Cultura

HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO ARGENTINO

La formación del gremio de los telefónicos

El 2 febrero de 1919 se conforma la Federación Argentina de Telefonistas, la primera organización de los trabajadores telefónicos. Sus luchas se inician mucho antes, prácticamente en simultáneo con la aparición de las primeras compañías de teléfonos.

Viernes 2 de marzo | Edición del día

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Empresas telefónicas en Argentina*

Desde 1860-70, se iniciaron en el país cambios destinados a transformar la estructura económica-social, a través de la cual se produciría la integración a la economía mundial. Tres ejes tuvo ese proceso: comercio exterior, inversiones de capital extranjero e inmigración.

La orientación económica de las clases dominantes, se apoyó en la situación favorable que les ofrecía a una economía agro-exportadora relegada por la división internacional del trabajo a la producción de alimentos y materias primas agropecuarias, contando para ello con un elemento natural fundamental: una de las mejores tierras del mundo.

Desde 1883 se construyeron los primeros frigoríficos argentinos, que fueron reemplazados por los que se crearon con capitales británicos y norteamericanos para servir a las demandas del mercado inglés. Las carnes congeladas, se sumaron a las exportaciones de ganado en pie, lo cual obligó a las viejas estancias a que se modernizaran.

Todo fue acompañado de inversiones extranjeras en el ferrocarril, que en tres lustros duplicaron la red. En 1900 se contaba con 16.500 km. Desde 1890, más del 80% se encontraba en manos del capital privado, casi en su totalidad de origen británico. El ferrocarril fue un factor clave en la revolución agropecuaria, y sus dueños se beneficiaron con la riqueza que ésta producía.

Bancos extranjeros ofrecieron al Estado argentino sucesivos empréstitos: 69 millones entre 1880 y 1900, realizando además cuantiosas inversiones en explotaciones productivas, asegurándose de esa manera sectores importantes de la economía. Quedaron en su poder los dos grandes sistemas industriales organizados hasta entonces: los ferrocarriles y los frigoríficos.

La llegada de los teléfonos, respondió a las mismas causas que la instalación de las líneas férreas y el telégrafo. Los capitales europeos vieron una excelente oportunidad de hacer inversiones y nuevos negocios en el país, aportando al creciente desarrollo.

Teléfono de 1880

Es llamativa, la celeridad de su instalación en nuestro país, habida cuenta de que Graham Bell, había patentado su descubrimiento en 1876.

Dos años más tarde, Fernando Newman y Alejandro Cayol realizaban en Buenos Aires, con aparatos construidos y preparados en el país, un ensayo auspicioso, verificado por el ingeniero Luis A. Huergo, los catedráticos italianos Speluzzi y Rosetti y el ingeniero telegráfico Rodolfo Warners. Era el 17 de febrero de 1878 y las pruebas resultaron satisfactorias a más de 600 metros.

La Prensa y La Nación, a dos días de la experiencia, comentaban que “a tan larga distancia se mantuvieron conversaciones perfectamente inteligibles”.

Poco más tarde, las pruebas continuaron, esta vez entre la Estación del Parque (hoy Plaza Lavalle) y Mercedes, en la Provincia de Buenos Aires, que se realizó a través del Telégrafo del F.C. del Oeste, la primera comunicación de larga distancia. Además, la Policía Federal vinculó sus seccionales 7 y 13 con el Departamento Central y el despacho del Ministerio de Gobierno.

Vendría una etapa de hegemonía inglesa. Sin embargo, la primera empresa telefónica fue de don Clement Cabanettes, quien con capitales argentinos, fundó en el año 1880 e inauguró la primera central telefónica a cargo de la Sociedad Nacional del Panteléfono.

Clement Cabanettes

La introducción del teléfono se produjo cuando ya el telégrafo se hallaba ampliamente extendido, constituyendo una extensa red serpenteada fundamentalmente a lo largo de las líneas férreas y que por lo tanto recorría el camino de los negocios de la oligarquía y de la penetración del capital ingles. Clemente Cabanettes, era un francés emprendedor que había fundado la localidad de Pigüé, en la provincia de Buenos Aires.

Luego en 1882, se creó en Buenos Aires la Unión Telefónica del Río de la Plata con capitales ingleses. Ante la gran competencia el Sr. Cabanettes, transfirió su compañía a esa empresa inglesa.

Sala de conmutadores de la UT

Mientras tanto, en 1886 se conformó en Inglaterra la United River Plate Telephone Company, comprando los bienes y servicios de la Gower y de la Compañía Unión Telefónica. De esa manera se iniciaba una metodología combinada de fusión, transferencia y absorción como formas de crecimiento y control casi monopólicas del servicio. La proliferación de compañías y posteriores transferencias, revelan así la acción concertada de los testaferros del capital inglés. Operó desde ese año con el nombre The United River Plate Telephone Company en Inglaterra y Compañía Unión Telefónica del Río de la Plata en la Argentina (UT).

Un año más tarde, en 1887, se instaló en Buenos Aires la Compañía Telegráfica y Telefónica del Plata, integrada por capitales alemanes, y Don David H. Atwell, fundó la primera cooperativa telefónica en nuestro país que funcionó hasta 1925.

Por consiguiente, ingleses y alemanes tuvieron en sus manos por muchos años la exclusividad del servicio telefónico del país.

La situación de las empresas telefónicas, motivó el 11 de enero de 1887 un editorial de La Nación, titulado “El teléfono y el espíritu público”, que planteaba “Donde no hay espíritu, no son solamente los gobiernos los que se atreven contra el público. Todo el que tiene en su mano un servicio tiende a convertirse en tirano y a imponer por ley su voluntad y su avaricia, sobre todo cuando el servicio es casi imprescindible para el que lo recibe y cuando la competencia es imposible o no se verifica en circunstancias determinadas. En las instalaciones telefónicas sucede algo peor. Cuando existían dos compañías desligadas y en guerra permanente, todo lo prometían y todo se esperaba, en la mejora del servicio y de los precios (pésimo el primero y exorbitantes los últimos), para cuando tuviera lugar la reunión de esas empresas. Al fin el hecho se realizó y, con sorpresa de todos, el debía envolver la más sórdida e insolente conspiración contra el público. Las compañías fusionadas venían ensayándose de antemano en el camino de los abusos. No sólo servían mal y de mala voluntad, cobrando caro, sino que se permitían exacciones de todo género. Una de éstas era el uso gratuito, obtenido a veces instalaciones de que ellas solas sacaban provecho. Ahora, en lugar de haber corregido estos abusos, el servicio ha empeorado y la Unión Telefónica, que no era sino la confabulación de dos empresas, se ha presentado elevando todavía sus precios. Es el primer hecho de este género que nos pone a prueba y su resolución dará la regla de lo que puede intentarse o de lo que nadie se atreverá a intentar en lo sucesivo”.

El progreso continuó, en 1889 cuando se instaló un cable subacuático para conectar Buenos Aires-Montevideo, que fue el primero de ese tipo en el mundo y segundo en la telefonía internacional. Entre 1888 y 1890 se construyeron las líneas interurbanas y, entre 1920 y 1930, se ubicó el primer circuito intercontinental y las comunicaciones con Europa.

Cableado a la casa de gobierno en 1990

A fines de 1880, la Sociedad Pantelefónica de Locht, abrió sus oficinas en la calle Florida entre Bartolomé Mitre y Cangallo. El conmutador de Locht admitía sólo veinte abonados.

De acuerdo a las crónicas periodísticas de la época “En la calurosa mañana del martes 4 de enero de 1881, el técnico francés Víctor Anden llamó a la puerta de una gran casona ubicada sobre la calle Florida, entre Tucumán y Viamonte. Su dueño, el doctor Bernardo de Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores, estaba por salir para la Casa de Gobierno, pero antes de hacerlo vería colocado el primer teléfono del país. El segundo teléfono fue para la casa del presidente Roca”.

El mismo día se instalaron también otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación, general Roca; del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del ministro de Guerra y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club hasta totalizar el número de veinte”.

El miércoles 5 de enero de 1881 se produce la primera llamada experimental. A diferencia de la charla que mantuvieron Graham Bell y Watson, la nuestra salió mal. Por ser el abonado N° 1, Bernardo de Irigoyen llama al general Roca, pero se adelanta a atender uno de los sobrinitos de Roca, que se acerca al tubo y lo inunda con su parloteo. Poco familiarizado con el nuevo aparato, colgó indignado, pidiendo a los técnicos que hagan más ensayos hasta acabar con los ruidos”.

El misterio se aclaró unos minutos después, cuando Roca llamó al canciller y le explicó la intervención de su sobrinito. Por lo tanto, la primera conversación telefónica argentina fue entre Bernardo de Irigoyen y el sobrino de Roca, cuyo nombre se ignora. Luego las instalaciones continuaron, y esta vez le tocó al presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo T. de Alvear.

La primera guía Pantelefónica era de una hoja y los abonados para fines de 1881 alcanzaban la cifra de 200. Antes de que esa empresa llegara al país y a dos años de la consagración de Graham Bell, dos emprendedores del país, Bartolomé Cayol y Fernando Newman comenzaron a hacer experimentos con aparatos propios que, según el diario El Nacional, “son al parecer mejores que los que vienen del exterior, y ya pasan de una docena los pedidos que tienen ya estos inteligentes mecánicos”. Sin el aval político y con la instalación de la empresa Pantelefónica de Loch, la iniciativa local no prosperó.

En una comparación muy poco feliz, esos días el general Roca declaraba: “estimo que la difusión de estos aparatos en la Argentina será tan decisiva para su progreso como nuestra expedición al desierto”.

Puede calcularse que hacia fines de 1881 ya pasaban de doscientos los abonados telefónicos de Buenos Aires, y en 1883 ya se habían instalado en la ciudad varias oficinas telefónicas en distintos barrios.

Al año siguiente, había 600 abonados. Los aparatos de entonces, verdaderos armatostes de madera, se alimentan a pila y funcionan con una sola línea de alambre galvanizado, tendida sobre pequeños postes ubicados en las azoteas de las casas, que parte de una torre de distribución montada en el techo de la central. Para obtener la comunicación debía llamarse a la oficina, haciendo girar la manivela. El operador se hallaba de pie frente al conmutador, recibía la solicitud y unía a los dos teléfonos. Durante un tiempo esas tareas la realizaron los varones.

El primer conflicto: octubre de 1883

El gremio telefónico cuenta en su haber con mucho más años de lucha de los que se supone. Los obreros y empleadas de las compañías telefónicas instaladas en el país, hicieron sus primeras armas y aparecen en la vida del movimiento obrero argentino, como primitiva organización sindical, con una solicitud de incremento salarial el 11 de octubre de 1883.

Hacía apenas un año que se habían instalado los primeros teléfonos en Buenos Aires.

Fue el primer reclamo colectivo, y también el primer triunfo, pues se obtuvo el aumento solicitado, además se recibió el apoyo de parte de los usuarios, dándose una coincidencia muy distinta de lo que sucedería más de cien años después, con la privatización de Menem, donde los abonados apoyaron las medidas tomadas por el riojano.

El hecho se circunscribió a la reacción de los trabajadores frente a la negativa empresaria de dar curso favorable a un pedido de incremento salarial.

Los protagonistas, fueron un reducido número de trabajadores, con poca experiencia y sin vinculación con los activistas socialistas o anarquistas, ya que presentaron sus renuncias durante el conflicto. Luego ese error fue neutralizado gracias a los usuarios y al periodismo. Obraron en forma espontánea y sin las experiencias que ya tenían algunos grupos de obreros.

La empresa Gower-Bell despidió a los trabajadores y los reemplazó por personal sin experiencia, hecho que resintió el servicio.

Teléfono de Gower-Bell de 1881

El conflicto tomó estado público cuando se conoció el abandono de las tareas por parte de algunos operadores y el posterior despido de todos ellos.

Los usuarios fueron los primeros en advertir la existencia del conflicto, pues se dejó de prestar el servicio con normalidad. El resto de la población fue notificada por los diarios a partir del 10 de octubre.

La Compañía de Teléfonos Gower-Bell desarrollaba sus actividades teniendo como competidora en el mercado a la Unión Telefónica del Río de La Plata y no precisamente de manera virtual. Además de exaltar las bondades de su sistema, ésta había lanzado una promoción de sus servicios bajo el lema a menos precio que cualquiera otra Compañía, en franca alusión a su única rival: la Gower-Bell.

Entretanto y durante el curso del año 1883 la Gower-Bell distribuía sus ingresos entre el mantenimiento del servicio, la ampliación de la red que ya excedía los límites de la ciudad es decir la colocación de postes y tendido de cables, más la apertura de algunas nuevas oficinas, y los resultados no le fueron desfavorables.

Al comenzar 1884 en la sección de informaciones de un diario de Capital Federal, se notificaba que:

“La compañía telefónica Gower-Bell ha publicado una nueva lista de sus abonados. Es asombroso el incremento que va tomando cada día y con razón, pues es la única compañía seria a más de tener los únicos aparatos perfectos”.

Las noticias periodísticas pusieron de manifiesto la existencia de un enfrentamiento con los trabajadores, por los sueldos que abonaba la Compañía GowerBell. No se sabe si en principio los afectados reclamaron cada uno por su cuenta o en forma conjunta, es decir si el origen del conflicto fue individual o colectivo, de acuerdo con el proceder de los reclamantes, también se desconoce si las partes intentaron lograr un entendimiento. En esas épocas, cuando las diferencias excedían el mero pedido terminaban de una sola manera: los empleados descontentos iban a la calle y se los reemplazaba por otros sumisos o se tomaban nuevos.

En la primera semana de octubre de 1883 comenzaron las dificultades en la GowerBell con un sector de sus empleados. Cuando se comunicó el miércoles 10, en un diario de la mañana, lo que estaba ocurriendo ya la Compañía había tomado la determinación: despidieron a la totalidad de los disconformes y en su reemplazo incorporaron nuevo personal. Por eso es que el martes 9 solicitaron al diario La Prensa que informara a los lectores sobre “algunos pequeños lapsus en el servicio durante dos o tres días”.

Sin aclarar las causas de la medida, pidieron hacer público que “con motivo de haber despedido en masa a los empleados de la casa Central”, los nuevos tardarían unos días en estar “al corriente de los cambios”, probablemente “dos o tres días”.

De esta información, incluida en la edición 4180, se deduce que la empresa asumió una actitud de negativa terminante, alentada porque el conflicto se había circunscripto al personal de la oficina central, todos ellos operadores, aunque existiera malestar entre el resto.

Pocas horas después, ese mismo día apareció en el vespertino de Manuel Láinez una rectificación de lo informado por el matutino La Prensa. Los obreros en conflicto llegaron hasta la calle San Martín 114, e hicieron entrega de una nota aclaratoria respecto del comportamiento de ellos. De esta manera se supo que habían decidido dar por terminada su relación laboral, al no ser satisfechos sus reclamos.

La redacción de El Diario, así se llamaba el medio periodístico de Láinez, intercaló en su edición del miércoles 10 de octubre la nota firmada por los empleados:

Buenos Aires, Octubre 10 de 1883.

Señor Director de El Diario

Los abajo firmados exempleados del Teléfono GowerBell, rogamos á Vd. inserte en las columnas de su apreciable diario lo siguiente:

Hemos visto en varios diarios de la mañana que se nos había despedido de nuestros empleos, lo cual es al contrario.

No hemos sido despedidos sino que hemos renunciado a nuestros empleos por no querernos pagar el sueldo que pedíamos.

Con este motivo saludamos á Vd. con toda consideración.

Rafael Daleci David Aguirre Marcelino Agudin Isac Anguita Arturo Loveira Ricardo González Carlos Lovatto Guillermo MacGrath-Manuel Silva.

Al parecer otros diarios de la tarde también la difundieron, así lo manifestó La Prensa el sábado 13 y aprovechó para incluir un resumen del contenido de dicha nota.

Este es el documento más antiguo vinculado con un conflicto laboral de los empleados telefónicos, y es la constancia de la primera vez que nueve de ellos hicieron oír su voz al unísono para rectificar a la parte empleadora, y reclamar mejora salarial.

La nota de los empleados permite aclarar con exactitud lo ocurrido en esa oportunidad, se trató de un conflicto. La documentación no muestra ni permite inferir que los empleados hayan efectuado un paro de actividades; en cambio los diarios de entonces afirmaban que era una huelga. Lo cierto es que la GowerBell no lo denunció como tal y los empleados se limitaron a aclarar que no fueron despedidos sino que habían renunciado. Esto no implica negar la posibilidad de alguna protesta intermedia, entre el reclamo y las renuncias.

Con la renuncia los empleados en conflicto rompieron el vínculo laboral. La renuncia derogó el negocio constitutivo y, en consecuencia, dejó sin efecto el contrato entre ambas partes.

Aquí pudieron haber influido dos razones: o los obreros ignoraban, por carencia de formación y ausencia de orientación, que después de la etapa de protesta restaba la alternativa de la huelga, o no se debe descartar la posible injerencia de la Unión Telefónica del Río de La Plata, única empresa competidora. Para comprender esta segunda posibilidad es necesario advertir que ya en 1881 las empresas, Sociedad Nacional del Panteléfono, Compañía Continental Telefónica del Río de La Plata y Compañía de Teléfonos Gower-Bell, por rivalidades en la explotación llegaron a la mutua agresión de hecho.

La desvinculación laboral de los empleados renunciantes con la Compañía GowerBell fue temporalmente breve, esto lo determinaron tres factores no previstos por ambas partes: los nuevos empleados sustitutos con su falta de celeridad en asimilar las tareas laborales, los usuarios con protestas por el mal servicio y el periodismo con la solicitud de normalización de las actividades. Además, los renunciantes o no lograron obtener nuevos empleos, o bien habían tomado la determinación como recurso intimidatorio, porque en los días sucesivos se comprobó en ellos interés por retornar a su ocupación laboral.

Central telefónica de Santiago del Estero. 1903

Para pedir paciencia a los usuarios, hasta tanto los nuevos empleados se ponían prácticos, la Gower-Bell se vio obligada a decir algo más. Gracias a ello los empleados pudieron fijar públicamente su posición y aclarar lo que la empresa dejó a oscuras. El resultado fue que todos se enteraron de lo que estaba ocurriendo. Los usuarios comenzaron a inquietarse y luego alzaron voces de protesta: el servicio no se regularizaba, la deficiencia se había generalizado y permanecía.

Además de no omitir detalle sobre la aclaración de los empleados, el matutino de José C. Paz efectuó un pedido público a la Compañía Gower-Bell, que insertó en la edición 4183 bajo el epígrafe Teléfonos Gower-Bell, con lo cual sin quererlo benefició a los empleados renunciantes.

Pedimos a la Dirección de ese servicio que apresure cuanto le sea posible la instrucción de sus empleados nuevos, que llevan algunos días de aprendizaje y parece, según los resultados que adelantan poco en la enseñanza. Pasan los primeros días por ser nuevos, pero ya se van haciendo viejos y sin embargo, tardan largo rato en contestar”.

Las protestas efectuadas por los abonados provocaron una rectificación de la compañía en su proceder. Los medios informativos coincidieron en señalar que la urgente solución benefició a los usuarios: para La Prensalos abonados están de felicitaciones pues el servicio volverá a hacerse con la seguridad de costumbre”.

Resta saber cómo se solucionó el conflicto entre ambas partes, el que había perjudicado a los abonados y cuya reacción superó el límite de lo previsto: los empleados disconformes y renunciantes, y por qué se rectificó una actitud tan terminante como la de considerar cesantes a los empleados, que, según éstos, habían renunciado: es que “no ha tenido (la Gower-Bell) otro recurso, dice La Prensa “en la imposibilidad de suplir la falta de aquellos”. De lo cual se deduce que los hombres son reemplazables, pero no siempre sin ellos es fácil mantener la eficiencia. En este caso lo demostraron las protestas de los usuarios. De este relato podemos inferir que este conflicto de los telefónicos con sus patrones, se inscribe entre las primeras luchas gremiales en nuestro país.

(*) Esta nota es parte del libro Sitratel Rosario: telefónicos en la historia. De su origen a la actualidad, de Leónidas Ceruti.







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