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La disciplina de las balas: tres claves para su lectura

Ediciones IPS presenta una breve reseña del libro de Carla Lacorte. Hoy dejamos disponible el capítulo 1 de su libro en momentos donde las movilizaciones contra el abuso policial ganan las calles en EE.UU. y en el mundo.

Daniel Lencina

@dani.lenci

Sábado 6 de junio | 00:43

A continuación presentamos tres claves para leer La disciplina de las balas, de Carla Lacorte.

1. “I can’t breathe” decía George Floyd, mientras un policía le apretaba el cuello con su rodilla. Floyd estaba en el piso, esposado y boca abajo. Indefenso. La imagen representa el lugar que el racismo le asigna a la comunidad afroamericana. Floyd repitió la misma frase otra vez, solo que con menos fuerza. Y otra vez, en esos 8 minutos que duró el asesinato a sangre fría, volvió a repetir la misma frase “No puedo respirar”. Su voz se apagó, se apagó para siempre. Pero estallaron millones de voces en los Estados Unidos y en el mundo, iluminadas por el fuego ardiente de una lucha que recién comienza en medio de la crisis mundial y llegó hasta las puertas de la Casa Blanca.

Las páginas del libro de Carla Lacorte dan cuenta de que lo que le pasó a ella, también le pasó a otros jóvenes en todo el mundo. Allí leemos el caso de Alexis en Grecia que desató una rebelión juvenil con grandes enfrentamientos con la policía. Lógicamente el libro da cuenta del movimiento #BlackLivesMatter y aquí vale decir: “no importa cuando leas esto”, ya que ni siquiera la presidencia de Obama revirtió el gatillo fácil contra el pueblo negro en los Estados Unidos. También encontramos el ejemplo del mismo atropello a los jóvenes inmigrantes en Francia y Londres. Al decir de Ricardo Ragendorfer “el gatillo fácil es tal vez el único delito policial cometido sin fines de lucro”.

La disciplina de las balas es un titulo inmejorable para dar cuenta de que el gatillo fácil es un fenómeno mundial y esa es la primera clave que recomendamos para su lectura.

2. En la Argentina la pandemia trajo “otra” pandemia –que también mata–, pero que viaja en patrullero. El Covid-19 trajo más presencia policial. El sentido común, que se fabrica en la usina ideológica del Estado, dijo que la pandemia se resolvería con más presencia policial. No había pasado ni una semana del inicio de la cuarentena para que se viralizara por las redes sociales todo tipo de abusos policiales. La “guerra contra el enemigo invisible” se haría con mas control policial de la pobreza y “las villas”. Pero el poder de control –y represión– que se asigna a las fuerzas del orden, una vez que se otorga se queda y se endurece.

Así, el endurecimiento de la mano dura policial se cobró la vida de Luis Espinoza, trabajador rural precario de Tucumán. Fue desaparición forzosa seguida de muerte. Alguien muy especial en la lucha contra la impunidad del genocidio militar en la Argentina; dijo que lo de Espinoza le hizo acordar al caso de Santiago Maldonado. Si, lo dijo Nora Cortiñas. Pero hasta ahora hay un silencio ensordecedor de parte del presidente la nación Alberto Fernández.

El origen histórico del gatillo fácil es explicado por la autora desde antes del golpe de Estado de 1976, pasando por el regreso a la democracia en 1983 hasta nuestros días. En este análisis encontramos que hay un hilo de continuidad en la política del gatillo fácil, por ejemplo en métodos de tortura o en la desaparición como vimos con Julio López, Luciano Arruga, Santiago Maldonado y Luis Espinoza.

De esta manera, llegamos a la segunda clave para leer su libro: “el gatillo fácil se convirtió entonces en una política de control social más que habitual en las barriadas obreras y populares, donde la policía mantenía, y mantiene una férrea ligazón, con el poder político territorial”.

3. Si bien el libro está contado en primera persona, se alerta desde sus páginas que no se habla de una “tragedia personal”. Un fenómeno aberrante que recorre el mundo nunca puede ser un problema individual. Por tal razón estamos ante la presencia de un libro militante, de lucha, de izquierda. Solo basta con mencionar que cada uno de los capítulos que lo componen está prologado por grandes luchadores de los Derechos Humanos, periodistas y militantes del Partido de los Trabajadores Socialistas, partido del que Carla ya militaba antes de que José Salmo le quebrara la columna vertebral de un disparo aquella noche del 1° de junio del 2001.

La disciplina de las balas es una pieza fundamental no solo para comprender la historia reciente, sino porque actúa como un “feedback” que se retroalimenta de odio y fundamentos para luchar contra lo irreformable: la policía.

Ello nos conduce a la tercera clave de lectura de este gran libro que, basado en la experiencia de lucha de la clase trabajadora, ofrece un planteo político, como señala la propia Carla: “no hacerlo significaría lisa y llanamente concederles a los asesinos de uniforme y a sus sostenes políticos y judiciales eso que tanto ansían: que nos consideremos víctimas individuales, que a lo sumo consiguen como toda compensación alguna condena a alguno de esos criminales en tanto individuos (fusibles lógicos del sistema), y desistamos de organizarnos hasta ser una gran fuerza social que de una vez por todas les cobre las cuentas a todos y cada uno de los culpables… con el socialismo”.







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