Internacional

GOLPE A LA DEUDA CHINA

Una deuda insostenible: la piedra de toque de las ambiciones chinas

Golpe duro a las autoridades de Pekín: Moody degrada la nota de la deuda china.

Juan Chingo

Comité de redacción de Révolution Permanente

Martes 30 de mayo | 07:39

Aunque sin generar una reacción en los mercados a corto plazo, la semana pasada la agencia de calificación crediticia estadounidense Moody’s rebajó un peldaño la calificación de la deuda a largo plazo de China. Lo hizo, según un comunicado, ante las expectativas de que la fortaleza financiera del país se deteriore en los próximos años debido a la peligrosa combinación de una deuda cada vez más abultada y una tasa de crecimiento a la baja. Esta primera degradación de la calificación china desde noviembre de 1989 se da cuando las autoridades chinas no cesan de poner en funcionamiento medidas que buscan preservar la “estabilidad financiera” de China y “reducir los riesgos”. Así, en las últimas semanas, se tomaron muchas medidas para reforzar la regulación financiera, en particular de la llamada banca en la sombra.(1) Pero estas reformas solo podrían a lo sumo "ralentizar, pero no impedir un aumento de la deuda", advierte Moody’s. Políticamente, esta degradación cae en mal momento para el presidente Xi Jinping que se ve cuestionado por no abordar suficientemente los desequilibrios que enfrenta la economía. Y justo cuando se llevará a cabo en el otoño un Congreso del Partido Comunista crucial para él, que le permita iniciar un segundo mandato en una posición de fuerza.

Un crecimiento meteórico del sobreendeudamiento, expresión de una sobreacumulación que no frena

Durante la última década, el milagro chino fue dopado por el gasto público en grandes proyectos de infraestructura y el apoyo a sectores enteros de la industria. Pekín ha alentado a los bancos a prestar en gran medida dando como resultado que en China el crecimiento del crédito fue el más rápido en el mundo desde la crisis de 2008 - sin contar los préstamos no regulados de la banca en la sombra. Así, la deuda se ha disparado en los últimos años: 277% del PBI en 2016, según los cálculos de UBS, un aumento meteórico de 130 puntos desde la crisis de 2008.En especial, la deuda corporativa concentra las preocupaciones: ésta casi se ha duplicado desde 2008 y ahora está entre las más altas del mundo, muy por delante de los EEUU, la eurozona y Japón. Por encima de todo, el auge del crédito ha fomentado un exceso de inversión en las industrias pesadas y de bienes de capital, lo que lleva a un empeoramiento de la sobreacumulación de capital. Más grave aún, pues con la desaceleración de la demanda, estas empresas se encuentran bajo una montaña de deuda y la dificultad en la generación de beneficios. Dicho de otra manera, la cuestión no es simplemente una alta tasa de crecimiento de la deuda corporativa china desde la crisis de 2008, sino el hecho de que las ganancias corporativas han disminuido constantemente desde 2009, mientras el ratio de apalancamiento se ha incrementado. En este marco, la morosidad está subiendo de nuevo. El FMI considera que el 15% de los préstamos de las empresas podrían estar en riesgo. La realidad es que, si estas empresas no fueran sostenidas por el estado, muchas estatales caerían pues no son rentables.

Frente a esta realidad, Pekín ha prometido reducir drásticamente el exceso de capacidad de producción en el acero y el carbón, sectores de producción muy afectados por la masiva deuda. Pero la reforma de las empresas estatales no avanza cualitativamente: por el contrario, las regiones que han experimentado los niveles más altos de crecimiento del crédito son en gran medida las provincias del noreste y del centro-norte, donde la industria es el principal motor de la economía.

Por su parte, para reducir el nivel de morosidad, Pekín intenta medidas timoratas y parciales, tales como la creación de bancos malos y la conversión de la deuda corporativa de acciones en poder de los bancos, con la consecuencia de que el progreso es demasiado "lento", como deploró el FMI a principios de enero. Sobre todo, porque no está excluido un riego sistémico para el sistema bancario, en gran medida a través de su exposición a la "banca en la sombra". A la vez que el flujo abultado de liquidez que se derrama alimenta a industrias envejecidas y la especulación en bienes raíces o materias primas, es decir sectores económicos que no preparan el crecimiento del mañana, por el contrario, aumentan el desperdicio de capital disminuyendo la productividad a largo plazo y aumentando la morosidad.

Un agotamiento estructural del viejo patrón de acumulación sin reemplazo fácil a la vista

La deuda y el crecimiento más lento no son las causas del problema de China sino los síntomas de un problema más profundo: la realidad, es que a pesar de todos los recientes logros vistosos en la robótica y en la industria aeronáutica, desde hace tiempo los factores que dieron lugar al milagro chino se están agotando. El crecimiento chino desde que comenzaron las reformas pro-capitalistas fue más de tipo extensivo que intensivo. Los factores que impulsaron este crecimiento fueron los siguientes. Por un lado China disfrutó de las ganancias de productividad del trabajo que genera el mejor uso de la mano de obra en el campo, la transferencia del excedente de mano de obra de la agricultura a los sectores industrial impulsado por el avance de la productividad agrícola y la industrialización de los años 1980 y 1990. La mayor parte de estas transferencias ya se ha completado y los analistas en demografía anticipan una desaceleración en el crecimiento de la población desde 2015. En otras palabras, este factor jugara un rol decreciente en el crecimiento chino. Por otro lado, China se benefició de las ganancias debidas a la adopción y difusión de nuevas tecnologías a través de la importación de máquinas herramientas o la adquisición de nuevas habilidades de management o de ingeniería como producto de la difusión de las inversiones de las multinacionales en territorio chino. Pero el factor total de productividad, una especie de parámetro que mide el desarrollo tecnológico y el know-how, vienen decreciendo desde de la década de 1990 y comienzos de los 2000. Sin embargo, el factor decisivo en el milagro económico chino en comparación con la mano de obra y la tecnología, es el masivo incremento de las inversiones de capital. El crecimiento chino ha sido impulsado por un nivel extraordinariamente alto de inversión sin parangón en la historia moderna. Con un nivel de inversiones por más de 40 por ciento del PBI, China ha superado el nivel más alto de inversión experimentado en el siglo XX por economías como Japón, Corea del Sur e incluso, aunque tenía otro carácter social, la ex Unión Soviética y su desarrollo brutalmente extensivo. Este excepcional nivel de inversión es posible gracias a la excepcionalmente alta tasa de ahorro en China, tanto de los hogares y las empresas y por un acceso barato al capital debido al sistema financiero respaldado por el Estado. Este costo bajo o negativo del capital para los que acceden a los prestamos explica la aparente paradoja de un crecimiento chino capital-intensivo, más que mano-de-obra-intensivo. Hoy, la multiplicación de las inversiones es responsable de fenómenos de sobreproducción y la competencia en numerosos sectores, que lleva a las empresas a disminuir fuertemente los precios de sus mercancías. Las empresas chinas utilizan mucho capital en detrimento del trabajo, lo que ha llevado a algunas autoridades del Banco Mundial a quejarse de que el modo de acumulación chino es “demasiado capitalista”.

La alta inversión es también el resultado de las políticas industriales tanto de las autoridades locales y centrales que tienen como objetivo aumentar el tamaño de sus campeones locales o nacionales para beneficiarse de más economías de escala y mejor resistir la competencia. Estas a veces conflictivas políticas industriales aplicadas a diferentes niveles del gobierno han generado un exceso de capacidad en muchas de las industrias manufactureras. Las políticas industriales competidoras de las autoridades locales han impedido en muchos casos la racionalización de la capacidad de producción a nivel nacional. Campeones locales ineficientes que utilizan tecnologías obsoletas y contaminantes siguen funcionando gracias al apoyo financiero del gobierno y las barreras técnicas entre las distintas provincias al comercio que continúan fragmentando el mercado interior chino. Esto explica por qué las unidades de producción de las provincias menos avanzadas son los más contaminantes y consumidores de energía. La pérdida de mercados irreparables que se ha producido por la crisis mundial hace imperativo una purga del capital sobrante, lo que no quiere decir que se venga avanzando en este sentido como vimos más arriba. Ya en 2015 un artículo del semanario Caixin afirmaba que: “Los líderes chinos se han puesto el objetivo de reducir la sobrecapacidad durante los últimos dos años, y les han ordenado a los gobiernos locales que así lo hicieran, pero, ¿se siguieron las órdenes de manera estricta? En general, los gobiernos provinciales y de las ciudades, dicen que han completado la tarea adjudicada en nombre, pero no en hechos. Mucho de ellos están con evasivas, aguardando que sus competidores en otras regiones sean los primeros en cortar la producción. Esperan que, si son los últimos en actuar, serán los primeros en beneficiarse cuando la economía se recupere. Con menos competencia, los que queden estarán en condiciones de ganar una participación más grande del mercado. Por ello, en vez de liquidar las compañías ineficientes, los gobiernos locales las ayudan a que salgan del apuro. Mediante la aprobación de proyectos, niveles de préstamos, subsidios y el reintegro de impuestos, ya sea de manera abierta o escondida, los funcionarios locales han hecho todo lo que pudieron para apoyar las compañías “zombis”, en particular si son propiedad del estado… En primer lugar, el problema de la sobrecapacidad, un legado del viejo modelo de desarrollo de China, hoy es más peligroso que nunca. En el pasado, la sobrecapacidad tendía a ser un problema cíclico; desaparecía durante la recuperación económica cuando aumentaba la demanda. Pero una importante porción de la demanda global se redujo debido a la crisis financiera ocurrida hace siete años, para no volver a recuperarse. Muchos estudios llegan a la conclusión de que China llegó tarde a la industrialización. Aunque la urbanización sigue en curso, el país ya cuenta con una infraestructura básica, como las calles, carreteras y viviendas necesarias. Esto sugeriría que las industrias de la construcción y fabricación de edificios relacionadas del sector están cerca de alcanzar su pico histórico, si aún no lo han hecho” (2).

La contracara de la súper excesiva tasa de inversión en que se basa de más en más el modelo de crecimiento chino, que alcanzó el record mundial de un 48% del PBI en 2012, es un enorme desequilibrio, en especial una proporción excepcionalmente baja del nivel de consumo en relación a su PBI. Como dice Michael Pettis: “…una cuota del PBI baja y en declive no fue un accidente; era fundamental para el modelo de crecimiento. En otras palabras, China no creció de manera rápida, a pesar de un crecimiento del nivel de consumo rezagado, creció rápidamente a causa del crecimiento rezagado del nivel de consumo. Si ese era el caso, Pekín no hubiese sido capaz de elevar la cuota de consumo del PBI fácilmente, porque haberlo hecho hubiese requerido abandonar por completo el modelo de crecimiento impulsado con la inversión” (3).

Esto obliga como salida del estructural del exceso de producción que sea descargada en la exportación y en una alta dependencia de los mercados internacionales, en especial de los grandes países imperialistas. Pero frente al salto del sentimiento proteccionista este recurso está encontrando un límite y los mercados de los países semicoloniales no son aún, y es difícil que lo sean, una solución de reemplazo al menos en la misma proporción. Límites y contradicciones (4) que comparte el gran proyecto faraónico de la Nueva Ruta de la Seda presentado sin fundamentos sólidos por las autoridades de Pekín como un nuevo Plan Marshall (5). Frente a estas dificultades estructurales, la mentada reorientación de la economía china hacia el mercado interno declamada en cada Plan Quinquenal desde fines de la década de 1990 tarda en consumarse: la creciente clase media es muy limitada a escala nacional y en total desproporción con el exceso de producción y la población total del país. De ahí que se multiplican las fuerzas de producción ociosos expresión de un grave problema de sobreacumulación de capital. Frente a la caída de rentabilidad que se manifiesta, las empresas huyen hacia adelante, tomando el peligroso camino para el conjunto del sistema de aumentar la masa de ganancia, pero lograda cada vez con inversiones crecientes, agravando de esta forma la sobreacumulación y el sobreendeudamiento, cuenta que más temprano que tarde habrá que pagar, sin hablar del salto al vacío que significa la especulación financiera y en especial inmobiliaria.

Al final, la ley del valor va a terminar por imponerse

Algunos analistas como el semanario de la City de Londres The Economist niegan que haya una tendencia a la sobreacumulación de capital en China, alegando que el país está en sus primeros estadios de desarrollo y que su nivel alto de inversión en relación al PBI es un mal indicador de sobreinversión, ya que aún el stock de capital por persona es un 5% de los EEUU o Japón. Pero desde el punto de vista de la lógica de la ganancia que gobierna al régimen capitalista, la dura realidad es que la inversión en infraestructura y en capital físico debe estar en relación con el desarrollo capitalista del país y la posibilidad de rentabilizar el capital gastado o invertido. Como dice correctamente Pettis: “El problema con este razonamiento, por supuesto, es que se ignora la razón económica para mejorar el stock de capital y asume que el capital y la infraestructura tienen el mismo valor en cualquier parte del mundo. Pero no lo tienen. La productividad laboral y los salarios son mucho más bajos en China que en el mundo desarrollado. Esto significa que el valor económico de la infraestructura en China, basada centralmente en el valor de los salarios que ahorra, es una fracción del valor de una infraestructura idéntica en el mundo desarrollado. No tiene sentido desde el punto de vista económico, es decir, no tiene sentido para China contar con niveles de infraestructura y un stock de capital cercando al de los países mucho más ricos porque esto significaría desperdiciar recursos, sería como intercambiar mano de obra barata por aparatos mucho más caros pero que ahorran trabajo”(6).

Siguiendo este criterio cardinal de la producción y acumulación capitalista, no hay lugar a dudas, que lo que pasa en China tiene todas las características de una crisis de sobreacumulación, es decir: “…una acumulación de capital que se efectúa a un ritmo tal que no puede mantener, en el tiempo, la tasa de ganancia esperada por los detentores del capital. La sobreacumulación es una suerte de acumulación que no ha sabido detenerse a tiempo. Las inversiones realizadas al comienzo de la fase de auge con tasas de ganancias muy altas. Pero, luego, a causa mismo del auge, las cosas se degradan: por ejemplo, los nuevos kilómetros de líneas ferroviarias instaladas son menos rentables que los antiguos, el mercado potencial fue sobreestimado o se agota más rápido que lo previsto, otros países se ponen a producir a bajo precio (7) (y comienzan a captar el mercado), los costos de producción (entre los cuales el salario) aumentan fuertemente(8), etc. La acumulación debería frenar. Pero, animada por las tasas de ganancias elevadas, atraída por el afán de lucro, llevado por la euforia, se continúa invirtiendo, con la esperanza de lo que paso una vez funcionara en el futuro, que uno hará mejor que la competencia, etc. Una parte de las ganancias termina por ser acumulada en total perdida. La oferta se incrementa, mientras que los precios son demasiado bajos para asegurar la rentabilidad esperada de las capacidades ya en funcionamiento. Una coyuntura pasajera favorable, un endeudamiento renovado, las políticas de apoyo gubernamental, etc. pueden durante un tiempo, ocultar la situación y permitir postergar los desafíos. Pero, temprano o tarde, la realidad se impondrá y el ajuste será aún más brutal que la sobreacumulación fue impulsada muy lejos”(9).La definición y descripción hecha por el economista marxista Isaac Joshua para la crisis del sudeste asiático de 1997 pareciera hecha frase por frase para la China actual.

Un crecimiento de la deuda insostenible

Frente al alarmismo que los límites estructurales del patrón de crecimiento chino manifiestan, los analistas más optimistas recuerdan que el nivel global de la deuda en China sigue siendo muy inferior al de Japón, y apenas no muy lejos de los Estados Unidos. También señalan que China no es Grecia y no sufre de un exceso de deuda pública. O que, a diferencia de los tigres asiáticos que colapsaron en 1997-1998, China no está en manos de los acreedores internacionales: el 95% de su deuda es poseída en China, salido de los préstamos de los bancos estatales chinos a las empresas del estado o de las colectividades chinas.

Otros argumentos que regularmente se adelantan, es que China tiene un enorme ahorro en depósitos bancarios, mantiene el control sobre los flujos de capital, el banco central conserva abundantes reservas de divisas, mientras que el gobierno mantiene el control sobre una economía lo que le permite escalonar la reestructuración de su economía y limpiar los balances bancarios, para algunos toda una serie de factores únicos que la protegen contra una crisis de deuda sistémica. Pero si una crisis financiera no parece probable en el corto plazo, la deuda fuera de control es insostenible.

Acostumbrados en el llamado “Sur” a las crisis financieras como producto de la explosión de la deuda externa, los más optimistas van demasiados lejos afirmando que China estaría resguardada de toda tormenta financiera por su enorme posesión de divisas. Efectivamente, la acumulación de reservas de China, en relación al PBI, ha sido sólo superada por Estados Unidos durante la década de 1920. Pero el peso de los Estados Unidos en la economía mundial era entonces de tres a cuatro veces mayor que el de la China contemporánea. El otro gran episodio de la acumulación de reservas fue el de Japón en la década de 1980. Pero como señala Michael Pettis, los Estados Unidos experimentaron una crisis histórica a finales de 1920, y Japón una grave crisis bancaria de principios 1990. Su conclusión: "Se focaliza demasiado en la deuda externa. Pero cuando hay un problema interno de la economía, las reservas de divisas no pueden hacer absolutamente nada contra la mecánica de la explosión de una burbuja”(10). Digamos a su vez, que de estos dos ejemplos históricos de dos países imperialistas donde también se manifestaban una crisis de sobreacumulación y una desconexión entre la producción y el consumo internos uno pudo dar solución a sus excesos productivos y de capitales mediante la conquista imperialista del mundo; el otro Japón no pudo resolverlo por la ausencia de peso geopolítico autónomo y su rol dependiente en este terreno de los EEUU, pero gracias a su carácter imperialista pudo acolchonar su caída suavemente evitando grandes conflictos sociales durante ya más de dos décadas. China no tiene las capacidades del primero, ni las posibilidades del segundo, mientras la desigualdad de la riqueza es aún extrema. Cientos de millones de personas en las regiones interiores de China no han disfrutado del mismo progreso económico que aquellos de las regiones costeras. Eventualmente, sectores sociales significativos van a tener que pagar.

Ilusión de potencia y consecuencias geopolíticas del hundimiento de la burbuja

Visto desde otro ángulo el hecho de que China tenga una dependencia mínima de la financiación externa y que aun disfrute de 3 billones de dólares de reservas internacionales (aunque sus tenencias disminuyeron en un billón desde junio de 2014) le da ventajas inmediatas, pero acumulando insuperables debilidades estratégicas. Es que este colchón le ha permitido a las autoridades de prolongar la burbuja y retrasar el tipo de medidas duras requeridas para controlar el crédito, la especulación y las euforias desmedidas que explotan en el tiempo de auge. Los inversores chinos están acumulando riquezas que jamás habían soñado, pero respaldados por una economía con graves deficiencias y un sector financiero de dudosa posición. El aterrizaje con la realidad sea cual sea la forma específica (privatización, estatización de la deuda privada, etc.) va ser doloroso.

Mientras tanto Pekín sigue demorando lo más que puede el tiempo de la verdad por la caldera social que podría abrir cuestionando el poder anacrónico del PCCh. Así, mientras muestra o declama una voluntad de reforma ésta actitud se choca con los obstáculos de la realidad y el temor social no solo de la clase trabajadora sino de los sectores recientemente acomodados de la clase media, que la empujan nuevamente al status quo.

A nivel geopolítico, la tensión entre la reforma y la estabilidad dicta los límites de la influencia de China en el este de Asia y su capacidad de construir relaciones estratégicas con sus vecinos. Pekín ha adoptado la herramienta del “soft-power” del dinero (financiación de proyectos, inversiones, negocios) para ampliar su alcance en la región. Pero una crisis económica importante en el país significa menos dinero para las inversiones y por lo tanto menos influencia. Sus emergentes rasgos imperialistas (especialmente dados por la exportación de capitales) arriesgan fuertemente a no consolidarse afectando a la baja las ambiciones externas de la burocracia de Pekín. El fracaso de la clase dirigente en la gran empresa política de recuperar luego de siglos de humillaciones su antiguo cetro de potencia indisputada en su zona de influencia podría tener a su vez consecuencias profundamente desestabilizadoras en el plano interno donde su certeza que ha sonado la hora global de China es una gran argamasa para mantener la cohesión social frente a los cada vez más vacíos discursos “comunistas” de su nuevo Gran Timonel.

Notas:

1) La banca en la sombra o sistema bancario en la sombra (en inglés, shadow banking system) es el conjunto de entidades financieras, infraestructura y prácticas que sustentan operaciones financieras que ocurren fuera del alcance de las entidades de regulación nacionales. Incluye entidades como hedge funds, fondos del mercado de capitales y vehículos de inversión estructurados (SIV por sus siglas en inglés).

2) “Trim Excess Capacity to Put China on Path to Sustainability”, Caixin 4/3/2015.

3) “The Great Rebalancing: Trade, Conflict, and the Perilous Road Ahead for the World Economy”, Michael Pettis, Princeton University Press, 2013.

4) Tomando solo las económicas y dejando de lado las enormes dificultades políticas y geopolíticas, así como la viabilidad del financiamiento multimillonario que se ventila sin recurso a las fuentes de capital de los países imperialistas con poca factibilidad.

5) Este plan permitió el financiamiento de economías avanzadas después de una enorme purga de capitales y una drástica reducción del salario que dio lugar a un renovado salto de la acumulación capitalista sin parangón en la historia del capitalismo; nada de esto es posible en relación a los países semicoloniales que forman parte de este megaproyecto que podría terminar agravando muchos de las debilidades que aparentemente se propone resolver de la debilitada acumulación de capital en el plano doméstico chino.

6) “The Great Rebalancing: Trade, Conflict, and the Perilous Road Ahead for the World Economy”, Michael Pettis, Princeton University Press, 2013.

7) Este es el caso de Bangladesh, Vietnam o Camboya recientemente ha donde se han deslocalizado gran cantidad de firmas multinacionales, incluido toda una serie de firmas chinas.

8) Este es el caso en el sur costero de China continental.

9) “Une trajectoire du capital: De la crise de 1929 à celle de la nouvelle économie”, Isaac Joshua Editions Syllepse, 2006.

10) Citado en « Chine. Le grand bond dans le brouillard », Gabriel Grésillon, Editions Stock 2015.






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