Internacional

FRANCISCO EN CHILE Y PERU

La gira del papa Bergoglio en el escenario regional

Un viaje papal es, por lo general, una operación política de alcance internacional con una enorme movilización de recursos y propaganda que combina objetivos eclesiales, político-sociales y diplomáticos. La visita a Chile y Perú de Bergoglio es un buen ejemplo de esto.

Sábado 20 de enero | Edición del día

Embajador de “paz social”

La coyuntura del Cono Sur en que arriba el Papa está teñida por gobiernos de derecha no asentados, es decir, que no logran imponer una nueva relación de fuerzas para avanzar cualitativamente en sus planes contra la clase trabajadora y el pueblo pobre. Avanzan a costa de un severo desgaste de su capital político, como le ocurre en Argentina a Macri con la contrarreforma previsional, donde las concentraciones de los días 14 y 18 de diciembre mostraron que habrá de contar con fuerte rechazo en una “sociedad movilizada”. O como el gobierno de Temer, huérfano de legitimidad e impopular, lo que es un factor de incertidumbre permanente en el marco de la crisis orgánica del régimen brasileño. En Chile, el retorno de Piñera a la presidencia dista mucho de ser triunfal, apunta a ser un gobierno que deberá negociar permanentemente en el parlamento y contar con la resistencia a sus planes entre la población. En Perú, Kuczynski afronta una severa crisis política y el repudio en las calles por el indulto a Fujimori, además de importantes muestras de resistencia como han sido las huelgas mineras.

En este marco, el Papa no viene a “desestabilizar” a la derecha sino a predicar “paz” y “reconciliación” en pos de la “gobernabilidad” y el orden. Reclama mayor “sensibilidad” y acción contra la pobreza para contener las tensiones sociales que el ajuste profundiza. Su estrategia apunta a fortalecer a la Iglesia como factor de mediación recuperando peso social entre los trabajadores y el pueblo humilde. Ese es el sentido de la retórica hacia los “movimientos populares”, la juventud y los pueblos originarios, como al hablar a los mapuches en Temuco o como hará ante representantes indígenas del Perú en la próxima escala en Puerto Maldonado, a orillas del río Madre de Dios.

El Papa promueve una mayor influencia política y organizativa de la Iglesia en los “movimientos sociales”, para canalizar sus reclamos dentro del régimen y bloquear una eventual radicalización de sus luchas, defendiendo y utilizando, a la vez, el enorme poder que ya tiene el aparato clerical en la educación, la salud y las políticas sociales de estos países.

Este posicionamiento ocasiona fricciones políticas con algunos gobiernos de derecha, con los que por otra parte, la Iglesia comparte mucho de la agenda conservadora y pro-empresarial, de allí la frialdad con Macri o con Piñera, así como las críticas que sectores de la derecha le hacen a Bergoglio por su papel internacional por ejemplo, en el diálogo entre gobierno y oposición en Venezuela o entre Cuba y Estados Unidos. Es obvio que si el Papa no hiciera política, la iglesia no podría jugar ese papel de mediador al servicio del orden. Esa demagogia pseudoprogresista no cambia para nada el rol reaccionario de la institución clerical, gran factor de poder en los países latinoamericanos, ligado históricamente a la clase dominante por múltiples vínculos “pastorales”, económico-financieros y socio-políticos.

Como parte del giro a derecha en América latina hay una reacción contra los avances del movimiento de mujeres, de los derechos de las personas LGTB y otros elementos que cuestionan el conservadurismo y machismo en la sociedad. Católicos, evangelistas y otras sectas fogonean una guerra contra lo que llaman “ideología de género” y alimentan la homofobia, además de alentar el oscurantismo religioso en la educación. Ahora bien, la iglesia católica está atravesada por una profunda crisis que dificulta el jugar el rol de “gran mediadora” y debilita su autoridad como “policía de moral” y custodia de los “valores cristianos”. La estrategia de Bergoglio busca “revitalizarla” también en este terreno, más “espiritual” que el de la política profana.

Salvar a la Iglesia a costa de las víctimas de abuso

Desde el punto de vista pastoral, la tarea más urgente del Papa es ayudar a contener la crisis estructural que atraviesa la Iglesia chilena, hundida hasta el cuello en escándalos de abusos sexuales y otros, entre los que el caso más notorio es el del cura Fernando Karadima, protegido hasta último momento por la jerarquía local. Bergoglio hace una maniobra de “control de daños” pidiendo “perdón”, pero que no es más que, como tuiteó Juan Cruz Ch., una de las víctimas: “…Otro titular barato. Basta de perdones y más acciones. Los obispos encubridores ahí siguen. Palabras vacías. Dolor y vergüenza es lo que sienten las víctimas”. En efecto, Bergoglio dice “manifestar el dolor y la vergüenza ante el daño causado a niños por parte de ministros de la Iglesia"… flanqueado por Juan Barros, el obispo encubridor de los abusos de Karadima, fuertemente repudiado en su jurisdicción de Osorno, en una elocuente muestra de que el objetivo papal es preservar a costa de las víctimas las estructuras de una Iglesia en la que el abuso y su encubrimiento son sistemáticos.

En Perú lo aguarda otro notorio escándalo: el del grupo católico conservador Sodalicio de Vida Cristiana (SVC), desde hace años centro de denuncias por abusos sexuales a menores por su fundador. La curia peruana y el propio Vaticano hicieron lo imposible para protegerlo… Recién una semana antes de la visita del Papa se lo intervino con un "comisario apostólico" en una maniobra para escamotear el tema a la justicia y acallar la tormenta.

En ambos países se trata de cleros profundamente ligados al poder, envueltos también en maniobras financieras e inversoras “non sanctas”, cómplices de regímenes contrarrevolucionarios autores de brutales delitos de lesa humanidad y defensores de su nefasta herencia hasta la actualidad. Baste señalar el rol de la jerarquía católica chilena desde el golpe pinochetista. O el papel del cardenal Cipriani en Perú, antiguo aliado de Fujimori.

Bergoglio combina una “táctica” defensiva de reconocimiento formal de los pecados eclesiásticos con la pastoral de masas ante las grandes concentraciones y a través de los medios informativos, llegando a millones en países en los que la “fe” anda alicaída últimamente. Pero va más allá, vino a insistir en su estrategia para “revitalizar” a la Iglesia, pugnando por ganar para ella a los cleros locales reticentes. Tal fue el contenido general del discurso que dio ante curas, monjas y novicios de todo Chile en la catedral de Santiago. Fue todo un programa para enfrentar la crisis: para responder a las denuncias de abuso, les dice que reconozcan “el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias”, pero también está “el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza”… un hipócrita discurso exculpatorio que pretende igualar a las víctimas con la estructura que cobijó a sus victimarios y encubre el abuso, para defender la impunidad.

Para remoralizar y movilizar al clero les invita a evitar que “Pedro (es decir la Iglesia) se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo paralizado, como nos puede pasar en estas situaciones” los llama a aceptar que “están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos” (es decir, que la imagen clerical del mundo ha perdido la batalla), evitar “la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que terminan siendo no más que buenos monólogos” y salir al mundo, a predicar el evangelio, pero adaptando el discurso y la actividad a los nuevos tiempos. Marca así un camino ante el retroceso que viene sufriendo la Iglesia, particularmente en América Latina.

La crisis de la Iglesia Católica en América latina

Aún en América latina, considerada todavía como “la mayor reserva mundial del cristianismo”, la iglesia está en graves problemas. Sigue teniendo una enorme y nefasta influencia en la vida política, gracias a sus múltiples lazos con el Estado, con los militares y con la burguesía, además de la educación, las políticas de asistencia social y su importante poder económico. Pero las iglesias reúnen cada vez menos feligreses, escasean las “vocaciones” religiosas y sus preceptos son cada vez menos acatados: sólo una minoría de católicos rechaza el divorcio civil o el uso de preservativos. Por un lado, asiste a una crisis de la religiosidad, donde el dogma católico tradicional choca con múltiples aspectos de la vida contemporánea. Por otra, su papel reaccionario ha desacreditado a la curia en sectores importantes de la sociedad.

“Todo indica que es irreversible la pérdida de hegemonía de la Iglesia Católica y que la ilusión de un ‘continente católico’ se ha quedado en eso: una ilusión” escribe el historiador, teólogo y ex jesuita Rodolfo de Roux, esto, como consecuencia del “incremento del pluralismo religioso, consolidación del pentecostalismo, progreso de la secularización de la sociedad, erosión de la hegemonía católica”.

425 millones de latinoamericanos se definen como católicos, es decir, un tercio de la feligresía mundial. Pero, en términos relativos, el peso del catolicismo en la región viene cayendo. En 1970 un 92% de los latinoamericanos se definía católico, En 2014, esa proporción había bajado al 69%, mientras que los evangélicos y otros protestantes trepaban del 4 al 19%. En Perú ha descendido a un 76%, en Chile al 64%, en Brasil, histórico bastión católico, a sólo un 61%. Paralelamente se han multiplicado cultos de origen africano o indígena, el “new age” y otras tendencias, mientras aumentó también la proporción de agnósticos y ateos declarados.

Esa pérdida de posiciones en lo ideológico-religioso se combina con un desafío político: en Brasil, Perú, Colombia, Centroamérica, etc., los evangélicos y otros protestantes se han constituido en influyentes actores políticos que rivalizan con la iglesia romana en anticomunismo y conservadurismo patriarcal.

Cambios sociales, culturales y políticos, además del múltiple retraso de la Iglesia: su alianza con el imperialismo y su compromiso con todos los regímenes reaccionarios habidos y por haber, desde las dictaduras militares de los 70 a los regímenes neoliberales de los 90, su ubicación conservadora en lo que va del siglo XXI en el que, además, entró con el “paso cambiado” bajo el timón de los papas Woijtila y Ratzinger, que endurecieron el conservadurismo político y doctrinario como estrategia defensiva ante los nuevos tiempos de mayor “secularización” cultural. Con ello, terminaron profundizando la crisis de la que son explosivas manifestaciones los “trapos sucios” de la Iglesia expuestos en varios frentes: la multiplicación de escándalos por el abuso sexual de proporciones “sistémicas” con miles y miles de denuncias en todo el mundo; la corrupción y aventuras financieras de los “banqueros de dios”; las complicidades con crímenes de lesa humanidad y genocidios como en Argentina.

A Bergoglio se lo eligió para ensayar una “lavada de cara” del impresentable rostro que iba mostrando la iglesia con Benedicto XVI, paladín del retorno a la “gran disciplina”. Sería un Papa “renovador”, airearía un poco los pestilentes sótanos vaticanos, y abriría una nueva “primavera” para el catolicismo en retroceso. Al mismo tiempo, Bergoglio era una garantía de moderación, como mostraban sus sólidos antecedentes conservadores, bajo la dictadura militar como bajo el menemismo. Claro, corregiría un poco el rumbo adaptándose a los nuevos tiempos… “cambiando algo para que nada cambie”, porque desde el Vaticano, como de costumbre, todo se resuelve según los fines y saberes de la más antigua y extendida institución contrarrevolucionaria de la historia. Aún así, la “guerra vaticana”, expresión de la resistencia interna de poderosos sectores ultraconservadores de la iglesia, que se oponen a los menores cambios por razones tanto ideológicas como bancarias, así como la inconsistencia del “mensaje de Francisco” ante la cruda realidad económica, social y política capitalista, muestra los límites del “bergoglismo”. Es posible que la estrella del Papa jesuita haya pasado el momento de su mayor brillo.








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