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La importancia de llamarse Wilde

El 16 de octubre de 1854 nacía el brillante escritor, poeta y dramaturgo Oscar Wilde

Domingo 16 de octubre | 00:00

Nacido en una familia acomodada de Dublín, en Irlanda, el joven Oscar Fingal Wilde disfrutó plenamente de los privilegios de su clase social y rápidamente logró ser reconocido como un singular escritor entre sus contemporáneos. Su nombre carga también el estigma de la homosexualidad, que le valió la cárcel y la ruina, apagándose su carrera literaria y su vida familiar para una temprana y solitaria muerte en París a la edad de 46 años.

Hijo del médico William Wilde y de la escritora y militante de la causa nacional irlandesa Jane Elgee, Oscar Wilde recibió desde temprana edad una educación en los mejores colegios de Dublín. Hablaba con fluidez el alemán y el francés y se graduó con honores en estudios clásicos. Luego de un corto matrimonio con Florence Balcom, abandonó Irlanda en 1878 para residir en Londres y París. También viajó a Estados Unidos y Canadá para impartir conferencias. Influido por sus tutores y por los círculos literarios de Londres, Wilde adhirió al movimiento esteticista, que postulaba el principio del “arte por el arte”, buscando la exaltación de la belleza y el placer estético por encima del materialismo o la crítica social. Su comportamiento y vestimenta excéntricos fueron objeto de numerosas burlas: Wilde desafiaba los modos y la vestimenta masculina, se vestía con terciopelo, usaba el pelo largo y se comportaba en forma extravagante, identificándose a sí mismo como un genio.

Sin embargo, el esteticismo y excentricidad de Wilde no dejaban de tener su acidez e ironía hacia las costumbres sociales. Publicó numerosos poemas, ensayos, cuentos y obras de teatro; en 1887 comenzó a dirigir la revista feminista The Woman´s World, que abandonaría algunos años después. También publicó, en 1981, un ensayo titulado El alma del hombre bajo el socialismo. En él critica los intentos de someter a los pobres bajo la caridad, y defiende al socialismo como única forma de abolir la pobreza. También lo vincula con los principios del cristianismo, religión a la que finalmente se convertiría antes de morir. Pero, además de la abolición de la pobreza, el escritor anhelaba la libertad que prometía el socialismo, capaz de “relevarnos de la sórdida necesidad de vivir para otros que, en el actual estado de cosas, tanto presiona sobre casi todos”. Y esa libertad deseada se lee entre líneas: “Será maravilloso ver la verdadera personalidad del hombre. Se desarrollará natural y simplemente, como crece una flor o un árbol (…). Su valor no se medirá con cosas materiales. No tendrá nada. y sin embargo, tendrá todo y aunque se le saque, siempre le quedará, tan rico será. No estará siempre entrometiéndose con los demás, o pidiéndoles que sean como él. Los amará por ser diferentes”.

Y Wilde era diferente. Su obra El retrato de Dorian Gray, publicada por primera vez en 1890, desató una fuerte polémica y fue calificado de sucio, afeminado e inmoral, por lo que fue moderado en las sucesivas ediciones por el autor para evadir la censura victoriana. En la novela, el artista Basil Hallward queda fascinado por la belleza del joven y narcisista Dorian Gray, y pinta su retrato; Gray verá consumado su deseo de que el retrato envejezca en lugar de él para conservar para siempre su belleza. Aunque trataba el tema de la vanidad, lo que desató las furiosas primeras críticas, fue el amor homosexual manifestado por el artista al hermoso joven.

Entre sus obras más conocidas se encuentra también la obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, una mordaz crítica a la hipocresía social. En la obra, dos jóvenes aristócratas alternan su vida entre el campo y la ciudad usando el seudónimo de Ernesto, e intentan seducir a dos mujeres con sus vidas ficticias, provocando situaciones ridículas. El título es un juego de palabras que según el idioma y la traducción puede también leerse como “la importancia de ser serio” o “la importancia de ser honesto”. En la obra, se satirizan las costumbres sociales que intentan mantener las apariencias más allá de la realidad evidente. La obra tuvo un gran éxito y fue representada por primera vez en el St. James Theatre de Londres en 1895, tres meses antes de que Wilde cayera en prisión acusado de indecencia y sodomía.

Se presume que Oscar Wilde mantuvo relaciones amorosas con varios varones. Entre ellos se encontraba el lord Alfred Douglas, un íntimo amigo del escritor e hijo del noveno marqués de Queensberry, John Douglas, quien recelaba de la relación de ambos y acusó al escritor de sodomita y de corromper a su hijo. Wilde esgrimió su defensa y acusó al marqués de difamación, pero finalmente fue condenado a dos años de prisión y trabajos forzados en la cárcel de Reading.

La persecución a la homosexualidad se recrudeció y numerosos artistas fueron perseguidos. El caso de Oscar Wilde cobró una enorme repercusión y fue tomado por quienes constituían, en palabras de Jean Nicholas, la primera generación del movimiento homosexual en Alemania y Gran Bretaña, que desde 1866, con el alemán Karl Ulrichs a la cabeza, intentaba despenalizar la homosexualidad y reconocerla como una forma natural de la sexualidad humana. Algunos dirigentes del movimiento obrero apoyaban esta lucha: Lasalle había defendido públicamente al obrero Jean Baptiste von Schweitzer, hostigado por homosexual, y el dirigente socialdemócrata Eduard Bernstein asumió también públicamente la defensa de Oscar Wilde, publicando en el órgano teórico de la socialdemocracia alemana, Die Neue Zeit, artículos que refutaban la idea de la práctica homosexual como acto “antinatural”.

Durante su estadía en la cárcel Wilde sufrió un profundo deterioro, separado de Douglas y también de su esposa y sus hijos. Escribe una extensa carta a su amante, que fue publicada luego de su muerte bajo el título De profundis. Escrita con evidente desesperación, la misma revela una profunda obsesión del escritor con “Bosie”, a quien se dirige acusándolo de indiferencia, insensibilidad y de negar su relación, sin dirigirle una sola línea durante su penosa estadía en la cárcel.

En la carta, Wilde narra con dolor su ruina material, la separación de sus hijos y el fin de su carrera como artista para dar paso al escándalo público y al desprecio. Se refugia en la religión donde busca una explicación a su sufrimiento, y abandona la excentricidad y el esteticismo. Luego de dos años es puesto en libertad y se marcha a Francia, donde se reunirá nuevamente con Alfred Douglas. Luego de vivir juntos durante algunos meses se separan y Wilde pasa los últimos tres cortos años de su vida en París bajo el seudónimo de Sebastián Melmoth.

“¡Cuán mezquino y estrecho es este siglo nuestro, y qué poco apropiado a sus vicios! Al éxito le da un palacio de porfirio, pero no tiene siquiera una choza para la vergüenza y el dolor. Cuanto puede hacer por mí es invitarme a cambiar de nombre, cuando la misma Edad Media me hubiera ofrecido el capuchón del monje o el cubrefaz del leproso, tras los cuales hubiera podido vivir en paz”, se lamentaba el escritor en la cárcel. El 30 de noviembre de 1900, tres años después, moría de meningitis en Francia sin siquiera llamarse Wilde.




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