Mundo Obrero

PANORAMA SINDICAL

La “eterna” traición de la cúpula de la CGT

El diálogo con el Gobierno y la “estrategia” de la espera permanente. Una prudencia sindical que se extiende por todo el país. Razones de fondo para tanta tregua.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Sábado 8 de octubre | Edición del día

“El 4 de octubre, la conducción del movimiento obrero eliminó a Di Pietro para facilitar las relaciones con el gobierno. Durante su gestión, Di Pietro había amenazado con la huelga general, y eso no se hacía con un militar católico y comprensivo, eso era “hacerle el juego a la reacción” y esta vez –a diferencia del 17 de octubre- primaron los sensatos, los que eligieron desatar su suerte sindical de la del peronismo y ataron la suerte de los peronistas a la de sus sindicatos claudicantes. Tras admitir que dejaban de ser lo que eran en 1950: la cuarta rama del partido peronista, colaboraron abiertamente con el nuevo gobierno en nombre de un viejo argumento: sobrevivir”. (Alejandro Horowicz, Los cuatro peronismos).

El espíritu de casta conservadora que se evidenció ante el golpe gorila de 1955 no había nacido de la noche a la mañana. Por el contrario, el mismo emergió de manera simultánea a la reorganización peronista de la CGT. Fue su resultado casi natural. El “arte de sobrevivir” pasó a ser el centro de la dirigencia sindical burocratizada.

Si Cristina Fernández podía vanagloriarse ante Hugo Moyano de que nadie recordara el nombre del secretario general del CGT en época de Perón, esto también tenía su razón de ser en el sello gris que marcaba a una burocracia cuya función esencial era la obediencia. José Espejo no era más que el nombre ocasional de una dirigencia habituada a recibir órdenes y cumplirlas.

La CGT peronista se constituyó en un factor de orden dentro de las filas obreras, en el brazo sindical del que propugnaba ser el partido del orden dentro de la sociedad, después de haber jugado el rol de partido de la contención.

Agreguemos que “orden y contención” son dos caras de una misma política, cuya tarea estratégica era (y sigue siendo) evitar la irrupción independiente de la clase trabajadora en la arena política nacional.

Cerca de un lustro antes de que se iniciara esa política de estatización de las organizaciones sindicales por parte de Juan Domingo Perón, miles de kilómetros al norte, en México, el dirigente revolucionario ruso León Trotsky había escrito que la burocracia sindical funcionaba como la policía política al interior de las filas obreras. La definición no podía ser más certera.

El carácter de casta de las conducciones sindicales no hizo más que profundizarse conforme pasaron los años. La clase capitalista nacional y extranjera encontró en esos dirigentes “sabios y prudentes” (Perón dixit) la mejor garantía para la estabilidad de su dominación social.

Los años 70, donde esa burocracia armó e integró las bandas paramilitares de la Triple A, vinieron a confirmar de manera brutal ese lugar dentro del esquema de control social del capital.

Los 90 fueron el momento en el que la traición permitió abrir el paso a la consecución de pingues negociados. La burocracia sindical devino en burocracia con intereses empresariales. La casta conservadora amplió las razones para su quietud y pasividad.

La “estrategia” de la espera permanente

“Si en el Gobierno triunfan los que creen que hay que tener una rigidez fiscal y monetaria, creo que no tendremos ninguna salida y triunfarán aquellos que dicen que el paro es más barato que el bono”.

Quien habla es Héctor Daer, uno de los flamantes secretarios generales de la CGT. Cada frase que pronuncia pone en evidencia el temor ante la posibilidad de tener que convocar a un paro nacional. No es el único. Ayer, el dirigente de la UTA, Roberto Fernández rechazó “hacer un paro político” y volvió a pedir “prudencia”.

La “estrategia” de la espera permanente y el diálogo asume, por estas horas, una nueva forma táctica. La dirigencia de la CGT, en aras de hacer todo lo posible para evitar llamar a una medida de fuerza, intenta utilizar las brechas existentes dentro del Gobierno.

La búsqueda de separar “gradualistas” de “liberales” solo pone en escena la impotencia de una política que estuvo centrada en apelar a las amenazas verbales para forzar concesiones del Gobierno.

Esa misma práctica pone hoy en apriete a la conducción cegestista. Ayer nomás, intentando capear las críticas, en un programa de TV, Omar Plaini se refirió a los “compañeros confundidos” que opinan que “estamos en una connivencia” con el Gobierno. La aclaración no hace más que embarrar a quien la pronuncia.

La CGT es presa de su propia retórica. El paso de las amenazas a una suerte de ruego hacia el Gobierno no hace más que mejorar la posición del oficialismo y las patronales. La actual prepotencia gubernamental sería imposible si hubiera habido una mínima continuidad en las calles de la movilización masiva del pasado 29 de abril.

Pero la misma tuvo el tinte de un vandorismo decolorado o light, que agotó su función en el momento en que Macri firmó la devolución de varios miles de millones de pesos en concepto de pagos por las obras sociales.

Prudencia federal

El federalismo parece ser una de los rasgos de la nueva reunificación sindical. Lo que se federaliza es tanto la unidad como la práctica conservadora que acompaña la misma.

Hace poco menos de dos semanas, luego de una importante movilización, José Pihen, el actual titular del SEP y de la CGT Córdoba, había anunciado un paro provincial para el 20 de octubre. El anuncio incluía la posibilidad de un cambio en la fecha en función de empalmar con la medida nacional que se anunciaba como “inminente”.

Sorpresivamente, en la semana que pasó, el paro se convirtió en una jornada de protesta, que pasó para el día 19 de octubre. Para que no queden dudas de que se pisaba el freno, el plenario de la CGT cordobesa definió que la medida de acción de esa jornada será una “movilización de los Gremios con Cuerpos Orgánicos”. El comunicado emitido deja abierta la posibilidad de que cada organización vea la forma de “garantizar la participación de la mayor cantidad de compañeros en la movilización callejera”. Por las dudas se elige deliberadamente no mencionar la palabra “paro”.

En Mendoza, Rodolfo Calcagni, el titular de la CGT, por estos días mostró que lo suyo también es la quietud y el conservadurismo. En un reportaje radial afirmó que “lo último que nosotros hacemos es tomar idas de fuerza cuando ya se termina el diálogo y no tenemos respuesta, porque las bases nos exigen, no es que lo decidamos los dirigentes”.

La confirmación de que haría todo lo posible por evitar una medida de fuerza, vino segundos después, cuando agregó que “si la CGT nacional decide un paro, en Mendoza se hará una reunión con todos los secretarios generales de los gremios para analizar si se adhieren a la medida o no”.

Dos mundos

La tregua de la cúpula sindical sigue siendo un factor de primer orden a la hora de garantizar la gobernabilidad de la CEOcracia. El aporte que el Frente Renovador, Bloque Justicialista y FpV realizan en las diversas cámaras parlamentarias, tiene su correlato a nivel social como resultado de la “prudencia” cegetista.

Eso no obsta para que se sigan desarrollando múltiples procesos de resistencia por parte de sectores de trabajadores que enfrentan la ofensiva conjunta de empresarios y Gobierno.

Una parte de esos sectores en lucha hallará expresión este fin de semana en Rosario. En el XXXI° Encuentro Nacional de Mujeres se encontrarán las protagonistas de importantes peleas en todo el país. Peleas no solo contra las consecuencias del ajuste sino también para terminar con los femicidios y la violencia hacia la mujer, o por derechos esenciales como el del aborto legal, seguro y gratuito.

No será el único terreno en donde podrán confluir los sectores que enfrentan el ajuste y sus consecuencias. En poco más de un mes, en el estadio de Atlanta, la convocatoria a los sectores combativos y antiburocráticos vendrá de parte del Frente de Izquierda.

Más información: El Frente de Izquierda sale a la cancha: seamos miles en Atlanta

Ese será un escenario que permitirá avanzar en el camino de la pelea estratégica por barrer a la burocracia sindical peronista de las organizaciones sindicales. Esa burocracia que, desde hace décadas, parasita las organizaciones obreras en función de sus propios intereses de casta.




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