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TURQUIA

La decadencia del paradigma del AKP en Turquía

Las elecciones parlamentarias del 7 de junio terminaron con la mayoría absoluta del AKP (Partido por la Justicia y el Ascenso) que duró 13 años. En una fase de inestabilidad económica y política, sigue abierto el destino del régimen turco.

Baran Serhad

Munich | @El_Comandante

Miércoles 17 de junio de 2015 | Edición del día

Fotografía: EFE-Sedat Suna.jpg

El autoritario y neoliberal partido AKP que gobernó solo durante 13 años ha sido fuertemente golpeado en las elecciones. Ahora es el momento de definir una coalición para gobernar.

El partido izquierdista pro-kurdo HDP volvió a descartar la opción de una coalición con el AKP. Por ahora su objetivo sería ser el partido opositor más importante en el parlamento para en las próximas elecciones tomar responsabilidad en el gobierno. Por eso aboga por la constitución de una Gran Coalición entre el AKP y el CHP (Partido Popular Republicano) para ganar más sectores de la base de esos partidos. En ese sentido afirmó el codirigente del HDP, Selahattin Demirtaş: “Desearíamos un gobierno solo del HDP. Pero el pueblo no apoyó a nadie suficientemente para formar un gobierno solo. Se constituirá una coalición. Siguiendo las convenciones, deberían empezar las negociaciones entre el AKP y el CHP primero. Por supuesto, queremos facilitar el trabajo de la coalición si no va en contra de nuestros principios. Turquía no se debe quedar sin gobierno.”

La condición central parece ser la continuación del “proceso de paz” con el movimiento kurdo. Los sectores liberales del HDP están satisfechos con derrocar al AKP. Para ello pretenden restaurar el aparato estatal con una coalición entre el CHP, el MHP (Partido del Movimiento Nacionalista) y el HDP. Pero con el ultra-derechista MHP no será posible continuar con el “proceso de paz”. Con esta orientación se profundiza el rumbo pragmático y sin principios del HDP que aún se autodefine como “partido de los oprimidos”.

Los sectores de izquierda que votaron al HDP esperan que trabaje al servicio de los oprimidos, y exigen que el HDP empiece a utilizar el parlamento ya -sin esperar por la formación de una coalición- para abolir el piso proscriptivo del 10 por ciento y las nuevas leyes de seguridad, para aumentar el salario mínimo y para formar una comisión investigadora para los casos de corrupción. Pero las declaraciones de figuras dirigentes del HDP apuntan más bien a un rumbo conformista cuyo programa queda dentro del marco de la “estabilidad burguesa”.

El partido burgués kemalista CHP ahora se acerca a una coalición con el AKP. Después de mucho tiempo tiene la oportunidad de probarse ante las burguesías turca e imperialistas como representante sólido de sus intereses. Pero para el CHP eso no es la mejor solución. El AKP perdió mucha simpatía por su rumbo autoritario, por la corrupción y por su política exterior fracasada. Con una coalición, el CHP corre el peligro de perder parte de su base. Por eso le quiere imponer condiciones al AKP: el aparato estatal, ahora bajo control del AKP, se tiene que restaurar. Es decir, que el presidente Erdoğan no tenga más influencia en el gobierno.

Además el CHP exige un modelo moderado pro-imperialista en la política exterior, el castigo a los ex-ministros protegidos por Erdoğan en sus casos de corrupción, además de reformas burguesas en la política interior. Esa táctica del CHP apunta a acelerar el debilitamiento del AKP y formar un nuevo gobierno solo en las próximas elecciones.

El MHP no ha descartado la opción de una coalición con el AKP, si bien se pronunció en contra del sistema presidencial. Sus únicas declaraciones concretas son en relación a rechazar cualquier coalición con el HDP. Sus condiciones centrales para colaborar con el AKP son la cancelación del “proceso de paz” y la remoción de Erdoğan del gobierno. Con esto, el MHP también quiere ganar sectores de la base del AKP con los que de todas formas tiene coincidencias materiales e ideológicas.

Pero el rumbo ultranacionalista y centralista del MHP, hoy entra en contradicción con los intereses de la burguesía turca y los poderes imperialistas. La clase dominante turca pretende la continuación del “proceso de paz” para estabilizar la situación en Turquía, consolidando su poder en Kurdistan del Norte y contrarrestar la crisis económica.

La reorientación del régimen

Las elecciones han desacelerado el autoritarismo de Erdoğan. Por un lado el sistema presidencialista que buscaba imponer ya no está al orden del día. Por otro, el AKP tiene que hacer concesiones para formar parte de un gobierno de coalición. El AKP salió muy debilitado de las elecciones y teme que podría perder más votos en el caso de elecciones adelantadas. Como ya analizamos en un artículo antes de las elecciones, el rumbo de Erdoğan en la política interior y exterior no tuvo éxito. ¿Cuál es el trasfondo?

Hace unos años, el AKP anunció que empezaría un “proceso de paz” con el movimiento kurdo. A eso se sumaron promesas de democratizar el aparato estatal y de superar la crisis económica por la vía de contrarreformas en la política interior así como el acercamiento con la Unión Europea en la política exterior. Pero el balance del gobierno del AKP es un desastre.

La economía turca está al borde de una gran crisis económica. El país contaba en un primer momento con un alto crecimiento económico por parte de burbujas de crédito y de privatizaciones. Pero ahora está aún más golpeado por las consecuencias de la crisis económica mundial. El crecimiento se desaceleró ostensiblemente y quedó en un 3,3 por ciento, mientras que hace cuatro años estaba en un 8,8 por ciento. La fortaleza del dólar tiene una influencia masiva sobre la devaluación de la lira turca y lleva al aumento del déficit corriente. El capital financiero extranjero teme por sus inversiones debido a la inestabilidad. Además, cayó la bolsa al conocerse los resultados electorales. Las exportaciones en mayo de este año se encontraron un 19 por ciento por debajo de la cifra del año pasado, y el desequilibrio exterior creció en un 17,82 por ciento.

En relación a la política exterior, la burguesía turca se encontró en situaciones muy contradictorias en Siria y Egipto. Intentó apoyar las oposiciones locales para avanzar en sus anhelos de poder regional junto a aliados geopolíticos. Pero no tuvo la suficiente fuerza económica ni el apoyo imperialista para derrocar a Assad. Su economía, inflada por privatizaciones y deuda externa, no le permitió establecerse como un poder regional. En Egipto, con Mohamad Mursi llegó al poder brevemente un aliado de Turquía, pero fue derrocado en el 2013. Mientras que Erdoğan sigue llamando desesperadamente por ayuda para la Hermandad Musulmana en aquel país, los imperialistas lo ignoran. Por ejemplo, Alemania tiene buenas relaciones con el gobierno de la junta militar que derrocó a Mursi.

En Siria tampoco hay una injerencia directa de los imperialismos en contra de Assad. Para ellos la situación es demasiado precaria ya que no hay una alternativa fuerte a Assad. Además se amenaza con conflictos geopolíticos con Rusia, China e Irán. Al mismo tiempo, el Estado turco sigue apoyando financiera y logísticamente a distintas fuerzas opositoras que siguen estancadas en la guerra civil siria. Durante un tiempo, incluso apoyó al barbárico “Estado Islámico” (EI) ya que Erdoğan -por sus anhelos de poder regional- solo se concentró en el derrocar a Assad. Después de las elecciones turcas, el presidente estadounidense Obama en la cumbre del G7 en Alemania reprochó al Estado turco por las deficiencias en la supervisión de la frontera con Siria. El “modelo turco” en la región fracasó y Turquía ahora tiene relaciones enemistadas con Siria, Egipto, Iraq y Libia.

Si bien el “proceso de paz” con el movimiento kurdo está en crisis por el rumbo autoritario del AKP, a pesar de las tensiones dentro de la burguesía turca y la inquietud de las burguesías extranjeras sobre el AKP, no es pensable por ahora un escenario de coalición sin el AKP. Con todas sus contradicciones sigue siendo la fuerza principal para representar a la burguesía nacional e imperialista. Un hundimiento rápido del AKP significaría un peligro para el orden burgués que también podría llevar a una crisis económica profunda. Por eso, los imperialistas prefieren una transición con el menos daño posible. Sus expectativas están en el debilitamiento del AKP y el fortalecimiento del otro partido burgués como el CHP, para relegitimar el régimen con una Gran Coalición. Esa Gran Coalición debería según ellos superar la crisis económica haciéndole pagar a la clase obrera, restaurar el aparato estatal y sobre todo continuar el “proceso de paz” con el movimiento kurdo. La Asociación de Industriales y Negociantes Turcos (TÜSIAD) declaró después de las elecciones que los partidos en el parlamento deberían apuntar a la constitución de un gobierno de coalición según “principios democráticos y los intereses nacionales”.

Jeff Rathke, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de los EEUU, describió los resultados electorales en una conferencia de prensa como “la vitalidad persistente de la democracia turca”, y anunció sus intenciones de colaborar con el nuevo gobierno. “Los EEUU nos alegramos de colaborar con el nuevo parlamento electo y el futuro gobierno. Como amigos y aliados en la OTAN nos comprometemos con la continuidad de una estrecha colaboración política, económica y de seguridad.”

En los medios burgueses de los centros imperialistas, las elecciones también ocuparon un lugar importante. El debilitamiento del AKP se comentó uniformemente con gran alegría. Así el Spiegel alemán afirmó: “Ahora el presidente Erdoğan tiene que mostrar si entendió como funciona la democracia.” El Telegraph británico tituló: “Los sueños de más poder de Recep Tayyip son destrozados”.

Las ratas abandonan el barco

Si bien aún no irrumpieron abiertamente, existe una gran inquietud en las filas del AKP como expresión de las tensiones que podrían dar lugar a frentes por y en contra de Erdoğan. La decadencia del paradigma del AKP que se expresó en la derrota electoral, pone en cuestión el rol central de Erdoğan en el partido.

Es interesante remarcar que Abdullah Gül, miembro fundador del AKP, exprimer ministro en 2003/4 y presidente 2007/14, llamó al primer ministro Ahmet Davutoğlu después de las elecciones para animarlo a formar un gobierno de coalición. Después de terminar su mandato en 2014, Gül esuvo brevemente en carrera para tomar la dirección del partido. A eso Erdoğan tuvo que responder, nombrando a Ahmet Davutoğlu para el puesto del primer ministro y de jefe de partido. A fin de cuentas, a Gül se lo puso por fuera del juego, ya que actuaba como un contrapeso a Erdoğan por su posición en el partido. Dentro del ala moderada, alrededor de Abdullah Gül, hay algunos sectores que ya se pronuncian porque Erdoğan se aleje del gobierno. Pretenden establecer un nuevo modelo del AKP islámico-moderado y liberal sin Erdoğan ya que el autoritarismo del “sultán” entró en contradicción con los intereses a largo plazo de las burguesías turca e imperialistas, y el partido quedó debilitado después de las elecciones.

Hace poco, Ahmet Davutoğlu afirmó que la población había rechazado el sistema presidencial y los protagonistas deberían retirarse a sus posiciones. Eso todavía no significa una declaración de guerra abierta a Erdoğan pero la relación de fuerzas en el AKP está cambiando. Un escenario de frentes abiertos dentro del AKP en el próximo periodo es probable.

¿Qué perspectivas?

Una cosa es cierta, no hay una representación independiente de la clase obrera en el parlamento turco. Los escenarios de coalición AKP-CHP o AKP-MHP en lo fundamental significan nuevos ataques neoliberales.

El curso “democrático-radical” del HDP incluye demandas progresivas por los trabajadores, los kurdos y otras minorías y por las mujeres y la juventud, pero no ofrece una solución verdadera a la crisis y a los ataques por venir. Es que esas demandas progresivas no tienen ninguna perspectiva de realizarse en el parlamento. Como proyecto de conciliación de clases, el HDP busca una restauración democrática del Estado burgués, sin una perspectiva de lucha de clases contra la burguesía turca y contra el imperialismo. Por eso, ante las huelgas heroicas de los obreros metalúrgicos antes y después de las elecciones se conformó con declaraciones simbólicas de solidaridad, evitando dar la batalla contra la burguesía. Esos son los primeros síntomas de los límites de la “radicalidad” del HDP.

Las huelgas de una nueva generación de trabajadores han sacudido al país. Con su lucha lograron conquistas, como lo hicieron los trabajadores de Renault y de TOFAS. Pudieron echar al sindicato mafioso Türk-Metal, frenar los despidos, aumentar los salarios y afirmar su derecho a la huelga. Los trabajadores probaron que son sus métodos de lucha los que pueden hacer avanzar la lucha de clases en esos tiempos inciertos.

El rumbo bonapartista de Recep Tayyip Erdoğan se desinfló relativamente, pero su legado anti-obrero y opresor no se desvanecerá sin una respuesta clasista. El régimen turco se encuentra ante una reorientación con escenarios de coalición. Los trabajadores y los oprimidos necesitan una respuesta a la crisis omnipresente en Turquía que el sistema electoral burgués no les puede dar. Para ello es necesario la fundación de un partido revolucionario obrero, para luchar por el derecho a la huelga, parar las masacres contra los trabajadores, echar la burocracia de los sindicatos, anular la precarización, renacionalizar las empresas privatizadas bajo control obrero, conquistar los derechos democráticos de las minorías y reconocer el derecho a la autodeterminación de la nación kurda oprimida.







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