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OPINIÓN

La crisis capitalista y el futuro de la juventud

Desde que estalló la crisis económica en 2007-2008, la juventud trabajadora está siendo una de las principales víctimas del deterioro de las condiciones de vida. Así ha sido una constante en todos los países del mundo el aumento generalizado de la pobreza y la falta de perspectiva entre la juventud que se ha incorporado al mercado de trabajo.

Miércoles 3 de mayo | Edición del día

De esta manera en países como el Estado español, los niveles de precariedad y paro alcanzan niveles escandalosos; con más de un 50 por ciento de jóvenes sin trabajo, y entre los que tienen empleo con uno de cada cinco cobrando menos de 300 euros al mes. A su vez el deterioro de la educación pública ha provocado la expulsión masiva de los estudiantes que provienen de extracción más humilde. Todo esto ha ayudado a crear un clima de verdadero pesimismo, plasmado en el sentimiento mayoritario entre la juventud de que “viviremos peor que nuestros padres”.

La principal consecuencia de todo esto es la desafección mayoritaria de las nuevas generaciones hacia los principales partidos e instituciones del régimen. Esto se vio reflejado a principios de esta década con la irrupción de enormes movilizaciones de masas en distintos puntos del planeta, que tuvieron como uno de sus principales protagonistas a la juventud precarizada. Llevando la crisis al terreno de lo social y lo político, creando de esta manera una situación verdaderamente explosiva a nivel mundial.

Sin embargo, a pesar de la potencialidad de estos procesos, que llegaron a derribar dictaduras de décadas como en Egipto o que pusieron en jaque a la otrora poderosa Unión Europea como las sucesivas huelgas generales en Grecia o el movimiento de los indignados en el Estado español, mostraron sus profundas limitaciones. Esto se debió a la falta de entrada en escena de forma clara de la clase trabajadora con sus métodos de lucha, quedándose las movilizaciones atrapadas en una lógica ciudadanista. Con lo cual en la mayoría de los países estos procesos fueron desviados hacia una senda institucional a través de los distintos populismos de todo pelaje que fueron apareciendo; o aplastados militarmente como en el caso de los que tuvieron lugar con la llamada “primavera árabe”.

Mas a pesar de esto, la burguesía y sus agentes no han conseguido estabilizar la situación a nivel internacional, ya que los principales problemas que causaron la bronca de amplios sectores de la población y principalmente de la juventud trabajadora, no han desaparecido.

Nos encontramos por tanto con una juventud que no confía en los principales partidos tradicionales y que a su vez ha demostrado una amplia capacidad de movilización. Por otro lado, las experiencias que han hecho estos sectores con las organizaciones que surgieron para intentar canalizar este desencanto mediante una vía institucionalista, han ido a cámara rápida y ya desde hace tiempo empieza dar muestra de una gran frustración.

Estos partidos, como Syriza o Podemos, que en un primer momento despertaron una enorme ilusión entre sectores mayoritariamente jóvenes que los veían como una alternativa a los partidos tradicionales era posible, más o menos aceleradamente, han comenzado a mostrar sus profundos límites.

La hoja de ruta que propusieron organizaciones como Syriza o Podemos fue la de transformarse en una “maquinaria electoral” para ir ganando espacio en las instituciones y empezar de esta manera la transformación social mediante reformas. Esta política produjo un efecto desmovilizador entre los sectores que venían enfrentándose a los ajustes. En este sentido, Syriza es quien más éxito ha tenido, llegando a ganar las elecciones generales en 2015; sin embargo, a pesar de la enorme disposición a plantar cara a la UE por parte de la clase trabajadora griega, Tsipras ha terminado convirtiendo en el mandatario mas ajustador de la historia reciente de Grecia.

En el caso de Podemos, aunque todavía no ha conseguido llegar a formar gobierno a nivel estatal, si que ha obtenido dentro de coaliciones ciudadanas alcaldías tan importantes como las de Madrid o Barcelona, además de otras capitales de provincia. En ninguna de estas ciudades se han conseguido cumplir las principales demandas de la juventud que se movilizó a raíz del 15M ni de las y los trabajadores que hicieron dos huelgas generales.

Esta situación se está convirtiendo en uno de los grandes quebraderos de cabeza de la burguesía, que ve como las bases materiales sobre las que se asentaba su proyecto globalizador y neoliberal se derrumban. En este escenario la tentación ultra derechista disfrazada de patriotismo está volviendo a tener una gran fuerza en casi todos los países imperialistas, de la cual Donald Trump es la máxima expresión.

Ante una amenaza de este calibre está claro que las políticas del neorreformismo nos dejan totalmente desarmados políticamente. En primer lugar, porque no se enfrentan al principal escollo que tiene la juventud trabajadora para su auto organización y para dar una salida propia que pueda dejar aislada y sin base social a la extrema derecha: las burocracias sindicales. Las últimas movilizaciones de los estudiantes y principalmente el pujante movimiento de mujeres a nivel mundial, muestran que la juventud está volviendo a las calles. Además, en varios países de Latinoamérica, como Argentina, Chile o Brasil, que acaba de vivir la huelga general más importante de las últimas décadas, la clase trabajadora ha tomado el protagonismo de las protestas que se vienen produciendo desde principios de año.

De esta manera nos encontramos con un panorama a nivel mundial muy complejo para la juventud trabajadora, con un modelo económico-social en crisis, que apenas tiene margen para dar alivio a nuestras principales demandas. Pero también con una fractura por arriba, lo cual se ve reflejado en una cada vez mayor división entre las elites y en el auge de partidos de extrema derecha. Por tanto, una alternativa anticapitalista que pretenda dar salida a los principales problemas de los trabajadores y el pueblo pobre no solo es necesaria, sino también urgente, y es precisamente la juventud precarizada que ya no tiene nada que ganar con este sistema la que está llamada a jugar un papel de vanguardia.








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