo del procés.

La izquierda independentista tiene la oportunidad de sacar lecciones de los acontecimientos históricos vividos para jugar un rol que sea algo más que ser furgón de cola de la dirección del PDeCAT y ERC. Hay que hacer un balance claro de esto.

Ante la oportunidad de abrir las listas electorales, para expresar a lo más avanzado del movimiento en una inequívoca candidatura de izquierdas y anticapitalista que se proponga como alternativa a la dirección, la CUP ha optado porque su militancia ratifique por vía telemática las listas propuestas por su Secretariado Nacional cerrando así esta posibilidad.

Tampoco se ha abierto este debate en los CDR (Comités de Defensa de la República), que corren el peligro de convertirse en meros apéndices electorales y a los que se ha dejado expectantes en pos de las negociaciones entre las distintas fuerzas. Merece la pena hacer este debate abiertamente de cara a los CDR organizados y al conjunto del movimiento y no solo dentro de las organizaciones políticas existentes.

Ya hemos visto que una izquierda independentista que tenga por práctica la colaboración de clases, popularizada en la frase de “la mano extendida”, aunque esta sea en pos de un proceso hacia la independencia de la mano de sectores de la mediana y la pequeña burguesía, no sólo no logra su objetivo, sino que se convierte en un impedimento para el surgimiento de una izquierda catalana consecuente y de clase y lleva al mismo tiempo al movimiento democrático a la desorientación y la desmoralización.

No se trata de cuestionar la transversalidad en sí del movimiento, sino cuál es la dirección del mismo y las alianzas que se tejen entre los distintos sectores que lo conforman. En última instancia, qué clase social le da la impronta al movimiento.

En ese sentido, junto a la innegociable pelea por la libertad de todos los presos políticos, es imprescindible levantar un programa para resolver las graves cuestiones sociales como el paro y la pobreza, así como la enorme precariedad laboral que sufren en especial, pero no solo, los jóvenes y los inmigrantes. La reducción de la jornada laboral, el reparto de horas de trabajo para trabajar todos y trabajar menos, así como el aumento del salario mínimo son las únicas medidas reales que pueden acabar con el paro y la precariedad.

Un programa que no sólo busque dar vuelta atrás con los recortes históricos en Educación y Sanidad, que incluso protagonizaron los mismos que decían que nos llevarían a una “Catalunya independiente más justa”, sino que aumente los presupuestos con los que se contaba antes de los recortes. Garantizando así una educación pública, de calidad y gratuita, incluso en su nivel universitario.

Un programa que ponga los recursos de Catalunya al servicio de las mayorías y no de las ganancias de una minoría. Que ponga fin a los desahucios y que garantice el derecho a la vivienda en base a la expropiación de las miles de pisos vacíos y el fin de la especulación inmobiliaria.

Solo un programa de este tipo, que recoja los problemas de las mayorías, puede ampliar la base del movimiento y poner en acción las fuerzas sociales necesarias para conseguirlo. Así como forjar en esta pelea una nueva dirección para el movimiento.

La República Catalana será de los trabajadores y el pueblo o no será. Pero lo será en tanto que estos puedan construir una organización que pelee consecuentemente por esta perspectiva.

Y por ende no se podrá configurar esta transformación en una “etapa” por los derechos democráticos, y otra posterior que encare las trasformaciones sociales. Estamos viviendo hoy el fracaso de esta estrategia. Sino que irremediablemente deberán enlazarse al mismo tiempo en una trasformación anticapitalista en sentido socialista de la sociedad. La única que puede garantizar los derechos democráticos más elementales pisoteados día a día en el capitalismo.






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