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A CONFESIÓN DE PARTE...

La confesión de Francisco a los suyos: “No escuchamos a los pobres ni al planeta enfermo”

Desde una plaza de San Pedro vacía y lluviosa, el monarca de la Iglesia católica dirigió una homilía “al mundo” referida a la pandemia del coronavirus. Un culposo mensaje a gobiernos y magnates.

Daniel Satur

@saturnetroc

Emiliano Martínez Viademonte

Docente y miembro de la Lista Marrón de Suteba

Viernes 27 de marzo | 16:21

Foto Télam

En medio de una fuerte crisis que atraviesa el mundo por la expansión del coronavirus que colapsa los precarios sistemas de salud de los diversos países, el papa Francisco se dirigió a sus fieles desde el Vaticano, el dorado refugio en el que junto a su núcleo más cercano transita una plácida “cuarentena”.

Allí, en Roma, capital de una Italia gobernada por la endemoniada pandemia, el papa realizó una misa en la que les habló como un “par” a los dirigentes mundiales y a los dueños de las riquezas. “Codiciosos de ganancias nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa”, planteó a modo de un autocuestionamiento.

En medio de esta crisis ya es un hecho comprobado que las ambiciones de los capitalistas y sus gobiernos han destrozado los sistemas de salud pública en todos los países, dejando a los sectores más vulnerables a la deriva y totalmente expuestos frente a esta nueva enfermedad expresando.

Así lo confirmó el Sumo Pontífice, quien asumiendo como su auditorio a esa minoría social global, dijo: “no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermos”.

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Curiosamente, siendo que Iglesia una de las instituciones con mayor inserción (a través de sus redes de contención social) en los barrios pobres y carenciados, y teniendo a su alcance todos los recursos técnicos y económicos, vale preguntarse: ¿no escucharon porque no pudieron o porque no quisieron?

La “sordera” eclesiástica, una vez, es la excusa perfecta del Vaticano para justificar sus convalidaciones a los crímenes del capitalismo y sus regímenes políticos y sociales. Así lo hicieron con los genocidios a lo largo de la historia, con las dictaduras, con el neoliberalismo extendido a nivel mundial y demás ataques a las mayorías sociales.

Esa sordera es la misma con la que se excusan de no haber “escuchado” a miles y miles de víctimas de abusos sexuales (en su enorme mayoría niñas, niños y adolescente), siendo el mismo Jorge Mario Bergoglio uno de los mayores encubridores de curas y obispos violadores.

El discurso del papa de este viernes acierta en decir que hay mucho para reflexionar sobre el funcionamiento del mundo y su economía. Lo curioso es que en ningún momento se le ocurre decir que sería bueno “empezar por casa”. El sistema capitalista, que se sustenta en la fabricación de pobres para que un puñado de ricos vivan sin trabajar, es un sistema permanentemente sostenido y justificado por la jerarquía de la Iglesia católica. Que, obviamente, no lo hace gratis, sino aprovechando las diversas prebendas y privilegios otorgados por casi todos los Estados del mundo.

En la semana en la que se cumplieron 44 años del golpe cívico-militar-eclesiástico, recordar el rol de esa jerarquía durante el genocidio argentino (cuando Bergoglio era autoridad máxima de los jesuitas en el país) es un ejercicio simple y aleccionador.

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En uno de los pasajes centrales de su homilía, Francisco planteó: “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados”. Pero frente al hecho social de solidaridad, que se da a nivel mundial, queda en evidencia que la fragilidad es para muchos, no para todos. Frágiles son los barrios más vulnerables, donde se encuentran las poblaciones más afectadas por la carencia de recursos para afrontar la cuarentena y la crisis sanitaria y económica. Son los pobres del mundo los frágiles que no pueden estar semanas ni mucho menos meses encerrados con la heladera llena.

Francisco parlotea, pero en ningún lado se vislumbra algo que debería ser lógico y “natural” para una religión con misión humanitaria: poner todos sus recursos (que en este caso se cuentan por millones de millones de dólares) al servicio de los verdaderos frágiles y abandonados del mundo.

En un reconocimiento a las trabajadoras y los trabajadores de la salud, de la alimentación y de la logística que hoy están sosteniendo el combate a la pandemia, atendiendo a miles de enfermos arriesgando sus vidas por la falta de elementos de protección y políticas de emergencia, el papa dijo que “nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas olvidadas”. Curiosamente, en un momento muy propicio para exigir a los Estados y los magnates que garanticen todo lo necesario para que esas personas puedan trabajar, no dijo ni una palabra.

Algo es seguro del discurso de Francisco: la pandemia deja en evidencia las desigualdades sociales producidas por un sistema económico que desde hace siglos convierte a una minoría parasitaria en verdugo de las mayorías laboriosas. Ahora bien, por su tono y por su contenido, ¿no queda claro también que el clero medieval, reaccionario y retrógrado es parte de enfermedad y no del remedio?







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