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TRIBUNA ABIERTA

La crisis de la identidad catalana

El enquistamiento del Estado español en su respuesta represiva y la inquietante falta de coherencia de la dirección política del proceso en Catalunya empujan al independentismo al diván del psicoanalista.

Miércoles 24 de enero | Edición del día

La resaca del 21-D

Pocas conclusiones se pueden extraer del resultado de las últimas elecciones catalanas excepto la sensación de que han servido para poco o nada en la resolución de un conflicto que se inició hace más de un lustro. Algo que un servidor ya apuntó en su última colaboración con La Izquierda Diario. Y por muy tentador que me resulte atribuirme un talento especial para interpretar la realidad y predecir el futuro, la realidad era muy predecible.

Con una participación final del 80% i más de 4 millones de sufragios el voto en Catalunya ha quedado dividido a partes casi iguales entre lo que se ha venido a llamar unionistas e independentistas, aunque a la hora de la verdad en ambos bandos (y especialmente entre los constitucionalistas) hay partidos con sensibilidades suficientemente distintas como para entrecomillar esa lógica de bloques.

Pero 2 millones de votos independentistas en Catalunya son algo inédito y muy relevante desde la restauración de la democracia. Hace solo 20 años el independentismo era una posición claramente marginal que no alcanzaba ni el 10% en el arco parlamentario. En las autonómicas de 1999, la ERC de Carod-Rovira sacó peores resultados que el PP de Alberto Fernández Díaz. El 21-D los republicanos le sacaron 750.000 votos a los populares, que como opción política están incluso por detrás de los anticapitalistas de la CUP.

Igual de relevantes resultan los 1,1 millones de votos a Ciudadanos, el partido que arrastra buena parte del apoyo que históricamente ha tenido el PSC en las zonas metropolitanas y especialmente la de Barcelona. Se demuestra finalmente que el cinturón no era rojo sino rojigualda. Y a pesar de las mentiras que se vienen vertiendo desde el partido naranja, cabe recordar que el resultado histórico de este espacio político-sociológico lo obtuvo Pasqual Maragall en 1999 con 1.183.299 de votos.

El marco identitario

Soy un firme defensor de que una de las principales razones (aunque no la única) para el crecimiento del independentismo catalán en estos 20 años ha sido el progresivo abandono de lo identitario como marco referencial. Mientras la lengua, la cultura y demás factores (que tampoco son menores) del llamado “hecho diferencial” han sido el principal elemento de cohesión del separatismo catalán, este se ha condenado a la marginalidad. Con elementos de pureza identitaria resultaba imposible llegar a un alto porcentaje de la población que es por naturaleza mestiza.

Ya en 2018 el independentismo representa a sectores de población muy alejados de ese nacionalismo pujolista de los años 90 a través de valores republicanos, de modelo de Estado y defensa de los derechos y las libertades. Creo que hay que atribuirle a Carod-Rovira (un político con muchas sombras) buena parte del mérito por este cambio de marco mental.

La regresión democrática o el déficit fiscal son temas que afectan a todos los catalanes, más allá de su sentimiento de pertenencia. Y es algo en lo que hay que insistir porque sigue existiendo una efectiva maquinaria de propaganda que trabaja las 24 horas para vincular lo independentista a un etnicismo que mira por encima del hombro a buena parte de la población de Catalunya.

También son problemas comunes de todos los catalanes sin distinción las políticas de austeridad, la precarización del mercado laboral, la erosión continuada del sector público en favor del privado o la corrupción, que han quedado injustamente relegados de la agenda política independentista para no incomodar a la vieja casta dirigente catalana que se ha sumado a la causa secesionista como tabla de salvación en los últimos años. Otro error que hay que subsanar si de verdad se quiere llegar algún día a buena parte de clase trabajadora que aún no se ha sumado a la construcción de la República catalana.

Crónicas de Tabarnia

Curiosamente, a medida que el independentismo ha querido alejarse del marco identitario, hay un movimiento directamente proporcional en sentido opuesto dentro de las filas constitucionalistas. Algo que viene de lejos y que ha tenido muchos nombres. Se le ha llamado Catalunya real, mayoría silenciosa y ahora se ha intentado concretar a golpe de marketing político en un territorio ficticio llamado Tabarnia que en realidad se reduce a las zonas de Catalunya donde hay un mayor porcentaje de castellanoparlantes.

No es un concepto que me resulte extraño. Nací, me crié y vivo en ese espacio sociológico que ambiciona cohesionar el unionismo españolista identitario en Catalunya y cuyo máximo abanderado es Ciudadanos, un partido que nació en 2006 con esa idea entre ceja y ceja. Pero tampoco es algo que nazca de la nada. Es algo que ya se adivinaba en la identidad barcelonesa excluyente que han ido configurando décadas de gobiernos socialistas en la zona metropolitana. La tendencia a enfrentar lo local con lo cosmopolita hasta el paroxismo, en el cual todo lo que recuerde a la cultura catalana estorba al rodillo gentrificador en el que se ha convertido la ciudad de Barcelona y sus alrededores.

Es a mí, nieto de inmigrantes y vecino del barrio de La Verneda, a quien se dirigen cuando desempolvan términos en desuso como charnego para emplearlos de arma arrojadiza justo antes de lamentarse de como fractura el independentismo a la sociedad catalana. A mi y a tantos otros como yo a los que pretenden victimizar cuando aseguran que en Catalunya hay ciudadanos de segunda clase.

Más allá de lo nocivo e irresponsable que resulta este discurso político, hay que reconocer que cala como agua de mayo sobre un sector de la sociedad que lleva décadas en proceso de guetización, condicionado por un relato que habla de discriminación lingüística en las escuelas o el rotulado de negocios y de un determinismo en el ascensor social basado en el lugar de origen y los apellidos. Un relato que a menudo llega desde fuera de Catalunya y que es tan fácil de desmentir pisando la calle como difícil de contrarrestar por la dimensión y número de sus altavoces mediáticos.

Mucho se ha hablado de la República catalana idealizada por el independentismo y muy poco de la distopía en la que el unionismo tiene sumergidos a buena parte de sus votantes. Una situación que si no se ataja a tiempo no solo amenaza con desvertebrar la ya de por si frágil cohesión social sino que puede degenerar en una situación parecida a la que se vive en Francia con la malaise des banlieues (el malestar de los suburbios). No hay que olvidar jamás que hay personas que tras décadas viviendo en Catalunya siguen sin considerarse catalanes. Ese es un fracaso de todos.

La reconstrucción de la identidad

Otro fenómeno al que hay que prestarle mucha atención son las consecuencias que los hechos del pasado mes de octubre van a tener sobre la identidad catalana. Para muchos catalanes no será fácil de asumir el coreo y justificación de la violencia y la represión no solo de buena parte del resto de España sino de algunos de sus propios vecinos. Sin ánimo de banalizar, esto es algo de lo que habló en profundidad el escritor italiano Primo Levi a lo largo de toda su obra en el marco de las cicatrices que dejó en la identidad judía el Holocausto.

El 1-O, las detenciones y la aplicación del 155 son una radical modificación de la realidad que por fuerza va a suponer una crisis existencial en la identidad colectiva. Aún está por ver en qué sentido pero ya se adivinan dos fenómenos: Un sector de la población ha respondido con más radicalización, mientras otro (quizá el mayoritario) muestra síntomas de depresión y estrés postraumático.

El gran reto en Catalunya será configurar de nuevo un proyecto que ilusione y movilice a tanta gente como lo hizo el procés independentista, frente a la constatación de su fracaso, no solo por la respuesta represiva del Estado español sino por la manifiesta incapacidad de ofrecer oposición por parte del Govern. Y, precisamente por esto último, que ese proyecto resulte creíble. Los límites constitucionales están ya muy claros como para volver al autonomismo.

Agotadas las vías de diálogo y ante la pasividad de Europa, un referéndum es inviable. Y la resistencia espiritual no parece que tenga mucho más margen de maniobra. ¿Ahora qué?

¿Se puede aspirar realmente a la construcción de una República catalana con los partidos actuales al mando? ¿Existe en el conjunto del Estado español una mayoría social suficiente que haga factible pensar en una reforma federal descentralizadora que pueda seducir a los catalanes? ¿Es posible ese Estado sin romper el candado de la Constitución de 1978 y la monarquía borbónica? ¿Y en el marco de la Unión Europea? Todos al rincón de pensar.








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