REVISTA

La clase obrera tiene cara de mujer

Guadalupe Bravo

Victoria Sánchez

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Las mujeres representan el 49,56 % de la población mundial y el 40 % de la fuerza laboral global.

El pasado 8 de marzo bajo la consigna ¡Que la tierra tiemble! millones de mujeres se manifestaron en todo el mundo en un día de lucha. Este fenómeno político que “resurge” a escala mundial se apoya sobre dos pilares objetivos de importancia: por un lado, las mujeres representan el 49,56 % de la población mundial y, por el otro, el avance de las mujeres en el mercado laboral que actualmente alcanza el 40 % de la fuerza laboral global, representando a 1.300 millones de mujeres frente a 2.100 millones de hombres.

¿Podrá el empowerment de las mujeres desarrollarse y jugar un rol vanguardizador sobre las luchas en cursos por derechos democráticos y contra los planes de ajuste económico? A continuación, describiremos los datos y principales indicadores que describen la fuerza material de las mujeres en el mercado laboral a partir del salto en la inserción laboral hacia fines de los ‘70 bajo la restauración burguesa y los principales cambios estructurales –económicos y políticos– que la consolidan como mano de obra barata en los ‘90. Es preciso aclarar que dentro de los límites de las mediciones estadísticas tenemos que el trabajo doméstico no remunerado, mayoritariamente realizado por mujeres, está excluido. La tasa de actividad de las mujeres se mantiene desde 2012 alrededor de 48,7 %, mientras la tasa de ocupación es del 45,8 %, representando a 1.279.942 millones de mujeres frente al 71,3 % de los hombres (ver gráfico 1) [1].

La restauración burguesa en los ‘80 y el salto en el empleo femenino

En los años ‘80 se llevó adelante una contraofensiva neoliberal que implicó privatizaciones en los servicios y cambios en la esfera productiva como la mayor automatización y robotización [2] posibilitando la deslocalización del capital hacia países donde los salarios eran más bajos. El comienzo de la globalización que implicó la liberalización e integración de los mercados financieros internacionales impulsó este proceso de cambio estructural, económico y social.

El neoliberalismo tenía planes para las mujeres, a quienes usaría como mano de obra barata, aumentando la demanda de puestospart time en América el Norte y de empleos informales en América del Sur, generando una disminución de la tasa de actividad entre hombres y mujeres. El incremento de la participación laboral de las mujeres se comprobó en todo el mundo exceptuando los países en transición de Europa del Este y Asia, donde la tasa se estancó. En Sudamérica la tasa de actividad pasó del 27 % en 1980 a 38 % en 1997 [3]. En igual sentido la CEPAL sostuvo en un informe sobre los cambios estructurales en el mercado laboral entre 1980 y 1990 que “el ingreso masivo y acelerado de las mujeres al mercado de trabajo es uno de los hechos más significativos de las últimas dos décadas en América Latina” [4]. Este incremento de feminización laboral en los países latinoamericanos estuvo signado por distintos cambios que lo impulsaron como la migración masiva del campo a la ciudad, el acceso a la educación formal y la exposición a la cultura urbana, que influyeron en el descenso de la fecundidad, el número de hijos por hogar, en particular a partir las décadas de 1960 y 1970 (CEPAL, año 2000).

Con la crisis de deuda en los años ochenta, el escenario laboral latinoamericano presentó altos niveles de desempleo y caída de los salarios reales. Para compensar esta pérdida de ingresos en los hogares las mujeres salieron a buscar empleo, que en su mayoría eran precarios o informales, con mayor flexibilidad horaria, permitiéndoles cumplir su doble jornada de trabajo remunerado en el “mercado” y de trabajo no remunerado en la casa.

El informe de la CEPAL destaca como dato distintivo que en Latinoamérica el empleo femenino se concentró en dos categorías en las que las mujeres están subrepresentadas en los países desarrollados: las obreras de las empresas maquiladoras y de las agroindustria y agricultura modernas, actividades que en algunos países han tenido un desarrollo explosivo asociado al auge exportador, que se extendió hasta 2014 cuando finalizó el boom de los commodities.

Sumado a esto, la participación femenina en la fuerza de trabajo industrial (textil, calzado y vestuario), no sólo se mantuvo, sino que aumentó levemente de 26,35 % a 28,13 %, entre 1985 y 1997 [5]. Por el lado de los servicios, en el sector bancario brasileño, por mencionar un caso significativo, entre 1989 y 1997, el número de trabajadores en esta actividad disminuyó cerca de 43 %, sin embargo, la participación femenina en el sector creció de 36 % a 43 %.

En Estados Unidos la tasa de actividad de las mujeres (de 16 años y más) –que mide la relación de mujeres activas (ocupadas y desocupadas) respecto a la población total de mujeres– pasó de 57,5 % en 1990 a 59,6 % en 2003, frente al 76,4 % y 73,5 % de los hombres respectivamente [6].

Trabajo precario para las mujeres en los ‘90

Bajo el neoliberalismo se avanzó con la mayor reforma laboral de las últimas décadas. La flexibilización laboral implantada modificó la cantidad de trabajadores, la duración de los contratos y de la jornada laboral (horas por día, días por semana, semanas continuas por mes), la modalidad y el nivel de la remuneración fija y la variable (bonos por productividad, por ejemplo), los beneficios adicionales (seguridad social y ocupacional, subsidio de transporte, otros) y la modalidad de negociación colectiva. Estos cambios empeoraron las condiciones laborales. La propia Organización Internacional del Trabajo (OIT) confirmó como una tendencia destacada hacia el periodo 1990-2003 la informalidad laboral, estimando que 6 de cada 10 nuevas personas ocupadas eran informales. Para las mujeres la tasa de informalidad asciende al 50 %, 1 de cada 2 mujeres ocupadas (Panorama Laboral OIT, año 2004).

La privatización y la terciarización del empleo, fue otro de los pilares del periodo para continuar fragmentando a los trabajadores: 9 de cada 10 nuevos ocupados trabajaban en el sector privado y 9 de cada 10 nuevos ocupados lo hacían en el sector de servicios. Aunque el fenómeno de terciarización creció más entre los hombres, afecta fundamentalmente a las mujeres dado que el 85 % del empleo femenino se concentra en el sector servicios, donde la subcontratación se volvió una regla para la reducción de “costos” laborales.

Estos cambios se reflejan a partir de los ‘90 en las estadísticas laborales que vale la pena mirar con detenimiento. En primer lugar, en cuanto a la brecha de participación de la fuerza laboral (suma de ocupados/as y desocupado/as), indicador que mide la desigual integración de las mujeres y varones al mercado laboral analizando la diferencia entre las tasas de actividad, los resultados son muy llamativos: mientras que en 1990 la brecha era de 28,67 puntos, en la actualidad es de 26,52. Esto significa que a pesar de que pasaron más de 20 años, la diferencia en la participación en el mercado laboral entre mujeres y varones no se ha reducido de manera significativa (ver gráfico 2) [7].

El hecho de que la brecha se mantuviera prácticamente inalterada es el correlato de las profundas desigualdades que atraviesan las mujeres a la hora de insertarse en el mercado laboral, como menor remuneración por igual tarea, acceso a trabajos de menor calificación, trabajos precarios, temporales, entre otros.

En segundo lugar, se observa que la tasa mundial de participación de la fuerza de trabajo, calculada como la cantidad de trabajadores totales dividida por la población total en edad de trabajar (+15 años) cae levemente de forma sostenida en las tres últimas décadas, pasando de 65,67 % en 1990 a 61,94 % en 2017. Tanto en las mujeres como en los varones se replica esa tendencia. En el primer caso retrocede 2,69 puntos en casi treinta años, mientras que en el caso de los varones retrocede 4,85 puntos (ver gráfico 3).

Una mirada regional

Las dinámicas regionales muestran ciertas diferencias respecto a las tendencias globales, ya que contemplan las particularidades de sus economías. En la zona euro [8] la evolución de la participación de las mujeres es opuesta a la tendencia mundial, ya que crece de forma prácticamente ininterrumpida desde los años ‘90 hasta la actualidad. En 1990 la tasa de actividad era del 42,17 % mientras que en el 2017 fue del 50,44 %. El mayor salto en la participación de las mujeres se registró en el decenio 2001-2010 en el que la tasa de actividad creció 4 puntos porcentuales. En el caso de los varones, en 1990 la tasa de participación en la fuerza laboral era de 68,81 %, mientras que en 2017 fue del 62,90 %. Mientras las mujeres aumentaron la tasa de actividad, los varones la redujeron. La zona euro, a pesar de contar con indicadores que muestran una integración más “equitativa” de las mujeres en el mercado laboral, mantiene un sesgo en el que siempre los varones registran mayores tasas de participación.

Por otra parte, países como Estados Unidos y China registran una tendencia decreciente en la tasa de participación de las mujeres en de la fuerza de trabajo. En el caso de China desde el año 2000 en adelante, pasó de ser del 73,20 % al 61,49 % en el 2017. Por su parte, en Estados Unidos tuvo un breve momento de crecimiento alrededor de 1990 y 2000, tras lo cual se mantuvo relativamente estable y comenzó una fase descendente desde el 2008 en adelante. Actualmente la tasa de participación en la fuerza del trabajo de las mujeres se ubica en un 55,73 %, casi medio punto porcentual menos que el valor que tenía en 1990.

En América Latina y el Caribe (AMLAT) [9], al igual que la zona euro, la tasa de participación de las mujeres experimentó un salto en la década del ‘90. En el periodo de crecimiento la tasa de participación pasó en 1990 del 39,64 % al 51,24 % en el 2006. Luego de ese periodo se terminó estabilizando y finalizó el 2017 en un 51,50 %. La expansión de la participación de las mujeres en la región coincide con un periodo de altos precios de los commodities (ver gráfico 4).

Algunos autores como Gasparini y Marchionni explican que la desaceleración en el crecimiento de la tasa de participación de las mujeres en la región se debe a que se podría estar llegando a una tasa “natural” de participación, por lo cual “la participación laboral de las mujeres aumentaría muy lenta o simplemente se estancaría” [10]. Otra posible explicación según los mismos autores es que la desaceleración observada sea un “fenómeno transitorio”, ya que debido a que “el fuerte crecimiento económico que la región experimentó en la década de los dos mil permitió incrementos en los ingresos laborales y en los beneficios de protección social que podrían estar provocando un rezago en la entrada de las mujeres al mercado de trabajo” [11]. Ambas hipótesis si bien no son concluyentes brindan explicaciones parciales que sirven para comprender la dinámica.

En el caso de la participación de los varones, si bien comenzó en los ‘90 con niveles por encima del promedio mundial e incluso de la zona euro, siendo en 1990 el 80,80 %, tuvo una tendencia decreciente que hizo que al 2017 llegue al 77,32 %.

Comparando la evolución de la participación de las mujeres como de los varones con el promedio de AMLAT para el mismo período se puede ratificar las desigualdades según género. En el caso de las mujeres el valor alcanzado en el 2017 es menor al promedio regional general, mientras que para los varones sucede lo opuesto.

La dinámica de feminización laboral en Argentina [12]

Uno de los primeros aspectos que llama la atención cuando se analiza la tasa de participación en la fuerza laboral argentina, comparada con la evolución de AMLAT, es la sistemática diferencia que se aprecia desde 1990. Durante todo el período la tasa nacional es menor que la regional, a su vez desde el año 2016 esa diferencia se ha ido acentuando cada vez más, llegando al 2017 a ser de 4,28 puntos (ver gráfico 5).

Al igual que la región, desde 1990 argentina registra un crecimiento en la tasa de participación en la fuerza laboral sin distinguir por género, cuando pasó de ser del 59,38 % al 61,65 % en el 2001. La crisis de fines de ese año se expresó en una leve caída que se recuperó parcialmente. Sin embargo, desde el 2006 la tasa de participación registra una tendencia decreciente. El año 2017 finalizó con una tasa de participación del 59,85 %, apenas por encima del valor registrado en 1990.

Si observamos la dinámica local según género, en el caso de los varones y su participación en la fuerza laboral, comparando con AMLAT se encuentran casi sistemáticamente en promedio 5 puntos por debajo. En 1990 era de 75,49 %, mientras que en el 2017 llegó al 73,24 %. En el caso de las mujeres la situación es distinta, ya que entre 1990 y 2004 se registró una tendencia creciente a la participación laboral, llegando a fin de ese período a ser el 50,06 %, cuando en 1990 era de 44,31 %. En ese mismo período se superó la tasa de participación regional de las mujeres. A partir del 2005 comienza a registrarse una tendencia decreciente en Argentina que finaliza en el año 2017 en un 47,33 %, casi tres puntos por encima del valor local que se registró en 1990 [13].

La feminización del trabajo llegó para quedarse

Las mujeres no sólo alcanzan casi la mitad de la población mundial, sino que componen el 40 % de la fuerza laboral global. Con la puesta en marcha del neoliberalismo y su plan económico mundial que reestructuró las relaciones laborales, la incorporación de las mujeres como mano de obra barata saltó la barrera del 30 % y comenzó un proceso ascendente durante los ochenta hasta mitad de los noventa, que luego se atenúo hacia los 2000. En años previos y posteriores a la crisis financiera de 2008 que planteó los límites y contradicciones del plan neoliberal y globalizador, la participación femenina mostró leves retrocesos. En los últimos años se registraron fluctuaciones menores, pero de conjunto las mujeres trabajadoras alcanzaron un piso de participación que difícilmente podría volver a niveles previos a la década del ‘70 o por debajo del 30 %, sin que medien grandes cambios estructurales. La inserción de las mujeres al mundo laboral se dio con desigualdades salariales, empleos precarios y en general la incorporación laboral remunerada implicó una doble jornada laboral, ya que el trabajo doméstico no pago no disminuyó.

El capitalismo necesita de la fuerza laboral femenina para continuar dividiendo las filas de la clase obrera, y al mismo tiempo usa los puestos laborales peor pagados de las mujeres para presionar a la baja los salarios. Pero esta feminización del trabajo puede ser un arma de doble filo. Las mujeres han sido parteras de grandes luchas y conquistas; son el fenómeno político más dinámico a nivel global y con el peso estructural que conquistaron en el mundo del trabajo remunerado podrían torcer la balanza contra los planes de ajuste y austeridad en favor del conjunto de los trabajadores.

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NOTAS AL PIE

[1OIT 2018.

[3ATTAC, “Las mujeres contra la explotación” pág. 44, Le Monde Diplomatic, 2007.

[4León, Francisco, Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990, CEPAL 2000.

[5Ídem 4.

[6Panorama Laboral 2004 Oficina Internacional del Trabajo. América Latina y el Caribe, 2004.

[8La zona euro está comprendida por Austria, Bélgica, Chipre, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Portugal, Eslovaquia, Eslovenia y España.

[9América Latina y el Caribe incluye Antigua y Barbuda, Argentina, Aruba, Bahamas, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil, Islas Británicas, Islas Caimán, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Curazao, Dominica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Granada, Guatemala Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Uruguay.

[12A fines de la década del ‘80 se realizó en Argentina un cambio metodológico en la forma de medir el empleo que permitió visibilizar más el trabajo realizado por las mujeres, eso impactó en las tasas de actividad correspondiente.
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Guadalupe Bravo

@GuadaaBravo
Nacida en Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires en 1985. Es estudiante avanzada de Economía en la UBA. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2004. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario.

Victoria Sánchez

@VickytaTw
Nacida en Bs. As. en 1986. Es economista y docente. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2010. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario.
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