Política

EL CÍRCULO ROJO

La crisis del país y el limitado horizonte de lo posible

El consenso para bajar las expectativas y reducir las aspiraciones que atraviesa al grueso de las fuerzas políticas fue puesto en cuestión en el editorial de “El Círculo Rojo”, programa de La Izquierda Diario que se emite los domingos por Radio Con Vos, 89.9.

Fernando Rosso

@RossoFer

Domingo 9 de junio | 23:36

  •  Pareciera que, entre tantos debates de pequeña política en el marco del cierre de listas y entre tanta grieta hay un consenso. Un consenso entre las fuerzas políticas tradicionales en relación al futuro del país y a lo que, supuestamente, es lo posible para el próximo periodo. El acuerdo general -más o menos explícito- asegura que, gane quien gane, hay que bajar las expectativas, moderar las aspiraciones, contener los deseos o las ambiciones, en definitiva, hay que regular las esperanzas.
  •  Se postula como algo natural o inevitable para el futuro más o menos lo que viene sucediendo en el pasado reciente del país. Un círculo vicioso en el que de cada crisis se sale peor y -más allá de que pueden venir luego recuperaciones o expansiones- siempre se arranca de cien escalones más abajo y jamás se recupera todo lo perdido. De la crisis que derivó en el Golpe y la dictadura militar se salió con una pérdida fenomenal de conquistas sociales, un fuerte endeudamiento, precarización del trabajo y una pobreza en ascenso. Los años alfonsinistas en los que supuestamente con la democracia se comía, se curaba y se educaba duraron poco y culminaron en la crisis de 1989 de la que se salió a golpes de menemismo con la consolidación de la pérdida de derechos de las clases trabajadoras y del pueblo en general: flexibilización laboral, privatizaciones, mayores niveles de deuda, desocupación. De la crisis del 1998-2001 se salió con una brutal transferencia de ingresos hacia las clases dominantes con la devaluación que hizo Eduardo Duhalde y la pesificación asimétrica y en la etapa de recuperación posterior, con mejoramiento de muchos indicadores sociales, se mantuvieron aspectos esenciales de la matriz neoliberal. En todo ese periodo, con vaivenes, hubo varias constantes: lo que llaman la pobreza estructural se naturalizó, así como el trabajo informal o la crisis habitacional. Esas condiciones fueron las que llevaron a Pablo Touzon y Martín Rodríguez a definir que vivimos bajo el imperio de la “democracia de la desigualdad”.
  •  Ahora, luego de tres años de ajuste, la inmensa mayoría de quienes aseguran que pretenden reemplazar a esta banda de saqueadores que nos gobiernan, dicen que bajemos un cambio en relación a las aspiraciones.

  •  El otro día escuchaba el editorial radial de un periodista opositor, rabiosamente opositor, que enunciaba algo así como: “Bueno, si se le gana a Macri hay que aspirar a que todo el mundo más o menos pueda comer e ir mejorando muy de a poco la cosa, el país no va a crecer, todo el resto va a costar mucho y va a llevar tiempo. En ese lapso –cerraba su reflexión- el pueblo argentino deberá reflexionar para no volver a votar a quienes nos hacen mal”. El mensaje era más o menos este: “Vos votaste a esta gente (las causas por la que se las votó, te las debo ¿no?) y ahora comete el garrón a ver si aprendés de una vez por todas”. El mismo editorialista decía que era utópico e imposible volver al 2015, ¡al 2015!, porque todo estaba muy complicado. Recordemos que estamos hablando de un país que en el 2015 tenía el 20-25 de pobreza, precarización, inflación; no era, precisamente, el “socialismo”. Pero hoy parece que no se puede aspirar ni siquiera a eso.
  •  Cuando a veces uno discute estas cosas y afirma que hay que subir y no bajar las aspiraciones, se plantea un debate interesante, porque los que adoptan este horizonte contestan “bueno, pero tenés que entender que la gente no quiere la ‘revolución socialista’” ahora. Uno pregunta ¿y quien habló de la ‘revolución socialista’? Estamos hablando de que no se reviente a los jóvenes en trabajos ultraprecarizados; que no haya un sector de la población sin trabajo y pobre mientras otros laburan 12-14 horas, es decir un poco de racionalidad en la organización del trabajo; hablamos de que no se tire a los viejos por la ventana y no se les arranque las últimas monedas del bolsillo con las que van a comprar medicamentos; de que los pibes no pasen hambre en la escuela.

    Ahora, capaz que para esos objetivos mínimos y elementales se necesita lo que llaman la ‘revolución socialista’. Entonces, no es un problema de las pretensiones presuntamente excesivas de la ‘revolución socialista’, sino de la miseria demasiado espantosa del ‘realismo capitalista’. Lo planteo en esos términos para que se entienda la lógica del razonamiento.

  •  Pero además, quizá muchos no se dan cuenta que con esa narrativa se convierten en un engranaje en la gran maquinaria que opera para bajar las expectativas de todos y de todas: si el Gobierno de Macri y el discurso de Estado sentencian que las aspiraciones de la gente son ficcionales y que su pobreza es la realidad; si los dirigentes sindicales o de la CGT aseveran que no hay que moverse mucho porque no se logra nada (de hecho, no se mueven); si los referentes de los movimientos sociales y el papa le dicen a la gente que hay que aspirar a lo mínimo, incluso con una fundamentación teológica de las supuestas bondades del pobrismo; si el grueso de la oposición le dice que va a ser difícil recuperar conquistas; si los medios, hasta los rabiosamente opositores le dicen que la cosa va para largo y no pretendas tanto; quizá, una parte de la sociedad, siendo hablada por tanta gente y tantas instituciones que repiten lo mismo, se termina convenciendo que no merece tanto, que debe aspirar a poco, que es lo que hay.
  •  Existe en ese terreno una batalla ideológica y política que va más allá de las coyunturas y las elecciones.Una batalla contra los realistas de la desmoralización que, en última instancia, aceptan que en un país rico en recursos, los pocos merecen mucho y los muchos deben resignarse a poco.

    Es esencial esa batalla porque están en juego cuestiones de vida o muerte para el futuro inmediato de las mayorías y las futuras generaciones o ¿a cuánto tiene que llegar la pobreza infantil que esta semana superó la friolera del 50 % para terminar con esa resignación? Una disputa por volver al verdadero realismo, ese que alguna vez sentenció en las calles de París y un poco poéticamente, pero con mucha verdad, que hay que ser realistas y pedir lo imposible.







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